viernes, 11 de mayo de 2012

La suerte de Siria dependerá de una Turquía neo-otomana



Europa, como tal, no tiene voz a propósito de Siria, igual que en tantas otras cuestiones



Hace poco he estado en Estambul. El día que llegué, acababan de enterrar a la última otomana. Su Alteza Imperial Fatma Neslisah Sultan había nacido en un palacio real junto al Bósforo cuando su abuelo todavía gobernaba, en teoría, los restos de un vasto reino intercontinental. Al día siguiente de mi marcha, las tropas del presidente sirio, Bachar el Asad, mataron a varias personas en territorio turco. Sus disparos cruzaron una frontera que no había existido hasta la desaparición del imperio otomano.
A primera vista, estos dos acontecimientos parecen guardar poca relación: el primero, una mera curiosidad histórica, el segundo, uno de los problemas políticos y humanitarios más acuciantes de estos momentos. De acuerdo con las informaciones, han muerto ya más de 9.000 personas en Siria. Hay además decenas de miles de heridos y, según algunos cálculos, hasta un millón de hombres, mujeres y niños desplazados, dentro o fuera del país. La intervención dirigida por Francia y Reino Unido en Libia se decidió por la amenaza creíble de una matanza masiva de la población de Bengasi por parte de Muamar Gadafi. El Asad lo ha hecho ya en Homs.
En el momento de escribir estas líneas, El Asad ha ignorado el plazo acordado con el antiguo secretario general de la ONU Kofi Annan para la retirada de las tropas. Las posibilidades de que se produzca un alto el fuego real y duradero parecen cada vez menores. Si el volumen de la matanza de civiles fuera el único detonante de una intervención humanitaria, deberíamos haberla emprendido hace semanas. En comparación con estos horrores, ¿a quién le interesa la muerte de una vieja sultana?
Sin embargo, los dos hechos están más unidos de lo que parece. En Turquía cuenta mucho el hecho de que el territorio hoy llamado Siria fuera, hasta la Primera Guerra Mundial, una parte tan fundamental del imperio otomano como Irlanda lo era del británico. Este dato histórico es especialmente importante para el Gobierno islamista moderado de Turquía, cuyo viceprimer ministro asistió a los funerales de la última nieta del último sultán. Según su doctrina de la “profundidad estratégica”, Turquía aspira a ser una potencia regional, a caballo de Europa, Oriente Próximo y Asia Central, igual que... imagínense quién.
Su voluble e hiperdinámico ministro de Exteriores, Ahmet Davutoglu, ha rechazado la acusación de “neo-otomano”, por supuesto, pero también ha dicho: “No soy ministro de una simple nación-Estado”. Davutoglu, antiguo profesor de universidad, habla con frecuencia, de forma elocuente y detallada, sobre el legado otomano. Después de una de esas intervenciones, ante una reunión de los ministros de Exteriores de la Unión Europea, uno de ellos dijo en broma que estaba invitando a la UE a incorporarse al imperio otomano. Eso sí, un imperio en su versión moderna, reducida, republicana, igual que la última princesa llegó al final de sus días llamándose, por las buenas, señora Osmanoglu, es decir, señora Otomana (como sería una señora Windsor, antigua residente en el Castillo de Windsor, en una república británica que yo no llegaré a conocer).
En un plano más material, la dinámica economía turca tiene grandes intereses empresariales y comerciales en Siria, y el fragmentado legado étnico de la disolución del imperio otomano hace que haya kurdos inquietos a ambos lados de la frontera turco-siria. Para no hablar de la terrible presión inmediata del problema de los refugiados, que ha hecho que cada vez parezca más cercana la posibilidad de que el ejército turco imponga una tierra de nadie o un corredor humanitario dentro de las fronteras sirias. Algunos incluso insinúan que Turquía podría alegar una violación del artículo 1 del acuerdo de Adana, firmado en 1998 entre los dos países, que establece que “Siria... no permitirá ninguna actividad emanada de su territorio que ponga en peligro la seguridad y la estabilidad de Turquía” (en origen, este artículo se refería al apoyo a grupos kurdos como el PKK). En Estambul oí también hablar, aunque sin confirmarlo, de que antiguos miembros de las fuerzas especiales turcas están luchando con el Ejército Libre de Siria.
El equilibrio de fuerzas sería diferente si la UE hubiera tendido la mano a Turquía
Pero además es importante una cuestión más amplia. Cuando, al hablar de la intervención humanitaria, escribo que “deberíamos haberla emprendido hace mucho tiempo”, muchos lectores supondrán de forma natural que “nosotros” se refiere sobre todo a las potencias occidentales, preferiblemente con un mandato de la ONU y bajo el correcto nombre de “comunidad internacional”. Y es verdad que, si las principales potencias militares de Occidente, empezando por Estados Unidos, y luego Reino Unido y Francia, emplean la fuerza armada —como acabaron haciendo en otros dos rincones del imperio otomano, Bosnia y Kosovo—, las consecuencias son trascendentales. Ahora bien, no parece que ninguna de ellas, y desde luego no Washington, tenga intención de hacerlo en este caso.
El presidente estadounidense, Barack Obama, y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, tienen sendas elecciones que ganar. El primer ministro británico, David Cameron, está demasiado ocupado con el nuevo impuesto sobre alimentos preparados y tratando de estimular el comercio en el Lejano Oriente. Expresarán su indignación e intentarán intensificar las sanciones económicas y las presiones diplomáticas a través de la ONU, pero no creo que haya ninguna intervención como las de Libia y Kosovo en un futuro próximo.
En tales circunstancias, serán otros Estados los que decidan la suerte del pueblo sirio. A corto plazo, Turquía tendrá más importancia que el Reino Unido, Irán que Alemania, Arabia Saudí que Francia, Rusia que Estados Unidos. Todas esas potencias regionales tienen sus propios intereses nacionales en Siria, no solo económicos y militares sino también culturales e ideológicos. Así que existe una rivalidad entre el Irán chií postrevolucionario y la Arabia Saudí suní y reaccionaria, la Rusia postimperial y la Turquía neo-otomana, sin olvidarnos de la distante pero poderosa China, un voto indeciso y vital entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU.
Si algún pachá exhausto se hubiera dormido en 1912 y se despertara hoy, se sentiría sorprendido por muchas cosas: los Estados postcoloniales, Facebook, la democracia, los teléfonos móviles. Pero, tras unas semanas de adaptación, quizá se sentiría en territorio conocido. Ah, claro, diría, tenemos unas grandes potencias que defienden sus distintos valores e intereses, abiertamente y a escondidas, el Gran Juego de siempre. En realidad, muchas de ellas son versiones reducidas y en parte modernizadas de las viejas potencias: Turquía, hoy bajo el mando del sultán Recep Tayyip Erdogan, Rusia, bajo el yugo del zar Vladimir Putin, China, en los últimos meses del emperador Hu Jintao, Gran Bretaña, con el sonrosado primer ministro de Su Majestad (que en 1912 era un rey y hoy es una reina), y así sucesivamente.
El equilibrio de fuerzas en torno a Siria sería diferente si el nuevo modelo de soberanía compartida de la Unión Europea hubiera tendido la mano a Turquía, como lleva tiempo prometiendo —cosa increíble, en todos los sentidos de la palabra— desde hace casi 50 años, en concreto desde el acuerdo de asociación de 1963. Pero no es así. Europa, como tal, no tiene voz a propósito de Siria, igual que en tantas otras cuestiones. Y, por tanto, la suerte de los valerosos resistentes y la sufrida población civil de ese país dependerá de la tradicional rivalidad entre las potencias soberanas de la región.
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jueves, 3 de mayo de 2012

