jueves, 23 de febrero de 2012

Irán advierte que podría atacar primero



Un alto cargo de las Fuerzas Armadas asegura que "actuarán sin esperar" si sus intereses peligran


Una corbeta iranía enviada por Teherán al Mediterráneo para "formar a los militares sirios" pasa por el Canal de Suez. / - (AFP)

Irán ha advertido de un ataque preventivo. El vicecomandante de las Fuerzas Armadas iraníes para el Desarrollo Logístico e Industrial, Mohamad Heyazi, ha dicho este martes a la agencia local Fars que, "si peligran los intereses nacionales", Teherán "actuará sin esperar a una acción del enemigo". 
El Gobierno de Teherán se enfrenta a una creciente presión internacional debido a su controvertido programa nuclear. La semana pasada un alto cargo de los servicios secretos de EE UU señaló que, aunque miembros espionaje de Washington sostienen que Irán respondería a un ataque, no creen que iniciara el conflicto. 
Israel y Estados Unidos, por su parte, no descartan una acción militar contra Teherán si las sanciones y la diplomacia no logran frenar el programa nuclear iraní. En las últimas semanas ha aumentado tambiénla especulación sobre un ataque israelí contra las principales plantas de enriquecimiento de uranio. 
El ministro de Petróleo de Irán, Rostan Qasemi, ha advertido por su parte este martes a los países de la Unión Europea que Irán les cortará el suministro de crudo, como ya hizo con Francia y Reino Unido, si no firman contratos a largo plazo y con el pago garantizado, ha informado la agencia local Fars. 
"Hemos adoptado la decisión en nuestro propio país y sancionado a los estados hostiles (Francia y Reino Unido), Si otro países europeos no ponen de manifiesto la decisión de firmar contratos a largo plazo con Irán, Teherán tomará la misma decisión con ellos", recalcó Qasemi. Las medidas reclamadas por Qasemi, según han dicho a Efe varias fuentes diplomáticas europeas, supondrían la firma de contratos de crudo de entre dos y cinco años, con garantía de transferencia del pago, que son incompatibles con las últimas sanciones aprobadas por la UE a Irán. 
El lunes, la Comisión Europea anunció que Bélgica, la República Checa y los Países Bajos ya han dejado de comprar petróleo iraní, mientras que Grecia, Italia y España están limitando las importaciones, acorde con el boicoteo de la Unión que entra en vigor el próximo 1 de julio. 
Ahora, según Qasemi, Teherán toma la iniciativa y puede dejar sin suministro a un grupo de países que podría tener dificultades para encontrar otros proveedores en un breve plazo y tener que realizar gastos extraordinarios para adaptar sus refinerías a un tipo distinto de crudo. Los más afectados serían Italia, España y Grecia, que adquieren de Irán entre un 13% y 14% del petróleo que consumen. 
La advertencia iraní coincide con la presencia en Irán de un equipo de alto rango del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para investigar la sospecha de que el programa nuclear iraní pueda tener una función militar, lo que Teherán niega, al tiempo que afirma que es exclusivamente civil y pacífico.

lunes, 20 de febrero de 2012

Un Papa rodeado por lobos



Intrigas y luchas de poder preparan la sucesión de un Benedicto XVI solo y enfermo



