viernes, 15 de julio de 2011

GUERREROS TRIBALES


¿Por qué les cuesta tanto a los dictadores decir adiós?


Según todo criterio lógico, lo normal sería que los combates y las luchas de poder en Costa de Marfil, Libia y Yemen hubieran terminado hace semanas. Quizá terminen pronto: el 11 de abril llegó a su fin el conflicto en Costa de Marfil. Pero el hecho de que se hayan prolongado ya tanto es síntoma de una realidad esencial a propósito de los individuos involucrados que en Occidente no se comprende del todo. Nosotros nos preguntamos: ¿Por qué el dictador marfileño Laurent Gbagbo, el líder libio Muamar el Gadafi y el presidente yemení Alí Abdalá Saleh no aceptan las ofertas, que al parecer se les han hecho, de irse a un exilio confortable? Seguro que sería más conveniente para su seguridad física y sus cuentas bancarias. Después de semanas de luchas, negociaciones y manifestaciones, ¿qué más quieren demostrar?

Este tipo de razonamiento supone que lo que separa a estos déspotas de sus adversarios son temas tan inocuos y susceptibles de compromiso como, por ejemplo, las pensiones y los tipos fiscales. Pero esos hombres no son políticos acostumbrados al toma y daca; luchan por unas cosas mucho más antiguas, básicas e imposibles de negociar: el territorio y el honor, al menos tal como ellos lo definen. Su mundo no está hecho de instituciones y burocracias que les sirvan para gobernar; es un mundo que consiste en dominar franjas de territorio mediante la ayuda de familiares y las alianzas tribales y regionales.

AFP/Gettyimages

En ese mundo, personajes como los depuestos líderes de Túnez y Egipto, Zine el Abidine Ben Alí y Hosni Mubarak, carecen de cualidades. Gobernaron al estilo occidental, a través de instituciones y burocracias, y cuando dichas instituciones -el ejército y los servicios de seguridad interior- se negaron a disparar contra la gente en la calle, ellos no tuvieron más remedio que dimitir dócilmente y marcharse al exilio interior o exterior, quizá sin haber hecho los pactos necesarios para su protección posterior.

Por supuesto, desde el punto de vista moral, una figura como Gbagbo es especialmente despreciable. Para satisfacer su ego, ha llevado Costa de Marfil al borde de la anarquía. O sea que no estoy disculpándolo, sólo trato de explicar en parte sus motivos. Él piensa que se presentó a unas elecciones y obtuvo casi la mitad de los votos. Y éstos no se debieron a sus posturas sobre los problemas sociales o económicos, sino a lo que representaba en el ámbito tribal y regional: es un hombre del sur, de la parte no musulmana del país. Rendirse demasiado pronto habría sido traicionar a sus grupos de solidaridad regional y religiosa. En países sin suficiente desarrollo económico, como Costa de Marfil, las elecciones acaban, muchas veces, cosificando diferencias de sangre y de creencias. Desde su punto de vista, el hecho de haber luchado hasta el final, hasta verse arrinconado en el sótano de su palacio e incluso más, hasta que sus enemigos tuvieron que llamar a los franceses para que les ayudaran a desalojarlo, no es signo de debilidad moral, sino de ética viril. (Lo mismo podría decirse de los hijos de Sadam Husein, Uday y Qusay, que murieron en un tiroteo con tropas estadounidenses cerca de Mosul en 2003; salvo que ellos eran niños mimados, los hijos mafiosos de un dictador de corte estalinista, y no hombres que se hubieran hecho a sí mismos, ni mucho menos. Es decir, pertenecen a una categoría inferior a la de Gbagbo, Saleh y Gadafi).

Hay que recordar que, más que de políticos, estamos hablando de guerreros. Por ejemplo, Saleh. Los medios de comunicación occidentales describen al Presidente yemení como un tirano recalcitrante cuya tozudez y cuyo apego al poder están, como en el caso de Gbagbo en Costa de Marfil, amenazando con desintegrar su país. Esa descripción es cierta, pero se queda corta. Saleh ha gobernado Yemen durante un tercio de siglo, mientras que sus dos antecesores inmediatos fueron asesinados después de ocho meses, uno, y tres años, el otro. Y el dictador yemení anterior a ellos cayó en un golpe militar. No se puede negar que Saleh tiene nervios de acero y talento sutil, que, durante decenios, ha sido capaz de resistir unos grados de tensión que inmovilizarían psicológicamente al más curtido político de Washington. La partida que está jugando ahora -negociando las condiciones para su salida- no le afecta sólo a él, sino al destino de sus familiares, próximos y lejanos. De modo que, en cierto sentido, ¿quién puede reprocharle que aguante un poco más, que intente obtener mejores condiciones? Para Saleh, el gobierno no es un objeto impersonal y legalista, sino el negocio familiar. Hay que disolverlo en las mejores condiciones posibles, y la violencia es una herramienta en esa lucha. Dentro de unos años, tal vez incluso recordemos su mandato como un periodo en el que hubo relativa estabilidad y cooperación con Occidente. El hecho de que merezca nuestra condena no significa, desde una perspectiva analítica, que tengamos que subestimarlo.

El gobierno no es un objeto impersonal y legalista, sino el negocio familiar

Y luego, por supuesto, está Gadafi, que se hizo con el poder en un golpe militar cuando no tenía más que veintitantos años y durante los 42 siguientes ha mantenido unido Libia; un país que, durante casi toda su historia, ha sido una expresión geográfica sin ningún sentimiento de Estado. Como gobernaba con una mezcla de política tribal y el puño de hierro de los servicios de seguridad interior, Gadafi no construyó ningún espíritu de Estado y, por consiguiente, va a dejar un vacío absoluto cuando se vaya. El hecho de que no se haya ido en silencio es señal de que él tampoco lucha por cuestiones concretas, sino por una visión del honor que nos resulta primitiva, porque lo vincula a la región, la tribu y el territorio.

