sábado, 10 de octubre de 2015

El estigma con el que caminan los asirios en Turquía



Asirios rezan en una iglesia en la ciudad de Mardin, al sureste de Turquía. Ozan Kose/AFP/Getty Images
Asirios rezan en una iglesia en la ciudad de Mardin, al sureste de Turquía. Ozan Kose/AFP/Getty Images
Minorías cristianas como los asirios siguen viviendo entre la asimilación y el ostracismo en suelo turco.
“En Turquía, aquellos que no son musulmanes son considerados como minoría. Desde que comenzó la República se ha hecho la vida imposible para quienes quieren vivir de forma pacífica con sus derechos”. Estas palabras de Februniye Akyol, la primera coalcaldesa asiria de una metrópoli turca, suponen un ligero destello del calvario sufrido por su credo desde la creación de la República de Turquía.
Durante el último siglo, la rígida interpretación del kemalismo ha forzado a los diferentes grupos étnico-religiosos a elegir entre los caminos de la asimilación o el ostracismo. Si bien numerosos kurdos han sidoturquizados, los cristianos han protagonizado una estoica resistencia para preservar su culto. Su tenacidad se ha visto recompensada en la última década con una postura más abierta hacia las minorías del islamista Partido Justicia y Desarrollo (AKP). Entre otras medidas, la lengua aramea se imparte en las escuelas públicas y un pueblo recuperó su anterior nombre asirio. Pero, a pesar de esta esperanzadora instantánea, la evolución social de los cristianos aún choca con una discriminatoria política estatal y con el ahora predominante sistema educativo suní. Estas trabas son la cara B de la inclusiva era Erdogan y así lo denuncia la comunidad asiria, una escisión dentro del catolicismo tras el concilio de Éfeso.
Para comprender algunas barreras inmateriales sólo habría que retroceder algunos meses para recordar al ahora presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, usando la palabra armenio a modo de insulto. Al igual que los armenios, estigmatizados por los acontecimientos de 1915, los asirios han corrido una suerte parecida: la exclusión social. “Siempre que un asirio quiere acceder a una plaza pública tiene problemas por sesgos subjetivos. Por eso no hay funcionarios asirios y aún nos discriminan”, se queja Andreas en el Monasterio Gabriel Mor, sede del Patriarcado asirio entre los años 1.160 y 1.932.
Este asirio de 37 años lleva la mitad de su vida en este templo de 1.700 años de antigüedad restaurado por la diáspora. El terreno del monasterio, devuelto a la comunidad asiria el año pasado, ha supuesto la mayor restitución de tierras en Turquía. Pese a este avance, algunas parcelas colindantes continúan en una disputa legal. “Ellos dicen que nos han cedido el terreno, que es suyo y que algún día nos lo podrían arrebatar. Pero lo más curioso es que casi todas las tierras de esta región nos pertenecen, pero nos las han ido quitando en el último siglo”, asegura este creyente en la dualidad de Jesucristo, la principal e insalvable brecha asiria con respecto al catolicismo.
Las tierras a las que se refiere Andreas llevan casi un siglo en una desigual disputa: los que hoy las habitan de forma legal viven sin preocupaciones mientras los cristianos ven caer sus reclamaciones en saco roto. Es el primer gran problema de los asirios, una espinosa cuestión relacionada con el episodio más oscuro del movimiento político-militar que fundó Turquía.
El sur y este de Anatolia tuvo hace un siglo más de dos millones de cristianos, principalmente armenios y asirios. El éxodo masivo que provocó el genocidio armenio -cuyos efectos también sufrieron los asirios- desencadenó que sus tierras pasasen a manos de los clanes kurdos y turcos que hoy controlan la zona. El Estado no quiere que las demandas avancen porque tendría que acarrear con los gastos; los kurdos se disculpan por los hechos de 1915 pero no devuelven las tierras; y cristianos como Cebrael ahorran dinero para algún día emprender las eternas acciones judiciales. “Quiero mis tierras o mi dinero porque tengo los documentos que dicen que son mías. Nos las han robado y no hacen nada por devolverlas. El juicio es muy largo y tenemos que anticipar más del doble del valor de la tierra reclamada. Las mías valen más de un millón de dólares e iremos poco a poco”, repite irritado este joyero.

