martes, 13 de diciembre de 2011

PREPARADOS PARA SALTAR A LA PALESTRA


El gran experimento ha comenzado. En las últimas semanas, los ciudadanos árabes han acudido a las urnas en Túnez, Marruecos y Egipto, y, sin que pueda sorprender a nadie, los partidos islamistas han salido vencedores en todos los casos. ¿Significa eso que los islamistas han secuestrado la revolución? ¿O que la Primavera Árabe va a convertirse, como dijo Newt Gingrich, en el debate de política exterior de los candidatos republicanos, en una “primavera anticristiana”? La respuesta en una sola palabra es: “no”. La respuesta en tres palabras es: “espero que no”.

El Partido al Nahda de Túnez, el Partido Justicia y Desarrollo de Marruecos y el Partido Libertad y Justicia de Egipto (el brazo político de los Hermanos Musulmanes) no son laicos, pero son democráticos, o, por lo menos, se han ganado el derecho a poner a prueba su buena fe democrática en el mundo real del ejercicio de la política. Obtuvieron mayorías porque eran las formaciones mejor organizadas, pero también, porque en los años anteriores a la revuelta populista, se habían mostrado como fuerzas defensoras de la justicia social ante gobiernos autoritarios.

Se han ganado su hueco; pero, ¿ahora, qué? La pregunta más acuciante no es la relativa a sus intenciones, devotas o no, sino sobre si se les permitirá gobernar. En Túnez, donde no existe una fuerza rival arraigada, la respuesta es casi con certeza sí. En Marruecos, el rey Mohammed VI promulgó una nueva constitución para dar cierta autoridad al débil Parlamento, pero se ha reservado prácticamente todo el poder real para sí mismo. Las elecciones de la semana pasada no suscitaron, en absoluto, el entusiasmo como lo hizo de las de Túnez y Egipto, con una participación relativamente modesta, del 45%, y gran número de electores que emitieron votos deliberadamente nulos. En Egipto, por supuesto, el Gobierno militar provisional, denominado Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), ha dicho que prevé gobernar hasta que se elija a un presidente, al parecer a mediados de 2012; pero los egipcios están cada vez más preocupados por la posibilidad de que el CSFA no se retire ni siquiera entonces.

No obstante, los comicios suelen cambiar el paisaje. El Partido Justicia y Desarrollo (PJD) de Marruecos, en el que están organizados los islamistas del país, ya ha hecho una suave demostración de fuerza frente al Palacio al decir que, si el Rey no designaba a su líder, Abdelilá Benkirane, como primer ministro, se reservarían el derecho de revisar y rechazar a la persona que él nombrara (Mohamed VI escogió a Benkirane). Ahmed Benchemsi, un periodista marroquí que en la actualidad trabaja en la Universidad de Stanford y es inequívocamente laico, dice: “Ningún otro dirigente de un partido se habría atrevido a decir semejante cosa”. Por primera vez, dice, “se está poniendo en cuestión el equilibrio de poder”. En Egipto, los Hermanos Musulmanes han desafiado al CSFA al exigir un “Gobierno de salvación nacional”, que encabezarían ellos. No se producirá, pero ya se ha arrojado, con sumo cuidado, el guante.


Sea cual sea la amenaza que representan los islamistas, no es nada al lado del peligro de tener un nuevo Gobierno militar torpe y brutal

Por este motivo, algunas de las figuras laicas que encabezaron la revolución en la Plaza de Tahrir han reaccionado con calma ante la actuación de los Hermanos Musulmanes. En un programa reciente se aseguró que Wael Ghonim, el ejecutivo de Google en Egipto que fue uno de los personajes fundamentales en la revolución de principios de año, había dicho: “A mí me da lo mismo que Egipto sea un Estado civil o religioso, mientras esté bien gobernado, tanto en lo político como en lo económico”. Otros muchos, desde luego, temen que un Parlamento dominado por este grupo islamista sumerja aún más a Egipto en el oscurantismo.

La gran decisión que deberán tomar los Hermanos será con quién alinearse. La verdadera sorpresa de las elecciones, hasta ahora, es que los salafistas, el grupo más inflexible, han obtenido la cuarta parte de los votos, un resultado mucho mejor que el de los liberales tradicionales que llevaban mucho tiempo actuando en la penumbra del Estado militar y el de las fuerzas más radicales de la Plaza de Tahrir. Los Hermanos Musulmanes son un grupo con mucha experiencia, acostumbrado a las maniobras y los compromisos políticos; los salafistas son genuinos teócratas. A los salafistas, seguramente, les gustaría exigir cláusulas en la constitución que limiten los derechos de las mujeres o los no musulmanes e intentarían legislar la moral, cosa que los parlamentarios de los Hermanos, hasta ahora, han evitado. Una alianza entre ambos trazaría una división en mitad de la sociedad egipcia y podría muy bien convertir la Plaza de Tahrir en un terreno para el enfrentamiento entre laicos e islamistas.