Un repaso a los 'Cristianos en Acción'



Un trabajador limpia la entrada al edificio de la sede central de la CIA. | E. M.
Un trabajador limpia la entrada al edificio de la sede central de la CIA. | E. M.

Los llaman 'Cristianos en Acción', porque en inglés eso se dice 'Christians in Action', y la primera letra de cada palabra corma 'CIA'. O 'la Compañía'. O 'la Agencia’. Es la CIA. La agencia de espionaje más famosa del mundo y, desde luego, la más grande. Ahora, un año después de la muerte de Osama bin Laden, vuelve a estar en los papeles.
Su presupuesto es secreto, pero se estima en unos 50.000 millones de dólares, o sea, 37.700 millones de euros. Eso, para entendernos, es más del doble de todo el Presupuesto de Defensa de España. No hay, sin embargo, datos sobre su personal. Al menos durante los 50, 60 y 70, la CIA tuvo su propia compañía aérea, Air America, con docenas de aviones y helicópteros por todo el mundo.
La 'Agencia' es más que una mera red de espías. Tiene varios cientos de paramilitares, una verdadera milicia a sus órdenes que funcionó de forma más efectiva que las Fuerzas Especiales en la invasión de Afganistán en 2001. Tiene satélites. Y, por tener, tiene hasta un fondo de capital-riesgo, In-Q-Tel, que invierte en 'start-ups', es decir, empresas de nuevas tecnologías que pueden estar desarrollando productos útiles para los espías.
La eficacia de In-Q-Tel ha sido tal que han acabado entrando en su accionariado otros servicios de inteligencia, como la DIA (el espionaje militar) o la Agencia nacional de Inteligencia Geoespacial.
En realidad, la CIA es una de las aproximadamente 40 agencias de inteligencia de EEUU. Pero es, con diferencia, la más grande. Aunque es civil, la influencia de los militares está aumentando sobre ella, según los que la conocen.
Al mismo tiempo, ha logrado colocarse en el centro, como una especie de 'megacoordinadora', de la lucha contra Al Qaeda. De hecho, la operación para matar a Bin Laden fue planeada por un equipo conjunto de la CIA y de los Navy SEAL que trabajaba desde la sede de la Agencia en el pueblo de Langley, en el condado de Fairfax, a las afueras de Washington.
Langley, -como se conoce en la Agencia al cuartel general-, está cerca de la autopista que une a Washington con el aeropuerto internacional de Dulles, pero no es fácil dar con ella. Las afueras de Washington están tan llenas de organizaciones, —civiles y militares, privadas y públicas—, dedicadas a la defensa y a la inteligencia que, según se dice, a veces es una pesadilla construir líneas de metro o ferrocarriles de cercanías porque los trazados deben evitar zonas sensibles.
Langley no está 'tapado' en Google Maps. Su nombre oficial es 'Centro George Bush de Inteligencia', un homenaje de los republicanos del Congreso al 'primer Bush', que fue director de la CIA durante un breve periodo en los setenta.
Sus trabajadores, sin embargo, no se suelen referir a ella bajo ese nombre. Mucha gente dice que la CIA es una organización más demócrata que republicana. Pero, como nadie se identifica diciendo "Hola, soy de la CIA", eso también pertenece al reino de las especulaciones.

martes, 1 de mayo de 2012

NI CONSENSO DE WASHINGTON NI CONSENSO DE PEKÍN





Cinco motivos para ignorarlos a ambos.

