lunes, 2 de mayo de 2011

Obama pudo con Osama


FERNANDO REINARES - Madrid - 02/05/2011


En el verano de 2009, durante una intervención en un seminario sobre terrorismo celebrado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander, afirmé que era muy probable que al año siguiente tuviésemos noticia de que Osama bin Laden había sido capturado o abatido. Pilar Manjón, la presidenta de la Asociación de Afectados por el 11-M, que estaba entre los asistentes al acto, a buen seguro que recordará esas palabras mías, recibidas con gran escepticismo por parte de la inmensa mayoría de los presentes. Me equivoqué, pero por apenas unos meses. Digamos que en aquellos momentos estaba razonablemente convencido de que tendría éxito, en lo que se refiere a privar al yihadismo global de su carismático icono, la nueva estrategia para combatir el terrorismo adoptada por el presidente Barack Obama. Una estrategia basada en las reflexiones de una comisión de expertos al frente de la cual se encontraba Bruce Riedel, uno de los analistas que no iba por ahí diciendo que Al Qaeda había dejado de existir sino todo lo contrario.

El presidente Barack Obama presentó públicamente dicha estrategia en marzo de 2009. Al hacerlo, subrayó cuatro cuestiones que ahora adquieren una particular relevancia. En primer lugar, afirmó que su principal objetivo contraterrorista era "desbaratar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda". En segundo término, sostuvo que "casi con toda certeza", Osama bin Laden se encontraba en las montañosas zonas tribales al noroeste de ese segundo país. En tercer lugar, aseguró que "Pakistán debe demostrar su compromiso de erradicar a Al Qaeda y a los extremistas violentos dentro de sus fronteras". Por último, el presidente norteamericano advirtió que Estados unidos "insistirá en que se actúe, de un modo u otro, cuando tengamos inteligencia sobre blancos terroristas de alto nivel". Estos cuatro asuntos, interrelacionados entre sí, ayudan a interpretar la muerte de Osama bin Laden y el contexto en que se ha producido, al tiempo que invitan a formular algunos interrogantes acerca de todo ello y del futuro del terrorismo global.

Desbaratar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda era una finalidad contraterrorista más precisa y, en cierto modo, menos ambiciosa, que la de enfrentarse a los extremismos violentos en todo el mundo formulada como guerra global al terrorismo por la Administración de George W. Bush. Pero los medios militares y las labores de inteligencia han continuando siendo preferentes, como difícilmente podría ser de otro modo tratándose de una estructura terrorista cuyos líderes se encuntran en Pakistán. A la muerte de Osama bin Laden ha llevado, por una parte, el extraordinario incremento en los ataques norteamericanos mediante misiles lanzados desde aeronaves no tripuladas contra blancos de Al Qaeda en Waziristán del Norte. Es verosímil que, a la vista del creciente número de mandos de dicha estructura terrorista que iban siendo alcanzados por el impacto de esos misiles, Osama bin Laden tomase la decisión de buscar refugio en el mismo otro ámbito en el que ya lo habían hecho otros destacados subordinados suyos. Es decir, trasladarse de las inaccesibles montañas de las zonas tribales de Pakistán a alguna de sus densamente pobladas zonas urbanas.

Por otra parte, a la muerte de Osama bin Laden ha llevado también una exquisita labor de inteligencia a cargo de la CIA. Pero es dudoso que la información en base a la cual haya sido elaborada dicha inteligencia provenga de aquel compromiso que las autoridades paquistaníes, en palabras de Barack Obama, tenían que demostrar. De hecho, la advertencia que el presidente de Estados Unidos incluyó en la presentación de su estrategia contraterrorista, hace ahora dos años, se refería a la pasada inacción contra líderes de Al Qaeda identificados en territorio de Pakistán, cuando la operación contra los mismos quedaba en manos de los servicios de seguridad y de los militares de dicho país, que en alguna ocasión incluso advirtieron al propio emir de la estructura terrorista de su detección por la CIA o de la inminencia de un ataque contra su persona. Aunque el discurso del presidente Obama sea conciliador a este respecto, que Osaba bin Laden se hallara escondido en un recinto muy protegido relativamente próximo a Islamabad, suscita una vez más dudas sobre la manera poco unívoca con que las autoridades paquisteníes abordan el tema de Al Qaeda.

Estados Unidos mata a Osama Bin Laden


Obama anuncia que un comando norteamericano lo eliminó a tiros en Pakistán. -El líder de Al Qaeda huía de las fuerzas norteamericanas desde 2001

YOLANDA MONGE / ANTONIO CAÑO / SANDRO POZZI | Washington / Nueva York 02/05/2011

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Estados Unidos ha puesto fin a su peor pesadilla. Osama Bin Laden ha muerto. Elaborada durante muchos años, estudiada al milímetro durante los últimos meses, una operación de las fuerzas especiales estadounidenses ha matado al líder de Al Qaeda. Así lo ha anunciado en torno a las once y media de la noche (cinco y media de la mañana en España) el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Los agentes abatieron a disparos al líder de Al Qaeda en la localidad de Abottabad -a 80 kilómetros de Islamabad y en el norte de Pakistán- en una operación en la que no hubo bajas estadounidenses.

Grafico

El refugio de Osama bin Laden en Abbottabad

GRÁFICO - El Pais - 02-05-2011

- ANTONIO ALONSO

Obama confirma la muerte de Bin Laden

VIDEO - THE WHITE HOUSE - 02-05-2011

El presidente de EE UU asegura durante su comparecencia en televisión que "se ha hecho justicia". - THE WHITE HOUSE

Los atentados del 11-S

FOTOS - (REUTERS) - 02-05-2011

La segunda avioneta contra las Torres Gemelas. Tras el secuestro del vuelo 175 de United Airlines poco antes de estrellarse contra la torre sur. La torre norte se quema después de un ataque con un avión secuestrado en la ciudad de Nueva York 11 de septiembre 2001.- (REUTERS)

  • Los atentados del 11-S  - La segunda avioneta contra las Torres Gemelas
  • Los atentados del 11-S  - En busca de supervivientes entre los escombros
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  • Los atentados del 11-S  - Trabajo entre los ruinas
  • Los atentados del 11-S  - Daños en el Pentágono
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    Osama Bin Laden

    Osama Bin Laden

    A FONDO

    Nacimiento:
    1957
    Lugar:
    Yeda
    Afganistán

    Afganistán

    A FONDO

    Capital:
    Kabul.
    Gobierno:
    Administración interina (22-01-2001).
    Población:
    32,738,376 (est. 2008)
    Estados Unidos

    Estados Unidos

    A FONDO

    Capital:
    Washington.
    Gobierno:
    República Federal.
    Población:
    303,824,640 (est. 2008)

La noticia en otros webs

El presidente ha asegurado que EE UU tiene el cuerpo del terrorista, un asunto de vital importancia para evitar el escepticismo que la noticia por sí sola podría causar en los circuitos islamistas radicales. Varios medios norteamericanos, entre ellos la CNN y The New York Times, citando una fuente oficial, han informado posteriormente que el líder de Al Qaeda ha sido enterrado en el mar de acuerdo con la práctica musulmana. Las prácticas islámicas requieren que el cuerpo se entierre en las 24 horas posteriores a su fallecimiento. Según fuentes oficiales, la decisión se tomó porque parecía una misión demasiado complicada encontrar un país dispuesto a sepultar al terrorista más buscado del mundo.

En la operación militar, han muerto cuatro personas más aparte de Bin Laden: un hijo mayor de edad del terrorista, su mensajero y un hermano de este y una mujer no identificada. Fuentes del Gobierno de Pakistán han asegurado al servicio de BBC en el país que durante el asalto cinco guardias de Bin Laden cayeron también y cuatro más han sido detenidos, pero no ha podido ser confirmado. La cadena Al Arabiya ha informado además que dos esposas y cuatro hijos de Bin Laden han sido detenidos.

El terrorista más buscado por Washington se encontraban en el interior de un complejo de lujo por completo fortificado. La residencia de Abottabad constaba de muros de más de tres metros, alambres de espino y solo dos puertas de entrada. Carecía de ventanas y no tenía ni acceso telefónico ni conexión a Internet. Bin Laden murió de un disparo en la cabeza tras un tiroteo entre las fuerzas de asalto norteamericanas y el grupo que se encontraba con el líder de Al Qaeda. Fuentes estadounidenses citadas por Reuters han informado que el equipo que asaltó la vivienda donde esta el líder de Al Qaeda tenía órdenes de matarlo, no capturarlo, aunque otras fuentes han dicho a Al Yazira que el tiroteo se produjo tras la resistencia presentada por Bin Laden.

En su alocución desde la Casa Blanca, Obama afirmó que, tras haber estado recibiendo desde agosto informaciones de inteligencia fiables sobre el lugar donde se encontraba Bin Laden, la semana pasada dio la orden de atacar y ayer "un pequeño grupo" estadounidense condujo la operación, en la que, tras un intercambio de fuego, se hizo con el cuerpo del terrorista. En una comparecencia llena de dramatismo, Obama ha homenajeado a todas las víctimas del atentado del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, que causó casi 3.000 muertos. "Esta noche se ha hecho justicia", ha asegurado. El presidente ha agradecido a todos los agentes que participaron en la operación y a los que han ayudado durante estos años a perseguir al terrorista. "EE UU ha lanzado un mensaje inequívoco: no importa cuánto tiempo haga falta, se hará", concluyó el presidente estadounidense. En el día después, Estados Unidos ha amenecido invadido por la euforia pero la secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha asegurado que "EE UU continuará su lucha contra los talibanes en Afganistán pese a la muerte de Bin Laden". Clinton ha dicho que la amenaza de Al Qaeda sigue siendo real.

