lunes, 25 de abril de 2011

Los abusos de Guantánamo, al descubierto

759 informes secretos destapan las vejaciones de Guantánamo. -Los documentos revelan que el principal propósito de la prisión era "explotar" toda la información de los reclusos a pesar de la reconocida inocencia de muchos de ellos. -El 60% fue conducido a la base militar sin ser una amenaza "probable"

MÓNICA CEBERIO BELAZA / LUIS DONCEL / JOSÉ MARÍA IRUJO / FRANCISCO PEREGIL 25/04/2011


Los abusos de Guantánamo, al descubierto

Imagen de algunos de los presos de Guantánamo.-

Guantánamo creó un sistema policial y penal sin garantías en el que solo importaban dos cuestiones: cuánta información se obtendría de los presos, aunque fueran inocentes, y si podían ser peligrosos en el futuro. Ancianos con demencia senil, adolescentes, enfermos psiquiátricos graves y maestros de escuela o granjeros sin ningún vínculo con la yihad fueron conducidos al presidio y mezclados con verdaderos terroristas como los responsables del 11-S. EL PAÍS ha tenido acceso, junto con otros medios internacionales y a través de Wikileaks, a las fichas militares secretas de 759 de los 779 presos que han pasado por la prisión, de los cuales unos 170 siguen recluidos. Las tripas de la cárcel quedan recogidas en 4.759 folios firmados por los más altos mandos de la Fuerza Conjunta de la base y dirigidas al Comando Sur del Departamento de Defensa en Miami. La radiografía de una prisión creada por George W. Bush en 2002 al margen de las leyes nacionales e internacionales llega en un mal momento para el presidente, Barack Obama. Cerrar el penal fue su primera promesa tras asumir el cargo en enero de 2009. El anuncio, hace un mes, de que reanudaría los juicios en las comisiones militares fue el reconocimiento de su fracaso.

Los informes, fechados entre 2002 y 2009, que en la mayoría de los casos tienen como finalidad recomendar si el preso debe continuar en el penal, ser liberado o trasladado a otro país, documentan por primera vez cómo valoraba EE UU a cada uno de los internos y lo que sabían de ellos. Revelan un sistema basado en delaciones de otros internos, sin normas claras, basado en sospechas y conjeturas, que no necesita pruebas para mantener a una persona encarcelada largo tiempo -143 personas lo han estado más de nueve años- y que establece tres niveles de riesgo que se definen con apenas una frase. El más alto solo implica que la persona "probablemente" supone "una amenaza para EE UU, sus intereses y aliados"; el medio, que "quizá" lo suponga; y el bajo, nivel en el que aparecen catalogados presos que han estado ocho y nueve años en la prisión, que es "improbable" que sea un riesgo para la seguridad del país.

Hay casos, según revelan los informes secretos, en los que ni siquiera el Gobierno de EE UU sabe los motivos por los que alguien fue trasladado a Guantánamo, y otros en los que ha concluido que el detenido no suponía peligro alguno: un anciano de 89 años con demencia senil y depresión que vivía en un complejo residencial en el que apareció un teléfono por satélite; un padre que iba a buscar a su hijo al frente talibán; un mercader que viajaba sin documentación; un hombre que hacía autostop para comprar medicinas.

EE UU determinó que 83 presos no suponían ningún riesgo para la seguridad de la nación, y de otros 77 se reconoce que es "improbable" que sean una amenaza para el país o sus aliados. El 20% de los presos fue conducido al penal de forma arbitraria según las propias valoraciones de los militares estadounidenses. Si a ese dato se añade el de aquellos que solo "quizá pudieran entrañar un peligro, 274 en total, se concluye que EE UU no ha creído seriamente en la culpabilidad o amenaza de casi el 60% de sus prisioneros. Se encarcelaba a los presos fundamentalmente para "explotarlos", según su propia terminología; por si sabían algo que pudiera ser útil.

Guantánamo es una cárcel, pero la prioridad no es imponer sanciones por delitos cometidos. Solo siete presos han sido juzgados y condenados hasta el momento: seis en las comisiones militares de la base y uno en un tribunal civil de Nueva York. Lo que se pretende fundamentalmente, según muestran los informes, es obtener información a través de los interrogatorios. Uno de los dos parámetros que se maneja para decidir si se puede liberar o no a un preso es precisamente su "valor de inteligencia", según la terminología empleada en las fichas secretas.