La cuestión educativa
Los asirios son apreciados por su artesanía y vino. “Estas señas de identidad se unen a la marca cristiana”, bromea Cebrael al hablar de su particular estigma. Sus hijos acuden cada domingo a las iglesias de la ciudad de Mardin para escuchar una homilía que a veces no les pertenece: “La misa se imparte un domingo para asirios, otro para gregorianos y así para el resto de grupos cristianos. El Estado no destina recursos y los cuerpos rectores de los asirios están en Estambul, a más de 1.000 kilómetros”.
Con un tono más serio, reconoce que sus dos hijos saben un poco de arameo, una versión de la lengua de Jesucristo que su pueblo intenta conservar. En el colegio, el arameo es una asignatura optativa, insuficiente para poder dominar esta compleja lengua usada en su liturgia. El año pasado, el Gobierno permitió por primera vez la fundación de centros privados de enseñanza completa en arameo. Un estatus similar al que gozan los kurdos. Ambas comunidades se han quejado de que no puedan utilizar un sistema colectivo o público. Que sea privado obliga a obtener donaciones de la diáspora o a construir centros elitistas. “Es lo máximo que hemos podido conseguir. El problema es que la financiación proviene de una organización asiria porque el Estado no hace ninguna contribución”, asevera la coalcaldesa de Mardin, Akyol, en esta causa que considera vital.
La falta de recursos estatales se une a la preocupante sunización educativa dirigida por el AKP. La Constitución turca, vigente desde 1982, da continuidad a las ideas de Atatürk en materia religiosa: el control pertenece al Estado. En un país secular, durante los últimos cuatro años más de 1.400 institutos se han convertido en centros religiosos y el islam ha entrado en las escuelas militares. El presupuesto del principal órgano religioso, el Diyanet, se ha cuadruplicado desde 2002 hasta asemejarse a las carteras de Energía, Exteriores y Turismo. Este pan-otomanismo religioso tiene como objetivo convertir Turquía en la referencia mundial del sunismo. “Esto sólo puede llevar a que nuevos problemas vengan a nuestra región. Los radicales suníes podrían asentarse en mi tierra”, dice preocupado Cebrael.

Emigrar como solución
Los inicios del siglo XX en Anatolia estuvieron protagonizados por el éxodo de cristianos. Durante el genocidio armenio, los asirios cayeron en el mismo saco por el simple hecho de ser cristianos. Se estima en 300.000 los asirios asesinados. Otros muchos emigraron hacia Siria e Irak. Los que permanecieron en Turquía han sufrido un siglo de discriminación. El conflicto entre los kurdos y el Estado turco incrementó la inseguridad; también la fuga de asirios. En este momento, 50.000 armenios y 25.000 asirios conviven en Turquía, la mayoría asentados en Estambul. El escaso peso poblacional es una de las razones por las que el AKP ha entregado derechos básicos con relativa tranquilidad, algo que contrasta con la reticencia hacia las comunidades kurda y aleví.
La eclosión del Partido Democrático de los Pueblos ha ayudado a perfilar el debate público sobre la situación de las minorías. Este año, el Gobierno permitió por primera vez edificar una iglesia asiria. También revirtió a su nombre asirio la aldea de Bethkustan. Cebrael considera que “ahora tenemos más derechos, pero no es por el AKP”. “La presión nacional e internacional ha traído algunos derechos que son insuficientes”, remarca Akyol al recordar que la mejoría se debe a la presión de la Unión Europea.
Los cristianos superaron en Irak el millón de habitantes, en parte por el éxodo iniciado desde Turquía. Cuando comenzó la violencia sectaria post Saddam Hussein más de un tercio abandonó el país. La situación empeoró aún más con la ofensiva del Estado Islámico (EI). Los escasos miembros que residen en territorio bajo control del EI están obligados a pagar el impuesto islámico o a abandonar su propiedad. Otros luchan contra ellos en milicias. Desde hace una década, cuando ser diferente comenzó a ser una cuestión de vida o muerte, su resistencia en la antigua Mesopotamia yace en la cuerda floja. Sin una aparente solución, algunos asirios ya recorren el camino inverso para retornar a Turquía, el país que podría convertirse en la última esperanza asiria.