AFP/Getty Images

Corría el año 1989. La economía latinoamericana vivía su década perdida: crisis de deuda, inflación e intervención del Fondo Monetario Internacional (FMI). El economista John Williamson recopiló en un decálogo las doctrinas económicas en boga por aquel entonces. Una fórmula para el éxito que debían aplicar los países atrasados.  Lo llamó el Consenso de Washington: privatizar lo público, liberalizar los mercados y no gastar más de lo que se ingresaba. El FMI, el Banco Mundial y el gobierno de Estados Unidos empezaron a hacer proselitismo con esos diez mandamientos. Entonces parecían razonables, incluso para sus críticos: “Las políticas del Consenso de Washington estaban diseñadas para responder a los problemas muy reales que sufría América Latina, y tenían sentido”, según el economista Joseph Stiglitz. Pero su aplicación doctrinaria agravó los problemas de muchos países, como Argentina. El último clavo en el ataúd lo puso la crisis económica de 2008. EE UU había incumplido muchos de sus postulados y otros, como la desregulación, habían estado detrás de toda la tormenta. Para el diario alemán Der Spiegelhabía llegado “el final de la arrogancia". “Estados Unidos”, titulaba “está perdiendo su rol económico dominante”.
Había que rellenar el hueco ideológico dejado por el Consenso de Washington, o aprovechar su debilidad para sacar algo con lo que enfrentarse a él. Algunos se han afanado en buscar un sustituto, y han terminado dando con el candidato perfecto. Lo han llamado Consenso de Pekín: una mezcla de economía de semi-mercado, capitalismo de Estado y dictadura. Muchas naciones quieren imitar el crecimiento delgigante asiático y deshacerse al mismo tiempo del paternalismo occidental. Si China está destinada a ser la nueva Unión Soviética, el nuevo contrapoder, el nuevo polo de oposición a EE UU, entonces su modelo económico debe servir como alternativa al estadounidense.
Pero el debate entre estos dos Consensos es bastante espurio, por los siguientes motivos:

1. El Consenso de Washington está muerto: Washington lo ha matado
La crisis ha sacado los colores a Estados Unidos. Ha tenido que practicar medidas más propias de un capitalismo de Estado: nacionalizaciones, rescates, socialización de las pérdidas bancarias... Con ello han aniquilado, de un golpe, la doctrina de mínima intervención estatal que exportaban años atrás.
El canto a la desregulación de los mercados es otro de los postulados del Consenso de Washington totalmente desacreditado tras la crisis: la fiesta alocada y sin límites del sector financiero, con los supervisores mirando hacia otro lado, provocó una terrible oleada de sufrimiento económico por todo el mundo. La lección, un anexo para el decálogo de Washington: No se deja a los niños solos en casa; el Estado ha de controlar los excesos de los mercados.
Otro de los mandamientos del Consenso, el de la disciplina fiscal, lleva siendo incumplido por EE UU más de una década: el último presupuesto, el de 2011, suma un total de 1,5 billones de dólares. Si alguna capital queda que defienda este precepto es Berlín, encargada de imponer la austeridad fiscal en Europa. Mientras, lo que piden el FMI, el presidente estadounidense y su secretario del Tesoro es, precisamente, todo lo contrario: menos disciplina fiscal, al menos hasta sanear las economías. Es el mundo al revés.
El Consenso de Washington había dejado de ser popular hace ya tiempo. El colapso de la economía argentina de 2001 tuvo bastante que ver con la aplicación imprudente de la doctrina, según muchos autores. Tanto que algunos países empezaron a pagar de forma anticipada las deudas con el FMI para evitar tomar más de su medicina (Rusia, Turquía, Brasil o la propia Argentina). El mismo Williamson ha reconocido indirectamente haber creado un monstruo: “[El Consenso de Washington] es una marca dañada […] Para la audiencia mundial parece significar un conjunto de políticas neoliberales impuestas en países desafortunados por instituciones con base en Washington, y que han llevado a crisis y miseria. […] Por supuesto, nunca fue mi intención implicar políticas como la liberalización de las cuentas del capital, el monetarismo, la economía centrada en la oferta o la reducción del Estado al mínimo”.