10 años después del 11 S

La muerte del padre del terrorismo islamista internacional llega 10 años después de los atentados de Nueva York. Eliminar a Osama Bin Laden se había convertido en una obsesión para Estados Unidos y había sido objeto de numerosas operaciones internacionales. Se especuló en diversas ocasiones con su muerte y se ofrecieron millonarias recompensas por cualquier pista sobre su paradero, pero Bin Laden seguía ahí, presente en las pesadillas de Washington.

Para el orgullo de EE UU resultaba una herida demasiado profunda desconocer el paradero de un tipo alto y desgarbado de 54 años, normalmente retratado sosteniendo un Kaláshnikov con su brazo izquierdo. Casi un anciano que se apoyaba en un bastón, dormía en el suelo de una gruta y se alimentaba de verduras, yogur, sopa y pan afgano.

Aunque hiciera tres años que no aparecía en público, Bin Laden seguía siendo un símbolo. El hombre que había logrado lo que una década atrás parecía una quimera: internacionalizar la yihad y extender el terror mediante alianzas con grupos asociados en todo el mundo. Decenas de células locales, inspiradas en el discurso de Bin Laden, atormentan a los jefes de inteligencia de varios continentes.

Alegría en Estados Unidos

El anuncio ha sido acogido con tremenda alegría en Estados Unidos. Manifestaciones de júbilo, gritos de "USA, USA", banderas estadounidenses y bocinas de automóviles pitando en son de celebración se escucharon desde la medianoche (siete de la mañana en España) en todo el país.

"Estoy aquí para convertirme en un testigo de la Historia. Mi novio será enviado al extranjero con los marines la semana que viene. Por eso estoy tan orgullosa por lo que ha hecho nuestro Ejército", contaba eufórica a las puertas de la Casa Blanca Laura Vogler, una alumna de la Universidad Americana en Washington. Las celebraciones por la muerte de Bin Laden han tomado las inmediaciones de la Casa Blanca.

Poco antes de las once de la noche locales la emisión en televisión se interrumpió para adelantar que el presidente iba a comparecer con un anuncio de vital importancia relativo a la seguridad nacional. Las especulaciones se desataron y a los pocos minutos algunos medios anunciaban de forma no oficial la muerte del terrorista. Ya en ese momento los estadounidenses comenzaron a salir a la calle. Pronto Washington, Nueva York y las principales ciudades se han llenado de espontáneas muestras de alegría.

Los mensajes de móvil corrieron como la pólvora con la noticia que los neoyorquinos esperaban desde hace casi 10 años. "El bastardo ha muerto", decía con júbilo The New York Post antes del anuncio de Obama. "Ha tenido lo que se merecía", añadió Peter King, representante de los neoyorquinos en el Congreso de EE UU.

La Zona Cero de Manhattan, en la que se erigían las dos torres que derribó Al Qaeda, se ha convertido en uno de los puntos en los que más ciudadanos se han concentrado. Turistas, miembros del cuerpo de bomberos (más de 300 de ellos murieron en las labores de rescate tras los atentados) y neoyorquinos de todo pelaje se aglomeraron ante las cercanas pantallas de Times Square desde que aparecieron los primeros rumores de la noticia. La concentración se hizo multitudinaria después del anuncio.

Muchas de las reacciones han sido muy duras. "Había soñado con este momento, pero la muerte creo que es demasiado buena para él", asegura desde la Zona Cero Anne Marie Borcherdng, que perdió a su novio el 11-S en las Torres Gemelas. "Lo que le gustaría a mucha gente que está aquí hoy es tener su cadáver para poder escupirle".

Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, fue de los primeros en reaccionar al anuncio de la Casa Blanca: "Los neoyorquinos hemos esperado casi 10 años esta noticia"."La muerte de Osama Bin Laden es una importante victoria y un tributo para los que luchan por nuestro país", añadió. El senador neoyorquino Charles Schumer declaró: "El corazón de los neoyorquinos sigue roto por la tragedia del 11-S, pero [la muerte de Osama Bin Laden] aporta algo de consuelo a las víctimas".

Reacciones en todo el mundo

El expresidente de Estados Unidos George W. Bush ha declarado pocos minutos después de la noticia que la muerte de Osama Bin Laden es una "victoria para Estados Unidos". Bush, bajo cuya presidencia se produjeron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y que en sus memorias declaró que uno de sus mayores pesares ha sido el de no lograr capturar a Bin Laden, "vivo o muerto", emitió a través de su página en Facebook nada más conocerse la noticia, un comunicado en el que dijo que el presidente Barack Obama le informó de la operación. "Esta noche, el presidente Obama me llamó para informarme de que las fuerzas estadounidenses mataron a Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda que atacó Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001", dijo Bush.

Bill Clinton también reaccionó enseguida a la noticia. El expresidente de Estados Unidos ha asegurado que la muerte de Bin Laden es un momento "profundamente importante" para las personas de todo el mundo que buscan un "futuro común de paz y libertad".

David Cameron, el primer ministro británico, ha asegurado que se trata de "un gran alivio para el mundo". "Bin Laden es responsable de las peores atrocidades terroristas que ha visto el mundo, muchos de los cuales han costado la vida a miles de personas, muchas de ellas británicas", ha opinado Cameron. En la misma línea, el primer ministro israelí, Benjamin Netahyahu, ha declarado que la muerte de Bin Laden es "un triunfo atronador para las naciones democráticas que combaten el terrorismo". El Gobierno español ha felicitado a Washington por el éxito de la operación antiterrorista.

Precaución a todos los estadounidenses

De inmediato la diplomacia estadounidense ha pedido prudencia respecto a las consecuencias en la lucha sobre Al Qaeda que podría tener el descabezamiento de la organización. Fuentes del Pentágono han asegurado que se trata de un golpe importante pero que no es prudente bajar la guardia. Muy al contrario, Estados Unidos es consciente de que la muerte de Bin Laden podría desatar una ola de violencia contra sus ciudadanos. El Departamento de Estado ha alertado a todos sus ciudadanos en el mundo después de dar a conocer la noticia. Hay un "elevado potencial de violencia antiamericana", especificó un comunicado de prensa.

Las reacciones que la muerte de este personaje pueden provocar en el mundo son impredecibles. Por si acaso, el presidente norteamericano insistió ayer en que Bin Laden no era un líder musulmán y en que Estados Unidos no está en guerra contra esa confesión religiosa. "Dada la incertidumbre y la volatilidad de la actual situación", asegura el Departamento de Estado, "urgimos a los ciudadanos estadounidenses en áreas donde estos acontecimientos pueden causar violencia antiestadounidense a limitar sus viajes fuera de sus casas y hoteles y a evitar concentraciones y demostraciones masivas". Por lo pronto, el Gobierno norteamericano puso en estado de alerta a todas sus embajadas ante el riesgo de que sean blanco de posibles represalias.

En varias ciudades estadounidenses se ha aumentado la vigilancia sobre puntos sensibles. Por ejemplo, el diario Los Angeles Times informa que la policía de la ciudad extrema las precauciones en los alrededores de centros religiosos. Para confirmar las sospechas estadounidenses, los yihadistas han lanzado las primeras amenazas. "Osama puede ser asesinado, pero su mensaje de la Yihad, no morirá jamás. Hermanos y hermanas, esperar y ver, su muerte será una bendición disfrazada", es un mensaje que se repite en varios foros de internet, como informa la agencia Reuters.

Padre del yihadismo internacional

La base del pensamiento de Bin Laden era similar a los talibanes: interpretaciones ultraortodoxas del islam suní, al que desea purificar de influencias occidentales. Su ideología, sus hombres, fogueados en acciones de combate, y el muy abundante dinero le permitieron financiar una oscura trama de grupos radicales que actúan contra intereses occidentales, preferentemente estadounidenses, allí donde tienen oportunidad.

Osama Bin Laden nació en Arabia Saudí en el año 1957, en el seno de una acaudalada familia saudí. Su padre fue un importante magnate de la construcción en su país. Estudió Religión y Ciencias Económicas, graduándose en la Universidad Abdul Aziz. Desde 1979 apoyó a los rebeldes afganos en su guerra contra la URSS, organizando el reclutamiento de miles de voluntarios de todo el mundo árabe, entre otras acciones. Desde 1986 participó personalmente en los combates. Acabada la guerra, regresó a su país. Como consecuencia del apoyo saudí a las tropas de EE UU durante la Guerra del Golfo de 1991, rompió su relación con el régimen saudí y con su propia familia. Se exilió en 1991 en Sudán, donde dirigió una empresa que EE UU consideraba una tapadera terrorista.

Con la inaudita planificación de los ataques del 11-S, Bin Laden y Al Qaeda sacudieron con fuerza los cimientos en los que EE UU basaba su política de seguridad y pusieron en evidencia la necesidad de buscar un nuevo enfoque para reforzar sus fronteras. Casi inmediatamente después, EE UU lanzó una serie de ataques aéreos contra los talibanes en la frontera entre Afganistán y Pakistán. Ante la negativa de los talibanes a entregar al terrorista, EE UU inició en octubre de 2001 una guerra en Afganistán que aún continúa, aunque los ataques permitieron derribar al régimen fundamentalista que gobernaba el país.

Tras su experiencia en la guerra de Afganistán, Bin Laden aprendió a vivir como un ermitaño, una habilidad que le sirvió para mimetizarse en el terreno de la misma forma que lo hacen las serpientes. Una y otra vez el líder de Al Qaeda logró escabullirse y salir indemne de los ataques lanzados por EE UU y sus aliados internacionales, lo que hizo que quedara en entredicho la capacidad de inteligencia y militar del país más poderoso del mundo. Desde que la pista de Bin Laden desapareció definitivamente en las montañas de Tora Bora en el invierno de 2001 después de que EE UU depusiera por las armas a los talibanes, solo había una certeza: estaba escondido en Pakistán. La comunidad de inteligencia barajaba muchas hipótesis: que se encontraba en una región remota o confundido con la masa en Karachi, que solo podría ser abatido por la traición en su círculo más próximo o con un ataque por misiles, pero estaba claro que se había desplazado al país vecino de Afganistán.