La prisión funciona como una inmensa comisaría de policía sin límite de estancia y en la que la duración del castigo no es proporcional al supuesto hecho cometido. Las fichas secretas muestran a unos reclusos tratados como presuntos culpables que deben demostrar no solo su inocencia sino su falta de conocimiento sobre Al Qaeda y los talibanes para obtener la libertad. El único delito que las autoridades adjudican a algunos de ellos ha sido tener un primo, amigo o hermano relacionado con la yihad; o vivir en un pueblo en el que ha habido ataques importantes de los talibanes; o viajar por rutas usadas por los terroristas y, por lo tanto, conocerlas bien.

A pesar de su empeño en obtener información en la lucha contra el terrorismo, nueve años y tres meses después de la apertura de Guantánamo los informes secretos revelan que solo el 22% de los presos ha presentado un nivel de interés alto para los servicios de inteligencia de EE UU. En el 78% restante, el valor informativo de los presos era medio o bajo, según reconocen los propios militares.

Los detenidos vieron las caras de muchos interrogadores: militares, agentes de la CIA y policías de sus propios países que desfilaron en secreto por sus celdas, entre ellos españoles, y les tomaron declaración esposados y encadenados por una argolla al suelo. La actividad en los campos de entrenamiento terrorista en Afganistán, los experimentos con explosivos, la fijación de los yihadistas por conseguir la denominada "bomba sucia", el trato y cercanía a Osama Bin Laden, Al Zahawiri o el mulá Mohamed Omar eran objetivos prioritarios. Un reloj Casio F91W en la muñeca de un preso se consideraba prueba suficiente de que había recibido formación de explosivos.

Los documentos revelan nuevos detalles sobre los 16 detenidos de alta seguridad relacionados con los atentados del 11-S. El cerebro de la masacre, Khalid Sheikh Mohammed, ordenó en 2002 a otro preso del penal un ataque suicida contra el entonces presidente de Pakistán, Pervez Musharraf. En realidad se trataba solamente de una prueba de su disposición a "morir por la causa".

Los expedientes no especifican qué métodos se usan para obtener la información en el penal. La palabra tortura apenas aparece en los casi ochocientos documentos. Sin embargo, lo que sí aparece son las delaciones que la mayoría de ellos arrojan sobre sus antiguos compañeros de lucha y que se suman por cientos. En cada expediente suele haber un apartado bajo el epígrafe "Razones para continuar la detención". Si el propio recluso no admite haber jurado lealtad a Bin Laden o haber luchado contra Estados Unidos en las montañas de Tora Bora, son sus propios compañeros quienes aparecen con nombres y apellidos delatándole o identificándole. La lista de delatores va desde la jerarquía más alta a la más baja de los extremistas.

Pero en ningún momento se informa de en qué circunstancias los presos han admitido su supuesta culpa o incriminado a otros. A veces, un preso declara sufrir tortura, pero el propio redactor del informe se encarga de afirmar que esa declaración no tiene ninguna credibilidad. A algunos, sin embargo, no había manera de arrancarles información. "Estoy preparado para estar en Guantánamo 100 años si es necesario, pero no revelaré información", espetó el kuwaití Khalid Abdullah Mishal al Mutairi a sus interrogadores.

Los informes son textos fríos, de prosa funcionarial. Apenas se detienen en cuestiones personales como los intentos de suicidio, el estado de salud o las huelgas de hambre y, en el caso del rosario de presos con enfermedades psiquiátricas, uno de los rostros más retorcidos de Guantánamo, se limitan a constatar si, a pesar de su trastorno (acompañado muchas veces de múltiples intentos de quitarse la vida), puede ser útil seguir haciéndoles preguntas.

Al afgano Kudai Dat, diagnosticado de esquizofrenia, trataron infructuosamente de hacerle un interrogatorio final a pesar de que había sido hospitalizado con síntomas agudos de psicosis. Cuando mejoró lo llevaron ante el polígrafo, provocando de nuevo alucinaciones en el enfermo, según un informe psiquiátrico de la prisión. Su pronóstico a largo plazo era "pobre". Pero, a pesar de la ficha médica, la autoridad militar aseguraba que fingía los ataques de nervios y se recomendó mantenerlo en la base. Pasó cuatro años encerrado.

Los documentos son extremadamente protocolarios, pero por debajo del lenguaje administrativo se vislumbran informaciones que aportan un retrato de las condiciones de vida en el presidio. Cuando se habla de la conducta del detenido, por un lado se registran las infracciones disciplinarias y por otro las agresiones. Cualquier incidente se hace constar sin apenas detalles: "Inapropiado uso de los fluidos corporales, comunicaciones desautorizadas, daño sobre las propiedades del Gobierno, incitar y participar en disturbios de masa, intento de ataques, ataques, palabras y gestos provocativos, posesión de comida y contrabando de objetos que no son armas..."