¿Se inclinarán los Hermanos Musulmanes en esa dirección? El relato que hacía el diario The New York Times sobre los resultados electorales aceptaba en gran parte esa opinión. Y es cierto que los islamistas, hoy, pueden prescindir de las fuerzas liberales si quieren. Por otra parte, el secretario general del partido, Saad el Katatni, ha rechazado de forma explícita una alianza con Al Nour, el principal grupo salafista. Marina Ottaway, una experta en Egipto del think tank Carnegie Endowment for International Peace, señala que, durante la campaña, el Partido Libertad y Justicia intentó formar una alianza con las fuerzas laicas, que al final llegaron a un pacto propio entre ellas, y se negó a unirse a una coalición islamista. “Si tuviera que apostar por ello en este momento”, dice Ottaway, “diría que formarán una alianza con los partidos más laicos y los elementos más moderados”.

Joshua Stacher, un profesor de Kent State University que ha estudiado el funcionamiento interno de los Hermanos Musulmanes, considera que son, más que una institución islámica, un gigantesco programa de empleo. Stacher no cree que la organización provoque una guerra civil con las fuerzas laicas, pero tampoco cree que se enfrenten a los generales que han sustituido al presidente Hosni Mubarak. Los Hermanos ya no son un partido de oposición, advierte Stacher: “Forman parte de la élite política”. Se imagina una situación en la que los Hermanos respalden la candidatura de Omar Suleiman, el responsable de los servicios de inteligencia y mano derecha de Mubarak, a ser presidente; una posibilidad temible.

De lo que no cabe duda es de que la perspectiva de obtener el poder ha convertido a los Hermanos Musulmanes en aliados de los gobernantes militares de Egipto. Mientras otros grupos protestaban por la brutalidad del CSFA y pedían un aplazamiento de las elecciones, la organización islamista permanecieó en silencio y se mantuvieron apartados de las calles. En un reciente discurso, el líder de los Hermanos, Mohammed Badie, conocido como el guía supremo, explicó sin convicción que sus miembros habían rehusado unirse a las manifestaciones masivas, que acabaron con la muerte de al menos 40 manifestantes, por temor a una “conspiración” que pretendía “atraer a los Hermanos a la plaza” para después incitar a la violencia. Badie culpó del derramamiento de sangre a las ubicuas “manos ocultas” –Israel, Estados Unidos y la CIA–, y no a las fuerzas de seguridad que actuaban en nombre del Ejército.

A la hora de la verdad, es posible que los Hermanos estén menos inclinados a aliarse con los salafistas que a servir de fachada y apoyo al Ejército. (Quizá ocurra lo mismo con el PJD en Marruecos, aunque ahí será un adorno para palacio, en vez de los generales). Esto sí sería como secuestrar la revolución. Pero para eso está la democracia. Si los Hermanos se convierten en una versión con tintes islamistas del viejo Partido Democrático Nacional de Mubarak, la población egipcia no lo tolerará. Los islamistas podrían ganar una elección y perder la siguiente. Por supuesto, siempre existe el temor a que, sencillamente, no convoquen más comicios. Pero ni los propios miembros de los Hermanos Musulmanes lo consentirían. “La era de ‘un hombre, un voto, una vez’ se ha terminado”, dice Stacher.

Mientras tanto, el Gobierno de Obama ha iniciado un acercamiento a los Hermanos Musulmanes. La semana pasada, dos funcionarios de rango medio del Departamento de Estado de EE UU fueron a la sede de la organización para entrevistarse con Essam el Erian, un veterano dirigente del grupo y vicepresidente del partido. Con la aparente victoria islamista, Obama puede tener la tentación de dar un paso atrás e incluso disminuir la presión para que el CSFA entregue el poder a un Gobierno civil. Al fin y al cabo, Estados Unidos lleva 60 años trabajando con jefes militares en Egipto. Pero esa era también se ha terminado. Sea cual sea la amenaza que representan los islamistas, para Egipto o para Occidente, no es nada al lado del peligro de tener un nuevo Gobierno militar torpe y brutal.