Durante años, los aviones no tripulados dotados de misiles han sobrevolado las distintas zonas tribales de Pakistán, el lugar más peligroso y volátil de la tierra. Han matado a decenas de militantes de Al Qaeda, también a civiles, y se han acercado mucho a sus líderes, sobre todo al egipcio Ayman Al Zawari, pero al final ha sido un grupo de comandos el que ha cerrado una parte de la historia.

miércoles, 27 de abril de 2011

El Islam ante el fundamentalismo: ¿modernizar el Islam o islamizar la modernidad?

El Islam ante el fundamentalismo: ¿modernizar el Islam o islamizar la modernidad?

¿Reforma desde el interior o reforma desde fuera?

El islam ante el fundamentalismo. Imagen: www.culsans.com.ar
El islam ante el fundamentalismo. Imagen: www.culsans.com.ar

El mundo árabe se enfrenta a tres grandes retos en este nuevo siglo: activar el desarrollo de unas economías estancadas desde la década de los ochenta; superar el retraso educativo-cultural, que actúa a modo de barrera para su acceso a la sociedad del conocimiento; por último, superar el déficit de libertades en el ámbito civil y político, para construir un auténtico Estado de derecho que no discrimine a la sociedad civil, a los agentes políticos, a las minorías étnicas o religiosas y, muy especialmente, a las mujeres, que sufren una segregación en todos los ámbitos de la vida –familiar, social y política-.

Las políticas económicas puestas en marcha por los Gobiernos árabes han sido hasta ahora incapaces de dar respuesta a la precariedad social. Las economías árabes no alcanzan un ritmo de crecimiento que sea capaz de absorber las altas tasas de desempleo y la demanda de trabajo de una población que crece a un ritmo vertiginoso y que es cada vez más joven. A este hecho se suma el factor de una educación incompleta o inadecuada –enfocada a las demandas laborales actuales-. El paro y el déficit educativo generan exclusión social, en suma, pobreza. Ante este panorama, los jóvenes árabes ven su único futuro en la emigración a Occidente.

Los caminos del desarrollo se debaten en un esfuerzo de triple dimensión: regional, euromediterráneo y global. Hasta ahora, la colaboración inter-árabe no ha pasado de ser papel mojado; la supuesta “integración” euromediterránea se ha enfocado hacia la eliminación de las barreras económicas; mientras, la liberalización y apertura económica, puesta en marcha a partir de los años ochenta de la mano del FMI, ha generado desigualdades estructurales en el seno de las sociedades.

El problema de fondo es la democracia; la persistencia de regímenes autoritarios, tradicionales –legitimados en la religión-, corruptos y opresivos. El mundo árabe parece inmune a la democracia auténtica: se falsean los sistemas electorales con elecciones unipersonales –Siria y Egipto-; la oposición política, cuando es permitida, sufre la marginación y el boicot estatal; la Justicia no es independiente del Gobierno y los Parlamentos –símbolo de la soberanía popular- brillan por su ausencia en las monarquías del Golfo.

¿Cómo puede el Estado árabe moderno superar el dilema de la “libertad”? Lejos de visiones culturalistas –el Islam, el verdadero Islam, no es el problema-, la clave está en resolver el retraso socio-cultural: desarrollo económico y pensamiento crítico. ¿Reforma desde el interior o reforma desde fuera? Los líderes políticos, la sociedad civil, la oposición política… Todos ellos deben “encontrarse” para ofrecer una solución árabe al problema árabe. Una democratización impuesta, como sucede actualmente en Iraq –primer bastión democrático occidental que arrastrará a todo el Oriente Medio autocrático hacia la democracia- puede, por el contrario, desestabilizar toda la región y conducirla al caos.

Y la solución reclama su urgencia porque, en medio de este contexto de “desastre” socio-económico, cultural y político, el mensaje de los fundamentalistas cala entre las capas marginadas de la sociedad: los jóvenes sin oportunidades formativas y laborales; los campesinos desruralizados; las clases medias –científicos, técnicos- excluidas de la modernización liberal; en definitiva, los abandonados por el Estado. Todos los modelos económicos aplicados –e importados del exterior- desde la emancipación fracasaron, ya fueran socialistas o liberales: la industrialización despobló el campo y provoco el éxodo masivo a las ciudades, donde predomina el hacinamiento; con la llegada del mercado libre, se acentuó la desestructuración de la sociedad, con capas sociales enteras marginadas.

Los gobiernos nacionalistas perdieron todo su crédito ante los ojos del pueblo como agentes de progreso económico y cultural. Es aquí donde los fundamentalistas aparecen como “salvadores”, ofreciendo a los musulmanes unos orígenes en los que refugiase ante la modernidad frustrada: un Islam puro, una cultura autóctona y una identidad. Los propios Gobiernos autodenominados “laicos” habían utilizado la religión para legitimar su poder, oficializando la religión a través de clérigos sumisos. Ahora, los integristas proponían una relación a la inversa: el Estado iba a sacralizarse.

Pero el programa fundamentalista no supone más que un “regreso al pasado” –a los fundamentos- que rechaza toda actualización y adaptación a los tiempos actuales. La solución está en las fuentes, en un Corán leído sin posibilidad de “reformismo” o de “modernidad” y en una Ley Islámica –sharia- sacada de todo contexto: una Ley medieval para el hombre, la sociedad y el Estado del siglo XXI. El lastre de la dominación colonial y de los modelos posteriores de librecambismo salvaje e imposiciones culturales han conllevado una reacción dialéctica hacia la “modernidad”, como concepto asociado al imperialismo de Occidente y a sus valores: democracia, laicismo, librecambismo, etc.

Se conjugan aquí dos vectores cruciales en el fenómeno del auge del extremismo religioso en el universo árabe musulmán: los procesos de aculturación –negación de la identidad cultural y religiosa de un pueblo- que siguen persistiendo desde la colonización, y el rechazo a una modernidad deshumanizada impuesta por la fuerza y de forma acelerada -.

El auge del fundamentalismo religioso en la era de la globalización: el “regreso al pasado” frente a los problemas del mundo moderno

“Parecía inevitable una disminución progresiva de la idea prodigiosa del mundo” [1]. Parecía que en nuestro tiempo, en esta edad posmoderna, se había superado “la etapa infantil de los relatos, de las ideologías y de las creencias” [2]. Sin embargo, asistimos al renacer del hecho religioso en todas sus manifestaciones y variantes: desde la proliferación de agrupaciones esotéricas y de sectas, hasta el fenómeno de la conversión religiosa, previo paso por el despertado interés por otras tradiciones de pensamiento –budismo, Islam, hinduismo-.

Los envites de la modernidad –del progreso- han conducido a la sociedad posmoderna hacia una globalización –un monoteísmo- del pensamiento, del estilo de vida y del desarrollo económico en el marco de un mercado individualista y voraz, que atraviesa a todas las culturas y pueblos, y que encuentra su correspondiente resistencia en la “diversidad” cultural del mundo. Y esa respuesta rompe con la idea de progreso-modernidad porque busca respuestas en la religión, es decir, en el pasado. Hay un desencanto generalizado por los ideales modernos en todas aquellas sociedades que asumieron los principios de la modernidad y, como consecuencia de ello, se secularizaron. Se trata, por tanto, de un fenómeno que traspasa la barrera del individuo –de su batalla interior- para alcanzar el plano de la esfera pública. Como recuerda Casanova, la decepción de los pueblos ante la esperanza de la “modernidad” se traduce en el fracaso del laicismo –de la autonomía de lo religioso respecto de lo político-; y el fracaso del laicismo es el fracaso de la democracia [3]. Al cabo, es la religión, y no el “fetichismo del consumo”, la que llena el vacío creado por la desaparición de las “utopías laicas” [4].

La religión ha pasado a ocupar un lugar importante en el escenario político actual por la aparición de movimientos fundamentalistas-integristas que defienden la idea de una identidad comunitaria basada en la pertenencia a una secta o grupo religioso. Y esto se aplica tanto a las prácticas sociales como al debate político [5].

¿Qué es el fundamentalismo? Del protestantismo cristiano al integrismo de los Hermanos Musulmanes

Comúnmente, se utilizan los términos fundamentalismo e integrismo de forma indistinta para reflejar la naturaleza de movimientos de ideología espiritual que intentan proporcionar una “orientación práctica y moral completa”, tanto a los individuos como a la sociedad, sobre todos los aspectos de la vida a partir de textos o tradiciones [6] –Corán, Biblia, etc.-. En suma, se usan para destacar la unión entre política y religión.

Sin embargo, se trata de dos conceptos diferentes en cuanto a su origen y dimensión. El término “fundamentalismo” [7] tiene su origen a finales del siglo XIX dentro del protestantismo cristiano estadounidense, concretamente en los teólogos de Princeton. Entre 1910-1915, los pastores protestantes incorporaron estas ideas a una serie de panfletos que se repartían por las iglesias y seminarios de los Estados Unidos. Aquellos escritos, bajo el título “Los fundamentos: un testimonio de la verdad”, reclamaban la “verdad literal” de la Biblia frente a la pérdida de influencia de los principios evangélicos en América desde principios del siglo XX. De este modo, como especifican Corral Salvador y García Picazo, el fundamentalismo se circunscribe a cuestiones de naturaleza religiosa, configurándose como reacción a los procesos de modernización y, en concreto, “frente a ideas que afectan a la infalibilidad de los Textos Sagrados” [8].

