jueves, 15 de octubre de 2015

Sobre cómo luchar contra el Estado islámico


El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, dice que se debe debilitar y en última instancia derrotar al Estado Islámico. Ha nombrado al general John Allen para que encabece una coalición de unos sesenta países para ese fin, recurriendo a ataques aéreos, fuerzas especiales y misiones de formación. Algunos críticos quieren que envíe más tropas americanas; otros dicen que los Estados Unidos deben limitarse a formular una doctrina de contención.
En la actual campaña electoral de los EE.UU., algunos candidatos están pidiendo "botas en el terreno”. Tienen razón: hacen falta botas, pero los soldados que las calcen deben ser árabes y turcos suníes, no americanos. Y con eso está dicho mucho sobre la triple amenaza que los EE.UU. y sus aliados afrontan ahora.
El Estado Islámico es tres cosas: un grupo terrorista transnacional, un proto-Estado y una ideología política con raíces religiosas. Se desarrolló a partir de Al Qaeda después de la desacertada invasión del Iraq encabezada por los EE.UU. y, como Al Qaeda, apela a los islamistas suníes extremistas, pero ha ido más lejos, al crear un califato, y ahora es un rival de Al Qaeda. Su posesión de territorio le da la legitimidad y capacidad para una yijad ofensiva, que no sólo va dirigida contra ínfieles, sino también contra musulmanes shiíes y sufíes, a los que considera takfir, es decir, musulmanes noverdaderamente monoteístas.
El Estado Islámico ensalza la pureza del islam del siglo XVII, pero tiene una habilidad extraordinaria para utilizar los medios de comunicación del siglo XXI. Sus vídeos y cauces en los medios de comunicación social son instrumentos eficaces para atraerse a una minoría de musulmanes –fundamentalmente, jóvenes de Europa, América, África y Asia– que tienen problemas de identidad. Descontentos como están, muchos se sienten atraídos por el “jeque Google”, donde los reclutadores del Estado islámico esperan aprovecharse de ellos.
Según algunos cálculos, hay más de 25.000 combatientes extranjeros que prestan servicio en el Estado Islámico actualmente. Los que mueren son substituidos rápidamente.
La triple naturaleza del Estado islámico crea un drama en materia de política. Por una parte, es importante utilizar el poder militar duro para privar al califato del territorio que le brinda refugio y legitimidad, pero, si la presencia militar americana es demasiado fuerte, el poder blando del Estado Islámico resultará fortalecido, con lo que contribuirá a las actividades de reclutamiento mundial de este último.
Ésa es la razón por la que las botas en el terreno deben ser suníes. La presencia de tropas extranjeras o shiíes refuerza la afirmación del Estado Islámico de que está rodeado y retado por infieles. Hasta ahora, gracias en gran medida a las eficaces fuerzas kurdas, abrumadoramente suníes, el Estado Islámico ha perdido el 30 por ciento, aproximadamente, del territorio con el que contaba hace un año, pero el despliegue de una infantería suní suplementaria requiere formación, apoyo y tiempo, además de la presión al Gobierno central del Iraq, dominado por shiíes, para moderar su actitud sectaria.
Después del desastre en Libia (donde el Estado Islámico apoya a milicias yijadistas y ha anunciado la creación de tres “provincias lejanas”), Obama es, comprensiblemente, reacio a derribar el régimen del Presidente Bashar Al Assad, para ver simplemente al Estado Islámico hacerse con el control de más territorio, acompañado de atrocidades genocidas contra los numerosos musulmanes no suníes de Siria, pero Assad es uno de los instrumentos de reclutamiento más eficaces del Estado islámico. Muchos yijadistas extranjeros responden a la perspectiva de contribuir al derrocamiento de un gobierno alauí tiránico, que está matando a suníes.
La tarea diplomática de los EE.UU. es la de persuadir a los partidarios de Assad, Rusia y el Irán, para que lo destituyan  sin desmantelar los restos de la estructura estatal Siria. Una zona de prohibición de vuelos y una zona segura en el norte de Siria para millones de personas desplazadas podría reforzar la diplomacia americana y la prestación de asistencia humanitaria en masa a los refugiados (para lo que el ejército americano es muy eficaz) aumentaría enormemente el poder blando de los EE.UU.