2. El Consenso de Pekín nunca ha existido
El Partido Comunista Chino se ha travestido ideológicamente tantas veces que ya nadie sabe muy bien en qué cree. Su capacidad de adaptación para mantener el poder ha sorprendido al mundo. ¿Quién dijo que capitalismo y comunismo eran como agua y aceite? Pekín no ha parado hasta sacar adelante un sistema ideológico con el que mezclarlos. Lo llaman socialismo con características chinas. Un engendro que, para muchos, funciona. Centenares de millones de personas han salido de la pobreza en las últimas décadas.
Algunos autores han querido ver en el chino un modelo económico aplicable fuera del país asiático. El Consenso de Pekín se ha definido recientemente con cinco premisas: las reformas se aplican de forma incremental, y no de golpe; se innova y se experimenta en política económica; el crecimiento se fundamenta en la exportación; se ejerce capitalismo de Estado, frente a la planificación socialista o al capitalismo de mercado libre; se practica el autoritarismo, frente a la democracia o la autarquía.
La pregunta clave que nadie parece saber responder de forma clara es: si hay un Consenso de Pekín, ¿quién lo aplica? Hay algunos países como Vietnam que están siguiendo un camino parecido al chino, y probablemente lo hagan estimulados por sus éxitos. El modelo delgigante asiático ofrece una salida al pozo del comunismo, por lo que es viable para transiciones de países como Corea del Norte. Pero, en general, es difícilmente exportable. Los líderes africanos raramente hablan del Consenso de Pekín. Irán, Venezuela, Sudán o Zimbaue tienen negocios con China, y agradecen su política comercial de “sin compromisos” pero, ¿siguen sus doctrinas económicas? La respuesta es no.
Ni siquiera parece que los líderes chinos quieran exportarlo. Saben que en Estados Unidos el crecimiento y la expansión de China provocan alarma, y quieren evitar que traten de contenerlos por considerarlos una amenaza. Por eso mismo dejaron de hablar del resurgir pacífico de China en 2003, porque la palabra “resurgir” atemoriza en el país americano. Lo mismo parece ocurrir con su modelo económico: los líderes chinos no hablan del Consenso de Pekín. Porque no lo hay.
Para los dictadores de los países en vías de desarrollo adoptar el modelo chino supondría compartir el poder, crear un politburó, y ceder el poder cada diez años. Para las democracias en vías de desarrollo es poco atractivo porque impone unas condiciones inaceptables en su población, una “neoesclavitud”, como ha definido el periodista británico Damian Thompson. Y para las democracias avanzadas, porque se ve como un modelo que funciona sólo en los primeros estadios de desarrollo. No sólo es que suponga una vuelta atrás en los avances democráticos y sociales, sino que nadie cree que pueda funcionar en los países de rentas más altas. Entre otras cosas porque el modelo se basa en la mano de obra barata.

3. China podría abandonar su propio Consenso
El sistema “comunista-capitalista-confuciano” chino ha demostrado tener buena cintura para capear la reciente crisis económica. Disponen de algunas herramientas en política económica de las que carecen sus homólogos occidentales. Pueden intervenir en los mercados financieros y no dudan en hacerlo. Además, aunque no todas las empresas son del Estado, el Gobierno elige a sus directivos y éstos rinden cuentas en Zhongnanhai. Por último, para Pekín no hay crisis de deuda: controla una cantidad inusualmente grande de recursos (tres billones de dólares en reservas). Sus bancos siempre tienen liquidez, en parte porque el Gobierno ejerce represión financiera de los ahorradores chinos, como apunta Juan Pablo Cardenal, coautor del reciente libro La silenciosa conquista china: Se les obliga a mantener el dinero en el sistema bancario del país, y ello a unos tipos de interés bajos, en ocasiones por debajo de la inflación. Esa enorme masa monetaria se usa para los proyectos estatales en China o en el extranjero.
Con todo esto el gigante asiático está capeando relativamente bien esta crisis. Pero muchos barruntan problemas serios en el futuro cercano. El más claro es que pueden caer en la misma trampa que los países latinoamericanos en los 80, la llamada middle income trap (la trampa de los ingresos medios): cuando un país alcanza una renta per cápita media (de entre 3.000 y 8.000 dólares; China tiene 5.500), la economía se ralentiza, la desigualdad económica crece y los conflictos sociales se disparan.
Muchos temen que un aterrizaje forzoso tras tres décadas volando con crecimientos del orden del 9%. Además, China depende fuertemente del consumo y la escasez de ahorro en Europa y EE UU. La crisis puede cambiar la ecuación, y eso sería un mazazo a la economía del gigante asiático, que tendrá que aprender rápidamente a consumir más y a exportar menos. Es decir, tendrá que abandonar pronto su propio Consenso.

4. Comerciar con China no implica imitarla
“Por primera vez tras la descolonización, los países pueden elegir a su socio comercial sin tener que alinearse ideológicamente con la visión estadounidense”, escribía Le Monde recientemente. Muchos países africanos y latinoamericanos tienen suculentos negocios con China. Pero también los tiene Estados Unidos con Arabia Saudí y en nada se parecen sus modelos económicos. Una cosa es tener excelentes relaciones comerciales y diplomáticas con un país, y otra bien distinta adoptar sus políticas.
China está ocupando un nicho geoestratégico abandonado por otros, aliándose con Irán, Rusia, Venezuela o Sudán. Todos los que quierenmolestar al imperio se sitúan en ese eje. Pero no hay evidencias de que estén adoptando un modelo de crecimiento económico a la pequinesa.