Por el contrario, el término “integrismo” tiene una raíz católica, y fue utilizado por primera vez por el Partido Nacional Católico, fundado en España a finales del siglo XIX, y que abogaba por el mantenimiento de la “integridad” española [9]. Este grupo, cuyas ideas estaban influenciadas franceses ultracatólicos como Joseph de Maistre y Louis de Bonal, se autodefinió como “integrista” en relación a unas posiciones políticas que vinculaban los preceptos religiosos con la sociedad civil[10]. Aquí radica la diferencia con el fundamentalismo, en que el integrismo excede el ámbito religioso para expresarse como fenómeno también de naturaleza política. En este sentido, es Roger Garaudy quien ofrece una definición más acertada del integrismo, que consistiría en “identificar una fe religiosa o política con la forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia. Creer, pues, que se posee una verdad absoluta e imponerla” [11].

El problema, en el caso del Islam –y de los movimientos fundamentalistas islámicos- que es hay una cierta simbiosis entre religión y política, ya que el Corán proporciona un modelo de organización social –que no un modelo de Estado- que es utilizado por los fundamentalistas para reclamar un Gobierno basado en los principios coránicos y una sociedad regida por la Ley Islámica –sharia-. Sin embargo, se atenderá a esta cuestión del “Islam político” en apartados sucesivos. Lo que ahora nos ocupa es la cuestión del auge del fundamentalismo y de sus rasgos y causas a nivel global y regional, es decir, en el caso del mundo árabe-musulmán.

Para Ernest Gellner, la idea básica que incorpora todo fundamentalismo religioso –aplicable tanto a cristianos, judíos o musulmanes- es que la fe “debe sostenerse firmemente en su forma completa y literal, sin concesiones, matizaciones, reinterpretaciones ni reducciones”. Esto presupone que el núcleo de la religión es la “doctrina” y no el “ritual” [12], es decir, que los preceptos recogidos en los Libros Sagrados sirven de guía para el comportamiento de los creyentes. Como apunta Fred Halliday, esta invocación a un retorno a los Textos Sagrados, leídos de forma literal, es el sentido propio del término “fundamentalismo” [13]. Los movimientos fundamentalistas basan su autoridad y obtienen su fuerza de la pretensión de poseer una “verdad universal” teóricamente aplicable a todos [14]: la “verdad” de la Biblia, de la Tora y el Talmud, del Corán, Hadith y fiqh o de los textos legales. El argumento, al cabo, es que estos textos ofrecen un programa detallado que sirve de guía al individuo –la base para definir una “vida correcta”- y de modelo organizativo para la sociedad y el Estado –el “Estado perfecto”-, recurriendo, en el caso islámico, a la sharia y al Gobierno de Alá de manera “forzada” [15]. El objetivo de esta estrategia, como subraya el reputado arabista Gilles Kepel, no es otro que la “legitimación”: “los fundamentalismos religiosos van a apelar siempre a ideales espirituales que respalden sus aspiraciones políticas” [16].

¿Los rasgos comunes de todo fundamentalismo? Según Garaudy: inmovilismo- negación de la innovación de la fe, a toda adaptación a los tiempos actuales-; regreso al pasado –apelación a la tradición, conservadurismo-; por último, intolerancia, cerrazón y dogmatismo [17]. En este último aspecto, Halliday destaca su carácter antidemocrático – grupos “potencialmente dictatoriales”- porque rechaza la premisas de la política democrática, tales como la tolerancia y los derechos individuales, en virtud de una autoridad que no proviene del pueblo sino de Dios, “inherente a las escrituras e interpretada por líderes autoelegidos” [18]. Otra característica es su “hostilidad” hacia los “enemigos” de su religión e incluso hacia las personas de su propia fe que no comparten su particular orientación. Tal es el caso de las diatribas de los hindúes contra los musulmanes, de éstos contra los judíos, y viceversa.

Centrándose ya en el caso musulmán, la característica básica patente en el fundamentalismo islámico contemporáneo es precisamente una lectura retrógrada y subversiva del Corán. En primer lugar, predomina lo que Garaudy define como “leer el Corán con ojos de cadáver”[19]. Como recuerda Taguieff, existe un poder abusivo – basado en la teocracia jomeinista- de unos “doctores de la ley” o predicadores que en la mayoría de los casos hacen “lecturas ignorantes, parciales y simplistas” de los Textos Sagrados del Islam, reduciendo su mensaje a un corpus de dogmas antimodernos –la sharia, sacada de todo contexto-, en especial en relación a la aplicación de la justicia y al estatuto inferior de la mujer[20]. En segundo lugar, predomina una interpretación radical y subversiva del Corán, con proclamas contra la “corrupción occidental”, las “conspiraciones” judías o la “ignorancia” del mundo contemporáneo [21]. Esto se traduce en un llamamiento a la yihad contra los “enemigos del Islam” -norteamericanos, judíos y falsos musulmanes- que reduce el mensaje del Islam, como recuerda Taguieff, “a una máquina de producir fanáticos” [22]. Así, en las manos de los fundamentalistas, el Islam pierde toda oportunidad de renovarse y alcanzar los tiempos modernos. Y fue precisamente esto lo que ocurrió en Egipto con el movimiento de los Hermanos Musulmanes.

Fundado en 1928 por Hassan el-Banna (1906-1949), la Hermandad Musulmana nació como un movimiento que pretendía seguir el camino abierto por el gran pensador y reformador islámico Jamal ad Din El-Afghani (1838-1897), que había hecho escuela en Egipto a través de uno de sus principales discípulos, Mohamed Abdou –gran muftí de Egipto y rector de la Universidad de El-Azhar-. En la línea de Afghani y Abdou, el-Banna buscaba la “renovación de un Islam viviente”, de carácter universal y dialogante con todas las creencias. Los Hermanos –entre los que había cristianos y “oficiales libres”- buscaban, como hombres de su tiempo, un Islam que pudiera dar una nueva respuesta a los problemas actuales, desde la economía hasta la cultura y la política. Se trataba, al cabo, de la búsqueda de una “modernidad islámica”, que no occidental [23].

Sin embargo, la Hermandad –que había participado inicialmente del proyecto nasserista- acaba sufriendo la represión del régimen nacionalista socialista de Nasser: ejecuciones masivas, exilios, prisión… Y es precisamente en las cárceles donde se produce la primera mutación de la ideología del grupo, de la mano de Sayyid Qutb (1906-1966), el llamado “Hermano de las prisiones”, que en su libro Hitos en el camino interpreta de forma subversiva un comentario del Corán: la yahiliya, la “barbarie” anterior a la llegada del profeta, en la que Qutb englobó al mundo de su época. Bajo el prisma de la yahiliya, el pensador no consideraba musulmanes a los que vivían de acuerdo con los principios del nacionalismo socialista [24]. La reorientación de los Hermanos es ya evidente a principios de los sesenta: en 1961, Mahmud al-Sawwaf, el jefe de los Hermanos iraquíes, publica en Djedda el libro Nada de socialismo en el Islam [25].

El “Islam viviente” de la Hermandad de el-Banna acaba transformándose, como señala Garaudy, en un retorno a la “tradición fosilizada” y a una obediencia incondicional a los soberanos, a los que se considera “lugartenientes de Dios”. Todo ello por obra y gracia de la propaganda integrista saudita, que financia la difusión en todo el mundo musulmán –y fuera de él- de los escritos de teóricos fundamentalistas como Ibn Taymiyya y Mawlana A. Mawdudi, sentando las bases del Estado islámico, gobernado por el califa en calidad de “sombra de Dios en la Tierra”.

El pakistaní Mawdudi definía la política islámica bajo los principios de sumisión del pueblo al “poder fuerte” de los doctores de la ley, de un sistema de pensamiento moral impuesto por ese poder, y retribución y recompensa a quienes aplican sus leyes. “No hay mejor modo de definir el integrismo” [26].

El auge del fundamentalismo en el mundo islámico: la crisis de los modelos de desarrollo

“Aunque está en muchas religiones, el fundamentalismo está en su apogeo en el Islam”. La sentencia es de Ernest Gellner, y no se trata de un diagnóstico erróneo. ¿Las causas? El fracaso de todas las estrategias de desarrollo económico llevadas a cabo desde la emancipación, y que han desembocado en una crisis de legitimidad de las elites políticas.

La obra de Gilles Kepel La revancha de Dios está precisamente basada en la conexión de los procesos de islamización con el deterioro socioeconómico que experimentan las capas sociales más amplias de los Estados musulmanes a partir de la crisis económica de los setenta. En el plano político, añade el autor, lo que entró en crisis fue el modelo estatal de desarrollo económico basado en la urbanización y la industrialización, ya fuera bajo modelos socialistas u occidentales-liberales. El nacionalismo árabe, recuerda Naïr, y todas las retóricas elaboradas tras las independencias –socialismo, democracia y liberalismo- acabaron sucumbiendo ante el desastre sociocultural [27].

En suma, ante el fracaso de modelos exportados de organización social y política –ante esta “modernización frustrada” que ha engendrado el subdesarrollo-, el fundamentalismo se convierte, bajo la descripción de Ben-Ami, en la forma de “rebelión social de los desposeídos”, que encuentran “consuelo” en el regreso a los dogmas primitivos de la religión[28]. Pero, como recuerda Naïr, “la desarticulación de lo social cala por doquier en lo político”: los excluidos del sistema recurren a la religión como arma capaz de sacralizar sus reivindicaciones y de restablecer el diluido sentimiento de comunidad. Es así como el Islam se convierte en una “política religiosa”; en “la vara por la que todo se mide” [29].

