jueves, 15 de octubre de 2015

¿Qué rumbo debe seguir la política exterior de los Estados Unidos?

Pero esas acusaciones son retórica política partidista poco basada en un análisis riguroso de políticas. Más exacto es ver el talante actual como una oscilación del péndulo de la política exterior de los EE.UU. entre lo que Stephen Sestanovich, de la Universidad de Columbia, ha llamado políticas “maximalistas” y políticas de “repliegue”.
El repliegue no es aislacionismo; es un ajuste de los fines y medios estratégicos. Entre los presidentes que aplicaron políticas de repliegue desde el fin de la segunda guerra mundial figuraron Dwight Eisenhower, Richard Nixon, Jimmy Carter y ahora Obama. Ningún historiador objetivo los consideraría aislacionistas.
Eisenhower se presentó a la elección presidencial en 1952 porque se oponía al aislacionismo de Robert Taft, el principal candidato republicano. Si bien Nixon estaba convencido de que los EE.UU. estaban en decadencia, los otros no. Todos ellos eran profundamente internacionalistas en comparación con los verdaderos aislacionistas del decenio de 1930, quienes se oponían enconadamente a que se acudiera en ayuda de Gran Bretaña en la segunda guerra mundial.
Los historiadores pueden sostener de forma creíble que los períodos de un compromiso excesivamente maximalista han perjudicado más al lugar ocupado por los Estados Unidos en el mundo que los de repliegue. La reacción política interna al idealismo mundial de Woodrow Wilson produjo el intenso aislacionismo que retrasó la reacción de los EE.UU. contra Hitler. La escalada de la guerra en el Vietnam durante las presidencias de John F. Kennedy y Lyndon Johnson produjo el giro centrado en los asuntos internos del decenio de 1970 y la desacertada invasión del Iraq por parte de George W. Bush creó el actual talante propicio al repliegue.
Si dicho talante llega a ser una cuestión de debate en la campaña presidencial de 2016, como indica la retórica temprana de la campaña, los americanos deberían abandonar el falso debate sobre el aislacionismo y, en su lugar, abordar tres preguntas fundamentales sobre el futuro de la política exterior del país: ¿qué proporciones debe tener? ¿Hasta qué punto debe ser intervencionista y hasta qué punto multilateral?
La primera pregunta se refiere a cuánto deberían gastar los EE.UU. en defensa y política exterior. Aunque algunos sostienen que este país no tiene otra opción que la de limitar sus desembolsos en esos sectores, no es así. Como porcentaje del PIB, los EE.UU. están gastando menos que en el punto máximo de la Guerra Fría, cuando estaba consolidándose el siglo de la hegemonía americana.
El problema no estriba en cañones frente a mantequilla, sino cañones frente a  mantequilla y frente a impuestos. Sin una buena disposición a aumentar los ingresos, el gasto en defensa está bloqueado en una disyuntiva de suma cero con inversiones importantes, como, por ejemplo, en educación, infraestructuras e investigación e innovación, todas las cuales son decisivas para la fuerza interior de los EE.UU. y su posición mundial.