5. Porque otros modelos son posibles
En el debate hay que tener en cuenta otros modelos económicos al menos tan influyentes como el estadounidense o el chino.
Para empezar, el modelo europeo, el Consenso de Bruselas. Un sistema que combina liberalismo económico con el Estado del Bienestar. Un consenso económico y político que, aunque pasa por su peor momento, ha generado la zona de mayor riqueza y paz de la Historia sobre la faz de la tierra. Es el que ha atraído a muchos de los países que antes estaban en la órbita soviética y que han querido unirse a la zona europea.
Se ignora también el modelo que Brasil supone para América Latina, lo que la revista Foreign Affairs ha llamado “el Nuevo Capitalismo brasileño”: una transición hacia una economía mixta liderada entre otros por el ex sindicalista Lula Da Silva, y que ha llevado al país a tener el mayor PIB de la región y el sexto del mundo. Su renta per cápita en paridad de compra ronda los 12.000 dólares (4.500 dólares más que China). La pobreza parece descender a un ritmo constante y el desempleo está alcanzando mínimos históricos (5,2% en diciembre de 2011). Por supuesto, su modelo tiene importantes matices: es una democracia, aunque con fallas, pero sufre profundas desigualdades de distribución (puesto 126 en el índice GINI). Es, aún así, una alternativa al modelo chino para países en vías de desarrollo.
Otro de muchos ejemplos es el del llamado tigre de Eurasia, Turquía. En 2011 creció un 11%, la mayor tasa mundial. Tiene el doble de rentaper cápita que China. Todo con un régimen político que, si bien está tutelado por el Ejército, se considera una democracia con fallas (puesto 88 en el The Economist Inteligence Unit frente al puesto 141 del gigante asiático).

martes, 24 de abril de 2012

Los musulmanes en Europa, discriminados



Una mujer musulmana paseando.| Amnistía Internacional
Una mujer musulmana paseando.| Amnistía Internacional
En 2030 serán el 10% de la población en Francia, Bélgica y Suecia; en torno al 8% en Suiza, Holanda y Reino Unido; el 7% en Alemania, y alrededor del 4% en España; y no acaban de gustar. Los musulmanes en Europa permanecen bajo el peso de una amalgama de estereotipos y prejuicios y, según un informe publicado por Amnistía Internacional, sufren discriminación por motivos de religión o de creencias en el ámbito laboral y el educativo, incluso en países en los que dicha discriminación está prohibida.
El estudio, realizado en 2010 en cinco países: Bélgica, España, Francia, Países Bajos y Suiza, concluye que la discriminación a la que son sometidos los musulmanes en varios ámbitos de la vida a causa de su religión, su origen étnico o su condición de género, o por la mezcla de todo ello "arruina las perspectivas, las oportunidades y la confianza personales y puede ocasionar aislamiento, exclusión y estigmatización".
"A las mujeres musulmanas se les niegan empleos y a las niñas se les impide asistir a clases normales simplemente porque usan prendas de vestir tradicionales, como el pañuelo. Y los hombres pueden ser despedidos de su trabajo por llevar barbas asociadas al islam", ha afirmado Marco Perolini, experto de Amnistía Internacional sobre discriminación, que ha denunciado que, en lugar de combatir estos prejuicios, "los partidos políticos y las autoridades públicas a menudo los toleran en su afán de captar votos".
"Mucha gente piensa que en España no hay racismo, pero eso es porque no conocen a ningún musulmán. No conozco a uno solo, hombre o mujer, que nunca haya tenido problemas simplemente por su religión", dice una joven musulmana llamada Nadah. Ella ha podido estudiar usando el 'hiyab' (velo islámico), pero no todos los casos son iguales. Según AI, "toda restricción del uso de símbolos y prendas religiosos o culturales en las escuelas debe basarse en una evaluación de las necesidades de cada caso individual. Las prohibiciones generales entrañan el riesgo de afectar negativamente al acceso a la educación de las niñas musulmanas y de negar su derecho a la libertad de expresión y a la manifestación de sus creencias".

Velos y mezquitas

En muchos países, como España, Francia, Bélgica, Suiza y Países Bajos, se ha prohibido en ocasiones o por norma general a alumnas llevar el pañuelo u otras prendas religiosas o tradicionales en la escuela. En el caso nacional, el abogado y profesor de Derecho Iván Jiménez-Aybar, uno de los más activos en la defensa del 'hiyab', afirma que el código normativo de un centro educativo nunca puede estar por encima de una ley superior como es la Constitución, que otorga la libertad religiosa. Y se pregunta por qué si el Ministerio de Interior permite que en las fotografías para el DNI se use el velo -"con él se puede también reconocer a la persona"-, algunos centros se escudan en el argumento de la seguridad.
Según un estudio recogido por la ONG, el 37% de los españoles cree que es aceptable expulsar del colegio a una estudiante simplemente porque lleve el pañuelo. En el informe aseguran que se cree que la prohibición del velo es para proteger la libertad de la mujer, pero se insiste en que para lograr la igualdad de las mujeres y combatir todas las formas de discriminación de género "resultaría más útil mejorar la aplicación de la legislación ya existente que imponer prohibiciones generales de formas específicas de indumentaria".
En cuanto a las polémicas por la construcción de mezquitas en Cataluña, desde AI critican que los musulmanes tengan que rezar en espacios al aire libre porque las salas de oración existentes son demasiado pequeñas y las solicitudes para construir nuevos oratorios se encuentran con obstáculos técnicos y rechazo social. Denuncian también que algunos partidos políticos han expresado públicamente que su construcción es incompatible con el respeto de la cultura y las tradiciones catalanas. "Esto es contrario a la libertad de religión, que incluye el derecho a celebrar cultos religiosos colectivos en lugares adecuados".

