miércoles, 14 de octubre de 2015

Grandes petroleras, grandes tabacaleras, grandes mentiras

BILL MCKIBBEN 

Y, a principios de la década de 1980, los científicos de Exxon tenían mucho más que una leve idea. Ellos no sólo entendían la ciencia detrás del cambio climático, sino que también reconocían el propio papel superlativo que desempeñaba la empresa en lo que respecta a impulsar el fenómeno. Al darse cuenta que los efectos potenciales eran “catastróficos” para una porción significativa de la población, instaron a los altos ejecutivos de Exxon para que estos tomen medidas. Pero en lugar de actuar como se les recomendaba, los ejecutivos ocultaron la verdad.
Puede haber un aspecto positivo en esta irritante historia: la reciente investigación que puso al descubierto los engaños de Exxon podría terminar catalizando la acción necesaria para abordar la crisis climática que amenazantemente se avecina. Al fin de cuentas, revelaciones similares relativas a la industria del tabaco – sobre qué era lo que las  principales compañías de cigarrillos conocían y cuándo lo llegaron a conocer – han transformado el panorama de la salud pública.
En el año 1996 una serie de demandas ante las cortes obligaron a que las empresas tabacaleras mostraran públicamente millones de documentos internos, mismos que confirmaron lo que los promotores y formuladores de políticas de salud pública habían sospechado durante mucho tiempo: ya en la década de 1950, la industria sabía que  la nicotina era adictiva y  que los cigarrillos causaban cáncer. Pero, para proteger sus propios intereses, las grandes tabacaleras engañaron deliberadamente al público, haciendo todo lo posible para poner en duda los hallazgos científicos que estas empresas sabían que eran precisos. Tales tácticas permitieron que la industria retrasara, durante más de 50 años, la regulación que podría haber salvado millones de vidas al año.
Sin embargo, después de las revelaciones quedó en claro que la industria del tabaco era una fuerza malévola que no tenía cabida dentro del proceso de formulación de políticas. Cuando las grandes tabacaleras salieron de la ecuación, los promotores de la salud, armados con pruebas de los verdaderos efectos del consumo de tabaco, pudieron finalmente obligar a sus gobiernos a que actúen.
En el año 2003, los líderes mundiales acordaron firmar el Convenio Marco para el Control del Tabaco (CMCT), negociado bajo los auspicios de la Organización Mundial de la Salud. Hoy en día, este acuerdo cubre al  90% de la población mundial y ha contribuido a una disminución significativa en las ventas de las empresas tabacaleras a nivel mundial. Con el tiempo, se salvarán cientos de millones de vidas (y se ahorrarán grandes sumas en los presupuestos de atención de salud de los gobiernos).
Al presente está muy claro que las grandes petroleras siguieron el manual de estrategias de las grandes tabacaleras. En el año 1997, casi dos décadas después de que comenzaron a estudiar el cambio climático acallaron sus investigaciones, afirmando que la climatología estaba “lejos de ser clara” y, por lo tanto, no “apoyaba los recortes obligatorios en el uso de energía”.
Además de suprimir sus propios hallazgos, ExxonMobil (y sus pares) fueron aún más lejos, ya que financiaron y promovieron la pseudociencia, así como también atacaron a los científicos que advertían sobre el inminente desastre climático. El abordaje de las empresas de combustibles fósiles fue tan eficaz que los medios de comunicación recién ahora están comenzando a reconocer el papel de liderazgo que desempeñó esta industria en la creación – casi sin ningún fundamento – del llamado “debate climático”.
Sin embargo, quizás el mayor éxito de las grandes petroleras fue la disminución de la voluntad política para implementar la regulación apropiada. Incluso después de que la comunidad internacional adoptó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en 1992, la industria de los combustibles fósiles logró bloquear avances significativos – hasta el punto de que, si una acción seria no se toma pronto, el proceso en su totalidad podría desmoronarse.
En Europa, el cabildeo de Royal Dutch Shell diluyó tanto los esfuerzos de la Unión Europea que ahora no existen objetivos vinculantes con respecto a energías renovables o eficiencia energética para los países de manera individual. La empresa incluso envió una carta a la Comisión Europea afirmando que “el gas es bueno para Europa”. En la actualidad, Shell y otras empresas petroleras están comprometiéndose a trabajar como “asesores” de los gobiernos nacionales en temas relacionados a cómo hacer frente al cambio climático.
Al igual que los archivos de información sobre el tabaco sacaron a la industria tabacalera de los procesos de formulación de políticas, la investigación Exxon debería obligar a que los líderes mundiales saquen a la industria de los combustibles fósiles de los esfuerzos para resolver la crisis climática. Al fin de cuentas, ninguna política puede tener éxito si quienes le dan forma están apostando a favor de su fracaso.