Rusia apuesta por Al Assad



Una bandera rusa junto a una foto de Bashar el Assad en Damasco. (Louai Beshara/AFP/Getty Images)
Una bandera rusa junto a una foto de Bashar al Assad en Damasco. (Louai Beshara/AFP/Getty Images)
Volver al escenario internacional como potencia global y garantizar sus intereses geoestratégicos y comerciales son los verdaderos motivos que mueven a Moscú a intervenir a favor del régimen sirio.
Conviene tenerlo claro desde el principio: lo importante para Moscú es Siria, no Bashar al Assad. Dicho eso, hay que añadir de inmediato que Siria no es de ningún modo un interés vital para la Federación Rusa, sino únicamente un instrumento útil en su afán por sentirse reconocido como un actor global y por defender sus verdaderos intereses más allá de sus fronteras (en Ucrania, por ejemplo).
Al explorar el juego que lleva actualmente a Rusia a implicarse de modo tan directo en el amargo conflicto sirio -incluyendo el reforzamiento de la capacidad militar de las fuerzas leales a Al Assad y el inicio de ataques aéreos contra sus adversarios-, hay que recordar que ya en la época soviética Damasco fue la pieza principal de Moscú para garantizarse un peón frente a Washington en una región en la que, en todo caso, su peso siempre ha sido menor. Así, durante décadas el régimen sirio ha podido presentarse como el “líder del frente de rechazo” a la existencia de Israel gracias al apoyo económico, político y militar de una URSS que no tenía reparo alguno no solo en vender, sino también en donar crecientes volúmenes de material militar a su aliado local. Aunque esa corriente de apoyo se cortó drásticamente a partir de la implosión de la URSS (la debilitada Federación Rusa siguió suministrando lo que Damasco solicitaba, pero siempre previo pago de su importe en divisas), los canales de contacto se mantuvieron activos.
Gracias a dichos canales (y a los errores de otras potencias interesadas en la región), Rusia ha podido ir mejorando su posición en el conflicto hasta convertirse en un referente imprescindible. Si hubiera que identificar el momento que sirvió para visibilizar esa condición, bastaría con recordar el extraordinario golpe de efecto que logró hace tan solo algo más de dos años, cuando supo aprovechar las dudas de la Administración estadounidense para desencadenar una operación de castigo contra el régimen sirio por su reiterado uso de armas químicas. De un solo golpe Moscú logró presentar a Washington como belicista y a sí mismo como un sincero amante de la paz y como un actor diplomático de primera línea.
Desde entonces, ha procurado incrementar su estatura como potencia global, al tiempo que trata de garantizar sus intereses más básicos. Y el primero, en relación con una Siria que económicamente es apenas un socio de segundo nivel para Rusia, pasa por mantener a Tartus como la única base naval mediterránea en la que sus buques de guerra pueden encontrar descanso y suministros. Su pérdida -aún siendo una base de capacidad limitada- supondría un revés muy significativo para quien pretende (mal que bien) cuestionar el liderazgo naval estadounidense en todos los océanos y mares del planeta, empezando por el Mediterráneo. Del mismo modo, y como resultado de un cálculo de seguridad nacional, Rusia teme (con razón) que si el yihadismo no es frenado en Siria se incrementa de manera notable el peligro de que termine contaminando a territorios inmediatamente vecinos o incluso a la propia Federación. De ahí que se afane por colaborar en la derrota de grupos que pueden estar tentados de expandir su radio de acción hacia el norte.
A partir de esos elementos de partida, la apuesta rusa va más allá para, en clave regional, intentar revitalizar los vínculos con Irán. El proceso de negociación del acuerdo nuclear logrado el pasado 14 de julio ha supuesto, junto a un notable protagonismo estadounidense, un no menos apreciable debilitamiento de la relación ruso-iraní. Dado que ambos países están alineados a favor del régimen sirio, la decisión rusa de mostrar abiertamente su apoyo militar a Al Assad busca también reforzar la conexión Moscú-Teherán. Ejemplos recientes de ello son los viajes a Moscú del renombrado general Qasim Suleiman -jefe de los pasdarán iraníes, que tienen a efectivos de la selecta Fuerza Al Qods desplegados en el campo de batalla sirio- para coordinar sus respectivos esfuerzos sobre el terreno y la puesta en marcha de una coalición militar alternativa a la que encabeza Washington, sumando sus propias fuerzas a las iraníes, sirias e iraquíes. Aunque el enfoque principal de esta renovada aproximación bilateral es de carácter geoestratégico, no se debe perder de vista el interés económico y comercial ruso, cuando ya se ha desatado la carrera internacional por ocupar posiciones de ventaja en un país que, gracias al acuerdo nuclear, comienza a salir del destierro al que ha estado condenado desde hace décadas y presenta oportunidades de inversión nada desdeñables.
En un nivel superior, la creciente implicación rusa en Siria está, asimismo, conectada con el conflicto de Ucrania. A diferencia de lo que le ocurre a Estados Unidos y a la Unión Europea, Ucrania tiene un interés vital para Rusia, como cuna de su identidad histórica, vía preferente de tránsito del gas que vende a la Europa occidental y pieza fundamental de su seguridad frente a lo que percibe como un asedio de la OTAN ante su propia puerta. Por esta razón, ante la imposibilidad de mantener a Kiev sometido a sus designios, no tuvo reparos en tomar Crimea por la fuerza y violar la soberanía nacional ucraniana y el derecho internacional, aunque eso le haya costado unas sanciones que, junto a los bajos precios de los hidrocarburos, le afectan de modo muy directo. Al involucrarse ahora de manera mucho más abierta en Siria, Moscú calcula que eso le otorga una nueva baza negociadora con EE UU en su intento por lograr un alivio de la presión en Ucrania (y de las sanciones que Washington y Bruselas amenazan con prolongar).
Su sustancial envío de equipo, material y, armamento, tanto por vía marítima (hasta Tartus) como aérea (a la base de Bassel el Asad, al sur de Latakia) -donde está acumulando no solo baterías de misiles, sino también helicópteros de ataque y cazas que ya han entrado en combate desde el pasado 30 de septiembre- es parte de una apuesta multipropósito. En primer lugar, busca reforzar al régimen, crecientemente presionado por sus adversarios -tanto los que confluyen en el poco operativo Ejército Libre de Siria (ELS), como las huestes de Daesh y otros grupos yihadistas– incluso en su feudo principal de Latakia y en la propia capital. En esa línea, su intención no es ganar la guerra (objetivo inalcanzable a día de hoy), sino evitar que su aliado local colapse ante el empuje de sus adversarios. Para ello, más que destruir objetivos de Daesh, se está concentrando en debilitar a grupos armados más o menos vinculados con el citado ELS y otros grupos apoyados tanto por EE UU como por Turquía. Simultáneamente, ha entrado en un activismo diplomático desenfrenado, que pretende lograr un acuerdo político para dar paso a un gobierno de transición en el que siga garantizada la presencia del régimen, junto a representantes de los grupos opositores que acepten participar en la mascarada y estén dispuestos a olvidar su reclamación de que Al Assad -poco menos que convertido ahora en un aliado contra el terrorismo yihadista– debe desaparecer de la escena política.
De hecho esta es una posición que, con más o menos entusiasmo, van aceptando diferentes gobiernos occidentales, al entender al dictador sirio como un mal menor ante la falta de alternativas más sólidas para estabilizar una situación que amenaza con agravarse aún más. El matiz diferencial hoy está en perfilar el destino personal del propio presidente sirio; dado que mientras algunos (como Estados Unidos) todavía rechazan su continuidad en el cargo, otros (como España) reconocen abiertamente que ha llegado el tiempo de contar con él en cualquier intento por salir del túnel en el que Siria lleva metido desde hace ya más de cuatro años.
Si finalmente Moscú logra pergeñar un arreglo de este tipo -contando con que puede jugar con la idea de que Al Assad se comprometa a abandonar la presidencia cuando termine su actual mandato o, en última instancia, puede optar por aceptar su caída inmediata, siempre que haya representantes de su clan familiar y político en el hipotético gobierno transitorio- habría logrado un nuevo éxito político que satisfaría plenamente a un Vladímir Putin empeñado en volver a colocar a Rusia en el centro del escenario internacional. Otra cosa es que algo así sea una solución verdadera al marasmo actual que ha provocado ya más de 300.000 muertos, siete millones de desplazados y cuatro millones de refugiados. Pero, tal como nos enseña lo visto hasta ahora, ¿interesa eso a alguien?