Todo se contabiliza y registra. Pero tan solo se aporta información concreta sobre el último incidente disciplinario. Y es ahí, precisamente, en ese pasaje fugaz de apenas un renglón, donde aparecen destellos de la dura vida en Guantánamo: la mayoría de los presos han lanzado orina y heces a los vigilantes. Nunca se especifica cuál es el castigo que sufren por esas acciones ni en qué contexto se perpetraron. Otros reclusos han sido expedientados por cubrir la ventilación de su celda con papel higiénico, devolver un libro a la biblioteca subrayado o con marcas, rechazar la comida o negarse a salir de la ducha.

Las fichas ofrecen además una breve biografía de casi todos los hombres que han pasado por las celdas de Guantánamo. La gama de motivos que les llevaron a participar en la yihad o a tener vínculos con redes islamistas es muy variada: abarca desde el saudí que se comprometió con la causa tras ver un vídeo donde se mostraban las tropelías que los rusos cometieron contra los musulmanes en Chechenia pasando por el francés que viajó a Afganistán para continuar sus estudios del Islam y vivir en un Estado puramente islámico hasta el saudí que, deseoso de encontrar una esposa, entró en un campo de entrenamiento con la esperanza de adelgazar. "En el verano de 2001, un hombre sugirió al detenido viajar a Afganistán para cumplir con sus obligaciones religiosas durante dos meses. El régimen de entrenamiento físico le brindaría también la oportunidad de perder peso", asegura la ficha de Abdul Rahman Mohammed Hussain Khowlan.

De la documentación no solo se extraen conclusiones sobre la motivación que llevó a tantos hombres a Kabul, Kandahar o a las montañas de Tora Bora. También es posible dibujar un perfil con los puntos en común de la mayoría. Da igual que tuvieran nacionalidad de algún país europeo, argelina, yemení o filipina.

Antes de entrar en la prisión estadounidense, muchos viajaron constantemente a través del mundo árabe-musulmán. Abundan los relatos de hombres que cruzan la frontera de Pakistán a Afganistán a pie o que se citan con otros activistas en una mezquita de la ciudad paquistaní de Lahore. Las fichas explican también cómo los islamistas se apoyan entre sí a través de una red de puntos de encuentro -seis de los siete franceses detenidos pasaron por una casa de huéspedes, a la que denominan "de los argelinos", en la ciudad afgana de Jalalabad-, del dinero que les proporcionan miembros de la red -los documentos mencionan que muchos detenidos son arrestados con 10.000 dólares, la cantidad típica que Al Qaeda entrega a sus activistas-, o de organizaciones de caridad como Al Wafa que, según las autoridades de EE UU, contribuyen a financiar las actividades terroristas.

Pero en muchas ocasiones el hecho de viajar por la zona se convierte en una actitud sospechosa que envía sin más al penal a decenas de personas. En una nota de apenas dos páginas se relata el paso de Imad Achab Kanouni por Alemania, Albania, Pakistán y Afganistán. En el apartado de razones para justificar su estancia en Guantánamo, se le acusa de no haber podido explicar las condiciones de su viaje a Afganistán. No hay ni una sola prueba que le incrimine. A pesar de ello, el general Geoffrey Miller -responsable también de la prisión iraquí de Abu Ghraib- recomienda su permanencia en la prisión.

Los informes también afectan a España; a Hamed Abderramán, el denominado talibán ceutí, condenado por la Audiencia Nacional y luego absuelto por el Tribunal Supremo al inhabilitar las pruebas obtenidas sin ninguna garantía por policías españoles en el penal; y a Lachen Ikasrrien, un marroquí residente en España que corrió la misma suerte judicial que Hamed y que se negó durante cinco años de presidio a reconocer vínculos con Al Qaeda.

Los tres presos acogidos por España en 2010, un palestino, un yemení y un afgano, son una pequeña muestra de las patologías del penal. Uno es un enfermo mental con problemas graves al que mantuvieron durante años encarcelado y sometido a interrogatorios; otro, que estuvo a las órdenes de Bin Laden en Tora Bora, se prestó a colaborar con EE UU; y al tercero, contra el que no llegó a haber nunca pruebas fehacientes, lo califican de problemático. Es, sin embargo, el único que por el momento ha logrado hacer una vida relativamente normal en nuestro país.