¿TIENE FACEBOOK UNA POLÍTICA EXTERIOR?




El gigante de las redes sociales tiene el poder de cambiar el mundo a mejor. ¿Quiere hacerlo?


Facebook

John Moore/Getty Images

Un manifestante egipcio en febrero de 2011 con una pancarta con el nombre de la red social que ayudó a organizar las protestas

A finales de 2008, el consejero delegado de Facebook, Mark Zuckerberg, reflexionaba sobre una masiva manifestación política que se había llevado a cabo en Colombia unos meses antes. Un joven había creado un grupo de Facebook para mostrar su repugnancia por las guerrillas de las FARC, y un mes después, el 4 de febrero, millones de ciudadanos colombianos y de todo el mundo se manifestaron en contra de los revolucionarios.

Las protestas contra las FARC fueron el primer aviso de lo que este año culminó en una oleada mundial, la del uso de los medios sociales en los movimientos políticos de masas; Facebook y Twitter se han convertido, casi de la noche a la mañana, en las tribunas, las peticiones y las asambleas comunes de todo el mundo. Empezó en Oriente Medio con los indignados amigos en Facebook, pero la reacción en cadena acabó llevando a movimientos ciudadanos y manifestaciones que han transformado el paisaje. No solo en Túnez, Egipto y Libia, donde lograron derrocar a los tiranos, sino también en Siria, Yemen, Bahréin, y más tarde en España, Israel, India, Gran Bretaña, Estados Unidos y en otros países. Facebook es el hilo que une a todos estos movimientos y se ha convertido en la nueva infraestructura de protesta.

Y este no es el final. Zuckerberg ha empezado a estudiar mandarín como preparativo para impulsar Facebook en China, no como parte de una vanguardia política, sino por su enorme interés en que el servicio que ofrece triunfe en aquel país. ¿Quién sabe qué cambios, políticos o de otro tipo, provocará?

Hace tres años, Zuckerberg tenía ya cierta idea de lo que se avecinaba. “De aquí a 15 años”, predijo, “es posible que haya cosas como la ocurrida en Colombia casi a diario”. Está claro que fue demasiado prudente con los plazos y, por eso, seguramente, es un error decir que 2011 ha sido el “año de los medios sociales”. En años futuros veremos todavía más repercusiones del uso de estas herramientas digitales, que no dejan de evolucionar. Facebook, que aún no ha cumplido ocho años, tendrá pronto mil millones de usuarios activos. Twitter tiene menos, 100 millones, pero éstos son una élite: personas destacadas en los medios de comunicación, la política, los negocios y la tecnología. Mientras tanto, legiones de empresarios en Silicon Valley y otros lugares están desarrollando nuevos productos de medios sociales que quizá acaben siendo más eficaces a la hora de ayudar a la gente a organizarse.

Lo que hace que Facebook sea tan útil en la política es precisamente el hecho de que, ante todo, es una herramienta social. En dicha web uno se limita a decir: “Voy a ir al centro comercial”, y el sistema se lo cuenta a sus amigos. De modo que, si quieres que tus amigos en Túnez sepan que estás harto del presidente Zine el Abidine Ben Alí, parece lógico emplear un sistema que ya sabes que es muy bueno para llegar a grandes grupos de personas. El mensaje, tanto si es de insatisfacción política como sobre asuntos más frívolos, puede hacerse viral a una gran velocidad.

Por supuesto, ni Facebook ni Twitter causaron la Primavera Árabe. Los medios sociales pueden ayudar a la gente a organizarse y crear conciencia, pero no pueden obligar a nadie a poner su vida en peligro. Los dos elementos juntos son una combinación incendiaria. Y por eso es muy poco probable que Zuckerberg repita sus reflexiones de 2008. Ahora tiene razones de peso para permanecer callado. Facebook está prohibido, con más o menos éxito, en:Birmania, Cuba, Irán y Corea del Norte, entre otros sitios. Pero el servicio funcionaen decenas de países no democráticos y su responsable quiere que siga siendo así.

Legiones de empresarios en Silicon Valley están desarrollando nuevos productos de medios sociales que quizá acaben siendo más eficaces a la hora de ayudar a la gente a organizarse

El gran interrogante de los medios sociales es China. Dos enormes servicios nacionales que siguen el modelo de Twitter, los llamados weibos, operados por Sina yTencent, cuentan con cientos de millones de usuarios. Aunque los censores del Gobierno de Pekín y de las empresas intentan filtrar cuidadosamente los comentarios, no siempre lo consiguen. Tras el choque mortal de un tren de alta velocidad en Wenzhou, ocurrido en julio, hubo tantos comentarios indignados de ciudadanos que parecía aceptable criticar al Ministerio de Ferrocarriles. Eso animó a muchos periodistas a informar sobre el accidente con más atrevimiento, incluso en medios de propiedad estatal.