La humanidad entera naufragó con el niño Sirio


09/09/2015
Por: Hasan Turk, docente universitario, especialista en relaciones internacionales
Y yo me pregunto ¿dónde está la humanidad? ¿Dónde están los indignados por los asuntos monetarios? ¿Dónde están los humanistas, animalistas, ecologistas, defensores de derechos humanos, luchadores de igualdad? O la pregunta correcta ¿Dónde está la mal llamada humanidad o ¿dónde estamos los mal llamados humanos?
El miércoles 2 de septiembre de 2015 debe pasar a la historia como uno de los días más vergonzosos para la humanidad. Ese día, no solo naufragó un niño de dos años que se escapaba del conflicto en Siria, sino la humanidad entera.  El 2 de septiembre fue hallado el cadáver de un niño de dos o tres añitos en las costas de Turquía, aún con zapaticos y ropita puesta. Creo que ver esa imagen y no sentir tristeza es imposible.
Ese niñito de dos años, salió de su casa sin saber qué le iba a pasar y tampoco sin saber el destino final. Tal vez sus padres le dijeron vamos a un lugar donde vas a jugar futbol, tener amiguitos, estudiar y comer dulces.  Tal vez ese niñito al montar al barco o lancha o lo que sea, imaginó que iba a jugar con sus nuevos amigos e ir a la escuela. Pero lamentablemente el mar lo tragó o los buques europeos que vigilan las costas para no permitir el paso de los inmigrantes lo hundió, ¿quién sabe?
Pero lo más importante, el niño no llegó al destino final, tampoco tuvo amiguitos y comió dulces como le prometieron, el niño naufragó en el Mar Mediterráneo. Pero, ¿quiénes son los responsables?
No hay uno solo, sino muchos, miles, millones y hasta nosotros somos los responsables. Los responsables son, el dictador egocéntrico cruel e inhumano sirio Bashar Al Asad, los grupos terroristas radicales como el Estado Islámico, los gobiernos de la región como Turquía, Arabia Saudita, Qatar, las empresas multinacionales que están interesadas en la región, los gobiernos europeos que han vendado sus ojos para no ver la problemática de los inmigrantes, gobiernos ruso, norteamericano, chino, iraní que no han querido solucionar el problema en Siria, los estrategos interés geopolíticos de los gobiernos orientales u occidentales  y hasta nosotros que hemos observado el conflicto sirio como si fuera un partido de ajedrez. El país árabe tiene 23 millones de habitantes, los 12 millones son desplazados, los 7 millones dentro de su propio país y al resto en otros países vecinos, y ya van más de 250.000 mil muertos.
Y yo me pregunto, ¿dónde está la humanidad? ¿Dónde están los indignados por los asuntos monetarios? ¿Dónde están los humanistas, animalistas, ecologistas, defensores de derechos humanos, luchadores de igualdad? O la pregunta correcta ¿Dónde está la mal llamada humanidad o ¿dónde estamos los mal llamados humanos?
Dizque estamos en la era de la globalización, democracia y llamamos a nuestra era la más civilizada. ¡Mentira!  ¡Y una gran mentira! Tal vez los productos de las empresas multinacionales viven en la era de la globalización y se pueden trasladar de una a otra nación sin problemas, pero para el niñito sirio no existe la globalización, porque si hubiese existido no escogerían un medio tan peligroso como una lancha  para ir a Canadá y tampoco se moriría ahogado en el mar. ¡Europa tampoco es tan humana como la pintan! Si no hubiese cerrado sus fronteras para los inmigrantes, ese niño tampoco se moriría como los otros que se mueren cada día en el Mediterráneo. Norte América tampoco es la defensora de la democracia. El mundo musulmán tampoco son tan humanos y buenos como dice su Corán. ¡Humanidad! sólo diría la mal llamada humanidad.

