miércoles, 27 de abril de 2011

Al Fatah y Hamás sellan su reconciliación


Las dos grandes facciones palestinas llegan a un acuerdo para formar un Gobierno de coalición en la Autoridad Palestina y celebrar elecciones antes de un año

ENRIC GONZÁLEZ | Beirut 27/04/2011


Rueda de prensa

Azzam al-Ahmad, cabeza de la delegación de Al Fatah, habla durante la rueda de prensa, entre los representantes de Hamas Mousa Abu Marzook y Mahmoud Al-Zahar (derecha) t ras el acuerdo sellado en El Cairo.- ASMAA WAGUIH (REUTERS)

El mapa político de Oriente Próximo sigue cambiando de forma casi cotidiana. Hoy se ha producido un nuevo vuelco: Al Fatah y Hamás, las dos grandes facciones palestinas, han sellado su reconciliación. El acuerdo, aún genérico, pone fin a la feroz enemistad que en 2007 provocó una breve guerra civil y debería permitir la formación de un Gobierno de coalición en la Autoridad Palestina y la celebración de elecciones antes de un año. Israel, que considera terrorista a Hamás, ha afirmado que ese pacto impediría cualquier negociación de paz.

La victoria de Hamás en las elecciones palestinas de 2006 y la casi inmediata crisis con Al Fatah, el partido fundado por Yasir Arafat que domina la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), crearon un bloqueo que parecía insuperable. Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina y líder de Al Fatah y la OLP, mantuvo el poder en Cisjordania, mientras Hamás se hizo con el control absoluto sobre Gaza. La división física y política de los palestinos fue un regalo para Israel, que se esforzó en fomentar las desavenencias: mientras hubiera división no podía existir un auténtico Estado palestino. El ataque israelí contra Gaza en diciembre de 2008 gozó de la tácita aprobación de Al Fatah, como demostraron recientemente las filtraciones de Wikileaks, lo que ahondó la enemistad entre las dos facciones.

El acercamiento entre Al Fatah y Hamás fue lento y difícil. El Gobierno egipcio, antes con el presidente Hosni Mubarak y últimamente con la Junta Militar, ejerció como mediador. Llegó a redactarse un borrador de acuerdo a finales del año pasado, pero las conversaciones encallaron en la cuestión electoral (Al Fatah las quería ya en septiembre próximo, Hamás exigía más tiempo) y ni siquiera alcanzaron el gran problema de fondo, que sigue sin resolverse: Hamás, una organización islamista que Israel y Estados Unidos consideran terrorista, no reconoce la legitimidad israelí y preconiza la resistencia armada, abandonada por Al Fatah.

"La Autoridad Palestina debe escoger entre la paz con Israel o la paz con Hamás. No hay posibilidad de paz con ambos", ha señalado Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí. La Autoridad Palestina ya ha respondido a estas declaraciones: su portavoz Nabil Abu Rudeine ha calificado el acuerdo de "asunto interno" del que Israel "no es parte". El pacto "refuerza la unidad palestina" y "su justa lucha para establecer un estado independiente con Jerusalén como capital", según Rudeine, que también ha subrayado que la OLP es el "único representante legítimo" del pueblo palestino y que sigue "comprometida" con el proceso de paz.

El primer ministro israelí ya amenazó el lunes en los mismos términos. Fue la primera señal de que la reconciliación palestina podía estar próxima, y también una advertencia sobre las dificultades que podía generar el acuerdo. En el aspecto financiero, la Autoridad Palestina podría ver interrumpidas las donaciones estadounidenses y quizá, al menos parcialmente, las europeas, lo que complicaría la viabilidad económica de un futuro Estado palestino. En el aspecto diplomático, Abbas o su sucesor tras unas elecciones dejarían de gozar del acceso a Washington de que disponían en los últimos años. Y a ello habría que añadir el problema práctico de gestionar con un mismo Gobierno dos territorios separados, Gaza y Cisjordania: el intento de 2006 produjo disfunciones primero y luego un enfrentamiento armado.

Esas dificultades dependían en último extremo de otra incógnita: si Hamás iba a mantener el resistencialismo a ultranza o estaría dispuesto a hacer concesiones sobre el reconocimiento de Israel y la lucha armada. La reconciliación ha sido posible porque ambas facciones se sienten débiles: Al Fatah, por el fracaso de la última ronda de negociaciones con Israel y por el crecimiento de las colonias israelíes en Cisjordania; Hamás, por la ola de cambios en Oriente Próximo.

Las grandes manifestaciones juveniles en Gaza a favor de un acuerdo con Al Fatah y contra la ausencia de libertades, que Hamás reprimió con dureza, se han unido a la revolución egipcia y a la crisis en Siria. Las dificultades del presidente sirio Bachar el Asad, patrón regional de Hamás (el buró político del partido tiene su sede en Damasco) podrían empujar a la organización islamista palestina a ampliar su red de apoyos y, tal vez, a moderar sus posiciones.