El crecimiento de los weibos y la pasión que despiertan en la población añade una nueva incertidumbre a la política china. Aunque no se puede llamar democracia, es una especie de manifestación de voluntad popular. Por supuesto, los usuarios no se hacen ilusiones de que no se supervisen sus comentarios. Para sortear la censura, muchos usuarios se inventan palabras clave que representan los nombres de los líderes o grandes controversias. A menudo, esas discusiones sobre temas delicados consiguen sobrevivir a la censura.

Por otra parte, los censores aún pueden ganar. Este verano, decenas de miles de ciudadanos de la ciudad septentrional de Dalian se reunieron en su plaza central en una manifestación política que algunos consideran la mayor de la historia china reciente. Protestaban contra una planta química al borde del mar que se había inundado durante un monzón, que tenía el potencial de propagar las sustancias nocivas al puerto y las aguas de alrededor. Si bien las autoridades aceptaron trasladar la planta, parece ser que los censores consiguieron que la información sobre la manifestación no llegara a los weibos. La mayoría de los chinos nunca se enteraron de ello.

Aunque Zuckerberg dice que entrar en China es una de las principales prioridades estratégicas de Facebook, es difícil imaginar que le permitan operar dentro del país sin los filtros y la censura que sufren habitualmente todos los demás medios sociales. Un portavoz de la rede social en Washingtondeclaró hace poco al periódico The Wall Street Journal que no es inconcebible que la empresa esté dispuesta a cooperar. “Tal vez bloquearemos cierto contenido en unos países y en otros no”, dijo Adam Conner. “A veces nos encontramos en situaciones incómodas porque, ahora, quizá permitimos demasiada libertad de expresión en países que no la han experimentado antes”.

Es posible que ni siquiera Mark Zuckerberg pueda prever qué va a pasar, pero de algo no cabe duda: los medios sociales, una vez puestos en marcha, continuarán dando el poder a la gente corriente de todo el mundo para tener una voz pública.

CELAC: INTEGRACIÓN REGIONAL A LA CARTA



Con el nacimiento de este nuevo foro, América Latina y el Caribe tratan de establecer un debate y coordinación de acciones entre los países de la región. Sin olvidar la interacción con Estados Unidos, la Unión Europea y China. ¿Será viable este proyecto?


cecal

JUAN BARRETO/AFP/Getty Images

La III Cumbre de América Latina y el Caribe (CALC), al que no asistieron los gobernantes de Costa Rica, El Salvador y Perú, ha concluido con la aprobación de un conjunto de 19 resoluciones sobre temas como asuntos de seguridad, democracia y orden constitucional, así como cuestiones sociales, de derechos humanos y de diferendos territoriales, y la Declaración de Caracas sobre la CELAC, una nueva iniciativa, principalmente venezolana, que responde a un reacomodo de fuerzas políticas y económicas en el hemisferio, a los retos y desafíos que enfrenta la Organización de Estados Americanos (OEA) y a la dinámica de integración regional que se ha construido en las pasadas dos décadas.

CELAC nace en un complejo entorno latinoamericano y caribeño, por lo que es necesario contextualizar este proceso, a fin de considerar su viabilidad como foro de debate y coordinación de acciones entre los países de la región. Sin olvidar la interacción con Estados Unidos (EUA) y en menor medida con la Unión Europea (UE) y China.

La dinámica latinoamericana

El escenario latinoamericano y caribeño se caracteriza por una compleja y diversa geometría integracionista, que en algunos casos –particularmente el centroamericano y andino– se fundamentan en una especie de integración regional a la carta. Existe una larga lista de esquemas y foros de integración que responden al juego geopolítico regional y a la persistencia de los intereses y las cosmovisiones doméstico-estatales que enfatizan más la perspectiva particular y no la construcción de identidades regionales.