Pero, ya que hablamos de tribus y territorios, es importante comprender que el tipo especial de tribalismo que constituye un factor esencial en los gobiernos de Gadafi, Saleh y Gbagbo no tiene nada del tribalismo primitivo, anterior al Estado moderno, sino que, como lo definió el difunto antropólogo europeo Ernest Gellner, es el rechazo consciente a un gobierno concreto en favor de una cultura y una moral más amplias. En otras palabras, si algunas tribus están en contra de un Estado yemení fuerte, quizá no lo hacen por el deseo de anarquía, sino porque quieren tender la mano a la cultura islámica en su conjunto y a un Estado no represivo. Lo mismo sucede con los tradicionales llamamientos de Gadafi a la unidad política árabe y los intentos de Gbagbo de eliminar las fronteras del colonialismo francés, que le hacían dirigirse sólo a parte de la población del país.

Está claro que la vida bajo el gobierno de estos hombres era un infierno, pero su locura tenía cierto sentido, aunque yo lo haya simplificado mucho. Nadie es capaz de plasmar el atractivo de la vida fuera del Estado con tanto talento como el antropólogo de la Universidad de Yale James C. Scott en su libro The Art of Not Being Governed: An Anarchist History of Upland Southeast Asia. Las tribus actuales, sugiere Scott, no viven fuera de la historia, sino que tienen "toda la historia que necesitan" para "eludir el Estado" de forma deliberada. Es decir, las tribus poseen todas sus tradiciones y, por tanto, no quieren que el gobierno se inmiscuya en sus asuntos.

Gadafi, Saleh y Gbagbo han vivido con esta compleja y ambigua realidad toda su vida, y por eso no han construido Estados, pero otro motivo, además de las razones morales, es que no han encontrado ninguna simpatía en Occidente. Ahora bien, ése no es argumento para no tratar de entenderlos.

BIENVENIDO A MURDOCHIA



Gran Bretaña vive estos días el alboroto causado por las revelaciones de News of the World. Incluso la caída del periódico amenaza con hundir al Gobierno británico. Pero el polémico imperio mediático de Murdoch se extiende mucho más allá del Canal de la Mancha.



Murdoch
PHILIPPE LOPEZ/AFP/Getty Images

CHINA

El potencial del enorme mercado de China había hechizado a Murdoch hace mucho tiempo, pero su primera incursión en el país en 1993 fue un desastre sin precedentes. Tras comprar un canal de televisión por satélite de Hong Kong por casi mil millones de dólares (unos 700 millones de euros), pronunció un discurso en Londres jactándose de que la tecnología de los modernos medios de comunicación “estaba demostrando ser una inequívoca amenaza para los regímenes totalitarios en todas partes”. A los líderes chinos no les hizo gracia y como represalia prohibieron la propiedad privada de antenas parabólicas, amenazando la viabilidad del canal.

Cuando Murdoch lo intentó de nuevo varios años más tarde, tuvo mucho más cuidado. Cultivó las relaciones con los líderes chinos, se embarcó en alianzas estratégicas con emisoras de propiedad estatal y eliminó a los informativos de la BBC de su red por satélite Star porque su cobertura crítica había enfurecido a Pekín. Sus esfuerzos para lograr un acercamiento contaron con el muy hábil apoyo de su esposa, Wendi Deng, una antigua empleada china de News Corp. con quien se casó en 1999.

Sin embargo, la adulación no sirve para abrir todas las puertas en China. En 2005, News Corp. chocó con lo que Murdoch denominó “una muralla de ladrillos” cuando su intento de adquirir derechos de emisión en prime-time se vino abajo la compañía vendió el control de sus tres canales de televisión chinos a una empresa de este país el año pasado. En definitiva, Murdoch invirtió más de 2.000 millones de dólares en el país, y perdió al menos la mitad.

Murdoch australia
AFP/Getty Images

AUSTRALIA

El ascenso a la primera línea de la popularidad internacional de Murdoch comenzó cuando heredó News —un tabloide diario de Adelaida— de su padre, Keith, en 1952. Hoy, el magnate posee docenas de periódicos y emisoras en su país de origen, incluyendo el más importante diario nacional,Australian.

Murdoch ha sido una presencia influyente en la política australiana desde la década de los 60. Controla la mayoría de los periódicos importantes del país, y una reunión con el magnate se considera de rigor para los primeros ministros en el cargo (o aspirantes a serlo). Mientras que sus críticos en la izquierda dibujan Australia como una Murdochracia y señalan que el aumento de su protagonismo ha coincidido con un giro a la derecha en la política australiana, el empresario en ocasiones ha apoyado a líderes de ambos partidos mayoritarios según ha convenido a sus intereses.

El magnate tenía estrechos vínculos con el ex primer ministro laborista Paul Keating, que se remontan a cuando ambos cooperaron en la adquisición por parte de Murdoch deMelbourne Herald Sun, ahora el diario más leído de Australia, mientras Keating era ministro del Tesoro. El empresario fue un abierto partidario del Partido Liberal (de tendencia conservadora según la definición estadounidense) del primer ministro John Howard, pero su sugerencia de que Howard debería renunciar y su apoyo a Kevin Rudd contribuyeron a inclinar el resultado de las elecciones australianas de 2007.

Murdoch es menos cercano a la actual primera ministra Julia Gillard, especialmente en lo que se refiere a las cuestiones relacionadas con el medio ambiente, pero una portavoz de Gillard fue de lo más diplomática al describir a la más famosa de las exportaciones empresariales del país diciendo: “Por supuesto que no estamos de acuerdo en todo, pero creo que es justo decir que deberíamos estar orgulloso de que él sea un producto australiano."

En Australia, como en todos los demás sitos, por lo general Murdoch parece menos interesado en imponer una agenda social o ideológica que una que le beneficie a él.

Berlusconu
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ITALIA

Murdoch y el magnate de los medios y primer ministro del país Silvio Berlusconi fueron en el pasado amigos íntimos y acostumbraban a cenar juntos en las villas del mandatario a mediados de los 90. Pero los esfuerzos de Murdoch para expandir sus participaciones en los medios de comunicación italianos han irritado, como era previsible, a Berlusconi. Entre las cadenas de televisión de Mediaset, propiedad de éste, y su control de factosobre los canales públicos del país, el primer ministro disfruta de una influencia prácticamente hegemónica sobre el panorama mediático de Italia.