urquía, Siria y el Estado Islámico


     
(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

El actual Presidente Turco, Recep Tayyip Erdoğan.

Hasan Turk La situación de Oriente Medio no ha hecho más que complicarse después de las invasiones occidentales y la (mal) llamada “primavera árabe”. La convergencia del conflicto en Siria y en Irak, más la cambiante intervención de Turquía, siguen alimentando el polvorín.

Hasan Turk*

El invierno árabe

Oriente Medio fue la cuna de las grandes civilizaciones, pero también es la cuna de grandes conflictos. La región siempre ha sido apetecida por los imperios por su ubicación geoestratégica y sus recursos naturales diversos y ricos
Durante la última década la región ha padecido invasiones extranjeras y conflictos internos. Las invasiones de Estados Unidos y sus aliados en 2001 a Afganistán y a Irak en 2003 trajeron consecuencias muy graves.
Con el derrocamiento de Saddam Husein, Irak se convirtió en un Estado fallido. Por eso, los grupos radicales islamistas aprovecharon esta situación y comenzaron a utilizar al país como un santuario para atacar a Estados Unidos y sus aliados occidentales; pero con el pas del tiempo, estos grupos se convirtieron en un peligro para la sociedad iraquí y para los países árabes. 
La región otra vez fue sacudida en 2010, esta vez desde dentro, por la mal llamada Primavera Árabe. Como los países de Oriente Medio eran gobernados por dictadores títeres de Occidente, la sociedad civil comenzó a demostrar su descontento, primero en Túnez contra el gobierno de 23 años de Ben Ali, y luego en casi todos los países de la región.
Al comienzo de las manifestaciones de la Primavera Árabe muchos pensaron que todos los dictadores de Oriente Medio iban ser derrocados y reemplazados por gobiernos elegidos  democráticamente. Y muchos fueron derrocados, pero no fueron reemplazados por gobiernos democráticos.
Lamentablemente, la Primavera Árabe no trajo la paz, la democracia, la equidad y la justicia a la región, sino que aumentó la intensidad del conflicto.

El caso de Siria

Campo Azraq, zona de refugiados sirios en Jordania.
Campo Azraq, zona de refugiados sirios en Jordania.
Foto: European Comission DG ECHO
La mala estrategia de las potencias occidentales y de los países sunitas de la región sobre Siria hizo que el país se convirtiera en epicentro de uno de los peores y más dramáticos conflictos del mundo.
Lo que está pasando en Siria es una vergüenza para la humanidad. El país vive desde hace cuatro años un conflicto sin solución, cuyas heridas tardarán décadas en sanar. Según las cifras de Amnistía Internacional, el número de muertos en cuatro años de conflicto es de 190.000. Para otras organizaciones, como el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH), con sede en Gran Bretaña, el número de muertos ya ha superado los 240.000.
La Primavera Árabe no trajo la paz, la democracia, la equidad y la justicia a la región, sino que aumentó la intensidad del conflicto.
Además se cuentan 7,6 millones refugiados en el país; más de cuatro millones están refugiados en países vecinos como Turquía, Líbano, Jordania e Irak; y no hay cifras exactas sobre personas capturadas y torturadas en las cárceles de Siria. Todo esto en una nación que tiene aproximadamente 22 millones de habitantes.
El conflicto sirio no solo ha dividido la nación árabe entre diferentes grupos étnicos y religiosos sino también a las naciones cercanas. Países como Rusia, China e Irán han defendido el régimen de Bashar al Asad, pero países como Estados Unidos, miembros de la Unión Europea y países de la región, en especial los sunitas como Turquía, Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, han utilizado muchos medios para derrocar al actual gobierno sirio.
Rusia y China han vetado las resoluciones propuestas por otros miembros del Consejo de Seguridad de la ONU contra Siria, e Irán ha defendido a su aliado sirio a sangre y fuego. La crisis en Siria ha demostrado que la rivalidad de la Guerra Fría entre potencias aún está vigente y es tan peligrosa que puede detonar una guerra internacional o una guerra sectaria entre naciones sunitas y chiitas.
Después de cuatro años de conflicto, el régimen de Bashar al Asad aún está en el poder, pues sus amigos Rusia, China e Irán lo defienden y la opinión en Occidente y en Oriente Medio está dividida sobre el futuro del régimen. Por su parte, los rebeldes sirios están divididos y fragmentados entre islamistas moderados, islamistas radicales y liberales.  