Hoy esa dinámica regional se caracteriza por la presencia de un líder especial en la zona con proyección global: Brasil –que adoptó una política exterior de hegemonía consensual–; seguido, a distancia, por un México cuya proyección allende sus fronteras se ha visto disminuida, notablemente, por los problemas internos que enfrenta y que le hacen volver su mirada a otras prioridades. Detrás de esos dos gigantes latinoamericanos se ubica una segunda categoría de potencias intermedias con muy diferentes estilos y propósitos, pero en general buscando consolidarse como líderes en la zona, aunque con igual complejidad en sus retos y desafíos internos: Argentina, Chile, Colombia y Venezuela (en este caso más por el proyecto del presidente Hugo Chávez que por una cuestión de la sociedad venezolana). En una tercera categoría aparecen tres países que han intentado tener una visibilidad regional para impulsar sus proyectos individuales: Bolivia, Cuba y Ecuador. Y finalmente el resto son naciones, en su mayoría, frágiles y vulnerables.

De igual manera hay un amplio horizonte en cuanto a planteamientos políticos, desde lo que Jorge Castañeda denomina una “izquierda retrógrada y populista” (Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua), hasta aquellos regímenes conservadores (principalmente Chile), pasando por una “izquierda moderada y progresista” y gobiernos de centro.

De ahí que sea difícil referirse a América Latina como una comunidad, sino más bien se trata de un conjunto de países que intentan constituir un esquema de coordinación regional, pero con fracturas profundas y rivalidades históricas que la mayor parte del tiempo pesan más que la agenda común. Por ello, la misma CELAC ha incorporado, en su agenda, algunos temas que impedirán el consenso sobre algunas decisiones, como los asuntos bolivianos de la coca originaria y ancestral y su reclamo de una salida al mar.

CELAC es un intento de disminuir la presencia de EE UU en la región y no afectará las relaciones bilaterales con la UE

Pretensiones de CELAC

La Declaración de Caracas, documento que define la estructura de la CELAC y que se adoptó en abril 2011 en la capital venezolana, señala que se “…avance en el proceso de integración política, económica, social y cultural haciendo un sabio equilibrio entre la unidad y la diversidad de nuestros pueblos”, por lo que teniendo en cuenta la diversidad de la formación de la identidad latinoamericana se constituya en “…un espacio que reivindique el derecho a la existencia, preservación y convivencia de todas las culturas, razas y etnias que habitan en los países de la región”. Para ello se recogen como principios básicos: el derecho de aprobar el sistema político y económico que se desee, el respeto al derecho internacional, la solución pacífica de controversias, la prohibición del uso y de la amenaza de la utilización de la fuerza, respeto a la autodeterminación y la soberanía, respeto a la integridad territorial, la no injerencia en los asuntos internos y la protección y promoción de los derechos humanos y de la democracia. Asimismo la CELAC contribuirá a “…la consolidación de un mundo pluripolar y democrático, justo y equilibrado, y en paz, despojado del flagelo del colonialismo y de la ocupación militar.”

En el encuentro de Caracas, cada representación llevó su propia propuesta e hizo una lectura particular de la realidad regional y de las expectativas sobre la nueva entidad. De esta forma, para algunos estaba naciendo una nueva organización regional, que acabaría con la OEA e independizaría a América Latina del dominio estadounidense; mientras que para otros se establecía una plataforma de coordinación tanto para la participación en foros hemisféricos, como globales y con los espacios de integración política, económica, social y de seguridad que existen en la región.

La entidad operará bajo los principios de flexibilidad y participación voluntaria en las iniciativas y declaraciones que se aprueben; por ello se adoptará un “…mecanismo representativo de concertación política, cooperación e integración de los Estados latinoamericanos y caribeños y como un espacio común que garantice la unidad e integración de nuestra región.” Sin embargo, quedó pendiente la decisión sobre la forma en que se toman las decisiones.

Por su parte, lo que está claro es que CELAC es un intento de disminuir la presencia estadounidense en la región y no afectará las relaciones bilaterales e interregionales con la Unión Europea, ni incidirá en los vínculos con China, que seguirán siendo predominantemente bilaterales.

En definitiva, CELAC nace como un foro para debatir y coordinar acciones que cada país adoptará de manera voluntaria y acorde con sus intereses (las próximas cumbres serán en Chile -2012-, Cuba -2013- y Costa Rica -2014-), con lo que se consolida la idea de una integración a la carta. Por ende, no prosperó la tesis chavista de una organización regional que sepultara la OEA y en consecuencia la influencia estadounidense. Así el nuevo espacio regional –adoptado mediante una declaración y no un tratado constitutivo– tendrá que demostrar que, efectivamente, los Estados latinoamericanos y caribeños pueden encontrar puntos de coincidencia y dejar de lado sus diferencias políticas, económicas, sociales, culturales y geopolíticas para impulsar iniciativas conjuntas, al mismo tiempo que operan en las otras instancias de integración regional.