Un momento del consistorio, en el que ayer fueron proclamados 22 nuevos cardenales, entre 
Cuentan que a Juan Pablo II le preguntaron en cierta ocasión: “Su Santidad, ¿cuánta gente trabaja en el Vaticano?”. A lo que el polaco Karol Wojtyla, Papa entre 1978 y 2005, contestó con ironía: “Más o menos, la mitad…”. Ahora ya sabemos —siguiendo una broma que en realidad no lo era ni lo es tanto— a qué se dedica la otra mitad. De unas semanas a esta parte, el Vaticano vive conmocionado por una serie de filtraciones de documentos secretos que han llevado al portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, a admitir que la Iglesia está sufriendo su particular Vatileaks. La publicación de una denuncia interna sobre corrupción y de un extraño complot para matar a Benedicto XVI dejan al descubierto las descarnadas luchas de poder ante la posible inminencia del fin de su papado. Aunque representante de Dios en la Tierra, Joseph Ratzinger es en realidad un hombre enfermo a punto de cumplir 85 años. En expresión de L’Osservatore Romano, “un pastor rodeado por lobos”.
 Los lobos, aunque se vistan de púrpura, se excitan con la sangre. Y el pastor Ratzinger ya avisó hace dos años —en una entrevista de Peter Seewald convertida en libro— que “cuando un Papa alcanza la clara conciencia de no estar bien física y espiritualmente para llevar adelante el encargo confiado, entonces tiene el derecho y en algunas circunstancias también el deber de dimitir”. ¿Piensa Benedicto XVI dar un paso atrás coincidiendo con su 85 cumpleaños —el 16 de abril— o con el séptimo aniversario —tres días después— de su papado?
Tal vez solo él y Dios lo sepan, pero lo que sí parece estar muy claro es que, ante tal posibilidad, los candidatos a sucederle se han puesto a luchar como hombres para un puesto divino. Y, por afinar un poco más, como hombres italianos. Tanto los apellidos que ilustran esta historia de intrigas y golpes bajos como las armas elegidas para el duelo son puramente locales. Hay además una razón de peso. La silla de Pedro lleva siendo ocupada por un extranjero desde 1978. ¿No es hora de ya de que el Espíritu Santo vuelva su mirada hacia un cardenal italiano en la próxima reunión de la Capilla Sixtina?
La lucha de poder en el seno de la Iglesia se está dirimiendo —de forma inédita y dolorosa para muchos verdaderos hombres de fe— en las páginas de los periódicos. Como si se tratase de la última filtración sobre los zafios escándalos de Silvio Berlusconi. El primer golpe llegó con la divulgación, a través de un programa de televisión, de una carta del arzobispo Carlo Maria Viganò, actual nuncio en Estados Unidos, en la que le contaba al Papa diversos casos de corrupción dentro del Vaticano y le pedía no ser removido de su cargo como secretario general del Governatorato —el departamento que se encarga de licitaciones y abastecimientos—. Viganò, sin embargo, fue enviado lejos de Roma. La segunda filtración destapaba un supuesto complot para matar al Pontífice. El periódico Il Fatto Quotidiano publicó una carta muy reciente enviada a Benedicto XVI por el cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos en la que le contaba que el cardenal italiano Paolo Romeo, arzobispo de Palermo (Sicilia), había realizado un viaje a China durante el cual habría comentado: “El Papa morirá en 12 meses”. Pero no solo eso. Según la carta del obispo colombiano, escrita en alemán y bajo el sello de “estrictamente confidencial”, el arzobispo de Palermo se había despachado a gusto en China contando supuestos secretos del Vaticano tales como que el Papa y su número dos, Tarcisio Bertone, se llevan a matar y que Benedicto XVI estaría dejando todo atado y bien atado para que su sucesor al frente de la Iglesia fuese el actual arzobispo de Milán, el cardenal Angelo Scola.
¿Qué hay de verdad y de mentira en tales confidencias que ven la luz ahora? Tal vez nada a partes iguales. Quizás lo único cierto es que un sector de la curia vaticana, la casta de diplomáticos pontificios, considera que el actual Papa ha ido demasiado lejos al promover la transparencia en los dineros de la Iglesia y al cortar de un tajo la permisividad con los abusos a menores. Demasiado lejos y demasiado rápido para quien, a fin de cuentas, es un alemán de 85 años, enfermo y solo, perdido en un laberinto ajeno de intrigas y golpes bajos. Durante 26 años, reinó sobre el Vaticano un Papa polaco, experto en relaciones públicas. Desde hace siete, un introvertido Papa alemán. Da la impresión de que Italia ha iniciado la reconquista de la silla de Pedro.