Taher al-Nono, portavoz del Gobierno de Hamás en Gaza, ha declarado que el documento con el texto definitivo del acuerdo con Al Fatah se firmará en El Cairo en cuestión de una semana -el 5 de mayo, según ha contado a Efe una fuente próxima a las negociaciones- durante una ceremonia pública, y que las elecciones palestinas, presidenciales y generales, deberían celebrarse dentro del plazo de un año.

lunes, 25 de abril de 2011

El manual del interrogador

Guantánamo al descubierto


Las autoridades de EE UU instruyen a su personal sobre qué esperar de los detenidos

NAIARA GALARRAGA | Madrid 25/04/2011


Cualquiera que interrogue a alguno de los detenidos en el penal de Guantánamo debería saber la diferencia entre "la gran yihad" y "la pequeña yihad". La primera es un proceso íntimo que viene a ser el esfuerzo por ser un buen musulmán. La segunda, que incluiría "luchar para proteger a otros musulmanes", "se ha popularizado recientemente como la guerra santa", explica uno de los manuales para interrogadores de la prisión estadounidense en la isla de Cuba a los que han tenido acceso este diario y otros medios internacionales.


El Departamento de Defensa de EE UU elaboró esa y otras guías para que los interrogadores y los analistas pudieran contextualizar, y comprender, la información que recibían de los presos. El objetivo era doble: conocer sus actividades previas a ser encarcelados y también "la intención del detenido de suponer una amenaza terrorista [en el futuro para Estados Unidos o sus aliados] si tuviera la oportunidad [de hacerlo]".

Uno de los manuales, que ocupa apenas cuatro folios y entre sus varias fuentes cita la enciclopedia Wikipedia, empieza con una "breve historia del conflicto de Afganistán" resumida en 10 líneas: desde la invasión soviética de 1979 hasta que los talibanes tomaron el control del país, en 1996.

Uno de los manuales -titulado Matrices de indicadores de amenaza para combatientes enemigos- detalla un largo listado de hechos que deben ser tenidos en cuenta al evaluar si el arrestado en cuestión es miembro o colaborador de la red Al Qaeda. El abanico es amplísimo. Incluye llevar un reloj Casio de un modelo determinado, un teléfono satélite o dinero en billetes de 100 dólares. Y una nota a pie de página explica: "Es poco probable que un detenido sin trabajo y que lleve cierto tiempo en Afganistán tenga un billete de 100 dólares. Y es conocido que los líderes de Al Qaeda han repartido billetes de 100 dólares para ayudar a los luchadores cuando escaparon de Afganistán", explica el manual para los interrogadores y analistas.

Otros indicadores son haber asistido a la boda de un hijo de Osama Bin Laden, haber "viajado a Pakistán o Afganistán utilizando las rutas generalmente utilizadas por la red terrorista Al Qaeda", rutas que detalla el documento o haber frecuentado ciertas mezquitas incluidas una de Quebec, otra de Lyon y otra de Milán además de templos en Karachi o Saná.

Las guías incluyen pautas para que los interrogadores de Guantánamo evalúen y clasifiquen a los prisioneros: pueden recomendar que sigan encarcelados, que sean transferidos o que sean excarcelados en función del riesgo que suponen en opinión de las autoridades estadounidenses y cuán valiosa sea la información que facilitan. Uno de los motivos para ser etiquetado como de riesgo alto es "si [el preso] ha recibido entrenamiento terrorista avanzado o posee destrezas únicas y la intención de apoyar futuras acciones terroristas". El riesgo, en cambio, es de nivel medio "si posee algunas destrezas especiales, educación o otras aptitudes para dirigir o apoyar el terrorismo y es candidato a estar implicado en terrorismo en el futuro". Se considera que el riesgo es bajo, entre otras razones, "ha tenido poca o ninguna relación con terroristas, grupos terroristas o redes de apoyo terroristas".

Los documentos también detallan respuestas de los arrestados que deben hacer saltar las alarmas al interrogador porque son tapaderas habitualmente utilizadas por miembros de Al Qaeda.

Los abusos de Guantánamo, al descubierto


759 informes secretos destapan las vejaciones de Guantánamo. -Los documentos revelan que el principal propósito de la prisión era "explotar" toda la información de los reclusos a pesar de la reconocida inocencia de muchos de ellos. -El 60% fue conducido a la base militar sin ser una amenaza "probable"

MÓNICA CEBERIO BELAZA / LUIS DONCEL / JOSÉ MARÍA IRUJO / FRANCISCO PEREGIL 25/04/2011


Los abusos de Guantánamo, al descubierto

Imagen de algunos de los presos de Guantánamo.-

Guantánamo creó un sistema policial y penal sin garantías en el que solo importaban dos cuestiones: cuánta información se obtendría de los presos, aunque fueran inocentes, y si podían ser peligrosos en el futuro. Ancianos con demencia senil, adolescentes, enfermos psiquiátricos graves y maestros de escuela o granjeros sin ningún vínculo con la yihad fueron conducidos al presidio y mezclados con verdaderos terroristas como los responsables del 11-S. EL PAÍS ha tenido acceso, junto con otros medios internacionales y a través de Wikileaks, a las fichas militares secretas de 759 de los 779 presos que han pasado por la prisión, de los cuales unos 170 siguen recluidos. Las tripas de la cárcel quedan recogidas en 4.759 folios firmados por los más altos mandos de la Fuerza Conjunta de la base y dirigidas al Comando Sur del Departamento de Defensa en Miami. La radiografía de una prisión creada por George W. Bush en 2002 al margen de las leyes nacionales e internacionales llega en un mal momento para el presidente, Barack Obama. Cerrar el penal fue su primera promesa tras asumir el cargo en enero de 2009. El anuncio, hace un mes, de que reanudaría los juicios en las comisiones militares fue el reconocimiento de su fracaso.