El Pentágono ha redactado un comunicado en el que lamenta la publicación de los documentos secretos por su carácter sensible para la seguridad de EE UU.

EL PAÍS continuará desarrollando las cuestiones más destacadas de los informes secretos del Departamento de Defensa sobre Guantánamo.

jueves, 21 de abril de 2011

Sarkozy propone intensificar los ataques aéreos contra el Ejército libio


Italia se suma a Francia y Reino Unido en el envío de asesores militares a Bengasi.- Naciones Unidas advierte del peligro de confundir una misión humanitaria con una operación bélica


El presidente francés, Nicolas Sarkozy, recibió ayer en el Elíseo al líder del Consejo Nacional de Transición libio, Mustafá Abdelyalil, al que trasladó su intención de aumentar los esfuerzos para ayudar a los rebeldes, enfrascados en su guerra contra el régimen de Muamar el Gadafi. En concreto, prometió intensificar los bombardeos, iniciados hace ya un mes por la Alianza. París reiteró sin embargo que no enviará tropas de combate, aunque confirmó el envío de un pequeño número de militares -"menos de 10"- para aconsejar a los insurrectos.


Tim Hetherington, fotógrafo y director de la cinta 'Restrepo', muere en Misrata

Los insurgentes reclaman un mayor reconocimiento internacional

Es la tercera vez que Sarkozy, primer líder en reconocer diplomáticamente a la oposición libia, recibía a representantes del Consejo, pero la primera a la que se desplazaba su presidente, el exministro de Justicia Abdelyalil. Tras un encuentro de unos tres cuartos de hora, el líder rebelde explicó que acudió a París para pedir al Gobierno que "intensificara el apoyo prestado a la revolución libia", y anunció que ha invitado al presidente francés a desplazarse hasta Bengasi, bastión de los rebeldes. "Creo que sería importante para la moral de la revolución", recalcó, tras recordar que Francia apoyó al movimiento desde su inicio.

La comitiva rebelde obtuvo la promesa del mandatario francés de que intensificará los bombardeos, iniciados hace un mes por Francia, EE UU y Reino Unido, para tratar de desatascar la situación sobre el terreno. Las circunstancias son particularmente críticas en Misrata, a 200 kilómetros al este de Trípoli, donde los rebeldes están cercados por las fuerzas leales al dictador. En esta ciudad se registraron los más encarnizados combates de la jornada. Al menos cinco civiles murieron en un ataque con mortero. También fallecieron allí dos fotógrafos, Tim Hetherington yChris Hondros. mientras otros dos reporteros resultaron heridos en los combates.

El ministro de Defensa italiano, Ignazio la Russa, confirmó que en línea con Francia y Reino Unido, su país enviará al menos una decena de militares para asesorar a los rebeldes. "Iremos allí donde nos indiquen y donde sean necesarias condiciones de seguridad para dar a los rebeldes conocimientos útiles para hacer frente a un Ejército profesional como el de Gadafi", dijo La Russa. El ministro abogó por intensificar la operación militar aérea en Libia.

Pero los analistas advierten de que los bombardeos aéreos están abocados al fracaso, debido a la dificultad de distinguir a los rebeldes de los leales a Gadafi. Entrevistado por Le Point, Jean-Patrick Gaviard, general de la aviación francesa y asesor de la OTAN, explica que Gadafi "ha entendido rápidamente que sus tanques y vehículos blindados son muy vulnerables y ha embarcado a sus tropas a bordo de camiones muy difíciles de distinguir de los de la insurgencia". El resultado es que "la diferenciación para no atacar vehículos amigos es cada vez más compleja". París mantiene su negativa de enviar tropas. "La postura de Francia es simple: no contemplamos soldados en el terreno, de ninguna manera y bajo ninguna forma", indicó François Baroin, portavoz del Gobierno.

Ante el anuncio de Francia, Italia y Reino Unidos de enviar a sus asesores militares, Naciones Unidas ya se ha puesto en guardia. La vicesecretaria general de la ONU para Asuntos Humanitarios, Valerie

Amos, ha advertido contra la confusión entre las operaciones militares y las misiones humanitarias en el país. "Nuestra responsabilidad, en estos momentos, es garantizar que nuestra ayuda se ofrece de forma imparcial", ha comentado.

En su opinión, las patrullas militares podrían poner en riesgo a los cooperantes y el reparto de ayuda. "Tenemos que ser extremadamente cuidadosos con eso y asegurarnos de que no se difuminan", añade Amos en declaraciones recogidas por la BBC, después de llegar de una visita a Libia.