El punto de inflexión para la política de salud pública relacionada con el tabaco se produjo cuando la depravación de dicha industria se tornó en un asunto indiscutible. Ahora, ese momento ha llegado para el movimiento climático. No podemos esperar que la industria de los combustibles fósiles vaya a cambiar sus maneras de actuar. En su calidad de alianza de grupos de derechos humanos, los activistas ambientales y los promotores de la rendición de cuentas de las corporaciones ya están solicitando la completa expulsión de esta industria del proceso de formulación de políticas.
Los científicos de Exxon estaban en lo cierto: los efectos del cambio climático en muchas comunidades sí son catastróficos. Con tantas vidas en juego – y evidencia tan clara de la amenaza – las grandes petroleras, de la misma manera que las grandes tabacaleras antes que ellas, deben ser tratadas por lo que son: grandes problemas.

¿Qué rumbo debe seguir la política exterior de los Estados Unidos?


Pero esas acusaciones son retórica política partidista poco basada en un análisis riguroso de políticas. Más exacto es ver el talante actual como una oscilación del péndulo de la política exterior de los EE.UU. entre lo que Stephen Sestanovich, de la Universidad de Columbia, ha llamado políticas “maximalistas” y políticas de “repliegue”.
El repliegue no es aislacionismo; es un ajuste de los fines y medios estratégicos. Entre los presidentes que aplicaron políticas de repliegue desde el fin de la segunda guerra mundial figuraron Dwight Eisenhower, Richard Nixon, Jimmy Carter y ahora Obama. Ningún historiador objetivo los consideraría aislacionistas.
Eisenhower se presentó a la elección presidencial en 1952 porque se oponía al aislacionismo de Robert Taft, el principal candidato republicano. Si bien Nixon estaba convencido de que los EE.UU. estaban en decadencia, los otros no. Todos ellos eran profundamente internacionalistas en comparación con los verdaderos aislacionistas del decenio de 1930, quienes se oponían enconadamente a que se acudiera en ayuda de Gran Bretaña en la segunda guerra mundial.
Los historiadores pueden sostener de forma creíble que los períodos de un compromiso excesivamente maximalista han perjudicado más al lugar ocupado por los Estados Unidos en el mundo que los de repliegue. La reacción política interna al idealismo mundial de Woodrow Wilson produjo el intenso aislacionismo que retrasó la reacción de los EE.UU. contra Hitler. La escalada de la guerra en el Vietnam durante las presidencias de John F. Kennedy y Lyndon Johnson produjo el giro centrado en los asuntos internos del decenio de 1970 y la desacertada invasión del Iraq por parte de George W. Bush creó el actual talante propicio al repliegue.
Si dicho talante llega a ser una cuestión de debate en la campaña presidencial de 2016, como indica la retórica temprana de la campaña, los americanos deberían abandonar el falso debate sobre el aislacionismo y, en su lugar, abordar tres preguntas fundamentales sobre el futuro de la política exterior del país: ¿qué proporciones debe tener? ¿Hasta qué punto debe ser intervencionista y hasta qué punto multilateral?
La primera pregunta se refiere a cuánto deberían gastar los EE.UU. en defensa y política exterior. Aunque algunos sostienen que este país no tiene otra opción que la de limitar sus desembolsos en esos sectores, no es así. Como porcentaje del PIB, los EE.UU. están gastando menos que en el punto máximo de la Guerra Fría, cuando estaba consolidándose el siglo de la hegemonía americana.
El problema no estriba en cañones frente a mantequilla, sino cañones frente a  mantequilla y frente a impuestos. Sin una buena disposición a aumentar los ingresos, el gasto en defensa está bloqueado en una disyuntiva de suma cero con inversiones importantes, como, por ejemplo, en educación, infraestructuras e investigación e innovación, todas las cuales son decisivas para la fuerza interior de los EE.UU. y su posición mundial.
La segunda pregunta se refiere a cómo y de qué formas deberían los EE.UU. intervenir en los asuntos internos de otros países. Obama ha dicho que deberían recurrir a la fuerza –unilateralmente, de ser necesario– cuando su seguridad o la de sus aliados estén amenazadas. Cuando no sea así, pero la conciencia inste al país a actuar –contra un dictador, pongamos por caso, que mate a gran número de sus ciudadanos–, los EE.UU. no deberían intervenir por sí solos y deberían recurrir a la fuerza sólo si hubiera buenas perspectivas de éxito.
Se trata de principios aceptables, pero, ¿cuáles son los umbrales? Ese problema no es nuevo. Hace casi dos siglos, John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos, estaba debatiendo con las peticiones internas de intervención en la guerra por la independencia de Grecia cuando hizo su célebre afirmación de que los EE.UU. “no van al extranjero en busca de monstruos que destruir”, pero, ¿y si la tolerancia en el caso de una guerra civil como la de Siria permite a un grupo terrorista como el Estado Islámico hacerse con un refugio seguro?