Así las cosas, la financiación y la coordinación de la estrategia del poder blando de los Estados Unidos no es suficiente, pero sabemos que el poder duro tampoco lo es, en particular para conquistar el ciberterritorio que ocupa el Estado Islámico: por ejemplo, desarrollando una capacidad para eliminar las redes zombis y contrarrestar las posiciones de los medios de comunicación hostiles.
Aun cuando los EE.UU. y sus aliados derroten al Estado Islámico en el próximo decenio, debemos estar preparados para que un grupo extremista similar surja de las cenizas. Las revoluciones del tipo de las que están produciéndose en Oriente Medio tardan mucho en disiparse. Las causas de una inestabilidad revolucionaria son, entre otras, unas fronteras poscoloniales tenues, una modernización detenida, el fracaso de la “primavera árabe” y el sectarismo religioso, exacerbado por la rivalidad interestatal entre la Arabia Saudí, gobernada por suníes, y el Irán, gobernado por shiíes.
En Europa, las guerras de religión entre católicos y protestantes duraron casi un siglo y medio. Los combates no acabaron (con la paz de Westfalia en 1648)  hasta que Alemania perdió una cuarta parte de su población en la guerra de los Treinta Años.
Pero también conviene recordar que las coaliciones de aquella época eran complejas, pues la Francia católica ayudaba a los protestantes holandeses contra los Habsburgo católicos por razones dinásticas más que religiosas. En el Oriente Medio actual debemos esperarnos una complejidad similar.
Pensando en el futuro de una región en la que los EE.UU. tienen intereses tan diversos como la energía, la seguridad de Israel, la no proliferación nuclear y los derechos humanos, las autoridades americanas deberán seguir una estrategia flexible de “contención, junto con avances lentos”, lo que entraña ponerse de parte de Estados y grupos diferentes en circunstancias diferentes.
Por ejemplo, tanto si la política iraní se vuelve más moderada como si no, a veces el Irán compartirá los intereses de los EE.UU. y a veces se opondrá a ellos. En realidad, el reciente acuerdo nuclear puede brindar oportunidades de una mayor flexibilidad. Sin embargo, para aprovecharlas, la política exterior de los EE.UU. para con el Oriente Medio tendrá que desarrollar un nivel mayor de complejidad de lo que revela el debate actual.




Europa, ¿unidad en la diversidad?


La división entre acreedores y deudores recibió un importante alivio este verano, durante las negociaciones por el tercer acuerdo para el rescate de Grecia. Alemania, el país líder en la defensa de la austeridad y su acreedor más influyente, fue acusado de no mostrar suficiente flexibilidad y solidaridad; por otra parte, se arremetió contra Grecia por no haber implementado las reformas prometidas durante los dos primeros rescates. (Fue Francia, ni completamente del «norte» ni enteramente del «sur», la que terminó desempeñando un papel fundamental para llegar a un acuerdo).
Alemania actualmente también intenta mostrarse como líder en la crisis migratoria, pero esta vez con su generosidad. La canciller Angela Merkel ha prometido aceptar a más de 800 000 refugiados tan solo este año. Acogedoras multitudes formaron fila en las calles y colmaron estaciones de tren en las ciudades alemanas para ofrecer bebidas, alimento y vestimenta a los exhaustos refugiados, muchos de quienes han caminado cientos de millas y arriesgado sus vidas para alcanzar la seguridad.
Mientras que Merkel declaró enérgicamente que el islam también es una religión en Alemania, hay en Europa del Este quienes declararon que solo recibirán a una pequeña cantidad de refugiados... y solo si son cristianos. Esa intolerancia juega directamente a favor de los extremistas islámicos en todo el mundo.
La crisis de los refugiados resulta mucho más desafiante aún a la vista de la fragmentación política interna de los países miembros de la UE. Mientras los de la izquierda están a favor de una cauta aceptación de los refugiados, a medida que uno se desplaza hacia la derecha, más negativa se torna la actitud. Incluso la Unión Social Cristiana, el partido bávaro hermano de la Unión Demócrata Cristiana de Merkel, ha resultado un socio reticente en esta área.