Amos ha matizado que, a pesar de que los suministros humanitarios están llegando a las dos partes en conflicto, sin un alto el fuego el acceso a estas zonas queda siempre condicionado a la intensidad de la violencia. Si la situación de seguridad no lo permite, adelanta que la ONU pedirá apoyo militar a la

UE con el fin de abrir las rutas humanitarias.

Reconocimiento internacional

La escalada en la campaña de la OTAN que prometen París y Roma es una de las recurrentes peticiones del Consejo Nacional, pero este Gobierno transitorio pretende obtener algo más: ser reconocido formalmente como el legítimo representante de Libia, como ya anunciaron Francia, Catar e Italia. "Necesitamos que lo hagan Reino Unido y EE UU, porque ello ayudaría a resolver problemas legales y debilitaría la oposición a la campaña de la OTAN por parte de Rusia y China", aseguró Mustafá Gheriani, portavoz del Consejo. Abdulyalil no mencionó en París el asunto del reconocimiento, pero dejó muy clara su posición. "Los acuerdos económicos futuros se pactarán con quienes nos proporcionen ayuda hoy".

Uno de los problemas más acuciantes que afrontan los dirigentes políticos sublevados contra Gadafi es la imposibilidad de exportar petróleo para recaudar las divisas que sufraguen el esfuerzo bélico en una coyuntura de parálisis económica total. El Consejo de Seguridad de la ONU incluyó en la lista de empresas sometidas a sanciones a todas las sociedades petroleras libias, agrupadas bajo la National Oil Company. Una de ellas, Agoco, productora de un tercio del crudo que se extrae en Libia, tiene su sede en Bengasi y ha cortado toda relación con Trípoli y el régimen de Gadafi. El objetivo es excluir Agoco de la lista de empresas porque en el comité de sanciones están representados todos los miembros del Consejo de Seguridad, y Rusia no se cansa de repetir que la OTAN está violando el mandato de la ONU al respaldar a los rebeldes.

El régimen sirio exagera el peligro del islamismo para deslegitimar la protesta


La oposición convoca marchas para mañana en todo el país, incluida Damasco

ENRIC GONZÁLEZ - Jerusalén - 21/04/2011

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La crisis siria se hace cada día más grave y compleja. Numerosos testimonios de ciudadanos en Homs, Deraa y otras ciudades aseguran que grupos islamistas armados aprovechan las manifestaciones contra la dictadura para fomentar el caos, y que en algunas mezquitas se escuchan soflamas incendiarias e invocaciones a la yihad, la guerra santa.

    Damasco
    Siria

    Siria

    A FONDO

    Capital:
    Damasco.
    Gobierno:
    Régimen Militar.
    Población:
    19,747,586 (est. 2008)

Varios testimonios aseguran que en algunas mezquitas se invoca a la yihad

Ciudadanos que desean reformas temen que el país se hunda en el caos

La muerte a tiros de un general del Ejército y de sus dos hijos el pasado domingo, en Homs, parece confirmar que las protestas por la falta de libertades y de empleo se combinan con una revuelta religiosa que reclama un Gobierno islámico.

Mahmud Issa, un dirigente de la oposición al régimen, fue detenido ayer de madrugada en Homs por haber puesto en duda, durante una entrevista con la televisión catarí Al Yazira, que el general y sus hijos hubieran sido tiroteados por milicianos islamistas. Issa pidió que se abriera una investigación sobre los hechos, lo que, según la Liga Siria de los Derechos Humanos, enfureció a los familiares del general, enterrado ayer mismo. El director de la Liga, Mazen Darwish, explicó que la familia amenazó a Issa y luego exigió a la policía que le detuviera.

El Gobierno de Bachar el Asad insiste desde el inicio de la crisis en que existe una sublevación armada salafista (musulmanes suníes radicales que solo aceptan la ley coránica), pero la policía, hasta ahora, solo ha matado a manifestantes desarmados, al menos 230 según los recuentos más conservadores. El régimen, que veta la presencia de periodistas y practica una política de absoluta opacidad informativa, no ha presentado ninguna prueba que confirme la presencia de bandas islamistas con armas en la mano.