Irán suspende la venta de crudo a Reino Unido y Francia



El Ministerio de Petróleo anuncia en su página web la decisión de cortar el suministro a compañías británicas y francesas




Irán anunció este domingo que suspendía sus ventas de petróleo al Reino Unido y Francia. Tras varias semanas de advertencias e informaciones contradictorias, la noticia tiene más de pataleta que de desafío. Esos dos países juntos apenas compran cien mil barriles de crudo iraní y son por lo tanto los menos afectados de los siete europeos que convierten a la UE en el segundo cliente de la República Islámica.
“Las ventas de petróleo a las compañías británicas y francesas se han interrumpido”, asegura el portavoz del Ministerio de Petróleo iraní, Ali Reza Nikzad, en la página oficial de ese departamento.
Su titular, Rostam Ghasemí, ya advirtió a principios de mes que Irán planeaba cortar el suministro a los países europeos “hostiles”. El comentario buscaba crear divisiones entre los 27 miembros de la UE que acababa de reforzar sus sanciones congelando los haberes del Banco Central de Irán y anunciando un embargo petrolero a partir del 1 de julio.
El pasado miércoles, Irán anunció que iba a “revisar” sus ventas de crudo a Europa, sin cortarlas de momento. Al singularizar al Reino Unido y Francia, Teherán ha optado por castigar a los dos países que se han mostrado más activos en la promoción de esas medidas de castigo por su programa nuclear. Las importaciones de petróleo iraní de ambos apenas suponen un 1% y un 3%, respectivamente, de sus necesidades de crudo.
“Hemos previsto entregar nuestro petróleo a otros clientes”, señala Nikzad en su declaración. El 70% de los 2,5 millones de barriles que Irán comercializa cada día van destinados a Asia. Ni China ni India han respaldado de momento el embargo que promueve Estados Unidos, a pesar de que Arabia Saudí ha mostrado su voluntad de cubrir el déficit que se produzca.
La UE era hasta ahora el segundo comprador de petróleo iraní, sólo por detrás de China, con una media de 600.000 barriles diarios, de los que 230.000 iban a Italia, 200.000 a España, 58.000 a Francia y el resto a Reino Unido, Alemania, Holanda y Grecia. Pero los más afectados por una interrupción repentina serían Grecia, Italia y España para quienes esas compras suponen entre el 14% y el 13% de sus necesidades globales de petróleo.
Por otra parte, el ministro iraní de Exteriores, Ali Akbar Salehí, reiteró ayer la disposición de su Gobierno a reanudar las conversaciones nucleares y mencionó la ciudad turca de Estambul como posible sede de la próxima reunión.

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Qué hacer con China?