Ese control parecía destinado a ser desafiado a comienzos de la década de 2000 por Sky Italia, una cadena de televisión por satélite propiedad de Murdoch que empezó a ir despojando a Mediaset de sus espectadores y a contratar a sus presentadores. A buen seguro no escapó a la atención de Berlusconi el que los periódicos británicos de Murdoch, en especial The Times, se mostraran implacables en su cobertura de los escándalos sexuales y empresariales del primer ministro italiano. Berlusconi rechazó la crítica mediática británica por ser parte de una campaña orquestada por Murdoch para abrirse paso a la fuerza en el mercado de los medios italianos. El responsable de News Corp. descalificó esta acusación en una entrevista con Fox Business Network: “Yo no controlo lo que el director de The Times dice en Londres, o The Economist, que han estado atacándole, diciendo que es una vergüenza haberle tenido como primer ministro durante los últimos cinco años”.

India
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INDIA

El hijo y socio de Murdoch, James, presidente de News Corp. para Europa y Asia, ha descrito a los medios de India como “un tigre durmiente esperando a ser despertado”, y la empresa se ha movido con rapidez y agresividad para llevarse su parte del pastel. Star India, propiedad de News Corp., es el líder indiscutible de la televisión por satélite en el país. Uno de sus canales, la cadena de entretenimiento en hindi Star Plus, tiene 45 de los 50 principales programas nacionales y 56 millones de espectadores. En 2008, Murdoch amplió este compromiso, invirtiendo 100 millones de dólares en India.

No obstante, la expansión en India no siempre ha sido fácil para Murdoch. Durante algún tiempo, debido a las leyes que rigen la propiedad por parte de extranjeros de los medios de comunicación, Star News tenía que solicitar permiso del Gobierno indio cada semana sólo para continuar emitiendo. Además, en el país se han dictado varias órdenes de detención contra Murdoch: la primera la emitió un juez en 1995 después de que un participante en un talk show de uno de los canales del magnate se refiriera a Mahatma Gandhi como un “vaisia bastardo” —en alusión a su casta—. En 1998, se emitió una orden por la emisión en sus cadenas de películas “vulgares” como Desnuda para matar y Una mamá sin freno.

En 2007, una turbamulta de nacionalistas hindúes atacó las oficinas de un canal de noticias propiedad de Murdoch en Mumbai después de que éste emitiera una entrevista con una joven pareja —una hindú y un hombre musulmán— que había escapado de sus familias.

Murdoch Fiji
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FIJI

El imperio mediático de Murdoch con frecuencia se ha convertido en una piedra en el zapato de gobiernos por todo el mundo, y más de un mandatario probablemente ha deseado en secreto poder simplemente dar la patada a News Corp. Pero, hasta la fecha, el único que de verdad lo ha hecho ha sido el líder de la junta de Fiji, Frank Bainimarama, que accedió al poder tras un golpe de Estado incruento a finales de 2006. Poco después de su llegada al Gobierno comenzaron las quejas sobre el acoso a periodistas, incluyendo a los empleados del periódico más antiguo y popular del país, Fiji Times, propiedad de Murdoch. El diario suspendió su publicación por un breve periodo poco después del alzamiento para no someterse a la exigencia del nuevo régimen de permitir que el Ejército comprobara cada edición antes de su publicación con el fin de asegurarse de que éste no incluía contenidos contrarios al Ejecutivo.

La junta en última instancia dio marcha atrás, pero 18 meses después deportó a Evan Hannah, el director australiano de TheTimes, tras declararle una amenaza para la seguridad nacional. El periódico continuó publicando informaciones críticas con la Administración de Bainimarama, pero News Corp. se vio finalmente obligada a vender la propiedad en 2010 después de la aprobación de una nueva ley que exigía que los periódicos de Fiji fueran de propiedad local en un 90%.

¿SERÁ YEMEN UN NUEVO AFGANISTÁN?



Por qué Al Qaeda se siente como en casa en Yemen.

Mientras el presidente de Yemen era atacado en su palacio presidencial, militantes de Al-Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) tomaban el control de la ciudad costera de Zinjibar, declarando unilateralmente un Emirato Islámico de Abyan, región a la cual pertenece la ciudad. Desde finales de Mayo controla la ciudad y gran parte de la zona, imponiendo un gobierno basado en la sharia. Mientras esto pasaba, el Ejército de Yemen se retiraba de Zinjibar para luchar contra la oposición al régimen en Sanaá, la capital del país, dejando a los islamistas el control de esta área.

Yemen se encuentra sumido en el caos, y los únicos ganadores de esta situación son los miembros de AQPA, que buscan el colapso total del país para mantener su expansión por el mismo y sus acciones tanto a escala regional como global. EE UU considera a este grupo como su mayor amenaza, incluso por encima de los grupos afines a Al Qaeda en Afganistán y Pakistán. Debido a ello, la Administración Obama mantiene una campaña de bombardeos secretos en Yemen. Pero, ¿de dónde surge este grupo? ¿Son realmente una amenaza para la seguridad mundial? ¿Hasta qué punto su presencia en este país se ha visto facilitada por el gobierno de Alí Abdulá Saleh? ¿Puede convertirse Yemen en una nueva Somalia o un nuevo Afganistán?

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La conexión afgana y el origen de AQPA

Entre los años 1992 y 1993 miles de yemeníes volvían triunfantes a su recientemente unificado país. Eran los voluntarios árabes que habían ido a luchar a Afganistán contra las fuerzas soviéticas, conocidos por todo Oriente Medio como los “árabes-afganos”. La yihad contra los rusos había derrocado al imperio comunista y la idea de una yihad global había tomado forma en los campos de entrenamiento de Afganistán y Pakistán dirigidos por Osama bin Laden y financiados por Arabia Saudí, los servicios secretos pakistaníes y la CIA. Aunque la mayoría de los países árabes no vieron con buenos ojos el poder y prestigio de estos árabes-afganos que volvían a casa debido a su radicalismo, el recién elegido presidente de la República Unificada de Yemen, Alí Abdulá Saleh, considero su presencia como una gran oportunidad para acabar de imponer su poder sobre el sur del país. En 1994 estalla la guerra civil en Yemen entre el norte y el sur, siendo de gran ayuda para la victoria de las tropas del norte la participación de milicias integradas por árabes-afganos.