Muchísimos sirios deseosos de reformas y de mayores márgenes de libertad temen, en cualquier caso, que aumente la violencia y el país se hunda en el caos. Aún se recuerda la sublevación islamista de finales de los setenta, que Hafez el Asad, padre del actual presidente, ahogó en sangre en 1982 destruyendo con aviación y artillería la ciudad de Hama y dejando entre las ruinas entre 10.000 y 20.000 cadáveres. La diversidad de sectas religiosas en el país (mayoría suní, élite chií alauí, cristianos de diversas confesiones), el recelo ante las tendencias secesionistas de la minoría kurda y la proximidad del caos iraquí podrían llevar a Siria a una guerra civil con múltiples bandos, similar a la que destrozó Líbano a partir de 1975.

En cualquier caso, las manifestaciones contra el régimen de El Asad no amainaban. Varios miles de estudiantes y jóvenes desfilaron ayer en torno a la mezquita de El Omari, en Deraa, la ciudad donde a mediados de marzo comenzaron las protestas. En Alepo, al norte, grupos de estudiantes contrarios a El Asad se enfrentaron con grupos de fieles al régimen y hubo disturbios dentro de la universidad y en las calles próximas, según France Presse.

El anuncio de que el Gobierno había aprobado la derogación del estado de excepción, vigente desde 1963, lo que en teoría debería privar al régimen de sus instrumentos más represivos (detenciones arbitrarias, torturas, censura, prohibición de actos públicos), no convenció a casi nadie. Era difícil de creer que Bachar el Asad fuera a moderar el comportamiento de su aparato policial, porque el envío a la Asamblea del proyecto de derogación coincidió con una actuación brutal de las fuerzas de seguridad en Homs y con la muerte de una docena de manifestantes.

El viernes se perfilaba como una fecha crucial. En numerosas ciudades, incluida Damasco, habían sido convocadas manifestaciones y la oposición esperaba que la indignación por el comportamiento de la policía animara a cientos de miles de personas a salir a la calle. Por otra parte, circulaban por Internet amenazas contra la minoría cristiana, presuntamente emitidas por grupos salafistas, y en ellas se anunciaba que mañana se producirían "castigos a los infieles". Era imposible saber si las amenazas eran verídicas o una maniobra de los servicios secretos sirios para atemorizar a los cristianos y atraerlos hacia la relativa seguridad del actual régimen.

martes, 19 de abril de 2011

Secret memos expose link between oil firms and invasion of Iraq

Ahora sabemos por qué inglaterra invadio a Iraq

By Paul Bignell

Tuesday, 19 April 2011

A British Army soldier investigates a large fire near Basra's Shuiba refinery

Reuters

A British Army soldier investigates a large fire near Basra's Shuiba refinery



Plans to exploit Iraq's oil reserves were discussed by government ministers and the world's largest oil companies the year before Britain took a leading role in invading Iraq, government documents show.

Graphic: Iraq's burgeoning oil industry

The papers, revealed here for the first time, raise new questions over Britain's involvement in the war, which had divided Tony Blair's cabinet and was voted through only after his claims that Saddam Hussein had weapons of mass destruction.

The minutes of a series of meetings between ministers and senior oil executives are at odds with the public denials of self-interest from oil companies and Western governments at the time.

The documents were not offered as evidence in the ongoing Chilcot Inquiry into the UK's involvement in the Iraq war. In March 2003, just before Britain went to war, Shell denounced reports that it had held talks with Downing Street about Iraqi oil as "highly inaccurate". BP denied that it had any "strategic interest" in Iraq, while Tony Blair described "the oil conspiracy theory" as "the most absurd".

But documents from October and November the previous year paint a very different picture.

Five months before the March 2003 invasion, Baroness Symons, then the Trade Minister, told BP that the Government believed British energy firms should be given a share of Iraq's enormous oil and gas reserves as a reward for Tony Blair's military commitment to US plans for regime change.

The papers show that Lady Symons agreed to lobby the Bush administration on BP's behalf because the oil giant feared it was being "locked out" of deals that Washington was quietly striking with US, French and Russian governments and their energy firms.

Minutes of a meeting with BP, Shell and BG (formerly British Gas) on 31 October 2002 read: "Baroness Symons agreed that it would be difficult to justify British companies losing out in Iraq in that way if the UK had itself been a conspicuous supporter of the US government throughout the crisis."

The minister then promised to "report back to the companies before Christmas" on her lobbying efforts.

The Foreign Office invited BP in on 6 November 2002 to talk about opportunities in Iraq "post regime change". Its minutes state: "Iraq is the big oil prospect. BP is desperate to get in there and anxious that political deals should not deny them the opportunity."