Los informes, fechados entre 2002 y 2009, que en la mayoría de los casos tienen como finalidad recomendar si el preso debe continuar en el penal, ser liberado o trasladado a otro país, documentan por primera vez cómo valoraba EE UU a cada uno de los internos y lo que sabían de ellos. Revelan un sistema basado en delaciones de otros internos, sin normas claras, basado en sospechas y conjeturas, que no necesita pruebas para mantener a una persona encarcelada largo tiempo -143 personas lo han estado más de nueve años- y que establece tres niveles de riesgo que se definen con apenas una frase. El más alto solo implica que la persona "probablemente" supone "una amenaza para EE UU, sus intereses y aliados"; el medio, que "quizá" lo suponga; y el bajo, nivel en el que aparecen catalogados presos que han estado ocho y nueve años en la prisión, que es "improbable" que sea un riesgo para la seguridad del país.

Hay casos, según revelan los informes secretos, en los que ni siquiera el Gobierno de EE UU sabe los motivos por los que alguien fue trasladado a Guantánamo, y otros en los que ha concluido que el detenido no suponía peligro alguno: un anciano de 89 años con demencia senil y depresión que vivía en un complejo residencial en el que apareció un teléfono por satélite; un padre que iba a buscar a su hijo al frente talibán; un mercader que viajaba sin documentación; un hombre que hacía autostop para comprar medicinas.

EE UU determinó que 83 presos no suponían ningún riesgo para la seguridad de la nación, y de otros 77 se reconoce que es "improbable" que sean una amenaza para el país o sus aliados. El 20% de los presos fue conducido al penal de forma arbitraria según las propias valoraciones de los militares estadounidenses. Si a ese dato se añade el de aquellos que solo "quizá pudieran entrañar un peligro, 274 en total, se concluye que EE UU no ha creído seriamente en la culpabilidad o amenaza de casi el 60% de sus prisioneros. Se encarcelaba a los presos fundamentalmente para "explotarlos", según su propia terminología; por si sabían algo que pudiera ser útil.

Guantánamo es una cárcel, pero la prioridad no es imponer sanciones por delitos cometidos. Solo siete presos han sido juzgados y condenados hasta el momento: seis en las comisiones militares de la base y uno en un tribunal civil de Nueva York. Lo que se pretende fundamentalmente, según muestran los informes, es obtener información a través de los interrogatorios. Uno de los dos parámetros que se maneja para decidir si se puede liberar o no a un preso es precisamente su "valor de inteligencia", según la terminología empleada en las fichas secretas.

La prisión funciona como una inmensa comisaría de policía sin límite de estancia y en la que la duración del castigo no es proporcional al supuesto hecho cometido. Las fichas secretas muestran a unos reclusos tratados como presuntos culpables que deben demostrar no solo su inocencia sino su falta de conocimiento sobre Al Qaeda y los talibanes para obtener la libertad. El único delito que las autoridades adjudican a algunos de ellos ha sido tener un primo, amigo o hermano relacionado con la yihad; o vivir en un pueblo en el que ha habido ataques importantes de los talibanes; o viajar por rutas usadas por los terroristas y, por lo tanto, conocerlas bien.

A pesar de su empeño en obtener información en la lucha contra el terrorismo, nueve años y tres meses después de la apertura de Guantánamo los informes secretos revelan que solo el 22% de los presos ha presentado un nivel de interés alto para los servicios de inteligencia de EE UU. En el 78% restante, el valor informativo de los presos era medio o bajo, según reconocen los propios militares.

Los detenidos vieron las caras de muchos interrogadores: militares, agentes de la CIA y policías de sus propios países que desfilaron en secreto por sus celdas, entre ellos españoles, y les tomaron declaración esposados y encadenados por una argolla al suelo. La actividad en los campos de entrenamiento terrorista en Afganistán, los experimentos con explosivos, la fijación de los yihadistas por conseguir la denominada "bomba sucia", el trato y cercanía a Osama Bin Laden, Al Zahawiri o el mulá Mohamed Omar eran objetivos prioritarios. Un reloj Casio F91W en la muñeca de un preso se consideraba prueba suficiente de que había recibido formación de explosivos.

Los documentos revelan nuevos detalles sobre los 16 detenidos de alta seguridad relacionados con los atentados del 11-S. El cerebro de la masacre, Khalid Sheikh Mohammed, ordenó en 2002 a otro preso del penal un ataque suicida contra el entonces presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. En realidad se trataba solamente de una prueba de su disposición a "morir por la causa".

Los expedientes no especifican qué métodos se usan para obtener la información en el penal. La palabra tortura apenas aparece en los casi ochocientos documentos. Sin embargo, lo que sí aparece son las delaciones que la mayoría de ellos arrojan sobre sus antiguos compañeros de lucha y que se suman por cientos. En cada expediente suele haber un apartado bajo el epígrafe "Razones para continuar la detención". Si el propio recluso no admite haber jurado lealtad a Bin Laden o haber luchado contra Estados Unidos en las montañas de Tora Bora, son sus propios compañeros quienes aparecen con nombres y apellidos delatándole o identificándole. La lista de delatores va desde la jerarquía más alta a la más baja de los extremistas.

Pero en ningún momento se informa de en qué circunstancias los presos han admitido su supuesta culpa o incriminado a otros. A veces, un preso declara sufrir tortura, pero el propio redactor del informe se encarga de afirmar que esa declaración no tiene ninguna credibilidad. A algunos, sin embargo, no había manera de arrancarles información. "Estoy preparado para estar en Guantánamo 100 años si es necesario, pero no revelaré información", espetó el kuwaití Khalid Abdullah Mishal al Mutairi a sus interrogadores.