Fuente: amnesty.org

La amenaza del Estado Islámico

Estados Unidos y sus aliados querían derrocar al régimen de Bashar al Asad, pero ahora no saben qué hacer. Si derrocan al régimen, posiblemente grupos radicales como el Estado Islámico lo va a reemplazar y esto sería peor. Pero tampoco quieren que al Asad permanezca en el poder por mucho tiempo.
Países como Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes han querido derrocar al régimen de Asad a cualquier costo, incluso apoyando al grupo terrorista “Estado Islámico” (EI). Y no se debe olvidar que Estados Unidos y sus aliados fueron permisivos con el EI, hasta el momento en que este comenzó a asesinar periodistas y ciudadanos occidentales.
Las invasiones de norteamericanos y sus aliados y la Primavera Árabe han debilitado a los gobiernos de la región y los han convertido en tierras sin ley. Esta situación ha servido a los grupos radicales, en especial al EI, para controlar grandes territorios.
El EI cobra impuestos, controla la seguridad, vigila el comercio, es el actor principal en la economía, tiene ejército, aplica justicia, y controla los productos y/o personas que entran y salen. En otras palabras, se comporta como un verdadero Estado.
El EI es cada más fuerte en la región y recibe miles de hombres y mujeres de otros países musulmanes o de Europa, que son atraídos por las estrategias del grupo en las redes sociales de internet para difundir su terror y captar yihadistas.

La estrategia de Turquía

Un refugiado Sirio camina entre las ruinas de la ciudad de Homs, en Siria.
Un refugiado Sirio camina entre las ruinas de la ciudad de Homs, en Siria.
Foto: Chaoyue 超越 PAN 潘
Turquía, por su parte, ha cambiado su política internacional drásticamente durante la última década. Cuando el partido AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) llegó al poder con el liderazgo de Recep Tayyib Erdoğan en el año 2002 quiso aplicar la doctrina de “nada de problemas con los vecinos”.
Por eso el entonces primer ministro y hoy presidente Tayyib Erdoğan comenzó a tener excelentes relaciones con los países vecinos y el presidente sirio se convirtió en uno de sus mejores aliados, no solo como jefe de Estado sino como amigo personal. Pero las cosas cambiaron radicalmente con el inicio de la Primavera Árabe y la antigua alianza se convirtió en enemistad.
La crisis en Siria ha demostrado que la rivalidad de la Guerra Fría entre potencias aún está vigente
Erdoğan declaró entonces a Bashar al Asad como su enemigo principal y dijo que su permanencia en el poder era un peligro no solo para la población siria sino para todo el Oriente Medio.
Además, al comenzar el conflicto en Siria en 2011 la población comenzó a buscar refugios en los países vecinos y Turquía se convirtió una meca para los refugiados del país en guerra. Solo en Turquía, según los últimos datos del gobierno, el número de refugiados ha llegado a 2 millones. Erdoğan abrió, además, una “zona segura” en la frontera de Turquía con Siria para proteger a los refugiados.
Desde hace algunas semanas la política internacional de Erdoğan dio otro giro histórico: ahora está bombardeando los campamentos del Estado Islámico en Siria e Irak. ¿Por qué Erdoğan cambió su política hacia el Estado Islámico? Hay tres razones principales:  
  1. El Estado Islámico hizo un atentado terrorista en la localidad Suruç (el principal punto de comunicación entre Turquía y la ciudad sirio-kurda de Kobani) donde  murieron 32 ciudadanos,
  2. Erdoğan se veía entre la comunidad internacional como un líder permisivo con el EI, y,  
  3. El ingreso del partido HDP (Partido Democrático de los Pueblos, un partido prokurdo y defensor de la PKK, la guerrilla kurda) al parlamento turco.
Desde que Erdoğan llegó al poder tenía el sueño de cambiar el sistema de gobierno en Turquía para permanecer en él durante muchos años, pero el ingreso del HDP pone en riesgo ese sueño. Erdoğan comenzó entonces a satanizar al partido prokurdo HDP para disminuir su influencia y para que no tenga más escaños en el parlamento.
No permitir la entrada del HDP al parlamento turco convertiría a Erdoğan en un nuevo tipo de sultán otomano, debilitaría la democracia en Turquía y aumentaría el poder del EI en la región. Y un EI poderoso en la región llevaría a la división de Siria e Irak entre kurdos, sunitas y chiitas, con guerras étnicas y sectarias aún más terribles.
Aunque la alianza de Turquía con Estados Unidos fue concebida para bombardear los campamentos del EI, el ejército turco solo ha atacado a la guerrilla kurda PKK, lo cual es apoyar indirectamente al EI, porque hasta ahora el grupo que ha detenido el avance de EI en muchas zonas de Siria han sido precisamente los Peşmerge (guerreros kurdos en Irak y Siria).
Lo que deberían hacer las potencias occidentales en esta situación es presionar a los gobiernos locales para que haya más democracia, fortalecer las instituciones, apoyar a la sociedad civil para que exista verdaderamente “la libre determinación de los pueblos” y acabar con los grupos radicales.