Roger Garaudy, en su ya clásico estudio Los integrismos, introduce cuatro factores principales que han desembocado el auge del fundamentalismo musulmán: el proselitismo saudí –país “epicentro” del integrismo musulmán y principal difusor del Islam más ortodoxo en virtud de su potencial económico-petrolero- ; el integrismo de Occidente –colonialismo-, como modo de negación de la identidad social, cultural y religiosa de un pueblo –caso paradigmático de Argelia-; la “decadencia moral de Occidente”, representante de una modernidad sometida al egoísmo material –caso ejemplar de la revolución iraní- y, por último, el integrismo israelí, bastión occidental en el corazón de Oriente Medio.

Con respecto al conflicto con Israel, está claro que se trata de un factor desestabilizador enconado en la región desde hace medio siglo, y que ha servido de punta de lanza a los movimientos fundamentalistas en la configuración de todo su cuerpo retórico e ideológico “antisemita” y, por extensión, “antiimperialista”. Como señala Enmanuel Sivan, el fundamentalismo islámico, en su condición de movimiento primordialmente cultural, ha adoptado también el odio a Israel desde un prisma religioso, a modo de una “cuenta pendiente” entre el Islam y el judaísmo que se remontaría a los tiempos del Profeta. En realidad, como subraya el profesor, se trata de otro ejemplo de interpretación sesgada del Corán, donde hay pocos más versículos contra los judíos que contra los cristianos.

Sin embargo, interesa estudiar el fundamentalismo islámico desde dos prismas principales: como “identidad” frente a la agresión cultural de Occidente y como rechazo a la “modernidad” occidental y todos los conceptos asociados a ésta –democracia, laicismo, liberalismo, etc.-.

El Islam como “refugio”: la “identidad islámica” frente al imperialismo cultural de Occidente

Como en la época de la colonización, cuando todo movimiento emancipador debía asentarse en los principios islámicos para evitar que la identidad del musulmán se disolviera en la cultura extranjera dominante, en el nuevo universo de la cultura única y el libre mercado, la referencia religiosa, aunque, como especifica Naïr, de una forma “mas subversiva”- se ha convertido en el epicentro de la lucha sobre las señas de identidad para las capas marginadas en el seno de unas sociedades divididas [30].

En un mundo donde la experiencia colonial ha dejado numerosas secuelas socio-económicas y culturales, y donde la esperanza del progreso –anunciado por Occidente- bajo los modelos comunistas y capitalistas se ha traducido en más desigualdad, en más pobreza y en más fenómenos de aculturación, la referencia religiosa se ha convertido, en palabras de Cabrera, en la ideología de la reivindicación de los excluidos, que buscan una vuelta a los principios de su religión como modo de vida y como modelo que asegure el progreso [31].

El fundamentalismo islámico es un movimiento “socialmente fortaleciente” y “absorbente” [32], que radicaliza el “Islam espontáneo” del musulmán que busca la esperanza en su fe, dando así coherencia y sentido a su lucha[33]. Se produce así un movimiento de subversión que se rebela contra las prácticas sociales secularizadas y contra el propio Estado, deslegitimado en su papel de agente modernizador.

Los integristas ofrecen a miles de creyentes desorientados, marginados y oprimidos un sentido y orientación para sus vidas: la “alta cultura” de su propia fe, lo que supone un ascenso social y moral y la conquista de una “identidad” y de una “dignidad” [34]. Se trata, al cabo, de un refugio identitario que se erige como la solución perfecta para un “mundo imperfecto”[35].

“Islam” y “modernidad” en el marco de la dialéctica de la dominación Occidental

Según Samuel Huntington, hay tres posibles actitudes ante Occidente y la modernización: el “kemalismo”, el “reformismo” y el “rechazo a ultranza”[36]. Estas tres posibilidades vienen a coincidir con las tres actitudes que se han dado en el mundo musulmán a partir de la histórica pugna entre “Islam” y “Occidente”: los “laicistas”, los “reformistas” y los “fundamentalistas”.

Los “kemalistas” o “laicistas” se distinguen por la aceptación de ambos conceptos, “modernización” y “modernidad”, lo que conlleva la necesaria abolición de la cultura autóctona. Este modelo debe su nombre al proceso occidentalización de la vida turca de manos del reformador Mustafá Kemal, que fundó la Turquía moderna bajo los principios del laicismo y la renuncia a la influencia religiosa en las costumbres sociales y la política.

El “reformismo”, por su parte, intenta conservar los valores islámicos, pero adaptándolos a la vida moderna. Fue lo que intentaron pensadores como Afghani y Abdou, que intentaron conciliar Islam y modernidad [37]. Como señala Trillo-Figueroa, los “reformistas” pretenden incorporar al Islam las costumbres políticas occidentales y el liberalismo parlamentario [38].

Pero tanto el laicismo como el reformismo fracasaron en su intento de ofrecer soluciones viables a las sociedades musulmanas. Frente a estos dos movimientos, el “fundamentalismo” o “rechazo a ultranza” de Occidente y la modernidad se erige en el seno de la comunidad islámica. Los “fundamentalistas” aspiran a aplicar la sharia tal y como fue elaborada hace siglos, sin necesidad de actualizarla, y la convierten en un programa detallado de ideales políticos [39].

Como enfatiza Huntington, el fundamentalismo más radical rechaza tanto la modernización como la occidentalización, en el sentido que Occidente asigna al concepto de modernidad: como vehículo de progreso, de procesos que se han producido en el seno de sus sociedades: democracia, libre mercado, etc. De lo que se trata, al cabo, como señala Taguieff, es de disociar los conceptos de “modernidad” y “Occidente” para, de algún modo, “islamizar la modernidad”. Este postulado parte de la creencia de que la civilización occidental es abominable, y de que supone una amenaza para la comunidad islámica. Se trata de una enfermedad: la “occidentosis” [40].

Estamos ante un postulado defendido también por pensadores como Roger Garaudy –convertido al Islam- que denuncia una “modernidad” “intrínsecamente opresiva y alienante”, y que además viene siendo “confundida” con el capitalismo o la civilización occidental [41]. Al cabo, los movimientos islamistas se sienten preparados para oponer a los problemas actuales su mensaje de liberación, islamizando la modernidad. Su proyecto, como señala Kepel, es “disociar” en la base de la “modernidad” lo científico de lo moral, a la vista de que el laicismo y el progreso tecnológico han sido incapaces de recomponer a unas sociedades desmembradas [42].

Para el reputado académico árabe Mohammed Arkoun, el debate entre “Islam” y “modernidad” se ha inscrito claramente en la oposición “Islam y Occidente”. Y ello es debido a que Occidente sigue encendiendo la ideología de la resistencia en el marco de un pensamiento islámico que “se ha encerrado tras una valla dogmática” y agresiva hacia el Occidente opresor. De ahí que el Islam siga rechazando cualquier avance del pensamiento crítico moderno; y de ahí que se denuncie –erróneamente- la ideología combativa de “entidades abstractas” como el Corán o el Islam, cuando en realidad tan sólo funcionan como “reacción dialéctica” frente al histórico envite conquistador -político, cultural y geopolítico- de Occidente [43].

Como puntualiza Naïr, esta dialéctica de la dominación del sistema colonial –y de sus “efectos brutales”- condicionó el rechazo de las sociedades musulmanas a “la imagen y los valores de Occidente” –democracia, republicanismo, laicismo, positivismo, etc.[44]-.

¿Modernizar el Islam o islamizar la modernidad? Como decíamos al principio, se conjugan aquí dos vectores cruciales en el fenómeno del auge del extremismo religioso en el universo árabe musulmán: los procesos de aculturación –negación de la identidad cultural y religiosa de un pueblo- que siguen persistiendo desde la colonización, y el rechazo a una modernidad deshumanizada impuesta por la fuerza y de forma acelerada-.