¿TIENE FACEBOOK UNA POLÍTICA EXTERIOR?

A finales de 2008, el consejero delegado de Facebook, Mark Zuckerberg, reflexionaba sobre una masiva manifestación política que se había llevado a cabo en Colombia unos meses antes. Un joven había creado un grupo de Facebook para mostrar su repugnancia por las guerrillas de las FARC, y un mes después, el 4 de febrero, millones de ciudadanos colombianos y de todo el mundo se manifestaron en contra de los revolucionarios.

Las protestas contra las FARC fueron el primer aviso de lo que este año culminó en una oleada mundial, la del uso de los medios sociales en los movimientos políticos de masas; Facebook y Twitter se han convertido, casi de la noche a la mañana, en las tribunas, las peticiones y las asambleas comunes de todo el mundo. Empezó en Oriente Medio con los indignados amigos en Facebook, pero la reacción en cadena acabó llevando a movimientos ciudadanos y manifestaciones que han transformado el paisaje. No solo en Túnez, Egipto y Libia, donde lograron derrocar a los tiranos, sino también en Siria, Yemen, Bahréin, y más tarde en España, Israel, India, Gran Bretaña, Estados Unidos y en otros países. Facebook es el hilo que une a todos estos movimientos y se ha convertido en la nueva infraestructura de protesta.

Y este no es el final. Zuckerberg ha empezado a estudiar mandarín como preparativo para impulsar Facebook en China, no como parte de una vanguardia política, sino por su enorme interés en que el servicio que ofrece triunfe en aquel país. ¿Quién sabe qué cambios, políticos o de otro tipo, provocará?

Hace tres años, Zuckerberg tenía ya cierta idea de lo que se avecinaba. “De aquí a 15 años”, predijo, “es posible que haya cosas como la ocurrida en Colombia casi a diario”. Está claro que fue demasiado prudente con los plazos y, por eso, seguramente, es un error decir que 2011 ha sido el “año de los medios sociales”. En años futuros veremos todavía más repercusiones del uso de estas herramientas digitales, que no dejan de evolucionar. Facebook, que aún no ha cumplido ocho años, tendrá pronto mil millones de usuarios activos. Twitter tiene menos, 100 millones, pero éstos son una élite: personas destacadas en los medios de comunicación, la política, los negocios y la tecnología. Mientras tanto, legiones de empresarios en Silicon Valley y otros lugares están desarrollando nuevos productos de medios sociales que quizá acaben siendo más eficaces a la hora de ayudar a la gente a organizarse.

Lo que hace que Facebook sea tan útil en la política es precisamente el hecho de que, ante todo, es una herramienta social. En dicha web uno se limita a decir: “Voy a ir al centro comercial”, y el sistema se lo cuenta a sus amigos. De modo que, si quieres que tus amigos en Túnez sepan que estás harto del presidente Zine el Abidine Ben Alí, parece lógico emplear un sistema que ya sabes que es muy bueno para llegar a grandes grupos de personas. El mensaje, tanto si es de insatisfacción política como sobre asuntos más frívolos, puede hacerse viral a una gran velocidad.

Por supuesto, ni Facebook ni Twitter causaron la Primavera Árabe. Los medios sociales pueden ayudar a la gente a organizarse y crear conciencia, pero no pueden obligar a nadie a poner su vida en peligro. Los dos elementos juntos son una combinación incendiaria. Y por eso es muy poco probable que Zuckerberg repita sus reflexiones de 2008. Ahora tiene razones de peso para permanecer callado. Facebook está prohibido, con más o menos éxito, en:Birmania, Cuba, Irán y Corea del Norte, entre otros sitios. Pero el servicio funcionaen decenas de países no democráticos y su responsable quiere que siga siendo así.


Legiones de empresarios en Silicon Valley están desarrollando nuevos productos de medios sociales que quizá acaben siendo más eficaces a la hora de ayudar a la gente a organizarse

El gran interrogante de los medios sociales es China. Dos enormes servicios nacionales que siguen el modelo de Twitter, los llamados weibos, operados por Sina y Tencent, cuentan con cientos de millones de usuarios. Aunque los censores del Gobierno de Pekín y de las empresas intentan filtrar cuidadosamente los comentarios, no siempre lo consiguen. Tras el choque mortal de un tren de alta velocidad en Wenzhou, ocurrido en julio, hubo tantos comentarios indignados de ciudadanos que parecía aceptable criticar al Ministerio de Ferrocarriles. Eso animó a muchos periodistas a informar sobre el accidente con más atrevimiento, incluso en medios de propiedad estatal.