Y existe otra división entre el Reino Unido y el resto de la UE. Dado el papel del Reino Unido, junto a Francia, como fuerza clave en la defensa europea y autoridad significativa en los asuntos mundiales, especialmente en cuestiones relacionadas con el clima y el desarrollo, la perspectiva de una auténtica división debiera ser fuente de grave preocupación para la UE.
Estas divisiones han creado profundas dudas para el sueño de una unión europea cada vez más estrecha, sustentada por un sistema compartido de gobernanza que permita una toma de decisiones más eficaz. De igual modo, no favorecen la implementación de las reformas necesarias para incentivar el desarrollo económico.
Sin embargo, aún es demasiado pronto para descartar los avances hacia una mayor integración europea. De hecho, para la cohesión en la UE, es probablemente mejor que existan varias grietas a que haya una única línea divisoria.
Cuando solo las consideraciones económicas dominaban el debate, el norte de Europa –obsesionado por la austeridad y haciendo caso omiso de cualquier consideración keynesiana– y el sur de Europa –en dificultades y desesperadamente necesitado de margen fiscal para brindar viabilidad política a las reformas estructurales necesarias para impulsar la demanda y crear empleo– estaban en desacuerdo. La situación se tornó tan tensa que algunos observadores respetados llegaron a proponer la creación de un «euro del norte» para la región vecina a Alemania y un «euro del sur» en el Mediterráneo (dónde se ubicaría Francia, no estaba claro).
En una eurozona de esas características, el Banco Central Europeo tendría que dividirse y el euro del norte se apreciaría. Resurgiría la incertidumbre cambiaria, no solo entre ambos euros sino también, antes de que transcurriese mucho tiempo, entre las zonas del «norte» y del «sur», debido al colapso de la confianza en la propia idea de una unión monetaria. En el bloque del norte, Alemania tendría un papel aún más gigantesco que el actual, una situación que probablemente generaría nuevas tensiones.
De manera similar, una división clara entre un oeste receptivo para los refugiados y un este de puertas cerradas verdaderamente pondría fin al Acuerdo de Schengen, porque el desacuerdo político cristalizaría en una barrera física que bloquearía el libre movimiento de personas en la UE. Una división de ese tipo sería tan perjudicial para la cohesión europea como una zona del euro dividida.
Pero, ¿qué ocurre cuando los países separados por una de las grietas se encuentran del mismo lado respecto de otra? Alemania, Italia, España y Suecia pueden coincidir sobre la cuestión de la inmigración, mientras que Grecia, Francia, Italia y Portugal están de acuerdo en las políticas macroeconómicas para la zona del euro. Francia, Polonia y el Reino Unido pueden estar dispuestos a gastar más en defensa, mientras que Alemania mantiene un perfil más pacifista. Y Alemania, los países escandinavos y el Reino Unido pueden estar a la vanguardia de la lucha contra el cambio climático.
Por otra parte, las «familias» políticas de alcance europeo de los Demócratas Cristianos, Socialdemócratas, etc., podrían aliarse en pos de algunas políticas y disentir sobre otras, trascendiendo los límites nacionales o regionales y generando un desplazamiento hacia políticas paneuropeas, lo que llevaría al Parlamento Europeo a aumentar su debate democrático y funciones de supervisión.
Una Europa donde los países no encajan limpiamente en una u otra categoría y donde emergen coaliciones flexibles según los distintos temas, probablemente cuenta con mayores probabilidades de lograr avances que una Europa simplemente dividida entre el norte y el sur, o el este y el oeste. Por supuesto, el desafío de fortalecer a las instituciones para que puedan gestionar esta diversidad y reconciliarla con eficacia política continúa. Aquí resulta crucial un mayor alcance de las votaciones ponderada y por mayoría doble. Pero, en las sociedades verdaderamente democráticas, el desafío de reconciliar los intereses divergentes nunca desaparece.