Los informes son textos fríos, de prosa funcionarial. Apenas se detienen en cuestiones personales como los intentos de suicidio, el estado de salud o las huelgas de hambre y, en el caso del rosario de presos con enfermedades psiquiátricas, uno de los rostros más retorcidos de Guantánamo, se limitan a constatar si, a pesar de su trastorno (acompañado muchas veces de múltiples intentos de quitarse la vida), puede ser útil seguir haciéndoles preguntas.

Al afgano Kudai Dat, diagnosticado de esquizofrenia, trataron infructuosamente de hacerle un interrogatorio final a pesar de que había sido hospitalizado con síntomas agudos de psicosis. Cuando mejoró lo llevaron ante el polígrafo, provocando de nuevo alucinaciones en el enfermo, según un informe psiquiátrico de la prisión. Su pronóstico a largo plazo era "pobre". Pero, a pesar de la ficha médica, la autoridad militar aseguraba que fingía los ataques de nervios y se recomendó mantenerlo en la base. Pasó cuatro años encerrado.

Los documentos son extremadamente protocolarios, pero por debajo del lenguaje administrativo se vislumbran informaciones que aportan un retrato de las condiciones de vida en el presidio. Cuando se habla de la conducta del detenido, por un lado se registran las infracciones disciplinarias y por otro las agresiones. Cualquier incidente se hace constar sin apenas detalles: "Inapropiado uso de los fluidos corporales, comunicaciones desautorizadas, daño sobre las propiedades del Gobierno, incitar y participar en disturbios de masa, intento de ataques, ataques, palabras y gestos provocativos, posesión de comida y contrabando de objetos que no son armas..."

Todo se contabiliza y registra. Pero tan solo se aporta información concreta sobre el último incidente disciplinario. Y es ahí, precisamente, en ese pasaje fugaz de apenas un renglón, donde aparecen destellos de la dura vida en Guantánamo: la mayoría de los presos han lanzado orina y heces a los vigilantes. Nunca se especifica cuál es el castigo que sufren por esas acciones ni en qué contexto se perpetraron. Otros reclusos han sido expedientados por cubrir la ventilación de su celda con papel higiénico, devolver un libro a la biblioteca subrayado o con marcas, rechazar la comida o negarse a salir de la ducha.

Las fichas ofrecen además una breve biografía de casi todos los hombres que han pasado por las celdas de Guantánamo. La gama de motivos que les llevaron a participar en la yihad o a tener vínculos con redes islamistas es muy variada: abarca desde el saudí que se comprometió con la causa tras ver un vídeo donde se mostraban las tropelías que los rusos cometieron contra los musulmanes en Chechenia pasando por el francés que viajó a Afganistán para continuar sus estudios del Islam y vivir en un Estado puramente islámico hasta el saudí que, deseoso de encontrar una esposa, entró en un campo de entrenamiento con la esperanza de adelgazar. "En el verano de 2001, un hombre sugirió al detenido viajar a Afganistán para cumplir con sus obligaciones religiosas durante dos meses. El régimen de entrenamiento físico le brindaría también la oportunidad de perder peso", asegura la ficha de Abdul Rahman Mohammed Hussain Khowlan.

De la documentación no solo se extraen conclusiones sobre la motivación que llevó a tantos hombres a Kabul, Kandahar o a las montañas de Tora Bora. También es posible dibujar un perfil con los puntos en común de la mayoría. Da igual que tuvieran nacionalidad de algún país europeo, argelina, yemení o filipina.

Antes de entrar en la prisión estadounidense, muchos viajaron constantemente a través del mundo árabe-musulmán. Abundan los relatos de hombres que cruzan la frontera de Pakistán a Afganistán a pie o que se citan con otros activistas en una mezquita de la ciudad paquistaní de Lahore. Las fichas explican también cómo los islamistas se apoyan entre sí a través de una red de puntos de encuentro -seis de los siete franceses detenidos pasaron por una casa de huéspedes, a la que denominan "de los argelinos", en la ciudad afgana de Jalalabad-, del dinero que les proporcionan miembros de la red -los documentos mencionan que muchos detenidos son arrestados con 10.000 dólares, la cantidad típica que Al Qaeda entrega a sus activistas-, o de organizaciones de caridad como Al Wafa que, según las autoridades de EE UU, contribuyen a financiar las actividades terroristas.

Pero en muchas ocasiones el hecho de viajar por la zona se convierte en una actitud sospechosa que envía sin más al penal a decenas de personas. En una nota de apenas dos páginas se relata el paso de Imad Achab Kanouni por Alemania, Albania, Pakistán y Afganistán. En el apartado de razones para justificar su estancia en Guantánamo, se le acusa de no haber podido explicar las condiciones de su viaje a Afganistán. No hay ni una sola prueba que le incrimine. A pesar de ello, el general Geoffrey Miller -responsable también de la prisión iraquí de Abu Ghraib- recomienda su permanencia en la prisión.

Los informes también afectan a España; a Hamed Abderramán, el denominado talibán ceutí, condenado por la Audiencia Nacional y luego absuelto por el Tribunal Supremo al inhabilitar las pruebas obtenidas sin ninguna garantía por policías españoles en el penal; y a Lachen Ikasrrien, un marroquí residente en España que corrió la misma suerte judicial que Hamed y que se negó durante cinco años de presidio a reconocer vínculos con Al Qaeda.