Trabajo, asignatura pendiente

AI recoge ejemplos de discriminación en el ámbito laboral en todos los países de estudio y asegura que, aunque por lo general los datos no se desglosan por religión, la tasa de empleo de minorías étnicas o de origen migrante procedentes de países de mayoría musulmana es menor que la de la población general. Constata que los empleadores aplican diferencias de trato por motivos de religión o de creencias, basándose en justificaciones que no son conformes con las normas internacionales contra la discriminación.
El mayor problema surge porque las autoridades públicas no han establecido mecanismos efectivos para impedir que los empleadores privados discriminen por motivos de religión o de creencias. Asimismo, el estudio cuestiona que algunos Estados hayan introducido prohibiciones generales del uso de símbolos y prendas religiosos o culturales en los empleos públicos para alcanzar fines, como proteger la neutralidad o el laicismo, "que no son legítimos por sí mismos en virtud del derecho internacional".
Según Perolini, "en muchos países europeos existe una opinión cada vez más generalizada de que el islam está bien y con los musulmanes no hay problemas, siempre que no sean demasiado visibles. Esta actitud está provocando violaciones de derechos humanos, y es necesario combatirla".

lunes, 23 de abril de 2012

LOS NUEVOS ISLAMISTAS




Cómo se adaptan a los tiempos los partidarios más extremistas del islam radical.

AFP/Getty Images

El tradicional debate sobre la posibilidad de coexistencia del islam y la democracia ha alcanzado un punto de inflexión extraordinario. Desde el comienzo de las revueltas árabes, a finales de 2010, el islam político y la democracia son cada vez más interdependientes. La polémica de si son compatibles ha quedado ya prácticamente obsoleta. Ninguno de los dos puede sobrevivir sin el otro.
En los países de Oriente Medio que se encuentran en plena transición, la única forma de que los islamistas conserven su legitimidad es la celebración de elecciones. Quizá su cultura política no es aún democrática, pero lo que los define hoy es el nuevo panorama político, que les obliga a redefinirse a sí mismos, igual que la Iglesia Católica tuvo que acabar aceptando las instituciones democráticas pese a que su propio funcionamiento siguió siendo oligárquico.
Por otra parte, la democracia no puede arraigar en los países árabes que viven esas transiciones sin incluir a los principales grupos islamistas, como los Hermanos Musulmanes en Egipto, Ennahda en Túnez o Islah en Yemen. La llamada Primavera Árabe dio luz verde a los islamistas. Y, aunque muchos de ellos no comparten la cultura democrática de los que se manifestaron, no tienen más remedio que tener en cuenta la nueva situación que esas manifestaciones han creado.
El debate sobre el islam y la democracia siempre ha sido como el del huevo y la gallina: ¿Quién llegó primero? Sin duda, la democracia no ha ocupado el centro de la ideología islamista. En Egipto, históricamente, los Hermanos Musulmanes siempre han estado muy centralizados y siempre han obedecido a un jefe supremo vitalicio. Y, desde luego, al promover la democracia de tipo laico no se ha tenido en cuenta el islam. Es más, durante mucho tiempo, los escépticos afirmaron que las dos fuerzas eran anatema una para otra.
Pero el mundo exterior supuso, sin razón, que el islam tendría que llevar a cabo una reforma religiosa antes de que sus seguidores pudieran incorporarse a la democratización política, igual que la experiencia cristiana, cuando la reforma protestante engendró la Ilustración y después la democracia moderna. Sin embargo, los intelectuales musulmanes liberales tuvieron escasa influencia a la hora de inspirar o dirigir las revueltas árabes. Los manifestantes originales de la Plaza Tahrir de El Cairo se referían siempre a la democracia como concepto universal, no una democracia islámica.
Ahora da la impresión de que el islam político y la democracia están evolucionando de la mano, aunque no a la misma velocidad. El nuevo escenario político está transformando a los islamistas tanto como los islamistas están transformando el escenario político.
Hoy, la cuestión de la compatibilidad del islam con la democracia no se centra en aspectos teológicos, sino en la forma concreta que tengan los creyentes de ver su fe en un entorno político que está experimentando rápidas transformaciones. Sean liberales o fundamentalistas, las nuevas formas de religiosidad son individuales y más acordes con el espíritu democrático.

La evolución
Cuando el islamismo empezó a ganar terreno durante los años 70 y 80, al principio, estaba dominado por movimientos revolucionarios y tácticas radicales. Sin embargo, a lo largo de los 30 años posteriores, el renacimiento religioso en las sociedades árabes se diversificó y los cambios sociales contuvieron el radicalismo. Las muertes y la destrucción que dejaba a su paso el islamismo radical también disminuyeron el interés por convertirse en militantes.
La propia proliferación de medios de comunicación libres de un exceso de control estatal tuvo un papel importante. A mitad de los 90, Al Yazira fue la primera cadena independiente de televisión por satélite en el mundo árabe. Una generación después, había más de 500 canales. Muchos ofrecían una amplia variedad de programas religiosos -desde jeques tradicionales hasta pensadores musulmanes liberales-, que, a su vez introdujeron la idea de diversidad. De pronto, dejó de haber una verdad única en una religión que lleva 14 siglos predicando una sola vía hacia Dios.
Los islamistas también cambiaron a base de victorias y derrotas, o una mezcla de ambas. Los islamistas chiíes obtuvieron una victoria política en la revolución de 1979 en Irán, que culminó con la ascensión del ayatolá Ruhollah Jomeini al poder. Sin embargo, tres décadas después, la única teocracia moderna del mundo estaba cada vez más aislada, por lo que muchos islamistas empezaron a preguntarse: ¿Dónde nos equivocamos?
En Argelia, los islamistas suníes se vieron apartados por un golpe militar en vísperas de una victoria electoral en 1992. Prohibieron el partido y encarcelaron a sus dirigentes. Una facción más combatiente se enfrentó al Ejército, y comenzó una guerra civil de 10 años en la que murieron más de 100.000 personas. El sangriento periodo posterior a las primeras elecciones democráticas del mundo árabe tuvo un efecto de onda expansiva en los cálculos de los grupos islamistas de toda la región.
      