Tras la guerra civil, estos grupos se desvincularon del gobierno de Yemen, ya que este no cumplió sus demandas de crear un sistema político más acorde con sus ideales religiosos, en el cual la sharia o ley islámica fuera el código legal del país. Sumado a ello, estos árabes-afganos desconfiaban de la influencia chií en el norte del país. Durante años estos grupos centraron sus actividades en intereses extranjeros tanto en Yemen como en Arabia Saudí, siendo el ataque al USS Cole y el asesinato de varios grupos de turistas las acciones más destacadas. Sin embargo, su yihad no tenía un componente global, y se limitaba a atacar elementos que consideraban impuros en su visión ortodoxa del islam. Al mismo tiempo, muchos de ellos aumentaron su entrenamiento participando en las guerras de Bosnia, Chechenia y sobre todo Irak, volviendo a la península arábiga hacia 2008 tras el fracaso de Al Qaeda en este país.

El perfecto caldo de cultivo yemení

A finales de la década estos grupos de inspiración salafista encuentran un nuevo rumbo en Yemen. Tres factores hacen que experimenten un enorme incremento de su poder. Primero, Anwar al Awlaki, clérigo radical educado en EE UU, se erige en guía espiritual del grupo. En segundo lugar, la organización se reorganiza y refunda, uniendo los grupos que actuaban en Arabia Saudí y en Yemen bajo el nombre de Al Qaeda en la Península Arábiga. Esta nueva organización tiene una visión global, expandiendo su teatro de operaciones a todo el mundo y no solo contra intereses occidentales en Yemen y Arabia Saudí. Por último, AQPA encuentra una base segura de operaciones en un Yemen cerca del colapso. Durante la última década el país se ha ido sumiendo en el caos. Dos rebeliones armadas contra el Gobierno –una en el norte por grupos chiíes y otra en el sur por separatistas–, una crisis económica que tiene al país en una situación casi de bancarrota y un Ejecutivo incapaz de imponerse en gran parte de su territorio han convertido a Yemen en un Estado fallido. Las recientes protestas contra el Gobierno por parte de la oposición y la salida del presidente del país han acabo por sumir definitivamente en el caos a Yemen. Esta situación ha sido fácilmente aprovechada por AQPA para extender su poder.

Al Qaeda luchando en su propio territorio

El grupo armado tiene una singularidad que la distingue de otros grupos afines, y que es una señal de la futura evolución de los grupos yihadistas. Las diferentes vertientes de Al Qaeda tradicionalmente han sido grupos de apoyo a insurgencias locales. En Afganistán la insurgencia talibán recibió entrenamiento, fondos y apoyo táctico y logístico de Al Qaeda. Lo mismo sucedió en Chechenia, Bosnia, Indonesia o Somalia. Los miembros de Al Qaeda se infiltran en la sociedad y aplican sus técnicas de insurgencia.

Sin embargo, los miembros de AQPA se encuentran en su propio territorio, por lo que no tienen que infiltrase en la sociedad para permearla, ya que son parte de ella. Esta diferencia hace que sus miembros se hayan hecho muy poderosos, principalmente dentro del sistema de tribus. Esta es la estrategia seguida por el grupo a lo largo de los últimos años, con cierto beneplácito e incluso apoyo por parte del gobierno de Saleh y con un notable éxito. La situación del país provocó que el gobierno de Sanaá dejara de preocuparse por el crecimiento de este grupo, incluso utilizándolo en su beneficio contra los rebeldes Houthis del norte y separatistas del sur, lo que a la larga ha dado más poder y medios a AQPA en las zonas que el Ejecutivo no tiene bajo control. Además, el creciente descontento tribal con el Gobierno ha hecho que su poder e influencia en las tribus a las que pertenecen sus miembros sea cada vez más grande. Hoy AQPA es una organización perfectamente asentada en la sociedad yemení, con un gran poder gracias a la ausencia del Estado en gran parte del país y capaz de establecer una base de operaciones para extender sus acciones a cualquier punto de la península e incluso del planeta.

AQPA se encuentran en su propio territorio, por lo que no tienen que infiltrase en la sociedad para permearla, ya que son parte de ella

En las últimas semanas la situación se ha complicado todavía más. Con el presidente Alí Abdulá Saleh fuera del país y visiblemente afectado por las heridas producidas en el ataque al palacio presidencial, el país se encuentra descabezado y más incapaz que nunca de controlar su territorio. Esta situación está siendo aprovechada por los grupos afines a AQPA para expandirse por el sur del país. Sus ganancias territoriales en los alrededores de Zinjibar se han incrementado, dándoles más poder y capacidad de movimiento. Al mismo tiempo, la cercanía de Zinjibar a la ciudad de Adén abre a AQPA una puerta a dos de las grandes refinerías de petróleo del país y una salida al mar. El Ejército de Yemen recientemente ha incrementado ligeramente la presencia militar en Adén, sin embargo, el Gobierno está centrando todos los esfuerzos y recursos en la defensa de la capital. Por supuesto, la situación en el sur es utilizada desde la capital para escenificar que sería un Yemen sin Saleh, e igualar a los manifestantes prodemocráticos con AQPA.

¿Hacia un nuevo Afganistán?

AQPA busca, en definitiva, el colapso de Yemen y controlar cada vez más partes del país. Su poder y legitimidad irá en aumento según el Estado se acerque a esta situación. A sí mismo, su capacidad de gobernar ciertas zonas aplicando su ortodoxia islámica probablemente les sumará más legitimidad. Gracias a esta situación, AQPA puede conseguir lo que muchos movimientos ligados a Al Qaeda han intentado durante años, especialmente en Irak; una base de operaciones segura dentro del corazón del islam suní.