Los tres presos acogidos por España en 2010, un palestino, un yemení y un afgano, son una pequeña muestra de las patologías del penal. Uno es un enfermo mental con problemas graves al que mantuvieron durante años encarcelado y sometido a interrogatorios; otro, que estuvo a las órdenes de Bin Laden en Tora Bora, se prestó a colaborar con EE UU; y al tercero, contra el que no llegó a haber nunca pruebas fehacientes, lo califican de problemático. Es, sin embargo, el único que por el momento ha logrado hacer una vida relativamente normal en nuestro país.

El Pentágono ha redactado un comunicado en el que lamenta la publicación de los documentos secretos por su carácter sensible para la seguridad de EE UU.

EL PAÍS continuará desarrollando las cuestiones más destacadas de los informes secretos del Departamento de Defensa sobre Guantánamo.

160 reclusos inocentes o poco peligrosos


EE UU encerró durante años a decenas de detenidos sin ningún vínculo con Al Qaeda

MÓNICA CEBERIO - Madrid - 25/04/2011

El iraní Bajtiar Bamari era traductor, y vivía en Afganistán a finales de 2001. Estados Unidos luchaba entonces en el país para derrocar al régimen talibán y tratar de encontrar a Osama Bin Laden. Se le ocurrió que podría ser una buena idea acercarse a la base norteamericana de Kandahar para ofrecer sus servicios como intérprete y guía. Se equivocó. Fue detenido y trasladado a Guantánamo el 17 de mayo de 2002, donde pasó dos años preso. No tenía ningún vínculo con Al Qaeda ni con los talibanes. Tampoco los tenía el director de escuela sudanés Al Rachid Raheem, encañonado y arrestado en su casa de Peshawar (Pakistán) cuando estaba a punto de meterse en la cama; ni Mahngur Alijan, un afgano que hacía autostop para comprar medicinas; ni el turco Ibrahim Shafir Shen, que huía de la guerra; ni Noor Ahmad, que acabó en Guantánamo por no tener dinero para pagar un soborno a la policía paquistaní después de que los agentes lo encontraran indocumentado.

Las fichas secretas del Departamento de Defensa sobre los presos de Guantánamo contienen decenas de historias similares. Hombres sin ninguna vinculación con el terrorismo islamista ni con los talibanes que fueron encerrados por razones que en ocasiones ni las propias autoridades estadounidenses conocen, como se reconoce en documentos en los que se admite su inocencia, el error cometido, y se recomienda que sean liberados o trasladados a su país de origen. A pesar de ello, algunos de los detenidos sin motivo pasaron uno, dos, tres, y hasta nueve años encarcelados.

EE UU acabó determinando que 83 presos no suponían absolutamente ningún riesgo, y de otros 77 se dice que es "improbable" que sean una amenaza para el país o sus aliados. Es decir, que al menos uno de cada cinco internos fue conducido al penal de forma arbitraria según las propias valoraciones de los militares norteamericanos. De otros 274 se considera que solo "quizá" sean un peligro, de forma que las fichas secretas demuestran que EE UU no creía seriamente en la culpabilidad o amenaza de casi el 60% de sus prisioneros, a pesar de lo cual los envió a la isla de Cuba.

El expresidente de EE UU George W. Bush abrió el campo de prisioneros el 11 de enero de 2002. En esa primera época el número de personas trasladadas a la base que no tenían el más mínimo lazo con Al Qaeda fue muy elevado. Especialmente en algunos países. En Afganistán, por ejemplo. La mitad de los afganos -el grupo mayoritario de presos, el 28% del total- fueron después calificados como de riesgo bajo o inexistente. El descontrol y la arbitrariedad, según revelan los documentos secretos, eran grandes. Se privaba de libertad aunque el prisionero no hubiera cometido delitos ni crímenes de guerra. Por si acaso sabía algo. Por si tenía un primo o un hermano en las filas de los talibanes. Por si en su pueblo vivía algún líder que interesara a la inteligencia estadounidense. Por su "conocimiento general de las rutas de ingreso en Afganistán" o del "reclutamiento forzoso talibán", como consta en varias fichas. Las acciones concretas del detenido eran irrelevantes. En cuanto llegaban al penal todos eran calificados como combatientes enemigos aunque no hubiera indicios de que lo fueran.

Mientras EE UU luchaba contra los talibanes, estos recorrían los pueblos de Afganistán obligando a los jóvenes a unirse a sus filas. Solían pedir a cada familia que contribuyera con dinero o al menos con un hombre. Sahibjan Torjan se ofreció como voluntario para evitar el reclutamiento de su padre, pero más tarde se negó a luchar. Los talibanes lo detuvieron durante 30 días. Ni esa oposición le libró de Guantánamo. La Alianza del Norte lo capturó y los estadounidenses lo llevaron al penal el 4 de mayo de 2002. Tenía 21 años. Cuatro meses después se reconocía su inocencia en una ficha secreta: "Basándonos en la información actual, el detenido no es afiliado a Al Qaeda ni líder talibán (...) No tiene más valor de inteligencia para EE UU (...) No supone una futura amenaza para los intereses americanos", aseveró el comandante Michael E. Dunlavey. Tardó aún seis meses en volver a su país. Jon Muhamed Barakzai también sufrió el reclutamiento forzoso. Pero no llegó a combatir. Ni siquiera recibió entrenamiento. Regresaba a su pueblo cuando fue detenido, entregado a los estadounidenses y conducido al penal. Un padre que fue a buscar a su hijo al frente, en Kandahar, también acabó en Guantánamo.