¿Qué rumbo debe seguir la política exterior de los Estados Unidos?

Pero esas acusaciones son retórica política partidista poco basada en un análisis riguroso de políticas. Más exacto es ver el talante actual como una oscilación del péndulo de la política exterior de los EE.UU. entre lo que Stephen Sestanovich, de la Universidad de Columbia, ha llamado políticas “maximalistas” y políticas de “repliegue”.
El repliegue no es aislacionismo; es un ajuste de los fines y medios estratégicos. Entre los presidentes que aplicaron políticas de repliegue desde el fin de la segunda guerra mundial figuraron Dwight Eisenhower, Richard Nixon, Jimmy Carter y ahora Obama. Ningún historiador objetivo los consideraría aislacionistas.
Eisenhower se presentó a la elección presidencial en 1952 porque se oponía al aislacionismo de Robert Taft, el principal candidato republicano. Si bien Nixon estaba convencido de que los EE.UU. estaban en decadencia, los otros no. Todos ellos eran profundamente internacionalistas en comparación con los verdaderos aislacionistas del decenio de 1930, quienes se oponían enconadamente a que se acudiera en ayuda de Gran Bretaña en la segunda guerra mundial.
Los historiadores pueden sostener de forma creíble que los períodos de un compromiso excesivamente maximalista han perjudicado más al lugar ocupado por los Estados Unidos en el mundo que los de repliegue. La reacción política interna al idealismo mundial de Woodrow Wilson produjo el intenso aislacionismo que retrasó la reacción de los EE.UU. contra Hitler. La escalada de la guerra en el Vietnam durante las presidencias de John F. Kennedy y Lyndon Johnson produjo el giro centrado en los asuntos internos del decenio de 1970 y la desacertada invasión del Iraq por parte de George W. Bush creó el actual talante propicio al repliegue.
Si dicho talante llega a ser una cuestión de debate en la campaña presidencial de 2016, como indica la retórica temprana de la campaña, los americanos deberían abandonar el falso debate sobre el aislacionismo y, en su lugar, abordar tres preguntas fundamentales sobre el futuro de la política exterior del país: ¿qué proporciones debe tener? ¿Hasta qué punto debe ser intervencionista y hasta qué punto multilateral?
La primera pregunta se refiere a cuánto deberían gastar los EE.UU. en defensa y política exterior. Aunque algunos sostienen que este país no tiene otra opción que la de limitar sus desembolsos en esos sectores, no es así. Como porcentaje del PIB, los EE.UU. están gastando menos que en el punto máximo de la Guerra Fría, cuando estaba consolidándose el siglo de la hegemonía americana.
El problema no estriba en cañones frente a mantequilla, sino cañones frente a  mantequilla y frente a impuestos. Sin una buena disposición a aumentar los ingresos, el gasto en defensa está bloqueado en una disyuntiva de suma cero con inversiones importantes, como, por ejemplo, en educación, infraestructuras e investigación e innovación, todas las cuales son decisivas para la fuerza interior de los EE.UU. y su posición mundial.
La segunda pregunta se refiere a cómo y de qué formas deberían los EE.UU. intervenir en los asuntos internos de otros países. Obama ha dicho que deberían recurrir a la fuerza –unilateralmente, de ser necesario– cuando su seguridad o la de sus aliados estén amenazadas. Cuando no sea así, pero la conciencia inste al país a actuar –contra un dictador, pongamos por caso, que mate a gran número de sus ciudadanos–, los EE.UU. no deberían intervenir por sí solos y deberían recurrir a la fuerza sólo si hubiera buenas perspectivas de éxito.
Se trata de principios aceptables, pero, ¿cuáles son los umbrales? Ese problema no es nuevo. Hace casi dos siglos, John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos, estaba debatiendo con las peticiones internas de intervención en la guerra por la independencia de Grecia cuando hizo su célebre afirmación de que los EE.UU. “no van al extranjero en busca de monstruos que destruir”, pero, ¿y si la tolerancia en el caso de una guerra civil como la de Siria permite a un grupo terrorista como el Estado Islámico hacerse con un refugio seguro?