Los EE.UU. deberían dejar de hacer invasiones y ocupaciones. En una época de nacionalismo y poblaciones socialmente movilizadas, la ocupación extranjera, como con razón concluyó Eisenhower en el decenio de 1950, ha de engendrar por fuerza resentimiento, pero, ¿con qué se puede substituir? ¿Es suficiente la potencia aérea y la capacitación de fuerzas extranjeras? En particular en Oriente Medio, donde es probable que las revoluciones duren una generación, será difícil lograr una hábil combinación de poder duro y poder blando.
Discursos recientes de los candidatos a la presidencia de los EE.UU. muestran que ya ha comenzado el debate sobre las dos primeras preguntas, pero no conviene a los EE.UU. pasar por alto la tercera pregunta. ¿Cómo puede este país fortalecer las instituciones, crear redes y establecer políticas para gestionar las cuestiones transnacionales?
La dirección por parte del país más potente es importante para la producción de bienes públicos mundiales. Lamentablemente, el estancamiento de la política interior de los EE.UU. crea con frecuencia un bloqueo al respecto. Por ejemplo, el Senado no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, pese a que redundaría en beneficio del interés nacional de los Estados Unidos: de hecho, éstos necesitan dicha Convención para respaldar su posición sobre cómo resolver las reclamaciones territoriales opuestas en el mar de la China meridional.
De forma similar, el Congreso no cumplió con el compromiso de apoyar en el Fondo Monetario Internacional la redistribución de la capacidad de voto correspondiente a los países con mercados en ascenso, aunque hacerlo costaría muy poco. Así se abonó el terreno para que China lanzara su Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (que después los EE.UU. intentaron bloquear erróneamente, con considerable costo para su reputación). Y hay una fuerte resistencia en el Congreso a fijar límites a las emisiones de carbono en el período previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París el próximo mes de diciembre.
Las de cuánto gastar en asuntos exteriores y hasta qué punto intervenir en crisis lejanas son cuestiones importantes, pero los americanos deberían estar igualmente preocupados por que el “excepcionalismo” de su país esté degenerando en un “exencionalismo”. ¿Cómo pueden los EE.UU. conservar la dirección mundial, si otros países ven que el Congreso bloquea constantemente la cooperación internacional? Ese debate aún no se ha iniciado.



Retorno de Rusia al escenario internacional en el conflicto sirio


13/10/2015
Por: Hasan Turk, experto y analista sobre asuntos de Oriente Medio y Relaciones Internacionales
"...Bashar Al Asad ni Siria tienen una vital importancia para el futuro de la Federación Rusa, sino únicamente son instrumentos útiles en su afán de volver a ser reconocido como un actor global, para defender sus verdaderos intereses políticos, económicos y geoestratégicos  más allá de sus fronteras..."
Sin lugar a dudas uno de los conflictos más sangrientos del nuevo milenio es la Guerra Civil en Siria. Según ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) el conflicto ha provocado ya más de 300.000 muertos, 7,6  millones de desplazados dentro del territorio sirio y 4. 270.000 refugiados entre los países vecinos como Turquía que acoge ya casi 2 millones, Líbano 1,2 millones, Jordania 650.000, Irak 250.000, Egipto 132.000, pero en otro lado todos los países europeos apenas alcanzan a 268.000 refugiados. Tal vez Alemania hasta el 2016 puede recibir 800.000 según la canciller alemana Ángela Merkel, pero los últimos acontecimientos demuestran que es muy difícil que Alemania cumpla su promesa.

Los conflictos en Siria y Ucrania han demostrado que la Guerra Fría no ha terminado. Rusia y Estados Unidos siguen siendo rivales en el campo militar, político, económico, geopolítico, y para Vladimir Putin es el momento perfecto para demostrar que sobre las cenizas de la Unión Soviética puede nacer una Rusia fuerte en todos los términos.
Al observar el inicio y el desarrollo, y pronosticando el futuro del conflicto, se puede decir que el ganador hasta ahora es el presidente ruso Vladímir Putin. Desde el comienzo Moscú insiste que la caída de Bashar Al Asad convertirá a Siria en otro Irak o Libia y en realidad en eso tiene la razón. Porque la caída del régimen significa el fortalecimiento del grupo terrorista el Estado Islámico y esto empeoraría la situación, trayendo consecuencias globales.
Rusia ha sido pragmática y firme sobre el conflicto en Siria, hasta ahora había defendido a su aliado en la escena diplomática internacional y ahora está demostrando que también es capaz de defenderlo en el campo de batalla. El presidente Putin comenzó a bombardear desde la última semana del mes de septiembre a todos los enemigos y obstáculos del régimen de Bashar Al Asad, sin hacer mayor distinción entre el temible grupo terrorista el Estado Islámico o la oposición al régimen patrocinada por Estados Unidos, Europa y países de la región como Turquía, Qatar y Emiratos Árabes Unidos.