El penal ha llegado a retener a un preso inocente de 89 años en Guantánamo. Sufría además demencia senil, artritis y una depresión grave. En el complejo de casas en el que vivía unos soldados hallaron un teléfono por satélite Thuraya y una lista de números de personas "sospechosas" de ser talibanes. El anciano no sabía de quién era el teléfono ni sabía usarlo, pero fue hecho prisionero y conducido al penal. Acabó pasando con éxito la prueba del polígrafo y las autoridades estadounidenses reconocieron que no suponía peligro ni amenaza alguna para su país.

La arbitrariedad del penal no solo queda clara en las fichas en las que los militares reconocen la inocencia de un preso. La vulneración de las garantías procesales básicas se aprecia en muchas otras, en los criterios indeterminados y generales que sirven para fundamentar una detención. Los principios de humanidad y de proporcionalidad en las penas, de intervención mínima, de legalidad, no existen en Guantánamo. Sobre el afgano Osman Khan, nacido en 1950, afirman que "posiblemente" sea un miembro de los talibanes, pero que "no ha sido determinado con ninguna seguridad". A pesar de ello lo califican como de "riesgo medio" y recomiendan que sea trasferido, pero para que continúe preso en el país de acogida. De otro recluso solo se indica que "se sospecha" de su relación con "elementos subversivos". Un tal Mohammed Nasim aparece como interno 453. EE UU duda de que sea su verdadero nombre. No saben quién es, pero asumen que "quizá" tenga "valor de inteligencia" y "riesgo alto" y proponen que continúe en Guantánamo. "Hay distintas posibilidades sobre su identidad real", señalan. "Entre ellas, que sea un exministro de Educación talibán".

La presunción de inocencia no existe en Guantánamo. Es el detenido el que tiene que demostrar que no es terrorista ni talibán. No había pruebas contra el afgano Yamatollah Abdul, por ejemplo, pero se sospecha de su culpabilidad porque "cuando se le presiona para que explique su historia en detalle pone excusas y no colabora". "Es evasivo y reticente a reconocer ciertas cosas", afirma otra ficha. Cuando hablan sobre Khudai Dad, diagnosticado como esquizofrénico, piden que continúe encarcelado porque su testimonio tiene "escasa credibilidad". Al lado de esta formación, un informe médico adjunto detallaba alucinaciones y episodios de psicosis aguda del enfermo. Tampoco se presentaron evidencias contra un adolescente afgano de 15 años trasladado al penal. No solo era inocente, sino que era una víctima. Antes de que el Ejército de EE UU lo hiciera prisionero, un grupo armado talibán lo había secuestrado y violado.

Los abusos de Guantánamo, al descubierto

759 informes secretos destapan las vejaciones de Guantánamo. -Los documentos revelan que el principal propósito de la prisión era "explotar" toda la información de los reclusos a pesar de la reconocida inocencia de muchos de ellos. -El 60% fue conducido a la base militar sin ser una amenaza "probable"

MÓNICA CEBERIO BELAZA / LUIS DONCEL / JOSÉ MARÍA IRUJO / FRANCISCO PEREGIL 25/04/2011


Los abusos de Guantánamo, al descubierto

Imagen de algunos de los presos de Guantánamo.-

Guantánamo creó un sistema policial y penal sin garantías en el que solo importaban dos cuestiones: cuánta información se obtendría de los presos, aunque fueran inocentes, y si podían ser peligrosos en el futuro. Ancianos con demencia senil, adolescentes, enfermos psiquiátricos graves y maestros de escuela o granjeros sin ningún vínculo con la yihad fueron conducidos al presidio y mezclados con verdaderos terroristas como los responsables del 11-S. EL PAÍS ha tenido acceso, junto con otros medios internacionales y a través de Wikileaks, a las fichas militares secretas de 759 de los 779 presos que han pasado por la prisión, de los cuales unos 170 siguen recluidos. Las tripas de la cárcel quedan recogidas en 4.759 folios firmados por los más altos mandos de la Fuerza Conjunta de la base y dirigidas al Comando Sur del Departamento de Defensa en Miami. La radiografía de una prisión creada por George W. Bush en 2002 al margen de las leyes nacionales e internacionales llega en un mal momento para el presidente, Barack Obama. Cerrar el penal fue su primera promesa tras asumir el cargo en enero de 2009. El anuncio, hace un mes, de que reanudaría los juicios en las comisiones militares fue el reconocimiento de su fracaso.

Los informes, fechados entre 2002 y 2009, que en la mayoría de los casos tienen como finalidad recomendar si el preso debe continuar en el penal, ser liberado o trasladado a otro país, documentan por primera vez cómo valoraba EE UU a cada uno de los internos y lo que sabían de ellos. Revelan un sistema basado en delaciones de otros internos, sin normas claras, basado en sospechas y conjeturas, que no necesita pruebas para mantener a una persona encarcelada largo tiempo -143 personas lo han estado más de nueve años- y que establece tres niveles de riesgo que se definen con apenas una frase. El más alto solo implica que la persona "probablemente" supone "una amenaza para EE UU, sus intereses y aliados"; el medio, que "quizá" lo suponga; y el bajo, nivel en el que aparecen catalogados presos que han estado ocho y nueve años en la prisión, que es "improbable" que sea un riesgo para la seguridad del país.