Notas
[1] NAÏR, Sami, Las heridas abiertas – Las dos orillas del Mediterráneo: ¿un destino conflictivo?, Madrid, Santillana, 2002, p. 36.
[2] CABRERA, Hashim I., “Fanatismo y religión: el Islam ante el fanatismo”. Ponencia del Director de Verde Islam, Revista de Información y Análisis. Seminario “Libertad religiosa”, Córdoba, 26-27 de julio de 1997. Origen: www.webislam.com/numeros/1997/articulos/AL_97_04.HTM.
[3] CASANOVA, José, “Dimensiones públicas de la religión en las sociedades modernas occidentales, Iglesia Viva, n. º 178-179, Julio/Octubre 1995, pp. 395-410.
[4] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 59.
[5] PINEDA MARTÍNEZ, Diego, “El fundamentalismo como identidad política en las sociedades contemporáneas”. Origen: www.webislam.com/numeros/2000/00_5/Articulos%2000_5/Fundamentalismo_Identidad.htm, p. 1 de 4.
[6] HOBSBAWM, Eric, Naciones y Nacionalismo desde 1870, Barcelona, Crítica, 2000, p. 186.
[7] BARTOLOMÉ, Mariano, C., “Cultura y violencia a fin de siglo: el caso del Islam”, WebIslam, n.º 115, 16-2-2001. Origen: www.webislam.com/numeros/2001/01_01/Articulos%2001_01/Cultura_violencia.htm; PINEDA MARTÍNEZ, Diego, op. cit., p. 1 de 4.
[8] CORRAL SALVADOR, Carlos, GARCÍA PICAZO, Paloma, “Panorámica de los fundamentalismos hoy, en las relaciones internacionales”, en CORRAL SALVADOR, Carlos (comp.), Los Fundamentalismos religiosos hoy, en las relaciones internacionales, Madrid, Publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas (UPCO), 1994, pp. 13-14.
[9] PINEDA MARTÍNEZ, Diego, op. cit., p. 1 de 4.
[10] BARTOLOMÉ, Mariano, C., op. cit., p. 3 de 19.
[11] GARAUDY, Roger, Los integrismos – Ensayo sobre los fundamentalismos en el mundo, Barcelona, Editorial Gedisa, 1995, p. 13.
[12] GELLNER, Ernest, Postmodernismo, razón y religión, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, 1994.
[13] HALLIDAY, Fred, “El fundamentalismo en el mundo contemporáneo”, WebIslam, n.º 114, 9-2-2001. Origen: www.webislam.com/numeros/2001/01_01/Articulos%2001_01/Fundamentalismo_mundo.htm.
[14] HOBSBAWM, Eric, Naciones y…, op. cit., p. 186.
[15] HALLIDAY, Fred, “El fundamentalismo en el mundo contemporáneo”, WebIslam, n.º 114, 9-2-2001. Origen: www.webislam.com/numeros/2001/01_01/Articulos%2001_01/Fundamentalismo_mundo.htm.
[16] KEPEL, Gilles, Al Oeste de Alá – La penetración del Islam en Occidente, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, 1994.
[17] GARAUDY, Roger, op. cit., p. 15.
[18] HALLIDAY, Fred, op. cit., p. 4 de 12.
[19] GARAUDY, Roger, op. cit., p. 104.
[20] TAGUIEFF, Pierre-A., La nueva Judeofobia, Barcelona, Gedisa Editorial, 2003, p. 154.
[21] HALLIDAY, Fred, op. cit., p. 4 de 12.
[22] TAGUIEFF, Pierre-A., op. cit., p. 154.
[23] GARAUDY, Roger, op. cit., p. 81.
[24] KEPEL, Gilles, La yihad – Expansión y declive del islamismo, Barcelona, Península, 2000, p. 40.
[25] GARAUDY, Roger, op.cit., p. 84.
[26] Ibíd., p. 85.
[27] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 37.
[28] BEN-AMI, Sh., “El proceso de paz árabe-israelí y sus derivaciones geoestratégicas”, Política Exterior, vol. IX, n.º 43, 1995, p. 97.
[29] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 37.
[30] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 52.
[31] CABRERA, Hashim I., op. cit., p. 3 de 10.
[32] PINEDA MARTÍNEZ, Diego, op. cit., p. 3 de 4.
[33] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 51.
[34] PINEDA MARTÍNEZ, Diego, op.cit., p. 3 de 4.
[35] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 51.
[36] HUNTINGTON, Samuel, El choque…, op. cit., pp. 84-87.
[37] Ibíd., p. 87.
[38] TRILLO-FIGUEROA Y MARTÍNEZ CONDE, Jesús, op. cit., pp. 35 de ss., citado en IGLESIAS VELASCO, Alfonso, J., op. cit., pp. 428-429.
[39] Ibíd.
[40] TAGUIEFF, Pierre-A., op. cit., p. 54.
[41] Ponencia de Roger Garaudy en el Congreso islámico de Lyon de diciembre de 1985.
[42] KEPEL, Gilles, La revancha… op. cit, p. 7 de 19.
[43] ARKOUN, Mohammed, “Cómo conciliar Islam y modernidad”, Le Monde Diplomatique, edición española, n.º 89, Marzo 2003, p. 32.
[44] NAÏR, Sami, Las heridas…, op. cit., p. 41.

El Islam ante el fundamentalismo: ¿modernizar el Islam o islamizar la modernidad?


¿Reforma desde el interior o reforma desde fuera?

El islam ante el fundamentalismo. Imagen: www.culsans.com.ar
El islam ante el fundamentalismo. Imagen: www.culsans.com.ar

El mundo árabe se enfrenta a tres grandes retos en este nuevo siglo: activar el desarrollo de unas economías estancadas desde la década de los ochenta; superar el retraso educativo-cultural, que actúa a modo de barrera para su acceso a la sociedad del conocimiento; por último, superar el déficit de libertades en el ámbito civil y político, para construir un auténtico Estado de derecho que no discrimine a la sociedad civil, a los agentes políticos, a las minorías étnicas o religiosas y, muy especialmente, a las mujeres, que sufren una segregación en todos los ámbitos de la vida –familiar, social y política-.

Las políticas económicas puestas en marcha por los Gobiernos árabes han sido hasta ahora incapaces de dar respuesta a la precariedad social. Las economías árabes no alcanzan un ritmo de crecimiento que sea capaz de absorber las altas tasas de desempleo y la demanda de trabajo de una población que crece a un ritmo vertiginoso y que es cada vez más joven. A este hecho se suma el factor de una educación incompleta o inadecuada –enfocada a las demandas laborales actuales-. El paro y el déficit educativo generan exclusión social, en suma, pobreza. Ante este panorama, los jóvenes árabes ven su único futuro en la emigración a Occidente.

Los caminos del desarrollo se debaten en un esfuerzo de triple dimensión: regional, euromediterráneo y global. Hasta ahora, la colaboración inter-árabe no ha pasado de ser papel mojado; la supuesta “integración” euromediterránea se ha enfocado hacia la eliminación de las barreras económicas; mientras, la liberalización y apertura económica, puesta en marcha a partir de los años ochenta de la mano del FMI, ha generado desigualdades estructurales en el seno de las sociedades.

El problema de fondo es la democracia; la persistencia de regímenes autoritarios, tradicionales –legitimados en la religión-, corruptos y opresivos. El mundo árabe parece inmune a la democracia auténtica: se falsean los sistemas electorales con elecciones unipersonales –Siria y Egipto-; la oposición política, cuando es permitida, sufre la marginación y el boicot estatal; la Justicia no es independiente del Gobierno y los Parlamentos –símbolo de la soberanía popular- brillan por su ausencia en las monarquías del Golfo.

¿Cómo puede el Estado árabe moderno superar el dilema de la “libertad”? Lejos de visiones culturalistas –el Islam, el verdadero Islam, no es el problema-, la clave está en resolver el retraso socio-cultural: desarrollo económico y pensamiento crítico. ¿Reforma desde el interior o reforma desde fuera? Los líderes políticos, la sociedad civil, la oposición política… Todos ellos deben “encontrarse” para ofrecer una solución árabe al problema árabe. Una democratización impuesta, como sucede actualmente en Iraq –primer bastión democrático occidental que arrastrará a todo el Oriente Medio autocrático hacia la democracia- puede, por el contrario, desestabilizar toda la región y conducirla al caos.

Y la solución reclama su urgencia porque, en medio de este contexto de “desastre” socio-económico, cultural y político, el mensaje de los fundamentalistas cala entre las capas marginadas de la sociedad: los jóvenes sin oportunidades formativas y laborales; los campesinos desruralizados; las clases medias –científicos, técnicos- excluidas de la modernización liberal; en definitiva, los abandonados por el Estado. Todos los modelos económicos aplicados –e importados del exterior- desde la emancipación fracasaron, ya fueran socialistas o liberales: la industrialización despobló el campo y provoco el éxodo masivo a las ciudades, donde predomina el hacinamiento; con la llegada del mercado libre, se acentuó la desestructuración de la sociedad, con capas sociales enteras marginadas.

Los gobiernos nacionalistas perdieron todo su crédito ante los ojos del pueblo como agentes de progreso económico y cultural. Es aquí donde los fundamentalistas aparecen como “salvadores”, ofreciendo a los musulmanes unos orígenes en los que refugiase ante la modernidad frustrada: un Islam puro, una cultura autóctona y una identidad. Los propios Gobiernos autodenominados “laicos” habían utilizado la religión para legitimar su poder, oficializando la religión a través de clérigos sumisos. Ahora, los integristas proponían una relación a la inversa: el Estado iba a sacralizarse.

Pero el programa fundamentalista no supone más que un “regreso al pasado” –a los fundamentos- que rechaza toda actualización y adaptación a los tiempos actuales. La solución está en las fuentes, en un Corán leído sin posibilidad de “reformismo” o de “modernidad” y en una Ley Islámica –sharia- sacada de todo contexto: una Ley medieval para el hombre, la sociedad y el Estado del siglo XXI. El lastre de la dominación colonial y de los modelos posteriores de librecambismo salvaje e imposiciones culturales han conllevado una reacción dialéctica hacia la “modernidad”, como concepto asociado al imperialismo de Occidente y a sus valores: democracia, laicismo, librecambismo, etc.

Se conjugan aquí dos vectores cruciales en el fenómeno del auge del extremismo religioso en el universo árabe musulmán: los procesos de aculturación –negación de la identidad cultural y religiosa de un pueblo- que siguen persistiendo desde la colonización, y el rechazo a una modernidad deshumanizada impuesta por la fuerza y de forma acelerada -.

El auge del fundamentalismo religioso en la era de la globalización: el “regreso al pasado” frente a los problemas del mundo moderno

“Parecía inevitable una disminución progresiva de la idea prodigiosa del mundo” [1]. Parecía que en nuestro tiempo, en esta edad posmoderna, se había superado “la etapa infantil de los relatos, de las ideologías y de las creencias” [2]. Sin embargo, asistimos al renacer del hecho religioso en todas sus manifestaciones y variantes: desde la proliferación de agrupaciones esotéricas y de sectas, hasta el fenómeno de la conversión religiosa, previo paso por el despertado interés por otras tradiciones de pensamiento –budismo, Islam, hinduismo-.

Los envites de la modernidad –del progreso- han conducido a la sociedad posmoderna hacia una globalización –un monoteísmo- del pensamiento, del estilo de vida y del desarrollo económico en el marco de un mercado individualista y voraz, que atraviesa a todas las culturas y pueblos, y que encuentra su correspondiente resistencia en la “diversidad” cultural del mundo. Y esa respuesta rompe con la idea de progreso-modernidad porque busca respuestas en la religión, es decir, en el pasado. Hay un desencanto generalizado por los ideales modernos en todas aquellas sociedades que asumieron los principios de la modernidad y, como consecuencia de ello, se secularizaron. Se trata, por tanto, de un fenómeno que traspasa la barrera del individuo –de su batalla interior- para alcanzar el plano de la esfera pública. Como recuerda Casanova, la decepción de los pueblos ante la esperanza de la “modernidad” se traduce en el fracaso del laicismo –de la autonomía de lo religioso respecto de lo político-; y el fracaso del laicismo es el fracaso de la democracia [3]. Al cabo, es la religión, y no el “fetichismo del consumo”, la que llena el vacío creado por la desaparición de las “utopías laicas” [4].