En realidad ni Bashar Al Asad ni Siria tienen una vital importancia para el futuro de la Federación Rusa, sino únicamente son instrumentos útiles en su afán de volver a ser reconocido como un actor global y para defender sus verdaderos intereses políticos, económicos y geoestratégicos  más allá de sus fronteras. Rusia supo cómo convertirse en un referente imprescindible para la solución del conflicto en la nación árabe. Porque por ahora todos los caminos hacia una posible solución pasan por Moscú e Irán que es otro aliado vital para Siria. Puede que para Rusia el régimen de Bashar Al Asad sea un peón geoestratégico, pero para Irán tiene una vital importancia.
De tro lado, los Estados Unidos y sus aliados occidentales y países musulmanes tuvieron que modificar casi cada seis meses sus planes y proyectos hacia Siria y así demostrar al mundo que no tienen un plan sólido y no saben qué hacer en ese conflicto. Sin lugar a dudas, el partido republicano de Estados Unidos cobrará una factura muy alta al gobierno de Barack Obama por su debilidad e ineficacia en el conflicto.
Europa por ahora solo está observando la actuación de Estados Unidos para tomar decisiones, porque sólo no es capaz de hacer algo, y menos ahora por la crisis económica y por el problema de los refugiados. También saben que cualquier intervención militar en el país árabe aumentará el número de muertos y refugiados.
Europa no quiere recibir los refugiados sirios y menos musulmanes. La llegada de los refugiados musulmanes, aumentaría la población musulmana de Europa, lo que acelerará la crisis étnica. Para Europa, la real crisis no es económica sino demográfica. El crecimiento demográfico es mínimo en este continente y tiene una población envejecida, los únicos que quieren tener hijos son los inmigrantes latinos, árabes y africanos.
Muchos estudios demuestran que la población musulmana en Europa va a ser superior a la población cristiana en cuestión de décadas. No es gratuito que tomen fuerza los partidos ultraderechas y ultraconservadores que tienen un discurso lleno de Xenofobia e Islamofobia. Porque para los europeos es letal pensar que en unas décadas la cuna de la civilización occidental y cristiana va a ser colonizado por sus excolonias y esclavos africanos y musulmanes.  Los países europeos no han podido aplicar una verdadera política de integración hacia los inmigrantes como hicieron las naciones latinoamericanas con todos los inmigrantes que llegaron a la región en eso, América Latina, tiene mucho que enseñar a Europa.
Por ahora, Rusia y Estados Unidos deben ser cuidadosos en sus intervenciones militares dentro del territorio sirio, porque aunque sea por error, cualquier incidente puede detonar una guerra a una escala indeseable para el mundo. Pero lo más importante que encuentren  una solución pacífica, garanticen la seguridad de la población civil que ha sufrido bastante desde que inició el conflicto y que respeten la totalidad del territorio sirio. Porque lamentablemente las potencias grandes como han hecho siempre, quieren rediseñar la geografía del Oriente Medio según sus intereses políticos y económicos.
La peor escena, pero a la vez lo más probable, en cuestión de décadas, es que países como Irak, Siria, Libia y Yemen geográficamente van a ser divididos entre sunitas, chiitas y kurdos y surgieran nuevos Estados. Y lo más deseable que grupos terroristas como el Estado Islámico o Al Qaeda no declaren soberanía sobre un territorio y una población en la región.

La Turquía de Erdogan, más aislada


El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, atiende a una reunión con altos cargos militares en Ankara. Adem Altan/AFP/GettyImages
El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, atiende a una reunión con altos cargos militares en Ankara. Adem Altan/AFP/GettyImages
El primer ministro turco, que aspira a la presidencia en las elecciones del próximo 10 de agosto, consolida su poder en un país más aislado internacionalmente, en gran medida, a causa del inestable escenario regional.
Erdogan y Obama ya no se hablan. O mejor dicho: no tienen apenas nada que decirse ya. Los que tienen ahora contacto intenso son en cambio sus ministros de Exteriores: Ahmet Davutoglu y John Kerry.
Y eso que hace apenas dos años que el Presidente estadounidense incluyó al Primer Ministro turco entre los cinco líderes mundiales con los que le unía una amistad basada en “vínculos de confianza”. Los lazos eran estrechos, decía, entonces.
Curiosamente, a medida que Erdogan se consolida en los dos últimos años como el hombre fuerte de Turquía -su partido ganó las municipales del pasado marzo y superando el 44% de los votos escrutados después de un gran escándalo de corrupción, aparte de que el verano pasado el país vivió sus mayores protestas antigubernamentales desde la llegada al poder de Erdogan en 2002- la  imagen de su país en la escena internacional sufre un deterioro mayor.