Los EE.UU. deberían dejar de hacer invasiones y ocupaciones. En una época de nacionalismo y poblaciones socialmente movilizadas, la ocupación extranjera, como con razón concluyó Eisenhower en el decenio de 1950, ha de engendrar por fuerza resentimiento, pero, ¿con qué se puede substituir? ¿Es suficiente la potencia aérea y la capacitación de fuerzas extranjeras? En particular en Oriente Medio, donde es probable que las revoluciones duren una generación, será difícil lograr una hábil combinación de poder duro y poder blando.
Discursos recientes de los candidatos a la presidencia de los EE.UU. muestran que ya ha comenzado el debate sobre las dos primeras preguntas, pero no conviene a los EE.UU. pasar por alto la tercera pregunta. ¿Cómo puede este país fortalecer las instituciones, crear redes y establecer políticas para gestionar las cuestiones transnacionales?
La dirección por parte del país más potente es importante para la producción de bienes públicos mundiales. Lamentablemente, el estancamiento de la política interior de los EE.UU. crea con frecuencia un bloqueo al respecto. Por ejemplo, el Senado no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, pese a que redundaría en beneficio del interés nacional de los Estados Unidos: de hecho, éstos necesitan dicha Convención para respaldar su posición sobre cómo resolver las reclamaciones territoriales opuestas en el mar de la China meridional.
De forma similar, el Congreso no cumplió con el compromiso de apoyar en el Fondo Monetario Internacional la redistribución de la capacidad de voto correspondiente a los países con mercados en ascenso, aunque hacerlo costaría muy poco. Así se abonó el terreno para que China lanzara su Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (que después los EE.UU. intentaron bloquear erróneamente, con considerable costo para su reputación). Y hay una fuerte resistencia en el Congreso a fijar límites a las emisiones de carbono en el período previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París el próximo mes de diciembre.
Las de cuánto gastar en asuntos exteriores y hasta qué punto intervenir en crisis lejanas son cuestiones importantes, pero los americanos deberían estar igualmente preocupados por que el “excepcionalismo” de su país esté degenerando en un “exencionalismo”. ¿Cómo pueden los EE.UU. conservar la dirección mundial, si otros países ven que el Congreso bloquea constantemente la cooperación internacional? Ese debate aún no se ha iniciado.



La democracia de Estados Unidos, en manos de 158 familias


cciones proviene del 0,00014% de los estadounidenses
El 87% donó al Partido Republicano, sólo el 13% al Demócrata

La orientación política de ese grupo es muy clara: 138 familias -nada menos que el 87% del total- donaron al Partido Republicano, y sólo 20 -el 13%- al demócrata. Es algo que ya detectó la agencia de noticias Bloomberg el 15 de septiembre, cuando, en un análisis similar, comprobó que "incluso en enclaves tradicionalmente demócratas, la mayor parte de las grandes donaciones están fluyendo a candidatos republicanos". En su noticia, Bloomberg -propiedad del ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, cuya fortuna es de 34.100 millones de euros y que en 2012 ya se planteó presentarse a la Presidencia pagándose su propia campaña- destacaba que los donantes de Hillary Clinton "no han firmado cheques por más de un millón de dólares".No es la democracia del 1%. Es la democracia del 0,00014%. Estados Unidos tiene 117 millones de familias según el Censo que elabora la Administración de ese país. Pero 158 de esas familias -el 0,00014%- han aportado el 45,3% de todas las donaciones recibidas por los candidatos a las elecciones de ese país que se celebran el 8 de noviembre de 2016. El otro 54,7% queda para los otros 117 millones.
Ése es el resultado de un análisis llevado a cabo por el diario 'The New York Times'de los datos de la Comisión Federal Electoral y la Hacienda de EEUU, y que abarca desde el 1 de enero hasta el 30 de junio pasados. A lo largo de ese periodo, los estadounidenses donaron 388 millones de dólares (264 millones de euros) a los candidatos a la Casa Blanca. De esa cantidad, 176 millones de dólares de dólares (154 millones de euros) procedieron de 158 familias.