Una generación de activistas islámicos exiliados desempeñó también un papel importante en la reorientación de sus movimientos
      
Como consecuencia de haber experimentado el poder de la represión del Gobierno, los islamistas se mostraron cada vez más dispuestos a hacer concesiones para entrar o permanecer en el juego político. En Egipto, los hermanos Musulmanes se presentaban al Parlamento siempre que se lo permitían, a menudo haciendo alianzas tácticas con partidos laicos. En Kuwait y Marruecos, los islamistas respetaban las reglas políticas cada vez que se presentaban, incluso cuando eso significaba aceptar sus respectivas monarquías. El Partido Justicia y Desarrollo de Marruecos reconoció la dimensión sagrada del rey con el fin de poder participar en las comicios, y, en Jordania, los Hermanos Musulmanes otorgaron su respaldo público al rey pese al descontento creciente entre las tribus de beduinos.
Una generación de activistas islámicos exiliados desempeñó también un papel importante en la reorientación de sus movimientos. Casi todos ellos, miembros de base o dirigentes, acabaron pasando más tiempo en Occidente que en países islámicos, y entraron en contacto con otros disidentes laicos y liberales, además de organizaciones no gubernamentales como Human Rights Watch, Amnistía Internacional y Freedom House. Estas nuevas relaciones facilitaron el intercambio de ideas y la evolución de sus respectivos movimientos.
En los 90, los activistas exiliados asociaron cada vez más sus agendas a la democracia y los derechos humanos. Reconocían que eslóganes simplistas como “El islam es la solución” no bastaban para construir programas ni coaliciones capaces de derrocar dictadores. Rachid Ghannouchi, cofundador del Partido Ennahda de Túnez, llegó a la conclusión, casi 20 años antes de las revueltas árabes, de que la democracia era un instrumento mejor que el llamamiento a la yihad o la sharia para combatir las dictaduras.

La revolución social
Los islamistas han cambiado porque la sociedad ha cambiado. Su ascenso refleja no solo las revoluciones políticas, sino también las revoluciones sociales y culturales de las sociedades musulmanas.
En el espacio político ha entrado una generación nueva, sobre todo en las grandes ciudades. Es la generación de la Plaza Tahrir, el epicentro de la rebelión egipcia contra Hosni Mubarak. Cuando comenzaron las revueltas, dos tercios de los 300 millones de árabes que habitan en el mundo tenían menos de 30 años. Estos jóvenes están más educados y tienen más relación con el mundo exterior que cualquier otra generación anterior. Muchos hablan o entienden un idioma extranjero. Las mujeres son muchas veces tan ambiciosas como los hombres. Ambos sexos están deseosos de discutir y cuestionar. Casi todos saben distinguir e incluso desechar la propaganda.
El cambio no significa necesariamente que esta generación del baby boom árabe sea más liberal o más laica que sus padres. Muchos jóvenes árabes se sienten atraídos por nuevas formas de religiosidad que destacan la elección individual, la relación directa con Dios, la realización personal y la autoestima. Pero todos, hasta los que se incorporan a movimientos islámicos, llevan consigo un enfoque crítico y la resistencia a seguir a ciegas a unos dirigentes mucho más ancianos.
La transformación es visible incluso entre los jóvenes salafistas egipcios, seguidores de una corriente islámica puritana que hace hincapié en la vuelta a las prácticas del islam primitivo. Llevan pantalones anchos y largas camisas blancas a imitación del profeta Mahoma, pero también suelen llevar gafas de sol relucientes y zapatillas deportivas. Forman parte de una cultura globalizada.
Durante decenios, los salafistas se opusieron a participar en política. Sin embargo, después de las revueltas, cambiaron por completo de opinión. Se lanzaron a la refriega y se apresuraron a inscribirse como partidos políticos. En las universidades, numerosos clubes de jóvenes salafistas –en los que también hay mujeres– participan en los foros públicos de debate.
La influencia de la generación del baby boom actual será duradera. Seguramente serán la generación más numerosa durante gran parte de su vida –es decir, quizá unos 30 o 40 años más–, porque la tasa de fertilidad se ha derrumbado en casi todos los países árabes después de ellos.