Replicar el ejemplo de Afganistán –donde Al Qaeda disfrutó de una base de operaciones, aunque fuera de sus fronteras culturales– dentro de territorio árabe es el gran objetivo de la organización. Esta posibilidad se encuentra más cercana que nunca. AQPA opera dentro de su propio escenario social, al contrario que en Afganistán, Chechenia o Indonesia. Su capacidad para hacerse con el control de los estamentos sociales en Yemen es considerable, siendo más plausible según aumente la situación de crisis generalizada en el país. Las condiciones de Yemen para que esto suceda son sin duda las perfectas. El país se encuentra en una situación de caos político y social. El porcentaje de jóvenes parados que pueden ser fácilmente reclutados por AQPA está cercano al 60% y las posibilidades de mejora socioeconómica son escasas. Al igual que Somalia y Afganistán, Yemen es un país impregnado por la cultura del Kalashnikov, existiendo cerca de tres armas por habitante.

Al igual que Somalia y Afganistán, Yemen es un país impregnado por la cultura del Kalashnikov, existiendo cerca de tres armas por habitante

Sin duda AQPA representa el perfil del nuevo enemigo en la lucha contra el terrorismo. Al contrario que otros grupos afines a Al Qaeda, AQPA puede ser capaz de hacerse con el control de su propio país, en este caso Yemen, y extender sus acciones a otros puntos de la región y del planeta. Por otro lado, la cercanía de Somalia implica una peligrosa asociación de Estados colapsados donde dos grupos armados afines –AQPA y Al Shabbah– pueden colaborar estrechamente.

El Gobierno de Yemen, a fin de aplacar las protestar democráticas, tiene una actitud laxa ante dicho grupo. EE UU ya mantiene operaciones encubiertas contra AQPA en territorio yemení, pero un empeoramiento de la situación en el país puede provocar que la única manera de poner freno a este grupo sea una intervención militar a gran escala, donde los perdedores serían los que luchan por una reforma democrática en el país. Este sin duda es un escenario que nadie querría contemplar, ni en Sanaá ni en Washington, ni en Bruselas ni en Riad, pero el reloj sigue moviéndose y la comunidad internacional ve como todas sus opciones de evitar el colapso de Yemen y el ascenso de AQPA se disipan poco a poco.

indice de estados fallido 2011

ÍNDICE DE ESTADOS FALLIDOS 2011

Séptima colaboración anual entre Foreign Policy y el Fondo por la Paz.




Tres Estados africanos -Somalia, Chad y Sudán- ocupan una vez más este año los primeros puestos del Índice de Estados fallidos, el ranking anual preparado por el Fondo para la Paz y publicado por Foreign Policy de los países más vulnerables del mundo. Durante cuatro años consecutivos Somalia se ha situado en el número 1, una muestra de la profundidad de la crisis de un país que se ha convertido en el fracaso más prolongado de la comunidad internacional.


La nueva edición del índice ha hecho uso de unas 130.000 fuentes de acceso público para analizar a 177 países y evaluarlos respecto a 12 indicadores de la presión sobre el Estado durante el año 2010 -desde los flujos de refugiados a la pobreza, de los servicios públicos a las amenazas de seguridad. En su conjunto, los resultados de un país en esta batería de indicadores nos dicen lo estable -o inestable- que es. Y los más recientes muestran el grado en que la crisis económica de 2008 y su efecto expansivo en todas partes, desde el colapso del comercio a los disparados precios de los alimentos, pasando por el estancamiento en las inversiones, persiguen todavía al mundo.

Las interminables desgracias de Somalia son la materia prima de la que se hace la desesperanza. Pero en otros casos de entre los 20 primeros puestos, ciertos países mostraron signos de mejora, a pesar de que algunos cayeron aún más abajo. Afganistán e Irak descendieron ambos en la clasificación, sugiriendo que no ha habido muchas mejoras en estos dos Estados desgarrados por la guerra en un momento en que Estados Unidos busca una estrategia sostenible para su salida. Kenia salió del puesto 15, demostrando que continúa recuperándose del sangriento enfrentamiento étnico que ha seguido a las elecciones en los últimos años. Liberia y Timor Oriental, ambos bajo protección de Naciones Unidas, se mantuvieron en general al margen de problemas. Pero Haití, que era ya la imagen de la desgracia, subió seis puestos en el índice, vapuleado y a duras penas luchando por hacer frente a las consecuencias del trágico terremoto de enero de 2010, que dejó más de 300.000 muertos. Otra ex colonia francesa, Costa de Marfil, volvió a sumarse a los 10 países en cabeza -un lúgubre presagio de su devastadora crisis postelectoral de este año- mientras que el frágil Níger avanzó cuatro posiciones entre una catastrófica hambruna.

Es probable que África, tierra de promesas pero también de peligros, figure en un lugar destacado de nuevo este año 2011, en el que 27 países del continente tienen programadas elecciones presidenciales, legislativas o locales. Por mucho que los comicios puedan contribuir al avance democrático, a menudo son un momento crítico en el origen de los problemas -conflictos que invariablemente envían a Estados ya de por sí frágiles de vuelta a los primeros puestos del índice. El presidente saliente de Uganda, Yoweri Museveni, logró de nuevo la reelección en febrero, pero la oposición ha denunciado juego sucio y su toma de posesión fue recibida con violentas protestas. En Nigeria, estable en los rankings este año como número 14, los disturbios que siguieron a las elecciones de abril dejaron 800 muertos. El referéndum de Sudán en enero, que fue seguido muy de cerca, sobre un Estado independiente en el sur estuvo sorprendentemente exento de derramamientos de sangre, pero el país continúa suspendido al borde de una nueva espiral de violencia.

Como si los traumas del año pasado no fueran suficientemente horribles, en 2011 Haití está demostrando ser de nuevo una dura prueba para el mundo, mientras miles de millones de dólares prometidos como donación no se han materializado y miles de personas viven todavía en miserables tiendas de campaña, luchando contra una epidemia de cólera que ha matado a más de 4.600. Tras una primera vuelta de las presidenciales marcada por el fraude, la segunda y definitiva celebrada en marzo llevó al poder a un músico sin experiencia apodado "el dulce Micky".