* Magister en Ciencias Políticas, experto y analista sobre asuntos de Oriente Medio y las Relaciones Internacionales.

El drama de los refugiados


     
(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Refugiados Sirios en la Estación de Trenes Westbanhof en Viena, Austria.

Hasan Turk60 millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares en 2014 para empezar de cero en alguna otra parte. Cómo sobreviven, de dónde vienen, cómo los reciben y -sobre todo- cómo y por qué no los reciben en Europa ni en los vecinos ricos del Golfo pérsico.       

Hasan Turk*

Una experiencia realmente trágica

En todos los conflictos bélicos, nacionales o internacionales, quienes más sufren son los civiles. La población no combatiente resulta ser el blanco del ejército invasor, del grupo terrorista, incluso de los mismos agentes del Estado. Al convertirse en un blanco, las familias abandonan su hogar y pertenencias para buscar otro espacio más seguro, y se convierten así en desplazados dentro de su país o en refugiados que logran cruzar las fronteras internacionales.
En muchas ocasiones las personas que escapan de los conflictos piden el asilo o permiso formal de residencia en el país a donde intentan ingresar. La práctica de conceder asilo a quienes huyen de la persecución fue uno de los primeros hitos de la civilización. En textos escritos hace 3.500 años, cuando florecían los primeros imperios en Oriente Medio (el hitita, el babilonio, el asirio el egipcio) se encuentran referencias al asilo.  
En 2014 se registró la más alta cifra de desplazados forzosos desde la Segunda Guerra Mundial: casi 60 millones de personas
Pero obviamente la huida de la guerra no garantiza la tranquilidad. Mas bien podría decirse que es el comienzo de un drama.  Por eso las familias a bordo de embarcaciones precarias o recorriendo carreteras inhóspitas, aguantando hambre y corriendo peligros para llegar a un destino que también será incierto. Algunos llegan pero otros muchos mueren en el camino, son internados en campos o caen en manos de grupos radicales, traficantes de blancas, tratantes de órganos u otros delincuentes.  Muchas veces en los países receptores, los refugiados tienen que trabajar con la mitad del salario mínimo y sin ninguna prestación social, las madres se prostituyen para poder alimentar a sus hijos y los niños piden limosna en las esquinas o son esclavizados.

El drama actual

Explosión en la ciudad siria de Kobane.
Explosión en la ciudad siria de Kobane.
Foto: Jordi Bernabeu Farrús
Según la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), hoy por hoy 42.500 personas se ven diariamente obligadas a huir de sus casas porque su vida corre peligro. En 2014 se registró la más alta cifra de desplazados forzosos desde la Segunda Guerra Mundial: casi 60 millones de personas. Entre 2013 y 2014 se ha producido el mayor aumento interanual hasta la fecha: ocho millones.
También durante el año pasado arribaron a Europa  200.000 personas indocumentadas, tras embarcarse en peligrosas travesías para cruzar el mar Mediterráneo. Al menos 3.500 murieron. Más de la mitad de quienes desembarcaron son refugiados que usan las mismas rutas que los inmigrantes económicos. Las noticias de naufragios de barcazas se han convertido en una tragedia cotidiana.
Los conflictos armados más crueles se están dando hoy en Oriente Medio y en África, de modo que allí se origina el mayor número de desplazados y refugiados del mundo. Países como Siria, Irak, Afganistán, Somalia, Libia, Sudán, Sudán del Sur, Congo y la República Centroafricana están a la cabeza de este drama. Pero no debe olvidarse que Colombia, aún estando lejos de aquel epicentro, es el segundo país –después de Siria- con el mayor número de desplazados del mundo: casi 5 millones.