De modo que, cuando el candidato de la izquierda demócrata Bernie Sanders dijo en el primer debate de ese partido, celebrado el martes, que "el Congreso no regula a Wall Street; Wall Streeet regula al Congreso", estaba declarando lo que es obvio. Pero el debate lo ganó Hillary Clinton, que es, ademas, la candidata de ese partido con apoyos más sólidos entre el mundo del dinero.
Lo mismo pasa con las donaciones. Algunas proceden de sectores bien conocidos, como el financiero, el del petróleo o el de la sanidad. Pero también hay un grupo considerable de la industria del entretenimiento y de la de las nuevas tecnologías. Ésas son dos industrias en las que se concentran los apoyos de los demócratas, y es que Google tiene más poder poder en la Casa Blanca de Obama que Goldman Sachs en la de George W. Bush. Algunos de los mayores donantes proceden de sectores difícilmente imaginables, como el azucarero, los cítricos o lacarne de pollo. Claro que, si se miran algunos de los mayores conflictos comerciales de EEUU con el resto del mundo, destacan los que se han producido por las importaciones de naranjas y azúcar, y por las exportaciones de carne de pollo.
Así pues, EEUU ha conseguido llegar en el siglo XXI al ideal de la democracia ateniense. Ideal en el sentido estricto. En Atenas, el 80% de la población no votaba, ya que eran mujeres, esclavos o varones libres que no pertenecían a la oligarquía de 10 tribus que controlaban la política de la ciudad-estado.
El peso de estas familias en la política estadounidense se debe a una decisión del Supremo de ese país, que en 2010 aprobó -con los votos a favor de los cinco jueces nombrados por los republicanos y el rechazo de los cuatro puestos por los demócratas- que las organizaciones sin ánimo de lucro pueden gastar fondos ilimitados, recibir donaciones sin límite, y no informar de quiénes les han dado esos fondos en campañas políticas. En otras palabras: que siempre que no apoyen a un candidato explícitamente -pero sí a la agenda de un candidato- esas organizaciones no tendrán ningún límite en su actividad, al contrario que las campañas oficiales.
Esa decisión dio lugar a los Supercomités de Acción Política (Super PACs, según sus siglas en inglés), que reciben y gastan dinero a chorros, y a los que van la mayor parte de los donativos de las grandes familias. Como ha explicado a EL MUNDO el máximo responsable de una empresa que trabaja en campañas desde hace varios años, que ha preferido no dar su nombre, "si en 2016 decidimos participar en alguna carrera presidencial, será posiblemente trabajando para algún PAC. Hay mucho más dinero y la regulación es mucho menor".
Ahora bien, el dinero no garantiza la victoria electoral. Según el Centro para la Integridad Pública-una organización que analiza el impacto del dinero en la politica de EEUU- cada voto a Mitt Romney en las elecciones de 2012 salió por siete dólares y medio. Obama, sin embargo, con sólo un dolar y medio por votante, salió elegido. Con semejantes decisiones de inversión, cabe peguntarse si la elite económica estadounidense sabe lo que hace con su dinero cuando invierte en un candidato.
Claro que muchos multimillonarios tienen mecanismos que van más allá de las donaciones para influir en los resultados electorales. Ése es el caso de David Siegel -propiteario de la empresa de apartamentos en multipropiedad Westgate, la mayor del mundo- y su esposa Jackie, que aparecen en la lista de 'The New York Times'. En el premiado documental 'The Queen of Versailles' ('La reina de Versalles'), sobre esta familia, David Siegel explica su estrategia en las elecciones de 2000, en las que George W. Bush se impuso al democrata Al Gore gracias a, precisamente, el Estado donde estos millonarios tienen su base de operaciones: Florida.
Mirando tranquilamente a la cámara, Siegel explica: "Hice que los supervisores llevaran a cabo un sondeo de toda la plantilla. Si iban por Bush, les hacíamos registrarse para votar; si iban por Gore, no. El día de las elecciones nos aseguramos de que todos los que apoyaban a Bush votaran".