Dicho de otro modo: cuanto de forma más intenta desarticula todo intento de oposición, más evidente aflora el ansia de Erdogan  por controlar totalmente los mecanismos estatales… y con mayor empuje emerge su retórica islamista. El pasado marco, el avance notorio en la democratización y el terreno de libertades individuales que vivió el país de 2007 a 2010 aproximadamente se revela con el tiempo como un paso necesario para neutralizar el poder del Ejército y la clase kemalista.
La última vez que Erdogan y Obama tuvieron contacto telefónico directo fue en febrero y desde entonces mientras el duro y polémico estilo del Primer Ministro turco suma apoyos en el interior del país como “el hombre que se atreve a decir lo que otros callan”-en especial con su crítica a Israel, que él mismo califica como el hacer público de “verdades incómodas”- el actual premier recoge más y más críticas en el exterior debido a su escaso talante diplomático. A Erdogan poco le importa ser tirado de orejas en la diplomacia internacional por potencias como Berlin, Washington o Tel Aviv. También porque sabe que su lugar en los difíciles equilibrios en Oriente Medio es, por el momento, insustituible.
Y así las cosas el líder turco no se corta un pelo. Como muestra un botón: cuando el tres de junio de este año acusó al entonces corresponsal de la CNN International, Ivan Watson, de ser un agente al servicio de una potencia extranjera, Erdogan expresó lo que en la ideología -mejor: el imaginario- islamista es una verdad indiscutible e inapelable: “En Occidente no tienen una prensa independiente y libre, como siempre afirman. Eso son personas que trabajan con encargos, sí, con encargos, trabajan como si fueran espías”.
La Casa Blanca mostró su malestar por estas palabras, pero Erdogan recibió gracias a ellas aplausos de sus simpatizantes en el Parlamento de Ankara. Y suma y sigue.
Cuando previsiblemente el premier turco se haga con la presidencia en apenas varias semanas seguirá aspirando con toda probabilidad a seguir cumpliendo las funciones de primer ministro -deseará, por así decirlo, ser califa en lugar del califa. No está claro si podrá finalmente cambiar la Carta Magna para dar vía a un sistema presidencialista como el francés o el estadounidense -o si lo hará en cambio por la vía de los hechos consumados- pero lo que ya parece evidente es que en su nueva función como jefe de Estado no reconciliará, sino que polarizará aún más la sociedad turca.
Los límites del poder del presidente están claramente definidos en la Carta Magna. Según el modelo turco ser cumhurbaskan (presidente) significa ser un alto representante que tiene más bien un papel supervisor, sin responsabilidad directa sobre cualquier tipo de políticas domésticas o internacionales, puesto que de eso ya se encarga el Gobierno.
Pero Erdogan ya ha indicado que va a “redefinir la autoridad” y que utilizará todos los poderes de su nueva posición. Desea seguir siendo líder de su partido al mismo tiempo que Jefe de Estado, algo inconstitucional y que aún no está claro cómo se va a llevar a cabo. Ha prometido cambiar el sistema parlamentario en uno presidencial a través de una moción constitucional, pero en la actualidad no cuenta con los votos parlamentarios para lograrlo, y lo sabe.
Lo que entonces se espera en Turquía es una marioneta de Erdogan como primer ministro. Alguien que le haya demostrado lealtad hasta el punto de restringir su autoridad propia, también como futuro primer ministro. Por ello el actual Presidente, Abdulá Gül, no será premier, coinciden los analistas.
Un invierno islamista no previsto
Precisamente, cuando Obama contaba con Erdogan como uno de sus amigos lo hacía además presentando a Turquía como un modelo de democracia, especialmente, para Oriente Medio, debido a su mayoría musulmana y porque Estambul lideró durante seis siglos un imperio en el que el islam conoció sus momentos de mayor gloria.
Pero la excesiva confianza depositada en un modelo conocido como “islamismo moderado” ha resultado en un mal despertar próximo a la pesadilla: La mal llamada “primavera árabe” ha devenido desde 2010 en varios países como Siria o Irak en un oscuro invierno islamista en el cual -por dar unos solos ejemplos- cristianos son expulsados de sus lugares de origen, a las mujeres se les prohibe salir a la calle y las redes sociales se convierten en fiel reflejo de carnicerias varias.
Esta semana, debido a la masacre de Gaza, se ha puesto de nuevo en evidencia el papel indispensable de potencias como Turquía y Catar para intentar mediar entre los palestinos e Israel. La nueva Ankara de Erdogan no ha ocultado su firme apoyo a Hamás y los Hermanos Musulmanes y ahora, algo que le había aislado cada vez más en el escenario internacional se convierte -debido al uso de una violencia desproporcionada por parte de Tel Aviv- en una ventaja para Ankara. Al menos de forma provisional.