Hay casos, según revelan los informes secretos, en los que ni siquiera el Gobierno de EE UU sabe los motivos por los que alguien fue trasladado a Guantánamo, y otros en los que ha concluido que el detenido no suponía peligro alguno: un anciano de 89 años con demencia senil y depresión que vivía en un complejo residencial en el que apareció un teléfono por satélite; un padre que iba a buscar a su hijo al frente talibán; un mercader que viajaba sin documentación; un hombre que hacía autostop para comprar medicinas.

EE UU determinó que 83 presos no suponían ningún riesgo para la seguridad de la nación, y de otros 77 se reconoce que es "improbable" que sean una amenaza para el país o sus aliados. El 20% de los presos fue conducido al penal de forma arbitraria según las propias valoraciones de los militares estadounidenses. Si a ese dato se añade el de aquellos que solo "quizá pudieran entrañar un peligro, 274 en total, se concluye que EE UU no ha creído seriamente en la culpabilidad o amenaza de casi el 60% de sus prisioneros. Se encarcelaba a los presos fundamentalmente para "explotarlos", según su propia terminología; por si sabían algo que pudiera ser útil.

Guantánamo es una cárcel, pero la prioridad no es imponer sanciones por delitos cometidos. Solo siete presos han sido juzgados y condenados hasta el momento: seis en las comisiones militares de la base y uno en un tribunal civil de Nueva York. Lo que se pretende fundamentalmente, según muestran los informes, es obtener información a través de los interrogatorios. Uno de los dos parámetros que se maneja para decidir si se puede liberar o no a un preso es precisamente su "valor de inteligencia", según la terminología empleada en las fichas secretas.

La prisión funciona como una inmensa comisaría de policía sin límite de estancia y en la que la duración del castigo no es proporcional al supuesto hecho cometido. Las fichas secretas muestran a unos reclusos tratados como presuntos culpables que deben demostrar no solo su inocencia sino su falta de conocimiento sobre Al Qaeda y los talibanes para obtener la libertad. El único delito que las autoridades adjudican a algunos de ellos ha sido tener un primo, amigo o hermano relacionado con la yihad; o vivir en un pueblo en el que ha habido ataques importantes de los talibanes; o viajar por rutas usadas por los terroristas y, por lo tanto, conocerlas bien.

A pesar de su empeño en obtener información en la lucha contra el terrorismo, nueve años y tres meses después de la apertura de Guantánamo los informes secretos revelan que solo el 22% de los presos ha presentado un nivel de interés alto para los servicios de inteligencia de EE UU. En el 78% restante, el valor informativo de los presos era medio o bajo, según reconocen los propios militares.

Los detenidos vieron las caras de muchos interrogadores: militares, agentes de la CIA y policías de sus propios países que desfilaron en secreto por sus celdas, entre ellos españoles, y les tomaron declaración esposados y encadenados por una argolla al suelo. La actividad en los campos de entrenamiento terrorista en Afganistán, los experimentos con explosivos, la fijación de los yihadistas por conseguir la denominada "bomba sucia", el trato y cercanía a Osama Bin Laden, Al Zahawiri o el mulá Mohamed Omar eran objetivos prioritarios. Un reloj Casio F91W en la muñeca de un preso se consideraba prueba suficiente de que había recibido formación de explosivos.

Los documentos revelan nuevos detalles sobre los 16 detenidos de alta seguridad relacionados con los atentados del 11-S. El cerebro de la masacre, Khalid Sheikh Mohammed, ordenó en 2002 a otro preso del penal un ataque suicida contra el entonces presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. En realidad se trataba solamente de una prueba de su disposición a "morir por la causa".

Los expedientes no especifican qué métodos se usan para obtener la información en el penal. La palabra tortura apenas aparece en los casi ochocientos documentos. Sin embargo, lo que sí aparece son las delaciones que la mayoría de ellos arrojan sobre sus antiguos compañeros de lucha y que se suman por cientos. En cada expediente suele haber un apartado bajo el epígrafe "Razones para continuar la detención". Si el propio recluso no admite haber jurado lealtad a Bin Laden o haber luchado contra Estados Unidos en las montañas de Tora Bora, son sus propios compañeros quienes aparecen con nombres y apellidos delatándole o identificándole. La lista de delatores va desde la jerarquía más alta a la más baja de los extremistas.

Pero en ningún momento se informa de en qué circunstancias los presos han admitido su supuesta culpa o incriminado a otros. A veces, un preso declara sufrir tortura, pero el propio redactor del informe se encarga de afirmar que esa declaración no tiene ninguna credibilidad. A algunos, sin embargo, no había manera de arrancarles información. "Estoy preparado para estar en Guantánamo 100 años si es necesario, pero no revelaré información", espetó el kuwaití Khalid Abdullah Mishal al Mutairi a sus interrogadores.

Los informes son textos fríos, de prosa funcionarial. Apenas se detienen en cuestiones personales como los intentos de suicidio, el estado de salud o las huelgas de hambre y, en el caso del rosario de presos con enfermedades psiquiátricas, uno de los rostros más retorcidos de Guantánamo, se limitan a constatar si, a pesar de su trastorno (acompañado muchas veces de múltiples intentos de quitarse la vida), puede ser útil seguir haciéndoles preguntas.