After another meeting, this one in October 2002, the Foreign Office's Middle East director at the time, Edward Chaplin, noted: "Shell and BP could not afford not to have a stake in [Iraq] for the sake of their long-term future... We were determined to get a fair slice of the action for UK companies in a post-Saddam Iraq."

Whereas BP was insisting in public that it had "no strategic interest" in Iraq, in private it told the Foreign Office that Iraq was "more important than anything we've seen for a long time".

BP was concerned that if Washington allowed TotalFinaElf's existing contact with Saddam Hussein to stand after the invasion it would make the French conglomerate the world's leading oil company. BP told the Government it was willing to take "big risks" to get a share of the Iraqi reserves, the second largest in the world.

Over 1,000 documents were obtained under Freedom of Information over five years by the oil campaigner Greg Muttitt. They reveal that at least five meetings were held between civil servants, ministers and BP and Shell in late 2002.

The 20-year contracts signed in the wake of the invasion were the largest in the history of the oil industry. They covered half of Iraq's reserves – 60 billion barrels of oil, bought up by companies such as BP and CNPC (China National Petroleum Company), whose joint consortium alone stands to make £403m ($658m) profit per year from the Rumaila field in southern Iraq.

Last week, Iraq raised its oil output to the highest level for almost decade, 2.7 million barrels a day – seen as especially important at the moment given the regional volatility and loss of Libyan output. Many opponents of the war suspected that one of Washington's main ambitions in invading Iraq was to secure a cheap and plentiful source of oil.

Mr Muttitt, whose book Fuel on Fire is published next week, said: "Before the war, the Government went to great lengths to insist it had no interest in Iraq's oil. These documents provide the evidence that give the lie to those claims.

"We see that oil was in fact one of the Government's most important strategic considerations, and it secretly colluded with oil companies to give them access to that huge prize."

Lady Symons, 59, later took up an advisory post with a UK merchant bank that cashed in on post-war Iraq reconstruction contracts. Last month she severed links as an unpaid adviser to Libya's National Economic Development Board after Colonel Gaddafi started firing on protesters. Last night, BP and Shell declined to comment.

www.fuelonthefire.com

Not about oil? what they said before the invasion

* Foreign Office memorandum, 13 November 2002, following meeting with BP: "Iraq is the big oil prospect. BP are desperate to get in there and anxious that political deals should not deny them the opportunity to compete. The long-term potential is enormous..."

* Tony Blair, 6 February 2003: "Let me just deal with the oil thing because... the oil conspiracy theory is honestly one of the most absurd when you analyse it. The fact is that, if the oil that Iraq has were our concern, I mean we could probably cut a deal with Saddam tomorrow in relation to the oil. It's not the oil that is the issue, it is the weapons..."

* BP, 12 March 2003: "We have no strategic interest in Iraq. If whoever comes to power wants Western involvement post the war, if there is a war, all we have ever said is that it should be on a level playing field. We are certainly not pushing for involvement."

* Lord Browne, the then-BP chief executive, 12 March 2003: "It is not in my or BP's opinion, a war about oil. Iraq is an important producer, but it must decide what to do with its patrimony and oil."

* Shell, 12 March 2003, said reports that it had discussed oil opportunities with Downing Street were 'highly inaccurate', adding: "We have neither sought nor attended meetings with officials in the UK Government on the subject of Iraq. The subject has only come up during conversations during normal meetings we attend from time to time with officials... We have never asked for 'contracts'."

viernes, 15 de abril de 2011

CAMINO A LA PAZ EN COLOMBIA



Estados Unidos y Colombia deben trabajar juntos para conseguir políticas que lleven la paz a Bogotá y la estabilización regional.


Spencer Platt/ GettyImages

La paz no es solamente, en estos momentos, una utopía para Colombia, sino una buena política. Los Gobiernos de Barack Obama y Juan Manuel Santos deben hacer una revisión de sus gestiones tras obtener unos resultados polémicos y no concluyentes derivados de una estrategia eminentemente bélica, que dura ya más de una década y que fue apoyada por Estados Unidos a través del Plan Colombia, dirigido a las fuerzas de seguridad colombianas. No obstante, mejorar la efectividad de las políticas actuales implica una inspección minuciosa de las deficiencias de los trabajos realizados en los últimos diez años. Ambos deben tener en cuenta otros procesos de paz en la región y la incorporación de acciones específicas de consolidación de la paz dentro de las políticas de los dos países.