El crecimiento de los weibos y la pasión que despiertan en la población añade una nueva incertidumbre a la política china. Aunque no se puede llamar democracia, es una especie de manifestación de voluntad popular. Por supuesto, los usuarios no se hacen ilusiones de que no se supervisen sus comentarios. Para sortear la censura, muchos usuarios se inventan palabras clave que representan los nombres de los líderes o grandes controversias. A menudo, esas discusiones sobre temas delicados consiguen sobrevivir a la censura.

Por otra parte, los censores aún pueden ganar. Este verano, decenas de miles de ciudadanos de la ciudad septentrional de Dalian se reunieron en su plaza central en una manifestación política que algunos consideran la mayor de la historia china reciente. Protestaban contra una planta química al borde del mar que se había inundado durante un monzón, que tenía el potencial de propagar las sustancias nocivas al puerto y las aguas de alrededor. Si bien las autoridades aceptaron trasladar la planta, parece ser que los censores consiguieron que la información sobre la manifestación no llegara a los weibos. La mayoría de los chinos nunca se enteraron de ello.

Aunque Zuckerberg dice que entrar en China es una de las principales prioridades estratégicas de Facebook, es difícil imaginar que le permitan operar dentro del país sin los filtros y la censura que sufren habitualmente todos los demás medios sociales. Un portavoz de la rede social en Washington declaró hace poco al periódico The Wall Street Journal que no es inconcebible que la empresa esté dispuesta a cooperar. “Tal vez bloquearemos cierto contenido en unos países y en otros no”, dijo Adam Conner. “A veces nos encontramos en situaciones incómodas porque, ahora, quizá permitimos demasiada libertad de expresión en países que no la han experimentado antes”.

Es posible que ni siquiera Mark Zuckerberg pueda prever qué va a pasar, pero de algo no cabe duda: los medios sociales, una vez puestos en marcha, continuarán dando el poder a la gente corriente de todo el mundo para tener una voz pública.

IRÁN: EN EL LABERINTO DE LA INCERTIDUMBRE 12 de diciembre de 2011 Lino González El jardín del fin (Un viaje por el Irán de ayer y de hoy) Ángela Rodic

IRÁN: EN EL LABERINTO DE LA INCERTIDUMBRE


En general, cuanto mayor es el protagonismo de un país en la escena internacional, menos conocido suele ser: los prejuicios se alían fácilmente con los lugares comunes informativos para conseguir que sociedades heterogéneas, regímenes políticos complejos y economías con un alto nivel de desarrollo queden reducidos a unos pocos titulares. Es el caso de Irán, al que en estos momentos gran parte de los países occidentales consideran un Estado indeseable.

En su libro El Jardín del fin, la periodista española Ángela Rodicio nos propone un viaje por el Irán de ayer y de hoy, tratando de ofrecer una panorámica lo más amplia posible del país y de sus gentes. Combinando la reseña histórica, las crónicas de sus viajes a Irán desde 1997 como enviada especial de Televisión Española y el relato de sus visitas como turista, la autora compone un libro que trata de abarcar casi todos los aspectos necesarios para conocer mejor el país.




AFP/Getty Images


Muchas páginas del libro están dedicadas a la historia política, militar y cultural de la civilización persa, que se remonta a la Dinastía Aqueménida fundada por Ciro II el Grande en el siglo sexto antes de Cristo. El pasado no siempre explica el presente, aunque sí lo condiciona en gran medida. Al mismo tiempo, y desde la primera página, Rodicio trata de ofrecer un retrato del Irán actual, el que se surgió en 1979 con el derrocamiento del Sha y el triunfo de la Revolución Islámica encabezada por el ayotalá Jomeini.