La religión ha pasado a ocupar un lugar importante en el escenario político actual por la aparición de movimientos fundamentalistas-integristas que defienden la idea de una identidad comunitaria basada en la pertenencia a una secta o grupo religioso. Y esto se aplica tanto a las prácticas sociales como al debate político [5].

¿Qué es el fundamentalismo? Del protestantismo cristiano al integrismo de los Hermanos Musulmanes

Comúnmente, se utilizan los términos fundamentalismo e integrismo de forma indistinta para reflejar la naturaleza de movimientos de ideología espiritual que intentan proporcionar una “orientación práctica y moral completa”, tanto a los individuos como a la sociedad, sobre todos los aspectos de la vida a partir de textos o tradiciones [6] –Corán, Biblia, etc.-. En suma, se usan para destacar la unión entre política y religión.

Sin embargo, se trata de dos conceptos diferentes en cuanto a su origen y dimensión. El término “fundamentalismo” [7] tiene su origen a finales del siglo XIX dentro del protestantismo cristiano estadounidense, concretamente en los teólogos de Princeton. Entre 1910-1915, los pastores protestantes incorporaron estas ideas a una serie de panfletos que se repartían por las iglesias y seminarios de los Estados Unidos. Aquellos escritos, bajo el título “Los fundamentos: un testimonio de la verdad”, reclamaban la “verdad literal” de la Biblia frente a la pérdida de influencia de los principios evangélicos en América desde principios del siglo XX. De este modo, como especifican Corral Salvador y García Picazo, el fundamentalismo se circunscribe a cuestiones de naturaleza religiosa, configurándose como reacción a los procesos de modernización y, en concreto, “frente a ideas que afectan a la infalibilidad de los Textos Sagrados” [8].

Por el contrario, el término “integrismo” tiene una raíz católica, y fue utilizado por primera vez por el Partido Nacional Católico, fundado en España a finales del siglo XIX, y que abogaba por el mantenimiento de la “integridad” española [9]. Este grupo, cuyas ideas estaban influenciadas franceses ultracatólicos como Joseph de Maistre y Louis de Bonal, se autodefinió como “integrista” en relación a unas posiciones políticas que vinculaban los preceptos religiosos con la sociedad civil[10]. Aquí radica la diferencia con el fundamentalismo, en que el integrismo excede el ámbito religioso para expresarse como fenómeno también de naturaleza política. En este sentido, es Roger Garaudy quien ofrece una definición más acertada del integrismo, que consistiría en “identificar una fe religiosa o política con la forma cultural o institucional que pudo revestir en una época anterior de su historia. Creer, pues, que se posee una verdad absoluta e imponerla” [11].

El problema, en el caso del Islam –y de los movimientos fundamentalistas islámicos- que es hay una cierta simbiosis entre religión y política, ya que el Corán proporciona un modelo de organización social –que no un modelo de Estado- que es utilizado por los fundamentalistas para reclamar un Gobierno basado en los principios coránicos y una sociedad regida por la Ley Islámica –sharia-. Sin embargo, se atenderá a esta cuestión del “Islam político” en apartados sucesivos. Lo que ahora nos ocupa es la cuestión del auge del fundamentalismo y de sus rasgos y causas a nivel global y regional, es decir, en el caso del mundo árabe-musulmán.

Para Ernest Gellner, la idea básica que incorpora todo fundamentalismo religioso –aplicable tanto a cristianos, judíos o musulmanes- es que la fe “debe sostenerse firmemente en su forma completa y literal, sin concesiones, matizaciones, reinterpretaciones ni reducciones”. Esto presupone que el núcleo de la religión es la “doctrina” y no el “ritual” [12], es decir, que los preceptos recogidos en los Libros Sagrados sirven de guía para el comportamiento de los creyentes. Como apunta Fred Halliday, esta invocación a un retorno a los Textos Sagrados, leídos de forma literal, es el sentido propio del término “fundamentalismo” [13]. Los movimientos fundamentalistas basan su autoridad y obtienen su fuerza de la pretensión de poseer una “verdad universal” teóricamente aplicable a todos [14]: la “verdad” de la Biblia, de la Tora y el Talmud, del Corán, Hadith y fiqh o de los textos legales. El argumento, al cabo, es que estos textos ofrecen un programa detallado que sirve de guía al individuo –la base para definir una “vida correcta”- y de modelo organizativo para la sociedad y el Estado –el “Estado perfecto”-, recurriendo, en el caso islámico, a la sharia y al Gobierno de Alá de manera “forzada” [15]. El objetivo de esta estrategia, como subraya el reputado arabista Gilles Kepel, no es otro que la “legitimación”: “los fundamentalismos religiosos van a apelar siempre a ideales espirituales que respalden sus aspiraciones políticas” [16].

¿Los rasgos comunes de todo fundamentalismo? Según Garaudy: inmovilismo- negación de la innovación de la fe, a toda adaptación a los tiempos actuales-; regreso al pasado –apelación a la tradición, conservadurismo-; por último, intolerancia, cerrazón y dogmatismo [17]. En este último aspecto, Halliday destaca su carácter antidemocrático – grupos “potencialmente dictatoriales”- porque rechaza la premisas de la política democrática, tales como la tolerancia y los derechos individuales, en virtud de una autoridad que no proviene del pueblo sino de Dios, “inherente a las escrituras e interpretada por líderes autoelegidos” [18]. Otra característica es su “hostilidad” hacia los “enemigos” de su religión e incluso hacia las personas de su propia fe que no comparten su particular orientación. Tal es el caso de las diatribas de los hindúes contra los musulmanes, de éstos contra los judíos, y viceversa.

Centrándose ya en el caso musulmán, la característica básica patente en el fundamentalismo islámico contemporáneo es precisamente una lectura retrógrada y subversiva del Corán. En primer lugar, predomina lo que Garaudy define como “leer el Corán con ojos de cadáver”[19]. Como recuerda Taguieff, existe un poder abusivo – basado en la teocracia jomeinista- de unos “doctores de la ley” o predicadores que en la mayoría de los casos hacen “lecturas ignorantes, parciales y simplistas” de los Textos Sagrados del Islam, reduciendo su mensaje a un corpus de dogmas antimodernos –la sharia, sacada de todo contexto-, en especial en relación a la aplicación de la justicia y al estatuto inferior de la mujer[20]. En segundo lugar, predomina una interpretación radical y subversiva del Corán, con proclamas contra la “corrupción occidental”, las “conspiraciones” judías o la “ignorancia” del mundo contemporáneo [21]. Esto se traduce en un llamamiento a la yihad contra los “enemigos del Islam” -norteamericanos, judíos y falsos musulmanes- que reduce el mensaje del Islam, como recuerda Taguieff, “a una máquina de producir fanáticos” [22]. Así, en las manos de los fundamentalistas, el Islam pierde toda oportunidad de renovarse y alcanzar los tiempos modernos. Y fue precisamente esto lo que ocurrió en Egipto con el movimiento de los Hermanos Musulmanes.

Fundado en 1928 por Hassan el-Banna (1906-1949), la Hermandad Musulmana nació como un movimiento que pretendía seguir el camino abierto por el gran pensador y reformador islámico Jamal ad Din El-Afghani (1838-1897), que había hecho escuela en Egipto a través de uno de sus principales discípulos, Mohamed Abdou –gran muftí de Egipto y rector de la Universidad de El-Azhar-. En la línea de Afghani y Abdou, el-Banna buscaba la “renovación de un Islam viviente”, de carácter universal y dialogante con todas las creencias. Los Hermanos –entre los que había cristianos y “oficiales libres”- buscaban, como hombres de su tiempo, un Islam que pudiera dar una nueva respuesta a los problemas actuales, desde la economía hasta la cultura y la política. Se trataba, al cabo, de la búsqueda de una “modernidad islámica”, que no occidental [23].

Sin embargo, la Hermandad –que había participado inicialmente del proyecto nasserista- acaba sufriendo la represión del régimen nacionalista socialista de Nasser: ejecuciones masivas, exilios, prisión… Y es precisamente en las cárceles donde se produce la primera mutación de la ideología del grupo, de la mano de Sayyid Qutb (1906-1966), el llamado “Hermano de las prisiones”, que en su libro Hitos en el camino interpreta de forma subversiva un comentario del Corán: la yahiliya, la “barbarie” anterior a la llegada del profeta, en la que Qutb englobó al mundo de su época. Bajo el prisma de la yahiliya, el pensador no consideraba musulmanes a los que vivían de acuerdo con los principios del nacionalismo socialista [24]. La reorientación de los Hermanos es ya evidente a principios de los sesenta: en 1961, Mahmud al-Sawwaf, el jefe de los Hermanos iraquíes, publica en Djedda el libro Nada de socialismo en el Islam [25].

El “Islam viviente” de la Hermandad de el-Banna acaba transformándose, como señala Garaudy, en un retorno a la “tradición fosilizada” y a una obediencia incondicional a los soberanos, a los que se considera “lugartenientes de Dios”. Todo ello por obra y gracia de la propaganda integrista saudita, que financia la difusión en todo el mundo musulmán –y fuera de él- de los escritos de teóricos fundamentalistas como Ibn Taymiyya y Mawlana A. Mawdudi, sentando las bases del Estado islámico, gobernado por el califa en calidad de “sombra de Dios en la Tierra”.