Quizá el mayor desafío de todos para 2011 será el tener que abordar las consecuencias globales de las revoluciones árabes, que comenzaron en Túnez y rápidamente se propagaron a Egipto, Bahréin, Libia, Yemen y Siria. Pocos podrían haber predicho que la humillación de un vendedor ambulante sería la chispa que prendiera fuego a toda una región, con consecuencias que pueden extenderse mucho más allá de Oriente Medio. Después de todo, si unos manifestantes pacíficos pueden derrocar a un dictador atrincherado en el poder en El Cairo, ¿por qué no podrían tomar las reprimidas calles de Taskent o Rangún?


estados fallidos

DEPENDE: ESTADOS FALLIDOS

El 11-S Occidente se dio cuenta de la amenaza que presentaban los Estados fallidos. ¿Pero de verdad la entendimos?


AHMAD AL-RUBAYE/AFP/Gettyimages

“Los 'Estados fallidos' son una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos”

Sólo algunos. Se ha convertido en un lugar común de la política exterior estadounidense desde los ataques terroristas del 11-S el afirmar que EE UU, en palabras de la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002 del presidente George W. Bush, “está menos amenazada por los Estados que tienen afán de conquista que por los fallidos”. El secretario de Defensa Robert Gates ha asegurado que durante los próximos 20 años las más graves amenazas para Washington provendrán de Estados fallidos “que no pueden satisfacer las necesidades básicas —y mucho menos las aspiraciones— de su pueblo”. Como candidato y también como presidente, Barack Obama ha repetido su afirmación y ha buscado reorientar su política hacia la prevención de dichos países.

Pero la verdad es que algunos sí suponen un verdadero peligro para Estados Unidos y Occidente y otros no. Tomemos como ejemplo a la República Democrática del Congo, donde cinco millones de personas o más han muerto en las guerras que han sacudido al país desde mediados desde los 90 —la consecuencia por sí sola más horrible sufrida por un Estado fallido en tiempos modernos—. ¿Cuáles fueron las repercusiones para los estadounidenses? El coste del coltán, un material que se obtiene de las minas del Congo y se usa en teléfonos móviles, ha sido extremadamente volátil. Es difícil pensar en algo más.

Incluso el papel que desempeñan los Estados fallidos en el terrorismo global puede haberse exagerado. Para empezar, éste es sólo un problema en los países que cuentan con una población musulmana significativa —que, admitámoslo, son 13 de los 20 primeros del Índice de Estados fallidos de este año—. Pero la correlación entre el fracaso de éstos y la amenaza global es más débil de lo que pensamos. Los militantes islamistas en gobiernos musulmanes inequívocamente fallidos como Somalia, o enormemente débiles como Chad, hasta ahora han supuesto una amenaza sobre todo a sus propias sociedades. Seguramente planteen menos peligro para Occidente que Pakistán o Yemen, ambos son al menos algo funcionales y la ideología y las instituciones incitan a los terroristas.

En su nuevo libro, Weak Links [Eslabones débiles], el experto Stewart Patrick llega a la conclusión de que “un grupo de Estados a mitad del ranking, que son débiles, pero todavía no fallidos (por ejemplo, Pakistán o Kenia), puede ofrecer más ventajas a largo plazo a los terroristas que otras zonas anárquicas o Estados fuertes”. Los yihadistas necesitan además infraestructura. Los atentados del 11-S, después de todo, fueron dirigidos desde Afganistán, pero estuvieron financiados y coordinados en Europa y en partes más estables del mundo musulmán, y se llevaron a cabo principalmente por ciudadanos de Arabia Saudí. Al Qaeda es una organización fundamentalmente de clase media.

En el mundo del crimen transnacional se da un patrón similar. Tomemos como ejemplo el triángulo que en el mercado de las drogas forman los cultivadores de coca de América Latina, los traficantes de África Occidental y los consumidores en Europa. Los narcotraficantes han descubierto que los Estados fallidos de África Occidental, con sus puertos sin vigilancia y sus fuerzas de seguridad corruptas y faltas de efectivos, resultan ser los puntos de intercambio perfectos para su producto. Las drogas son lanzadas desde avionetas o descargadas de los barcos frente a las costas de Guinea, Guinea-Bissau o Sierra Leona y después divididas en paquetes más pequeños para ser transportadas al norte. Pero las bandas criminales no operan en estos espacios hobbesianos, sino desde Ghana y Senegal —lugares con sistemas bancarios fiables, excelentes conexiones aéreas, hoteles agradables e innumerables oportunidades para el blanqueo de dinero—. La relación es análoga a la establecida entre Afganistán, cuyos agrestes espacios ofrecen a Al Qaeda un teatro de operaciones, y Pakistán, cuyos descontrolados centros urbanos proporcionan a los terroristas una base desde la que actuar.

“Los 'Estados fallidos' son espacios sin gobernar”

No necesariamente. Somalia, la tierra de la guerra perpetua de todos contra todos, es nuestro modelo ideal, por así decirlo, de Estado fallido, y por cuarto año consecutivo está en el número 1 del Índice. Nadie puede competir con este país en lo que se refiere a anarquía, pero en todos los demás lugares del mundo, es el gobierno, más que su ausencia, el principal culpable del fracaso de los Estados. Tomemos a Sudán, donde el Ejecutivo, desplegando a su Ejército nacional así como a sus paramilitares, fomentó la violencia que ha dominado la vida en el país durante décadas y lo ha situado cerca de los primeros puestos del Índice. La violencia somalí es un síntoma del fracaso estatal; la sudanesa es una consecuencia de las políticas gubernamentales.

Gérard Prunier, un destacado experto en África, ha escrito que, desde su llegada al poder en 1989, el presidente sudanés Omar Hassan al Bashir ha adoptado una política hacia los grupos étnicos inquietos que “bordea el genocidio”. Lo mismo se podía decir en la década de los 90 de Burundi, donde los gobiernos hutus masacraron a los tutsis, tras lo cual los tutsis se revolvieron e hicieron lo mismo con los hutus. En estos y otros Estados fallidos, las atrocidades masivas casi se han convertido en una forma aceptada de política.