 ¿Contener? ¿Acomodar? ¿Democratizar? Estas son las tres preguntas que Obama se hace mientras escucha con atención a su interlocutor, que está destinado a ser el próximo líder de ese inmenso país. Obama y Xi Jinping. Dos hombres unidos por el destino de sus naciones en el siglo XXI. Que para su reunión en el Despacho Oval hayan elegido idéntico atuendo (traje negro, camisa blanca, corbata azul) no deja de resultar revelador. En el fondo son tan distintos como iguales. Como EE UU y China, Obama y Xi Jinping representan la antítesis del otro: uno el hijo de una antropóloga y de un keniano musulmán; el otro, un príncipe de la dinastía comunista que gobierna ese país con mano de hierro capitalista. Pero, a la vez, representan a las dos naciones más poderosas del planeta, una pugnando por ascender, otra por no descender. Nada refleja mejor lo que es y será este siglo que esa instantánea: el siglo XXI ya es un siglo asiático, solo falta saber si EE UU podrá mantener su supremacía y seguir siendo la única superpotencia o si se verá obligado a compartir el podio con China.
Visto desde Washington, el ascenso de China se plantea en forma de un interesantísimo debate. Por un lado están los partidarios de la contención. Son los clásicos halcones, herederos de la escuela realista de las relaciones internacionales. Que China sea comunista o deje de serlo no importa mucho: creen que las relaciones internacionales son una lucha de poder en la que todos los Estados tienen intereses permanentes, independientemente de su ideología. Según crezca, argumentan, sus intereses entrarán en conflicto con los de sus vecinos y chocarán con ellos. Por tanto, EE UU deberá equilibrar el poder de China, tanto diplomática como militarmente, estableciendo alianzas con todos aquellos que contemplen el auge de China con preocupación (Japón, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam e India) y reforzando su despliegue militar y capacidad de proyección de fuerza en el Pacífico. Recomendación a Obama: más y mejor diplomacia, nuevas bases navales en Asia, más y mejores armas para mantener una ventaja militar decisiva y mucho cuidado con las relaciones económicas.
A la vez, por el otro oído, le llegan a Obama las voces de los partidarios de acomodar el ascenso de China. Contener a China no es una buena idea, argumentan; será costoso, probablemente inútil y seguramente contraproducente ya que alimentará el victimismo y el irredentismo de los chinos. Los intereses de China, nos dicen, son tan legítimos como los de cualquier otro y, además, tienen cabida si se encauzan adecuadamente. El auge de China, sostienen, está beneficiando extraordinariamente a EE UU desde el punto de vista económico: los flujos de comercio, inversión y deuda entre los dos países demuestran que el ascenso de uno no se está haciendo a costa del otro. Apple, que diseña y desarrolla en EE UU, pero monta sus productos en China, sería la prueba visible de que esta sinergia no solo existe sino de que se salda a favor de Estados Unidos. Por eso, concluyen, el papel de EE UU debe ser el lograr socializar a China y convertirla en una potencia responsable, tanto en lo económico, abriendo sus mercados, dejando fluctuar su divisa, como en lo relativo a la gobernanza global, contribuyendo a la seguridad internacional y adaptando su ayuda al desarrollo a las normas internacionales. Conclusión: cuanto más rica sea China, más tendrá que perder y más interesada estará en no antagonizar a nadie.
Nada refleja mejor lo que será este siglo que la foto de Obama y Xi Jinping
Y todavía están, en tercer lugar, los que cuestionan ambas estrategias. El foco de nuestra relación con China, nos advierten, no debe situarse en su política exterior, pues esta es una consecuencia de su política interior. Tampoco en acomodar su crecimiento porque, por la misma razón (la política interior), no tenemos ninguna garantía de que ese ascenso sea pacífico. Tanto la aspiración de condicionar su política exterior como la de orientar su desarrollo económico da por hecho que el Partido Comunista es y será el único actor político relevante durante las próximas décadas. Sin embargo, sostienen, el futuro de China no se dilucidará en los portaaviones de unos o de otros que surquen el Pacífico, ni tampoco en las fábricas que ensamblan los teléfonos de ultimísima generación, sino en la capacidad de maduración de su sociedad civil. Aunque fragmentada y forzadamente despolitizada, es la clase media china la que decidirá cuándo y cómo forzar una apertura política del régimen y, eventualmente, una democratización del país que convierta a China en un vecino próspero y fiable. A largo plazo, avisan, la democracia y los derechos humanos son la mejor inversión: por tanto, EE UU debería ser firme y no dejarse ni amedrentar ni seducir. Realistas, liberales, idealistas. ¿A quién hará caso Obama?

EE UU-Israel: la hora del divorcio


El Estado judío podría arrastrar a Washington a una guerra con Irán de graves consecuencias


La campaña electoral en Estados Unidos estará hasta su conclusión, en noviembre, amenazada por la posibilidad de un ataque de Israel contra Irán, un riesgo que pende como una espada de Damocles sobre la cabeza de Barack Obama. En los últimos días, el secretario de Defensa, Leon Panetta, ha advertido que Israel tiene planes de bombardear Irán antes del verano, y el propio Obama, sin dar por buena esa fecha, también ha admitido implícitamente que el Gobierno de Benjamin Netanyahu está considerando esa opción. Aunque cualquier acontecimiento internacional puede influir de alguna manera en el desarrollo de la política norteamericana, la excepcionalidad de este caso consiste en que se da por descontado que, lo quiera o no, EE UU se vería automáticamente arrastrado a un conflicto de gravísimas consecuencias.