Los tres bandos
Durante el viejo debate sobre el islam y la democracia, los estudiosos musulmanes, tanto religiosos como intelectuales, se dividían en tres grandes bandos.
El primer bando rechaza la democracia y el laicismo por ser conceptos occidentales que ni merece la pena refutar. Según esta perspectiva fundamentalista, el mero hecho de participar en la política diaria –unirse a un partido político, votar– es haram, está prohibido por la religión. Esta ha sido la postura de los clérigos wahhabíes en Arabia Saudí, los talibanes en Afganistán y, durante décadas, las distintas escuelas salafistas de todo el mundo árabe.
El segundo bando afirma que el regreso a los verdaderos principios del islam es la manera de crear el mejor tipo de democracia. Es un punto de vista conservador que dice que los fieles pueden debatir para llegar a conocer el auténtico camino, pero que la religión es la verdad suprema y eso no es negociable. Estos islamistas hablan del concepto de tawhid, el carácter único y extraordinario y la soberanía de Dios, que nunca pueden ser sustituidos por la voluntad del pueblo.
El segundo bando también invoca las prácticas musulmanas para asegurar que su ideología política actual cumple los requisitos esenciales de la democracia. Por ejemplo, afirma que la shura, el consejo asesor en el que en el que se debatían las ideas antes de presentar propuestas al líder, equivale a un parlamento.
El tercer bando defiende la ijtihad, la reinterpretación del islam para hacer que sea compatible con el concepto universal de democracia. Esta postura es más común entre los intelectuales laicos que entre los clérigos. Pero el hecho de haber abierto la puerta a la ijtihad, que los estudiosos conservadores creían cerrada desde la Edad Media, ya ha generado su propio abanico de ideas, no todas coincidentes.
Los reformistas islámicos suelen tener más eco en Occidente que en sus propios países, y no solo por la censura y el acoso a que están sometidos. A algunos los consideran demasiado intelectuales, demasiado abstractos o demasiado vinculados a una teología artificial. Su enfoque filosófico está alejado de las prácticas religiosas populares y las enseñanzas de la mayoría de las madrasas, las escuelas religiosas.

El futuro
El nuevo islamismo tendrá una mezcla cada vez mayor de modernismo tecnocrático y valores conservadores. Los movimientos que se han incorporado a la cultura política dominante no pueden permitirse ya el lujo de dar la espalda a la política de partidos, so pena de ganarse la antipatía de una parte importante del electorado que desea paz y estabilidad, no revolución.
Ahora bien, en los países que están viviendo una transición, los islamistas van a tener que hacer muchos equilibrios. En Egipto, por ejemplo, los Hermanos Musulmanes no pueden renunciar a su convicción de que el islam engloba todo. Pero correrán peligro de perder el respaldo popular si no concilian el islam con las garantías de buen gobierno y respeto a los derechos humanos.
Para ello, los Hermanos Musulmanes quizá tengan que transformar las normas islámicas en unos valores conservadores más universales, como limitar la venta de alcohol más al estilo de lo que se hace en Utah que de acuerdo con las leyes saudíes, o fomentar los valores familiares en vez de imponer la sharía a las mujeres.
Muchos movimientos islamistas siguen sin compartir la cultura democrática de las revueltas. Pero, dadas sus circunstancias demográficas, y dado que buscan ampliar sus bases, cada vez deberán tener más en cuenta el nuevo escenario político creado por las manifestaciones, incluso dentro de sus propios grupos.
El ejercicio del poder puede contribuir a debilitar a los partidos ideológicos. Y, pese a sus recientes éxitos políticos, los islamistas se enfrentan a otros obstáculos: no controlan las fuerzas armadas, las sociedades en las que actúan están más educadas, tienen visiones del mundo más complejas y se atreven a expresar más sus opiniones que antes, y las mujeres desempeñan un papel cada vez más importante, como se refleja en su presencia creciente en las universidades.
      
Los islamistas recién elegidos se arriesgan al rechazo político si no mejoran la economía
      
Irónicamente, es posible que los islamistas electos se encuentren con la oposición del clero. Entre los suníes, los islamistas no suelen ser quienes controlan las instituciones religiosas. En Egipto, los Hermanos Musulmanes no dominan la Universidad Al Azhar, la institución educativa islámica más antigua del mundo, con más de mil años de antigüedad.  Los Hermanos han obtenido una mayoría relativa en el Parlamento, pero no están autorizados a decir lo que es o no es islámico sin que les respondan otros actores religiosos como clérigos y estudiosos.
Pero el mayor obstáculo para los islamistas es tal vez la realidad económica. La sharia no sirve para estimular el desarrollo económico, y puede disuadir a los inversores y turistas extranjeros. La fuerza laboral se hace oír y no quiere que se olviden de ella, pero la globalización económica exige ser también sensibles a las presiones internacionales. Los islamistas recién elegidos se arriesgan al rechazo político si no mejoran la economía.
Israel sigue siendo impopular y la xenofobia antioccidental ha aumentado de forma visible, pero los movimientos islamistas van a necesitar otros argumentos para sostenerse en el poder. Las revueltas árabes han cambiado las líneas de combate en Oriente Medio, y a los islamistas les será más difícil aprovecharse del conflicto árabe-israelí y las tensiones con la comunidad internacional.
Por el momento, la división más peligrosa la forman las continuas tensiones entre suníes y chiíes. Un símbolo de esas diferencias es la brecha política, cada vez más profunda, entre la monarquía religiosa suní de Arabia Saudí y la teocracia chií de Irán, pero las repercusiones alcanzan a toda la región, desde el pequeño archipiélago de Bahréin hasta Siria y su estratégica localización.
Igual que el islamismo está redefiniendo la política regional, la política islámica y las diferencias sectarias están redefiniendo sus conflictos.