La segunda pregunta se refiere a cómo y de qué formas deberían los EE.UU. intervenir en los asuntos internos de otros países. Obama ha dicho que deberían recurrir a la fuerza –unilateralmente, de ser necesario– cuando su seguridad o la de sus aliados estén amenazadas. Cuando no sea así, pero la conciencia inste al país a actuar –contra un dictador, pongamos por caso, que mate a gran número de sus ciudadanos–, los EE.UU. no deberían intervenir por sí solos y deberían recurrir a la fuerza sólo si hubiera buenas perspectivas de éxito.
Se trata de principios aceptables, pero, ¿cuáles son los umbrales? Ese problema no es nuevo. Hace casi dos siglos, John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos, estaba debatiendo con las peticiones internas de intervención en la guerra por la independencia de Grecia cuando hizo su célebre afirmación de que los EE.UU. “no van al extranjero en busca de monstruos que destruir”, pero, ¿y si la tolerancia en el caso de una guerra civil como la de Siria permite a un grupo terrorista como el Estado Islámico hacerse con un refugio seguro?
Los EE.UU. deberían dejar de hacer invasiones y ocupaciones. En una época de nacionalismo y poblaciones socialmente movilizadas, la ocupación extranjera, como con razón concluyó Eisenhower en el decenio de 1950, ha de engendrar por fuerza resentimiento, pero, ¿con qué se puede substituir? ¿Es suficiente la potencia aérea y la capacitación de fuerzas extranjeras? En particular en Oriente Medio, donde es probable que las revoluciones duren una generación, será difícil lograr una hábil combinación de poder duro y poder blando.
Discursos recientes de los candidatos a la presidencia de los EE.UU. muestran que ya ha comenzado el debate sobre las dos primeras preguntas, pero no conviene a los EE.UU. pasar por alto la tercera pregunta. ¿Cómo puede este país fortalecer las instituciones, crear redes y establecer políticas para gestionar las cuestiones transnacionales?
La dirección por parte del país más potente es importante para la producción de bienes públicos mundiales. Lamentablemente, el estancamiento de la política interior de los EE.UU. crea con frecuencia un bloqueo al respecto. Por ejemplo, el Senado no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, pese a que redundaría en beneficio del interés nacional de los Estados Unidos: de hecho, éstos necesitan dicha Convención para respaldar su posición sobre cómo resolver las reclamaciones territoriales opuestas en el mar de la China meridional.
De forma similar, el Congreso no cumplió con el compromiso de apoyar en el Fondo Monetario Internacional la redistribución de la capacidad de voto correspondiente a los países con mercados en ascenso, aunque hacerlo costaría muy poco. Así se abonó el terreno para que China lanzara su Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (que después los EE.UU. intentaron bloquear erróneamente, con considerable costo para su reputación). Y hay una fuerte resistencia en el Congreso a fijar límites a las emisiones de carbono en el período previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París el próximo mes de diciembre.
Las de cuánto gastar en asuntos exteriores y hasta qué punto intervenir en crisis lejanas son cuestiones importantes, pero los americanos deberían estar igualmente preocupados por que el “excepcionalismo” de su país esté degenerando en un “exencionalismo”. ¿Cómo pueden los EE.UU. conservar la dirección mundial, si otros países ven que el Congreso bloquea constantemente la cooperación internacional? Ese debate aún no se ha iniciado.