Pero en estos últimos dos años la diplomacia turca a cargo del ministro de Exteriores, Ahmet Davutoglu, ha tenido que sufrir duros reveses. Davutoglu, un fiel delfín de Erdogan con quien comparte raíces islamistas, ha visto como su teoría de “cero problemas con los países vecinos” palidecía poco a poco hasta convertirse en “ninguna relación con países vecinos exenta de (a menudo serios) problemas”.
La coronación de esta línea ha sido no solo el secuestro desde hace semanas de 49 ciudadanos turcos pertenecientes al personal diplomático en Mosul, norte de Irak, sino la conversión del mismo consulado turco en el cuartel general del yihadista Estado islámico del Iraky delLevante (ISIL). En Turquía no puede discutirse apenas en los medios acerca de esta cuestión, puesto que el Gobierno ha impuesto un veto acerca de dar noticias sobre este secuestro en aras de la supuesta seguridad de los retenidos.
El problema de la teoría del ex académico Davutoglu -quien sigue contando con el beneplácito de Erdogan debido a su contrastada lealtad hasta el punto que se baraja su nombre como futuro Primer Ministro- no es aleatorio, sino que está bien entroncado en su obra principal: Stratejik Derinlik (Profundidad Estratégica, 2001).
El cálculo sobre el papel era sencillo: Turquía, de mayoría suní y viviendo una creciente islamización también de credo suní, llegaría a ser de nuevo el centro de lo que fue un imperio con su capital en Estambul.
La oportunidad de oro se produjo a raíz de la conocida como “primavera árabe”. Precisamente Davutoglu, al que le gusta hablar de “fronteras artificiales” en Oriente Medio y “naturalización de Turquía” (leáse: islamización y pérdida gradual de cimientos laicos en la búsqueda ensimismada de un imperio idealizado), debería estar contento con los repetidos nuevos mapas de los que se hacen eco los medios turcos estos días: dividen países como Irak y Siria, ambos vecinos de Turquía, en trinidades de etnias. Así, el concepto de Estado-nación pierde cada vez más fuerza en Oriente Medio.
Y no solo juega aquí la polarización lograda a sangre y fuego por el yihadismo internacional una mala pasada a Ankara. Es que resulta que la zona más estable de ambos países resulta ser la kurda.
Precisamente es lo que ha entendido Turquía: la nueva realidad de Oriente Medio no es la desaparición en combate de las fronteras de Sykes-Picot (porque apenas afecta a pocos países hasta ahora), sino la emergencia de una amplia zona autónoma kurda que postula con fuerza para adquirir no solo carácter estatal sino también reconocimiento internacional como nueva entidad jurídica.
Es decir, en vez de un imperio otomano renacido -sobre todo a través de los lazos comerciales en países con pasado otomano- lo que ha emergido como nueva potencia es un reforzado Kurdistán (sur).
Los problema continúan
Poco a poco la desestabilización islamista en los países vecinos está haciendo mella también en Turquía. Ankara alimentó al Frankenstein de Al Nusra de forma consecuente: solo una profesionalización de la insurgencia militar contra Bachar al Assad podía precipitar su caída, se pensó desde la capital en su momento. He ahí el cálculo y de aquellos polvos estos lodos. No fue hasta junio cuando Turquía dio freno y marcha ilegalizando a la organización yihadista. Pero ya era demasiado tarde.
Ahora, cuando Al Nusra ya se ha unido con el Estado Islámico del Irak y del Levante (ISIL)como brothers in crime en la barbarie postmoderna, el peligro para Ankara no solo es tener ciudadanos propios que de forma coincienzuda están desestabilizando Irak y Siria -el rotativo Milliyet los llegó a cifrar en 3.000-, sino que van a volver y tendrán experiencia militar. Y no solo eso: su presencia es cada vez más tangible. Esta semana por ejemplo medios turcos se han hecho eco de la celebración de un “picnic yihadista” este verano en las afueras de Estambul en el que un grupo cercano al ISIL llama a la Guerra Santa.
Los problemas para la política exterior turca parece que han llegado para quedarse. Las exportaciones del país a Irak ya han descendido un 21% en los seis primeros meses del año. Turquía es la ya oficialmente el Estado que más refugiados acoge, superando al Líbano (1,4 millones y 1,1 millones, respectivamente). Solo Estambul ya alberga un tercio de millón de ellos, que se han convertido en indigentes.
La teoría de Davutoglu no estaba bien preparada para estas nuevas realidades. Si los hechos no se han correspondido con la teoría “tanto peor para los hechos”, que diría el filósofo Hegel.

¿Turquía está al límite?