La autora explica que el principal problema que afronta desde hace más de una década el régimen teocrático, además de su aislamiento internacional, es el desencanto de la población con unos gobernantes que han construido un sistema político y económico que parece agotado: “En el sistema iraní, lo informal triunfa sobre lo formal, el poder y la influencia derivan tanto -si no más- de la personalidad como del cargo, y las dinámicas de las diversas facciones determinan los debates y las decisiones políticas”. Un régimen con una estructura de poder vertical dentro de la que distintas facciones ideológicas tratan de conservar o mejorar su estatus. Las facciones dentro del régimen iraní, según la autora, serían básicamente tres: los conservadores encabezados por el Líder Supremo Alí Jamenei, que cuentan con el poder que les otorgan los Guardianes de la Revolución; los pragmáticos, que desean una gestión económica del país menos dependiente del aparato estatal; y los progresistas, liderados por Jatamí durante sus siete años como Presidente de Irán, que sintonizan mejor con las expectativas de los jóvenes que reclaman cambios profundos y tangibles. Mientras el poder siga en manos del ala más conservadora, será difícil que se produzcan cambios significativos. Los Guardianes de la Revolución no son sólo una especie de guardia pretoriana de los clérigos más conservadores liderados por Jamenei: también gestionan innumerables negocios impidiendo en muchos casos el saneamiento de una economía burocratizada en exceso y con grandes índices de corrupción. Como afirma Rodicio, la transparencia de las actividades del Gobierno es nula. Mahmud Ahmadineyad, presidente del país desde 2005, es el representante más populista e histriónico de esa derecha conservadora iraní.

A nivel económico, Irán es dependiente de los ingresos derivados de la venta del petróleo y el gas (el segundo y el cuarto productor mundial, respectivamente). A pesar de su entidad como productor, debido a las sanciones económicas internacionales que le impiden el acceso a la tecnología occidental, se ve obligado a importar entre el 40% y el 60% de la gasolina que necesita para consumo interno. La población tiene la sensación de que los ingresos derivados de la venta de hidrocarburos no se redistribuyen equitativamente.

El libro analiza con abundantes detalles el cansancio de la población iraní frente a unos gobernantes que no son capaces de lograr el progreso material para la mayoría de los habitantes. Además de la falta de libertades, el desencanto de una parte considerable de los iraníes tiene que ver con la situación económica: desarrollo estancado, inflación persistente, alta tasa de desempleo (la cifra oficial es el 20%), moneda débil e imposibilidad de acceso a una vivienda, sobre todo en Teherán, donde el metro cuadrado de las viviendas alcanza precios similares a los de París, Berlín o Nueva York. La frustración de la población más joven -un 60% de los iraníes tiene menos de 30 años- es comprensible.


El principal problema que afronta el régimen teocrático es el desencanto de la población con unos gobernantes que han construido un sistema que parece agotado

En el epílogo, Rodicio recoge una queja que le expresó el pasado febrero un joven profesor de inglés en la Plaza Tahrir de El Cairo y que sirve para explicar el descontento social que se vive en Oriente Medio, incluido Irán: “Hasta ahora, aunque una generación sufriese, un padre condenado a la pobreza sabía, no obstante, que sus hijos podían avanzar un eslabón en la cadena social, para mejor, y eso hacía que todo el mundo se callase y aguantase, confiando en un futuro mejor para los suyos. Ahora eso se ha roto. Vemos que el estancamiento es letal; que el pesimismo y la desgracia es lo único que heredarán nuestros hijos. No tenemos más remedio que rebelarnos”.

El empeño que está mostrando el régimen iraní a la hora de desarrollar su programa nuclear ha complicado en los últimos años su ya precaria situación internacional. Rodicio recuerda que Irán es un país relativamente aislado en la región. Sus aliados internacionales en estos momentos son, sobre todo, Rusia y China, interesados en sus recursos energéticos y en la venta de armas y de la tecnología nuclear y extractiva que las empresas occidentales no pueden vender a Teherán debido a las sanciones. Sin embargo, como recuerda Rodicio, no conviene olvidar que los recursos energéticos de Irán, su principal bendición, son también su gran amenaza, tanto como su posición estratégica en las rutas de paso de los gaseoductos y oleoductos internacionales que se proyectan construir. En otras palabras, el miedo de las potencias occidentales a un Irán con armas nucleares, el mantra repetido desde hace algunos años para justificar un posible ataque preventivo, no debe ocultar que desde 1979 se ha venido considerado al país persa como una apetecible pieza geoestratégica que desearían cobrarse de uno u otro modo estadounidenses y europeos, mediante la agresión externa o fomentando los movimientos desestabilizadores internos ya existentes. Como explica Ángela Rodicio: “Si existiese una plantilla de las vicisitudes del petróleo, desde su descubrimiento y explotación, y se pusiera sobre los vaivenes de la historia política de Irán en los últimos cien años, veríamos que la coincidencia es total. Se podría decir de todo Oriente Medio, pero en el caso de Irán, por su identidad nacional y peso como Estado desde la Antigüedad, las consecuencias han sido, y son, profundas”.