El apoyo de EE UU al Plan Colombia no debe disociarse de la impunidad y la injusticia reinantes en el país. El Ejército colombiano está acusado de perpetrar 3.000 ejecuciones extrajudiciales, hay decenas de miles de desapariciones forzadas y cuentan con más personas desplazadas (5 millones) que cualquier otro Estado en el mundo. El apoyo a los esfuerzos militares, vinculados a las violaciones de los derechos humanos, daña la credibilidad de Washington. En especial, cuando estas brigadas, que reciben asistencia estadounidense, son las que cometen dichos crímenes, según datos de un informe presentado por la ONG Fellowship of Reconciliation.

Emprender una agenda de paz no está justificada solo por razones morales, sino también en términos de beneficios políticos concretos. Afortunadamente, los pasos iniciales del presidente Santos, durante sus primeros siete meses de gestión, indican que la ventana de oportunidades para la paz puede abrirse.

El Gobierno colombiano anterior estigmatizó los esfuerzos de la sociedad civil alegando enlaces con las insurgencias, en una manipulación peligrosa de su discurso. Santos se ha comprometido a revertir esta práctica, y tiene el capital político para iniciar y liderar semejante proceso. Afortunadamente, la sociedad civil colombiana tiene capacidad plena para esta tarea, con diversas organizaciones trabajando ya en la construcción de una base para un proceso eventual, incluyendo una iniciativa liderada por la Iglesia católica.

Muchas de las iniciativas de paz en la región se han construido en torno al grupo de amigos con el liderazgo de España. Esta coalición de Estados ha apoyado medidas de verificación internacional bajo auspicios de Naciones Unidas o la Organización de los Estados Americanos. Esta estrategia funcionó en Guatemala, donde un esfuerzo sostenido y multilateral redujo las violaciones de los derechos humanos y creó acuerdos visionarios. Aunque, lamentablemente, nunca se implementaron para redefinir la realidad social y política del país. En el caso de Colombia, podría ayudar a terminar con otro conflicto derivado de la guerra fría.

Además, una iniciativa multilateral podría reducir el sufrimiento de civiles atrapados en zonas de combate, articulando un conjunto de normas para las partes que podrían ser monitoreadas internacionalmente. Con solo crear un documento base, verificable por la comunidad internacional, obtendría un beneficio potencial para reducir las atrocidades sufridas por las poblaciones civiles atrapadas en las zonas en conflicto.

Hay otros beneficios claros, para la política, que justifican la consideración de una agenda de paz. El liderazgo hacia ésta mostraría el compromiso de ambos Gobiernos hacia el desarrollo social, no solamente con soluciones militares. El desarrollo de una agenda podría ampliar el discurso social y político y la práctica democrática -limitado durante décadas por la ideología de seguridad nacional-, lo cual en su momento fortalecería el contrato social que subyace estructuras democráticas. Un proceso multilateral podría definir un papel más constructivo para los países vecinos, acusados por Colombia de albergar a las FARC, instándolas a participar en las negociaciones y cumplir con sus acuerdos. Liderar un proyecto de pacificación reforzaría la candidatura de Bogotá para conseguir un asiento eventual en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Además, también lograría el reto del presidente Santos de una “prosperidad democrática”, lo cual dependería, en parte, la posibilidad de canalizar los recursos, nacionales e internacionales, de objetivos militares a los de desarrollo social.

Las FARC están debilitadas y posiblemente están buscando una resolución negociada que les deje salir de forma creíble del conflicto tras medio siglo. Pero los recursos disponibles del narcotráfico pueden mantener a los 10.000 combatientes entre sus filas durante años, o peor aún, pueden dividirlos en cientos de grupos criminales. Los que dudan de la posibilidad de una desmovilización negociada deben recordar el récord exitoso de Colombia en desarmar a los insurgentes durante los 80 y 90. Encuestas de opinión pública, recientemente publicadas, indicaron que el 74% de la población cree que el Gobierno debe dialogar con los rebeldes de las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

La alternativa es lo opuesto a los beneficios de una agenda de paz: la prolongación de violencia contra civiles; la percepción de que las agendas militares de EE UU y Colombia predominan sobre los derechos humanos y asuntos humanitarios; las amenazas y acusaciones entre Bogotá y sus vecinos que desestabilizan la región; y la continuación de un conflicto costoso, en términos de sufrimiento humano y recursos financieros, considerado de baja intensidad por analistas que no viven en zonas en crisis o que no pertenecen a poblaciones atrapadas entre las partes enfrentadas.

Por primera vez desde hace una década hay elementos y razones para que el presidente colombiano lidere hacia la paz con el apoyo de la Casa Blanca. Es una oportunidad que no hay que dejar pasar.