Ese automatismo en las relaciones con Israel, esa dependencia infantil, se ha convertido hoy en un obstáculo formidable que le impide a EE UU desarrollar una política exterior equilibrada, y que también le dificulta a Israel la posibilidad de evolucionar hacia la normalidad de un Estado maduro y moderno. EE UU tiene en el mundo otros aliados de gran relevancia estratégica, pero ni a Corea del Sur ni a Japón ni a Australia, por poner solo algunos ejemplos, se les ocurriría ejercer sobre Washington el chantaje que en estos momentos utiliza Israel para influir en su política sobre Irán.
No se trata de infravalorar el peligro que puede representar un Gobierno autoritario y fanático como el de los ayatolás en poder de armas nucleares. Irán ha manifestado en varias ocasiones su voluntad de destruir Israel, y existen razones para creer que un deterioro del régimen islámico, acelerado por la situación en Siria y la ruptura del consenso social en el que se apoyó en el pasado, podría animar a sus líderes a desviar la atención hacia un enfrentamiento con la odiada “entidad sionista”.
Pero impedir la nuclearización de Irán tal vez no exige necesariamente una guerra. En todo caso, una guerra debería de ser la consecuencia de una decisión razonada de EE UU, en coordinación con la comunidad internacional, y después de haber agotado convincentemente todos los demás recursos; no la salida inevitable a la que Obama se vería abocado por la desesperación y la impaciencia de Netanyahu.

Netanyahu es el único primer ministro del mundo que se permite el lujo de reprender a Obama en el Despacho Oval
Actualmente, están en vigor una serie de fuertes sanciones que, según la mayoría de los expertos, están cumpliendo su objetivo: Irán está internacionalmente más aislado que nunca, su economía se debilita a pasos agigantados y el régimen ofrece síntomas inequívocos de división y fragilidad. Irán podría llegar a comprender pronto que gana mucho más de lo que pierde si negocia las características de su programa nuclear.
Pero, incluso si no fuese así, si Irán persistiese en su conducta actual, Israel está obligado a actuar como cualquier otro país, buscando un equilibrio entre su legítimo derecho a la autodefensa y sus responsabilidades como miembro de la sociedad de naciones civilizadas, no como un jovenzuelo matón que se sabe protegido por el más fuerte del patio.
Ha llegado ya el día en que Israel normalice su papel en el mundo. Israel es un país democrático y desarrollado que merece un alto reconocimiento por haber sobrevivido a muchos años de intimidación por parte de sus vecinos. Pero, en ese esfuerzo de supervivencia, ha encontrado justificaciones para actuar cruelmente contra los palestinos y, sobre todo, para abusar de su vinculación preferente con Estados Unidos.
Es principalmente Israel quien ha boicoteado los intentos de Obama de conseguir un acuerdo de paz con los palestinos, y es Israel el mayor responsable de haber conducido a ese proceso hacia un punto muerto en el que solo caben soluciones milagrosas o trágicas. Netanyahu es el único primer ministro del mundo que se puede permitir el lujo de reprender, como ha hecho, a Obama en el Despacho Oval sin que el presidente norteamericano pueda responder más que con su frustración.
Eso es así, sobre todo, gracias al peso que la comunidad judía tiene en EE UU. El fallecido historiador Tony Judt, judío, decía que, “si sionista es aquel judío que paga a otro judío para que viva Israel, EE UU está lleno de sionistas”. Hace algunas semanas, cerca de Boca Ratón, tuve la oportunidad de conversar con varios de esos judíos norteamericanos, codiciados votantes, obsesionados con la defensa de Israel pero decididos a terminar plácidamente sus vidas en las costas de Florida.
Cada año, los miembros más destacados de la clase política norteamericana se sienten obligados a rendir cuentas ante la conferencia de la AIPAC, el principal lobby judío, convencidos de que, sin la exhibición de un limpio historial pro-israelí, no existen posibilidades de futuro en este país.
Esto ha funcionado así desde hace décadas, y se pueden citar algunas buenas razones que lo han justificado hasta ahora, esencialmente la voluntad de la comunidad judía de EE UU de preservar un Estado judío, aunque en el remoto Oriente Próximo, ante el peligro de un segundo Holocausto.
Pero ese ciclo de la historia ya ha pasado. Israel tiene hoy que ser capaz de encontrar nuevos argumentos para defender sus derechos y reclamar respeto. Le ha llegado la hora de madurar y romper el vínculo esclavizante que ha creado con EE UU. Todos ganarían con ello. Israel podría hacer nuevos amigos y diversificar sus alianzas. La política exterior norteamericana ganaría credibilidad, y esa credibilidad resultaría, en última instancia, beneficiosa para defender a Israel, lo que, en sí mismo, es una causa justa.