Países de llegada

Muchas veces los refugiados piden asilo en los países del primer mundo, donde pueden encontrar una mejor calidad de vida, pueden trabajar y sus hijos pueden salir adelante, pero también piden asilo en los países vecinos mientras termina el conflicto y para luego volver a sus países de origen.  
Hoy en día el país con el mayor número de desplazados es Siria con casi 12 millones, de los cuales 7,6 millones son desplazados internos y el resto son refugiados en los países vecinos como Turquía, Líbano y Jordania que tuvieron el sentido humanitario suficiente para recibirlos. Pero algunos países como los europeos y los del Golfo han perdido ese examen humanitario y pasarán a la historia como sociedades que se vendan los ojos para no ver el drama humano o más bien inhumano que viven los refugiados. Si lo muestra el gráfico:
Mientras Turquía recibió un millón novecientos mil refugiados sirios desde 2011 (con un costo de 6 mil millones de dólares), Europa en su conjunto ha recibido apenas 278.000. Puede incluso decirse que países latinoamericanos como Brasil, Argentina y Uruguay tuvieron un papel más importante que Europa.

El dilema de Europa

Refugiados sirios en Turquía.
Refugiados sirios en Turquía.
Foto: Sandra Gonzalez
La mirada, la conciencia y la opinión pública internacional hacia los refugiados no son las mismas desde que circularon las imágenes de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que se ahogó en las costas de Turquía el 2 de septiembre. 
Hasta ese momento Europa, Estados Unidos y países ricos del golfo como Arabia Saudí, Kuwait o Qatar habían vendado sus ojos para no ver el drama de los refugiados de Siria. Pero la imagen de Aylan Kurdi humanizó a los líderes europeos y despertó una conciencia universal hacia los refugiados gracias a las redes sociales. Desde entonces, los países europeos han comenzado a fijarse en ese conflicto e iniciaron un debate serio para aumentar la cuota del asilo a los refugiados (y sin embargo habría que recordar que los refugiados no comenzaron a sufrir apenas con la muerte de Aylan Kurdi, sino desde hace cuatro años. Tan solo en Siria han muerto 250.000 personas según la ONU).
Pese a la presión creciente de la opinión pública, los países europeos siguen divididos en relación con el aumento de las cuotas de asilo. Sin lugar a dudas Alemania ha dado un pasado importante (aunque aún así, todavía insuficiente) pero se dan casos como el de Víctor Orbán, primer ministro de Hungría, quien hizo comentarios crueles sobre los refugiados y ordenó la construcción de un muro. Mientras tanto países como Francia, Inglaterra y España han comenzado a hacer algo, que sin embargo resulta mezquino frente a la magnitud del drama humano.
Colombia es el segundo país –después de Siria- con el mayor número de desplazados del mundo: casi 5 millones.
Por eso en este momento Europa no solo está ante una crisis económica sino ante una crisis de identidad.  Cada día es menor el crecimiento demográfico en el viejo continente y los líderes europeos no saben cómo solucionar este problema. La población europea envejece de manera acelerada, y solo los inmigrantes árabes, africanos y  latinos siguen alimentando las capas de edad mas jóvenes. Muchos europeos por eso temen convertirse en minorías dentro de su propio territorio, en una especie de colonia de las que fueran sus viejas colonias. Por eso han crecido tanto los partidos de ultraderecha y por eso aumentaron la xenofobia y la islamofobia.
En realidad la internacionalización del drama de los refugiados llega en un mal momento para Europa. Por un lado tienen que oír el clamor de la opinión pública internacional y defender los valores que ellos mismos crearon (las libertades individuales y los derechos humanos) pero por el otro lado tienen que atender su crisis de identidad, y es indudable que esta se agravaría conn la llegada de más refugiados árabes.

Los países del Golfo

La esperanza de bienestar económico es sin duda importante para migrantes provenientes del mundo árabe, pero los países europeos no profesan su religión ni hablan su idioma. Por eso se diría que deberían preferir a los países ricos del Golfo como Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes. Pero estos países no los aceptan, sus políticas de inmigración son todavía más mezquinas, y han hecho poco o nada para ayudar económicamente a sus hermanos árabes.
Los temores de los países del Golfo son los mismos que en los países europeos. El influjo de miles de sirios podría amenazar el muy delicado equilibrio demográfico en esta region. Por ejemplo los ciudadanos nativos de Emiratos Árabes y Qatar apenas si superan el 10 por ciento del total de la población en sus países.
Cientos de miles de refugiados han intentado cruzar el Mediterráneo a riesgo de sus vidas. Algunos lo han logrado, pero para otros muchos el mar se convirtió en su tumba. Es el dilema trágico: permanecer en Siria para morir a consecuencia de una guerra inhumana, o arriesgarse al naufragio en un mundo que también es inhumano.  
El mundo debe decir ¡basta ya! Si no quiere recibir a los refugiados, al menos tendría que llegar a un acuerdo multinacional para poner fin al conflicto brutal que vive Siria.  

* Magister en Ciencias Políticas, experto y analista sobre asuntos de Oriente Medio y las Relaciones Internacionales