Una línea divisoria por categorías, si bien a veces borrosa, separa dos tipos de Estados fallidos. Un país como Somalia es incapaz de formar y ejecutar una política estatal; es un Gobierno desafortunado. Países como Sudán, por el contrario, son precarios a propósito. O tomemos el ejemplo de Pakistán, que ha seguido políticas claras y coherentes, elaboradas por los militares, desde su creación en 1947. A diferencia de Somalia o de su vecino Afganistán, Pakistán es un Estado intencional. Pero del mismo modo que las políticas sudanesas han provocado décadas de violencia al enfrentar a la Administración contra la periferia, el cultivo de los grupos armados por parte del Ejército y los servicios de inteligencia paquistaníes —para servir de contrapeso a India y de fuente de profundidad estratégica en Afganistán— han convertido al país en un campo de batalla para la violencia terrorista. Islamabad tiene, por supuesto, espacios sin gobernar, en las yermas tierras bajo dominio pastún a lo largo de la frontera afgana. Pero los líderes militares han tomado la decisión estratégica de permitir a los pastunes gobernarse a sí mismos allí, para ser capaces de usarlos mejor contra sus supuestos adversarios. Los Estados fallidos de forma deliberada, en resumen, a menudo plantean mayores amenazas para el mundo de lo que lo hacen los desafortunados.

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“Los 'Estados fallidos' son culpa de Occidente”

Ojalá. Las potencias coloniales, especialmente las más despreocupadas, sin duda se deshicieron de sus antiguas posesiones en el umbral de su independencia con escasa, o ninguna, preparación para convertirse en Estados. Pensemos en el Congo, que el rey Leopoldo II de Bélgica gobernó como el director ejecutivo de una empresa privada dedicada a la extracción de materias primas bajo condiciones prácticamente de esclavitud, y cuya población en la década de los 70 no incluía siquiera a una única persona con una licenciatura en ninguna materia. Otros, como Afganistán, que nunca fue colonizado, fueron despedazados en el encarnizado fuego cruzado de la guerra fría.

¿Pero cómo se puede hacer a Occidente responsable de Estados como Irak (al menos antes de 2003), Costa de Marfil, Kenia y Zimbabue, todos los cuales disfrutaron de una relativa prosperidad y estabilidad en las primeras décadas que siguieron a su abandono del dominio de una potencia occidental? ¿O qué decir de Haití, que se liberó del yugo del colonialismo francés en la época de Napoleón, pero nunca adquirió más que la apariencia externa de un Estado en los dos siglos que han transcurrido desde entonces?

Menos de la mitad de la docena de países más fallidos pueden culpar con razón a sus progenitores occidentales por su triste situación. ¿Por qué, después de todo, es Pakistán el número 12 de la lista e India el 76 pese a compartir la misma historia de colonización británica? ¿Por qué es Costa de Marfil el 10 y Senegal el 85, cuando ambos estuvieron bajo dominio francés? La misma crianza colonial, resultados muy diferentes.

“Algunos Estados nacieron para fracasar”

Lamentablemente cierto. Aunque algunos Estados fallidos no pueden culpar a nadie más que a ellos mismos —o más bien a sus corruptas o brutales élites políticas—, otros ni siquiera tuvieron una oportunidad desde sus inicios. Aquí nos enfrentamos a un problema de nomenclatura. La misma expresión fallido implica falsamente una situación previa de éxito. Pero en realidad, muchos de los países que se sitúan en los niveles superiores del Índice de Estados fallidos nunca llegaron a emerger como Estados completos. Catorce de los veinte con las puntuaciones más altas son africanos y muchos de ellos, incluyendo a Nigeria, Guinea, y, por supuesto, Congo, consistían en su nacimiento en tribus o grupos étnicos con escaso sentido de una identidad común y absolutamente ninguna experiencia de gobierno moderno. (Quizá en este sentido más limitado se pueda culpar al colonialismo, ya que fueron las potencias europeas las que trazaron sus dudosas fronteras). Estas son, en expresión del novelista V.S. Naipaul, “sociedades a medio hacer”, atrapadas entre un pasado que ya no se puede usar y un futuro que no es todavía accesible. Erraron cuando la modernidad despertaba nuevas esperanzas y apetitos (y rivalidades) que superaron a las débiles instituciones o que sus líderes intentaron dominar y explotar.

¿Qué debe hacer el mundo ante estos Estados llamados a fracasar? Una respuesta es que se puede intentar minimizar el daño que proviene de ellos, o que va hacia ellos —deteniendo el flujo de las drogas que entran y salen de Guinea, por ejemplo, o usando tropas de mantenimiento de la paz para impedir el desbordamiento de la violencia de Darfur y Chad hacia la República Centroafricana—. Se puede potenciar a las organizaciones regionales y subregionales en sus vecindarios (la Unión Africana, o ECOWAS). Y se puede reconocer que incluso en lugares que no suponen una amenaza importante para Occidente, una obligación moral de aliviar el sufrimiento exige que aquellos que puedan ayudar lo hagan.

“Estados Unidos necesita una política para los 'Estados fallidos'

Puede que no. Una de las críticas permanentes a la política exterior de la Administración Obama es que, aunque el presidente ha hablado con frecuencia del peligro que plantea el fracaso de los Estados, no ha formulado nunca una política coherente para prevenirlo o curarlo. Washington ha sido sensible en este aspecto; durante su reciente periodo como responsable de planificación de políticas del Departamento de Estado, Anne-Marie Slaughter sugirió que la estrategia civil y militar de EE UU contra la insurgencia en Afganistán podía ser considerada como un “caldo de cultivo” para una política así y que los esfuerzos de construcción del país que han seguido al terremoto de Haití, con su alto nivel de colaboración con socios internacionales, podrían servir como modelo alternativo. Pero hoy incluso los defensores del esfuerzo a gran escala del Gobierno en Afganistán reconocen que el intento de extender allí la buena gobernanza en gran medida ha fracasado, mientras que incluso un año después del seísmo de Haití las tareas de construcción del Estado apenas han comenzado.

Quizá el problema surja de nuestra costumbre de pensar en los Estados fallidos como en un todo uniforme. ¿En qué se traduce una política que cubre tanto a Haití como a Afganistán? ¿Qué modelo establecido podría dictar un conjunto de decisiones que fuera útil para los funcionarios estadounidenses tanto en Yemen, cuyo fracaso supone una amenaza directa a los intereses de EE UU, como en la República Centroafricana, que no tiene ninguna importancia estratégica? ¿Y qué política proporcionaría opciones que fueran de alguna utilidad a Somalia, un erial que parece impermeable a toda forma de intermediación externa, ya sea benévola o maligna? En este caso, la coherencia de las políticas puede estar sobrevalorada.