El atentado en Ankara, que se ha cobrado la vida de casi 100 personas, marca un macabro hito en la historia turca. El país euroasiático se encuentra sumergido en una escalada de violencia y lleva meses de impasse político a la espera de que se celebren nuevas elecciones el 1 noviembre, mientras su economía sufre las consecuencias de la inestabilidad interna y regional. He aquí cinco razones por las que Turquía es una olla a presión.
Un familiar de una de las víctimas del atentado en Ankara durante el funeral, 11 de octubre de 2015. Adem Altan/AFP/Getty Images.
Una familiar de una de las víctimas del atentado en Ankara durante el funeral, 11 de octubre de 2015. Adem Altan/AFP/Getty Images.
La polarización de la política. Un país sumido en múltiples dicotomías: secularismo versus islamismo, turcos vs kurdos, suníes vs alevíes, derecha vs izquierda, la elite kemalista de ayer vs la burguesía con raíces en Anatolia de hoy… Las divisiones que alberga la sociedad turca no son nuevas, pero desde las protestas de Gezi Park en 2013, el Gobierno turco inició una clara deriva autoritaria y la polarización ha ido en aumento. Turquía se encuentra hoy en una auténtica crisis política. Los partidos han sido incapaces de formar gobierno tras la elecciones del pasado junio, condenando al país a un limbo político durante meses, mientras que la economía se deteriora y el vecindario se hunde en el caos. El juego de culpas y las retoricas excluyentes y radicales parecen haberse instalado en el escenario político y, especialmente, en la oratoria del Presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, cuyo discurso se ha ido impregnado de tintes nacionalistas y, en ocasiones, anti occidentales. Desde el pasado julio no solo la violencia entre el PKK y las fuerzas turcas se ha avivado, sino también los  altercados entre  grupos nacionalistas turcos y poblaciones kurdas en algunos puntos del país, con el grave peligro que entrañaría un escalada de tensiones étnicas fuera de control. Algunos analistas señalan cómo el Gobierno del AKP, que ha perdido la mayoría absoluta que ostentaba desde 2003 en los comicios de junio, estaría utilizando la carta nacionalista con el fin de lograr votos de cara a las próximas elecciones en noviembre.
¿Adiós al milagro económico? Lejos queda ya el 7% de crecimiento anual que registró la economía de Turquía, la decimo octava del mundo, entre 2002 y 2006, cuando se hablaba del milagro turco. El año pasado el país creció solo un 2,9% y los pronósticos para 2015 no son nada halagüeños: se prevé que rondará el 3%. Y es que la economía turca padece de males que van más allá de un débil y estancado crecimiento −muy por debajo de su potencial− , ya que los analistas hablan de Turquía como una de las economías emergentes más frágiles. ¿Cuáles son los signos de alarma? Un peligroso aumento de la inflación (alrededor del 8% en septiembre), el déficit por cuenta corriente más alto de los países de la OCDE (casi el 6% del PIB), un mercado financiero y una moneda volátiles, así como el deterioro de factores como la independencia judicial, el Estado de derecho o la libertad de expresión, que junto a la inestabilidad política interna y en el vecindario, son observados con gran preocupación por los inversores extranjeros. Las tensiones dentro de las fronteras turcas ya están pasando factura con, por ejemplo, significantes perdidas en el turismo, un sector vital para el país. A estos males se suman el complejo contexto económico global y algunos problemas de índole estructural como la excesiva dependencia de la inversión extranjera, un mercado laboral rígido y con la insuficiente participación de las mujeres, baja productividad y competitividad, entre otros factores. Encaminar la economía pasa, en primer lugar, por terminar con la situación de impasse político y, en segundo, emprender profundas reformas.