El pakistaní Mawdudi definía la política islámica bajo los principios de sumisión del pueblo al “poder fuerte” de los doctores de la ley, de un sistema de pensamiento moral impuesto por ese poder, y retribución y recompensa a quienes aplican sus leyes. “No hay mejor modo de definir el integrismo” [26].

El auge del fundamentalismo en el mundo islámico: la crisis de los modelos de desarrollo

“Aunque está en muchas religiones, el fundamentalismo está en su apogeo en el Islam”. La sentencia es de Ernest Gellner, y no se trata de un diagnóstico erróneo. ¿Las causas? El fracaso de todas las estrategias de desarrollo económico llevadas a cabo desde la emancipación, y que han desembocado en una crisis de legitimidad de las elites políticas.

La obra de Gilles Kepel La revancha de Dios está precisamente basada en la conexión de los procesos de islamización con el deterioro socioeconómico que experimentan las capas sociales más amplias de los Estados musulmanes a partir de la crisis económica de los setenta. En el plano político, añade el autor, lo que entró en crisis fue el modelo estatal de desarrollo económico basado en la urbanización y la industrialización, ya fuera bajo modelos socialistas u occidentales-liberales. El nacionalismo árabe, recuerda Naïr, y todas las retóricas elaboradas tras las independencias –socialismo, democracia y liberalismo- acabaron sucumbiendo ante el desastre sociocultural [27].

En suma, ante el fracaso de modelos exportados de organización social y política –ante esta “modernización frustrada” que ha engendrado el subdesarrollo-, el fundamentalismo se convierte, bajo la descripción de Ben-Ami, en la forma de “rebelión social de los desposeídos”, que encuentran “consuelo” en el regreso a los dogmas primitivos de la religión[28]. Pero, como recuerda Naïr, “la desarticulación de lo social cala por doquier en lo político”: los excluidos del sistema recurren a la religión como arma capaz de sacralizar sus reivindicaciones y de restablecer el diluido sentimiento de comunidad. Es así como el Islam se convierte en una “política religiosa”; en “la vara por la que todo se mide” [29].

Roger Garaudy, en su ya clásico estudio Los integrismos, introduce cuatro factores principales que han desembocado el auge del fundamentalismo musulmán: el proselitismo saudí –país “epicentro” del integrismo musulmán y principal difusor del Islam más ortodoxo en virtud de su potencial económico-petrolero- ; el integrismo de Occidente –colonialismo-, como modo de negación de la identidad social, cultural y religiosa de un pueblo –caso paradigmático de Argelia-; la “decadencia moral de Occidente”, representante de una modernidad sometida al egoísmo material –caso ejemplar de la revolución iraní- y, por último, el integrismo israelí, bastión occidental en el corazón de Oriente Medio.

Con respecto al conflicto con Israel, está claro que se trata de un factor desestabilizador enconado en la región desde hace medio siglo, y que ha servido de punta de lanza a los movimientos fundamentalistas en la configuración de todo su cuerpo retórico e ideológico “antisemita” y, por extensión, “antiimperialista”. Como señala Enmanuel Sivan, el fundamentalismo islámico, en su condición de movimiento primordialmente cultural, ha adoptado también el odio a Israel desde un prisma religioso, a modo de una “cuenta pendiente” entre el Islam y el judaísmo que se remontaría a los tiempos del Profeta. En realidad, como subraya el profesor, se trata de otro ejemplo de interpretación sesgada del Corán, donde hay pocos más versículos contra los judíos que contra los cristianos.

Sin embargo, interesa estudiar el fundamentalismo islámico desde dos prismas principales: como “identidad” frente a la agresión cultural de Occidente y como rechazo a la “modernidad” occidental y todos los conceptos asociados a ésta –democracia, laicismo, liberalismo, etc.-.

El Islam como “refugio”: la “identidad islámica” frente al imperialismo cultural de Occidente

Como en la época de la colonización, cuando todo movimiento emancipador debía asentarse en los principios islámicos para evitar que la identidad del musulmán se disolviera en la cultura extranjera dominante, en el nuevo universo de la cultura única y el libre mercado, la referencia religiosa, aunque, como especifica Naïr, de una forma “mas subversiva”- se ha convertido en el epicentro de la lucha sobre las señas de identidad para las capas marginadas en el seno de unas sociedades divididas [30].

En un mundo donde la experiencia colonial ha dejado numerosas secuelas socio-económicas y culturales, y donde la esperanza del progreso –anunciado por Occidente- bajo los modelos comunistas y capitalistas se ha traducido en más desigualdad, en más pobreza y en más fenómenos de aculturación, la referencia religiosa se ha convertido, en palabras de Cabrera, en la ideología de la reivindicación de los excluidos, que buscan una vuelta a los principios de su religión como modo de vida y como modelo que asegure el progreso [31].

El fundamentalismo islámico es un movimiento “socialmente fortaleciente” y “absorbente” [32], que radicaliza el “Islam espontáneo” del musulmán que busca la esperanza en su fe, dando así coherencia y sentido a su lucha[33]. Se produce así un movimiento de subversión que se rebela contra las prácticas sociales secularizadas y contra el propio Estado, deslegitimado en su papel de agente modernizador.

Los integristas ofrecen a miles de creyentes desorientados, marginados y oprimidos un sentido y orientación para sus vidas: la “alta cultura” de su propia fe, lo que supone un ascenso social y moral y la conquista de una “identidad” y de una “dignidad” [34]. Se trata, al cabo, de un refugio identitario que se erige como la solución perfecta para un “mundo imperfecto”[35].

“Islam” y “modernidad” en el marco de la dialéctica de la dominación Occidental

Según Samuel Huntington, hay tres posibles actitudes ante Occidente y la modernización: el “kemalismo”, el “reformismo” y el “rechazo a ultranza”[36]. Estas tres posibilidades vienen a coincidir con las tres actitudes que se han dado en el mundo musulmán a partir de la histórica pugna entre “Islam” y “Occidente”: los “laicistas”, los “reformistas” y los “fundamentalistas”.

Los “kemalistas” o “laicistas” se distinguen por la aceptación de ambos conceptos, “modernización” y “modernidad”, lo que conlleva la necesaria abolición de la cultura autóctona. Este modelo debe su nombre al proceso occidentalización de la vida turca de manos del reformador Mustafá Kemal, que fundó la Turquía moderna bajo los principios del laicismo y la renuncia a la influencia religiosa en las costumbres sociales y la política.

El “reformismo”, por su parte, intenta conservar los valores islámicos, pero adaptándolos a la vida moderna. Fue lo que intentaron pensadores como Afghani y Abdou, que intentaron conciliar Islam y modernidad [37]. Como señala Trillo-Figueroa, los “reformistas” pretenden incorporar al Islam las costumbres políticas occidentales y el liberalismo parlamentario [38].

Pero tanto el laicismo como el reformismo fracasaron en su intento de ofrecer soluciones viables a las sociedades musulmanas. Frente a estos dos movimientos, el “fundamentalismo” o “rechazo a ultranza” de Occidente y la modernidad se erige en el seno de la comunidad islámica. Los “fundamentalistas” aspiran a aplicar la sharia tal y como fue elaborada hace siglos, sin necesidad de actualizarla, y la convierten en un programa detallado de ideales políticos [39].

Como enfatiza Huntington, el fundamentalismo más radical rechaza tanto la modernización como la occidentalización, en el sentido que Occidente asigna al concepto de modernidad: como vehículo de progreso, de procesos que se han producido en el seno de sus sociedades: democracia, libre mercado, etc. De lo que se trata, al cabo, como señala Taguieff, es de disociar los conceptos de “modernidad” y “Occidente” para, de algún modo, “islamizar la modernidad”. Este postulado parte de la creencia de que la civilización occidental es abominable, y de que supone una amenaza para la comunidad islámica. Se trata de una enfermedad: la “occidentosis” [40].

Estamos ante un postulado defendido también por pensadores como Roger Garaudy –convertido al Islam- que denuncia una “modernidad” “intrínsecamente opresiva y alienante”, y que además viene siendo “confundida” con el capitalismo o la civilización occidental [41]. Al cabo, los movimientos islamistas se sienten preparados para oponer a los problemas actuales su mensaje de liberación, islamizando la modernidad. Su proyecto, como señala Kepel, es “disociar” en la base de la “modernidad” lo científico de lo moral, a la vista de que el laicismo y el progreso tecnológico han sido incapaces de recomponer a unas sociedades desmembradas [42].

Para el reputado académico árabe Mohammed Arkoun, el debate entre “Islam” y “modernidad” se ha inscrito claramente en la oposición “Islam y Occidente”. Y ello es debido a que Occidente sigue encendiendo la ideología de la resistencia en el marco de un pensamiento islámico que “se ha encerrado tras una valla dogmática” y agresiva hacia el Occidente opresor. De ahí que el Islam siga rechazando cualquier avance del pensamiento crítico moderno; y de ahí que se denuncie –erróneamente- la ideología combativa de “entidades abstractas” como el Corán o el Islam, cuando en realidad tan sólo funcionan como “reacción dialéctica” frente al histórico envite conquistador -político, cultural y geopolítico- de Occidente [43].

Como puntualiza Naïr, esta dialéctica de la dominación del sistema colonial –y de sus “efectos brutales”- condicionó el rechazo de las sociedades musulmanas a “la imagen y los valores de Occidente” –democracia, republicanismo, laicismo, positivismo, etc.[44]-.

¿Modernizar el Islam o islamizar la modernidad? Como decíamos al principio, se conjugan aquí dos vectores cruciales en el fenómeno del auge del extremismo religioso en el universo árabe musulmán: los procesos de aculturación –negación de la identidad cultural y religiosa de un pueblo- que siguen persistiendo desde la colonización, y el rechazo a una modernidad deshumanizada impuesta por la fuerza y de forma acelerada-.