La Administración Obama desde luego está buscando esta coherencia. La Quadrennial Diplomacy and Development Review del Departamento de Estado, un novedoso esfuerzo para presentar los instrumentos delpoder blando, repitió la crítica sobre la ausencia de una política que lo abarque todo, pero también puso un bien recibido énfasis en la necesidad de desarrollar la capacidad civil para hacer de verdad lo que sea que quienes dictan las políticas decidan que es necesario hacer. En este momento, las opciones políticas estadounidenses que merecen la pena se ven socavadas por la ausencia, al menos al margen de las fuerzas armadas, de capacidad operacional o “expedicionaria”: formadores para policías, expertos en saneamientos, funcionarios de sanidad pública, peritos contables y abogados (sí, abogados) que puedan ser desplegados en zonas frágiles o en escenarios posconflicto. Se necesita a gente para que se hagan cosas. Desgraciadamente, los republicanos del Congreso parecen decididos a dejar en nada todos y cada uno de los intentos de aumentar la capacidad no militar. Los conservadores parecen sentirse más cómodos con las amenazas a la vieja usanza provenientes de países poderosos como China, Irán y Rusia. Quizá no les inquieta la ausencia de una estrategia para los Estados fallidos porque estos no les preocupan.

“La intervención militar nunca funciona"

Incorrecto. La inmovilidad de los rankings de Estados fallidos de año en año nos recuerda que las múltiples enfermedades que asolan estos lugares se resisten enormemente a ser curadas, ya sea por agentes domésticos o provenientes del exterior. Desde luego los ejemplos de Afganistán y Haití, no son alentadores. Pero hay unos pocos rayos de luz, todos los cuales, por extraño que parezca, han tenido que ver con intervenciones militares. Liberia y Sierra Leona han sido rescatadas del borde del caos más absoluto en los últimos años y ambas están ahora en paz. Lo mismo puede cumplirse en el caso de Costa de Marfil en un futuro próximo; todavía es demasiado pronto para poder afirmarlo después de la breve y sangrienta guerra civil que siguió a las elecciones este año. Irak, un país cuya cuesta abajo parecía no tener fin hace cinco años, ha mejorado su posición en el Índice a medida que la violencia sectaria ha ido disminuyendo durante el último año, pasando del número 7 al número 9.

La conclusión a extraer no es que la solución a los Estados fallidos sea enviar a los marines, sino más bien que, en momentos de extrema crisis, haya actores externos que pueden alterar la trayectoria de estos países usando la fuerza para derrocar a líderes monstruosos o evitar que lleguen al poder. Pero la intervención es en sí misma una señal de fracaso, a la hora de prever el momento de una crisis. Cualquier nueva política hacia los Estados fallidos necesita centrarse en la prevención más que en la reacción, no sólo para evitar la necesidad de la fuerza militar, sino también porque en muchos lugares la intervención simplemente no será posible. Queremos saber ahora que, pongamos por ejemplo, Tailandia sufre riesgo de una crisis política, porque aunque los países vecinos y las potencias occidentales tienen instrumentos diplomáticos que podrían usar para prevenir el desastre, quizá haya poco que puedan hacer una vez que estalle la violencia. El supremo ejemplo de las nefastas consecuencias de ignorar las advertencias previas es, por supuesto, Ruanda, donde los funcionarios de la ONU y el Consejo de Seguridad hicieron caso omiso a los repetidos avisos de un inminente genocidio y reaccionaron sólo cuando ya era demasiado tarde para detener las masacres.

“A los 'Estados fallidos' no se les puede ayudar”

A algunos sí. ¿Qué pueden hacer los actores externos cuando este momento en el que se goza de una posición de ventaja haya ya pasado? ¿Qué pueden hacer para promover la reconciliación entre tribus en Kenia, para potenciar el gobierno civil en Pakistán, o para ayudar a crear una base económica que reemplace los menguantes suministros de petróleo en Yemen? Estas son, por supuesto, preguntas enormemente diferentes, pero sí tienen una respuesta en común: depende de la voluntad del Estado al que se va a ayudar. Los actores externos no pueden hacer mucho en Zimbabue mientras Robert Mugabe siga en el poder, ya que éste está preparado para hundir a su país con el fin de poder seguir conservando su dominio sobre él. Lo mejor que se puede hacer desde fuera es presionar o sobornarle a él y a su círculo para que se marchen. Pero por otro lado, los actores externos sí pueden lograr muchas cosas en Liberia, donde la presidenta Ellen Johnson Sirleaf ha invitado a funcionarios de la ONU para que trabajen desde el interior de los ministerios con el fin de proporcionar conocimiento y experiencia y prevenir abusos. El mismo contraste puede aplicarse a Sudán, una autocracia que nada en la riqueza derivada del petróleo, y Sudán del Sur, un nuevo país que ha nacido desnudo e indefenso, pero con un liderazgo político legítimo (aunque existe un peligro real de que la abrupta toma de Sudán del territorio fronterizo de Abyei pueda sumir a ambos países en una espiral de violencia).

Es tentador ver el problema de los Estados fallidos en términos tecnocráticos. En Fixing Failed States [Arreglar los Estados fallidos], Ashraf Ghani y Clare Lockhart argumentan que es necesario conectarlos a los mercados globales y liberar sus energías innovadoras. Es verdad que es necesario, pero los dictadores implacables consideran la libertad económica y política como una amenaza a su dominio. Los generales que dirigen Birmania se asegurarán de que nadie se quede para él o sus amigos los beneficios derivados de los mercados globales. No hay forma de escapar a la política y a la voluntad política. Los Estados desafortunados, como Liberia, quieren ayuda, y a veces se les puede ayudar. Los intencionales, como Birmania o Sudán, se aprovecharán de la ayuda externa para sus propios fines. Desgraciadamente, son éstos, en general, los que plantean una mayor amenaza a Estados Unidos y Occidente. Así que he aquí una propuesta: quizá podamos formular una nueva clase de política para Estados fallidos, una que ayude a los que lo merecen, aquellos que pueden ser ayudados, y minimice los daños provenientes del resto.