Al afgano Kudai Dat, diagnosticado de esquizofrenia, trataron infructuosamente de hacerle un interrogatorio final a pesar de que había sido hospitalizado con síntomas agudos de psicosis. Cuando mejoró lo llevaron ante el polígrafo, provocando de nuevo alucinaciones en el enfermo, según un informe psiquiátrico de la prisión. Su pronóstico a largo plazo era "pobre". Pero, a pesar de la ficha médica, la autoridad militar aseguraba que fingía los ataques de nervios y se recomendó mantenerlo en la base. Pasó cuatro años encerrado.

Los documentos son extremadamente protocolarios, pero por debajo del lenguaje administrativo se vislumbran informaciones que aportan un retrato de las condiciones de vida en el presidio. Cuando se habla de la conducta del detenido, por un lado se registran las infracciones disciplinarias y por otro las agresiones. Cualquier incidente se hace constar sin apenas detalles: "Inapropiado uso de los fluidos corporales, comunicaciones desautorizadas, daño sobre las propiedades del Gobierno, incitar y participar en disturbios de masa, intento de ataques, ataques, palabras y gestos provocativos, posesión de comida y contrabando de objetos que no son armas..."

Todo se contabiliza y registra. Pero tan solo se aporta información concreta sobre el último incidente disciplinario. Y es ahí, precisamente, en ese pasaje fugaz de apenas un renglón, donde aparecen destellos de la dura vida en Guantánamo: la mayoría de los presos han lanzado orina y heces a los vigilantes. Nunca se especifica cuál es el castigo que sufren por esas acciones ni en qué contexto se perpetraron. Otros reclusos han sido expedientados por cubrir la ventilación de su celda con papel higiénico, devolver un libro a la biblioteca subrayado o con marcas, rechazar la comida o negarse a salir de la ducha.

Las fichas ofrecen además una breve biografía de casi todos los hombres que han pasado por las celdas de Guantánamo. La gama de motivos que les llevaron a participar en la yihad o a tener vínculos con redes islamistas es muy variada: abarca desde el saudí que se comprometió con la causa tras ver un vídeo donde se mostraban las tropelías que los rusos cometieron contra los musulmanes en Chechenia pasando por el francés que viajó a Afganistán para continuar sus estudios del Islam y vivir en un Estado puramente islámico hasta el saudí que, deseoso de encontrar una esposa, entró en un campo de entrenamiento con la esperanza de adelgazar. "En el verano de 2001, un hombre sugirió al detenido viajar a Afganistán para cumplir con sus obligaciones religiosas durante dos meses. El régimen de entrenamiento físico le brindaría también la oportunidad de perder peso", asegura la ficha de Abdul Rahman Mohammed Hussain Khowlan.

De la documentación no solo se extraen conclusiones sobre la motivación que llevó a tantos hombres a Kabul, Kandahar o a las montañas de Tora Bora. También es posible dibujar un perfil con los puntos en común de la mayoría. Da igual que tuvieran nacionalidad de algún país europeo, argelina, yemení o filipina.

Antes de entrar en la prisión estadounidense, muchos viajaron constantemente a través del mundo árabe-musulmán. Abundan los relatos de hombres que cruzan la frontera de Pakistán a Afganistán a pie o que se citan con otros activistas en una mezquita de la ciudad paquistaní de Lahore. Las fichas explican también cómo los islamistas se apoyan entre sí a través de una red de puntos de encuentro -seis de los siete franceses detenidos pasaron por una casa de huéspedes, a la que denominan "de los argelinos", en la ciudad afgana de Jalalabad-, del dinero que les proporcionan miembros de la red -los documentos mencionan que muchos detenidos son arrestados con 10.000 dólares, la cantidad típica que Al Qaeda entrega a sus activistas-, o de organizaciones de caridad como Al Wafa que, según las autoridades de EE UU, contribuyen a financiar las actividades terroristas.

Pero en muchas ocasiones el hecho de viajar por la zona se convierte en una actitud sospechosa que envía sin más al penal a decenas de personas. En una nota de apenas dos páginas se relata el paso de Imad Achab Kanouni por Alemania, Albania, Pakistán y Afganistán. En el apartado de razones para justificar su estancia en Guantánamo, se le acusa de no haber podido explicar las condiciones de su viaje a Afganistán. No hay ni una sola prueba que le incrimine. A pesar de ello, el general Geoffrey Miller -responsable también de la prisión iraquí de Abu Ghraib- recomienda su permanencia en la prisión.

Los informes también afectan a España; a Hamed Abderramán, el denominado talibán ceutí, condenado por la Audiencia Nacional y luego absuelto por el Tribunal Supremo al inhabilitar las pruebas obtenidas sin ninguna garantía por policías españoles en el penal; y a Lachen Ikasrrien, un marroquí residente en España que corrió la misma suerte judicial que Hamed y que se negó durante cinco años de presidio a reconocer vínculos con Al Qaeda.

Los tres presos acogidos por España en 2010, un palestino, un yemení y un afgano, son una pequeña muestra de las patologías del penal. Uno es un enfermo mental con problemas graves al que mantuvieron durante años encarcelado y sometido a interrogatorios; otro, que estuvo a las órdenes de Bin Laden en Tora Bora, se prestó a colaborar con EE UU; y al tercero, contra el que no llegó a haber nunca pruebas fehacientes, lo califican de problemático. Es, sin embargo, el único que por el momento ha logrado hacer una vida relativamente normal en nuestro país.

El Pentágono ha redactado un comunicado en el que lamenta la publicación de los documentos secretos por su carácter sensible para la seguridad de EE UU.

EL PAÍS continuará desarrollando las cuestiones más destacadas de los informes secretos del Departamento de Defensa sobre Guantánamo.