Think tanks' y universidades estadounidenses dependen de donaciones interesadas para poder financiar sus actividades

"No digas que trabajo en un 'hedge fund', pon sólo que estoy en un 'think tank'".
Ésa es una clásica frase de Washington. ¿Por qué? Porque si en un artículo se cita a alguien como trabajador en un 'hedge fund' (un fondo de inversión que no está regulado), su imparcialidad puede ser cuestionada. Pero si se le asocia a un 'think tank', su virginidad en materia de políticas públicas queda garantizada.
En España, cuando hablamos de los 2.400 'think tanks' que pueblan Washington, se nos llena la boca de fervor reverencial. Los mismo que cuando citamos a cualquier estudio de una universidad de EEUU Incluyendo, claro está, el trabajo realizado en 2014 por las prestigiosas Universidades de Princeton y Northwestern Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups, and Average Citizens, en el que se analizan 1.779 políticas públicas para demostrar que EEUU es, técnicamente, una oligarquía en la que el proceso de toma decisiones se hace en función de grupos de interés y no de la opinión pública en su conjunto.
Pero ni los 'think tanks' ni las Universidades están libres de pecado. Un académico o un investigador necesitan tener alrededor de cuatro millones de dólares (3,5 millones de euros) para que, con los intereses de ese capital, su 'think tank' o universidad, genere unos intereses de alrededor de 100.000 dólares con los que financiar su actividad y permitirle comer y pagar la hipoteca. Eso exige donaciones que no son desinteresadas.
Un ejemplo: Brookings Institution, el 'think tank' más prestigioso del mundo, tieneel Centro Saban para Oriente Medio, en el que hay poco espacio para voces que disientan de la política exterior israelí, y que toma su nombre de la persona que financió su creación: el multimillonario proisraelí Haim Saban, uno de los dueños de la cadena de televisión en español Univision, que está en la lista de los 158 donantes de 'The New York Times'.
Saban también es uno de los mayores donantes de las campañas de Bill y Hillary Clinton. Así que no es de extrañar que, cuando le preguntaron a Hillary el miércoles en el debate que de qué enemigos se sentía más orgullosa, ésta respondiera, "los iraníes y los republicanos". La ex secretaria de Estado es muy 'dura' en política exterior. Pero también sabe dónde está el dinero.
Claro que para donaciones, los 1.000 millones de dólares que el ex secretario de Comercio y financiero de Wall Street Peter G. Peterson donó en 2006 al Instituto para la Economía Internacional, el centro de estudios más prestigioso del mundo en análisis de economía internacional. Ante tal generosidad, el centro cambió su nombre en 2007 por el de Instituto Peter G. Peterson para la Economía Internacional. Su último fichaje es el ex economista jefe del FMI y profesor del MIT, el francés Olivier Blanchard. Si cruza la calle, Blachard podrá comer en el bar de Brookings con el ex presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, que trabaja allí, aunque también asesora a 'hedge funds'.
Si no, siempre se puede fundar un 'think tank'. Eso es lo que hicieron en 1974 los mayores donantes del Partido Republicano, los hermanos David y Charles Koch, que tienen un patrimonio conjunto de 72.500 millones de euros, con el Cato Institute, el 'think tank libertario' (léase ultraliberal) más influyente del mundo. Un año antes, el multimillonario de la cerveza Joseph Coors y el de la banca y el petróleo Richard Mellon Scaife, se habían decepcionado porque el centro de estudios conservador por excelencia de Washington, el American Enterprise Institute, se había negado a adecuar su calendario de investigación al calendario del Congreso. ¿La solución? Fundar su propio 'think tank', la Heritage Foundation.Hoy, Heritage es el principal 'laboratorio de ideas' del Tea Party.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Un choque de civilizaciones occidentales

Diana Pinto

La división se produce dentro de los Estados Unidos, la Unión Europea e Israel y –lo que es igualmente importante– en las comunidades judía y cristiana. En un lado están políticos como la Canciller de Alemania Angela Merkel, el Presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, el Presidente de los Estados Unidos Barack Obama, el ex ministro de Servicios Sociales Isaac Herzog y figuras religiosas como el Papa Francisco. En el otro están el Primer Ministro de Hungría, Viktor Orbán, la política nacionalista francesa Marine Le Pen, el candidato republicano a la presidencia de los EE.UU. Donald Trump, el Primer Ministro de Israel Benyamin Netanyahu, el cardenal de Hungría Péter Erdö y legiones de otros clérigos europeos orientales.