La espiral de violencia entre el Estado y los kurdos. Hace un año el gobierno de Ankara y el Partido de los Trabajadores Turcos (PKK) −considerada organización terrorista por Turquía, la UE y Estados Unidos− parecía más cerca que nunca de poner fin a un conflicto que dura décadas y se ha cobrado la vida de más de 40.000 personas. Sin embargo, en los últimos meses el proceso de paz parece haber saltado por los aires. En julio el PKK mataba a dos oficiales turcos en el sureste del país en venganza contra el Gobierno turco. El grupo kurdo culpaba a Ankara de estar detrás (o al menos haber permitido) la masacre de Suruç, un acto terrorista en una ciudad mayoritariamente kurda durante un mitin de estudiantes de izquierdas. El ataque fue supuestamente perpetrado por un terrorista suicida vinculado al Estado Islámico, pero muchos kurdos creen que el Estado turco apoya en la sombra a los yihadistas.Turquía envió tropas a las principales ciudades kurdas y llevo a cabo arrestos masivos, además,bombardeó posiciones del PKK en Siria y en Irak. Por su parte, esta organización ha continuado con sus acciones contra objetivos militares y policiales turcos, aunque tras el reciente atentado en Ankara ha declarado un cese al fuego hasta la celebración de las elecciones en noviembre. ¿Cuáles son los incentivos en ambos bandos para no detener la violencia? Los comicios de junio no solo acabaron con la mayoría absoluta del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan, sino que un partido prokurdo, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) liderado por Selahattin Demirtaş, obtuvo por primera vez los votos suficientes para entrar en el Parlamento, apoyado no solo por kurdos sino también turcos progresistas. Por ello, el incentivo del Gobierno de Ankara podría hallarse en el uso del conflicto con los kurdos como herramienta para atraer el voto nacionalista y mostrarse ante la opinión pública como la opción que garantiza la estabilidad y el orden en un país acechado por las crisis. Desde el punto de vista kurdo, el PKK también encuentra beneficios en la confrontación al fortalecer los sentimiento de apoyo a su organización, canalizando el discurso imperante entre gran parte de la comunidad kurda de que Ankara apoya al Estado Islámico contra ellos, por los que no hay otro modo que defenderse en Turquía, igual que lo hacen en Siria e Irak. Todo lo que suceda en relación a los próximos comicios marcara las dinámicas de enfrentamiento entre Ankara y el PKK, pero también la guerra en Siria, que inevitablemente está modelando la política doméstica turca.
¿El enemigo (el Estado Islámico) de mi enemigo (el PKK) ya no es mi amigo? En un vídeo online−muy al estilo de Daesh y su predilección por el uso de las nuevas tecnologías− la organización declaraba la guerra a Turquía llamando a la “conquista de Estambul” , animando a la población a unirse a la yihad y calificando a  Erdogan de “Satán”. Todo ello llegaba después de que Ankara diera un giro a su política respecto al EI, uniéndose a la campaña área contra la organización liderada por Estados Unidos. Turquía había recibido muchas críticas por convertirse en la ruta predilecta de los combatientesyihadistas extranjeros hacia Siria, por mostrarse reacio a participar en las acciones contra la organización, además de ser acusado por algunas fuentes de estar armando a Daesh, o grupos afines, con el fin de acabar a toda costa con el régimen sirio de Bachar al Assad. Según el experto turco del Carnegie Endowment fon International Peace Sinan Ulgen, el EI habría jugado el papel de “enemigo útil contra el PKK y Assad” a ojos de Turquía, pero una vez demostrado los efectos contraproducentes de esta política, Ankara habría dado un giro en su estrategia. Los nuevos cálculos obedecen a que la participación turca en la campaña contra Daesh permite a Ankara menguar el papel protagonista de los kurdos en esta lucha e intentar contener en la medida de posible el separatismo kurdo en el norte de Siria. Ante la pregunta de si el Estado Islámico está o no detrás del sangriento atentado en Ankara, o el anterior en Suruç, que siguió un patrón muy similar, la confusión reina: las investigaciones oficiales apuntan a que los autores de las masacres estaban vinculados o simpatizaban con Daesh, pero no faltan teorías, especialmente desde el lado kurdo, que señalan como autor de estos actos al denominado Estado profundo (fuerzas nacionalistas y de ultraderecha confabuladas o apoyadas por los servicios de inteligencia turcos).
Dos millones de refugiados, un vecindario en llamas. Turquía es el país con más refugiados sirios del mundo. La mayoría de ellos se encuentran fuera de los campos de refugiados turcos, ya que en general han optado por buscarse la vida −aunque no suelen tener sin permiso de trabajo, lo que le condena a menudo a la mendicidad− en distintas urbes del país o emprender el viaje a Europa. La llegada masiva de sirios está siendo un gran desafío a todos los niveles, así como el escenario de inestabilidad e inseguridad que tiene Turquía en su frontera sur, que continúa deteriorase de manera inquietante. El país ha gastado 6.000 millones de dólares desde el comienzo del conflicto en Siria, recibiendo solo 300 millones de la comunidad internacional, según fuentes gubernamentales. Las áreas cercanas a la frontera con Siria son las más expuestas al flujo migratorio, el número de refugiados está cerca de alcanzar la cifra de residentes locales en algunas ciudades, siendo también las más vulnerables a lastensiones o desconfianza entre ambas comunidades, donde los refugiados son acusados de quitar empleos al trabajar por menores salarios. Desde la esfera política, Ankara se ha quejado repetidas veces de la falta de apoyo de la Unión Europea en esta crisis. Hace unos días Bruselas ha ofrecido un plan que incluye ayuda financiera, entre otros incentivos, para que Turquía pueda abordar mejor la presión migratoria y combata el tráfico de personas. ¿La situación puede ir a peor? Quizá, si como afirman algunas voces la intervención de Rusia en el conflicto termina traduciéndose en un fuerte incremento del flujo de personas que huyen de la guerra.