Cada uno de los bandos comparte un punto de vista fundamental sobre el papel de los refugiados en la sociedad. El primer grupo se compone de quienes consideran los valores democráticos más importantes que las identidades étnicas o nacionales. En su opinión, quienquiera que cumpla las leyes de un país puede llegar a ser un ciudadano de pleno derecho y contribuir a la vitalidad de su país de adopción.
Según dicha opinión, la inclusión del “otro” –personas de países y culturas diferentes– no destruye la identidad nacional; la enriquece con nuevas ideas y comportamientos. Los partidarios de ese mestizaje señalan a extranjeros o sus descendientes que han alcanzado posiciones prominentes en sus países de adopción: un latino miembro del Tribunal Supremo de los EE.UU., juristas alemanes expertos en asuntos constitucionales de origen turco, prefectos franceses cuyos padres y abuelos llegaron del norte de África, lores y baronesas británicos con raíces en África y el Caribe y escritores italianos de origen indio.
Así, pues, los partidarios de esa concepción del mundo consideran las vallas y los muros insultos a la Humanidad, prueba de que quienes los construyen y mantienen no confían en la pujanza de su país. Sobre todo, se adhieren a una posición universal basada en el derecho internacional y principios éticos, morales y religiosos.
Los cristianos y judíos de este bando subrayan que la acogida de extranjeros y personas necesitadas forma parte de la esencia misma de sus credos respectivos. Acoger a los necesitados es un imperativo ético, no una opción políticamente condicionada. Pese a que la mayoría de los refugiados procede de países árabes conocidos por su antisemitismo y su posición anti-Israel, los intelectuales judíos de este bando han sido unánimes al acogerlos con los brazos abiertos. Entretanto, el Papa Francisco ha dicho con claridad que la acogida a los refugiados forma parte de los valores cristianos.
En el otro lado de la división están quienes temen a los otros como una amenaza a la identidad nacional. Su respuesta visceral es la de construir vallas y muros, lo más largos y altos posible, ya sea en la frontera entre México y los Estados Unidos, en la frontera de Israel con Egipto o en la frontera de Hungría con Servia (o incluso con Croacia, que es también miembro de la UE). No es casualidad que las autoridades húngaras y búlgaras hayan recurrido a empresas israelíes en busca de asesoramiento técnico sobre la construcción de sus vallas.
Los miembros de este bando no creen que las sociedades civiles dinámicas puedan integrar a personas de orígenes diferentes en ámbitos democráticos abiertos o que sus países puedan beneficiarse de su acogida. El riesgo que representan algunas manzanas podridas (traficantes de drogas mexicanos, terroristas islámicos, migrantes económicos o quienes deseen aprovecharse de los sistemas de asistencia social) pesa más que cualesquiera beneficios que la inmensa mayoría de los jóvenes y decididos recién llegados podrían brindar.
Tampoco cree este bando en las convenciones internacionales sobre los derechos de los solicitantes de asilo o el deber de los países signatarios de acogerlos. Se ridiculiza toda apelación a los derechos humanos como si fuera una ingenuidad peligrosa, como también las referencias a los imperativos morales o religiosos. En cambio, se insiste en proteger a la “nación” contra virus extranjeros. Quienes promueven esas opiniones no son sólo políticos, sino también autoridades religiosas destacadas, incluidos prelados católicos de la Europa oriental, la derecha evangélica de los EE.UU. y los rabinos nacionalistas de Israel.
Ese choque de civilizaciones occidentales no puede ser más importante. Quienes cierran puertas y construyen muros no pertenecen a la misma familia que quienes acogen a los necesitados en nombre de valores más altos. Están en juego los principios fundacionales de nuestras tradiciones democráticas: unos principios debilitados por el propio choque.