La democracia de Estados Unidos, en manos de 158 familias


cciones proviene del 0,00014% de los estadounidenses
El 87% donó al Partido Republicano, sólo el 13% al Demócrata

La orientación política de ese grupo es muy clara: 138 familias -nada menos que el 87% del total- donaron al Partido Republicano, y sólo 20 -el 13%- al demócrata. Es algo que ya detectó la agencia de noticias Bloomberg el 15 de septiembre, cuando, en un análisis similar, comprobó que "incluso en enclaves tradicionalmente demócratas, la mayor parte de las grandes donaciones están fluyendo a candidatos republicanos". En su noticia, Bloomberg -propiedad del ex alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, cuya fortuna es de 34.100 millones de euros y que en 2012 ya se planteó presentarse a la Presidencia pagándose su propia campaña- destacaba que los donantes de Hillary Clinton "no han firmado cheques por más de un millón de dólares".No es la democracia del 1%. Es la democracia del 0,00014%. Estados Unidos tiene 117 millones de familias según el Censo que elabora la Administración de ese país. Pero 158 de esas familias -el 0,00014%- han aportado el 45,3% de todas las donaciones recibidas por los candidatos a las elecciones de ese país que se celebran el 8 de noviembre de 2016. El otro 54,7% queda para los otros 117 millones.
Ése es el resultado de un análisis llevado a cabo por el diario 'The New York Times'de los datos de la Comisión Federal Electoral y la Hacienda de EEUU, y que abarca desde el 1 de enero hasta el 30 de junio pasados. A lo largo de ese periodo, los estadounidenses donaron 388 millones de dólares (264 millones de euros) a los candidatos a la Casa Blanca. De esa cantidad, 176 millones de dólares de dólares (154 millones de euros) procedieron de 158 familias.
De modo que, cuando el candidato de la izquierda demócrata Bernie Sanders dijo en el primer debate de ese partido, celebrado el martes, que "el Congreso no regula a Wall Street; Wall Streeet regula al Congreso", estaba declarando lo que es obvio. Pero el debate lo ganó Hillary Clinton, que es, ademas, la candidata de ese partido con apoyos más sólidos entre el mundo del dinero.
Lo mismo pasa con las donaciones. Algunas proceden de sectores bien conocidos, como el financiero, el del petróleo o el de la sanidad. Pero también hay un grupo considerable de la industria del entretenimiento y de la de las nuevas tecnologías. Ésas son dos industrias en las que se concentran los apoyos de los demócratas, y es que Google tiene más poder poder en la Casa Blanca de Obama que Goldman Sachs en la de George W. Bush. Algunos de los mayores donantes proceden de sectores difícilmente imaginables, como el azucarero, los cítricos o lacarne de pollo. Claro que, si se miran algunos de los mayores conflictos comerciales de EEUU con el resto del mundo, destacan los que se han producido por las importaciones de naranjas y azúcar, y por las exportaciones de carne de pollo.
Así pues, EEUU ha conseguido llegar en el siglo XXI al ideal de la democracia ateniense. Ideal en el sentido estricto. En Atenas, el 80% de la población no votaba, ya que eran mujeres, esclavos o varones libres que no pertenecían a la oligarquía de 10 tribus que controlaban la política de la ciudad-estado.
El peso de estas familias en la política estadounidense se debe a una decisión del Supremo de ese país, que en 2010 aprobó -con los votos a favor de los cinco jueces nombrados por los republicanos y el rechazo de los cuatro puestos por los demócratas- que las organizaciones sin ánimo de lucro pueden gastar fondos ilimitados, recibir donaciones sin límite, y no informar de quiénes les han dado esos fondos en campañas políticas. En otras palabras: que siempre que no apoyen a un candidato explícitamente -pero sí a la agenda de un candidato- esas organizaciones no tendrán ningún límite en su actividad, al contrario que las campañas oficiales.
Esa decisión dio lugar a los Supercomités de Acción Política (Super PACs, según sus siglas en inglés), que reciben y gastan dinero a chorros, y a los que van la mayor parte de los donativos de las grandes familias. Como ha explicado a EL MUNDO el máximo responsable de una empresa que trabaja en campañas desde hace varios años, que ha preferido no dar su nombre, "si en 2016 decidimos participar en alguna carrera presidencial, será posiblemente trabajando para algún PAC. Hay mucho más dinero y la regulación es mucho menor".
Ahora bien, el dinero no garantiza la victoria electoral. Según el Centro para la Integridad Pública-una organización que analiza el impacto del dinero en la politica de EEUU- cada voto a Mitt Romney en las elecciones de 2012 salió por siete dólares y medio. Obama, sin embargo, con sólo un dolar y medio por votante, salió elegido. Con semejantes decisiones de inversión, cabe peguntarse si la elite económica estadounidense sabe lo que hace con su dinero cuando invierte en un candidato.
Claro que muchos multimillonarios tienen mecanismos que van más allá de las donaciones para influir en los resultados electorales. Ése es el caso de David Siegel -propiteario de la empresa de apartamentos en multipropiedad Westgate, la mayor del mundo- y su esposa Jackie, que aparecen en la lista de 'The New York Times'. En el premiado documental 'The Queen of Versailles' ('La reina de Versalles'), sobre esta familia, David Siegel explica su estrategia en las elecciones de 2000, en las que George W. Bush se impuso al democrata Al Gore gracias a, precisamente, el Estado donde estos millonarios tienen su base de operaciones: Florida.
Mirando tranquilamente a la cámara, Siegel explica: "Hice que los supervisores llevaran a cabo un sondeo de toda la plantilla. Si iban por Bush, les hacíamos registrarse para votar; si iban por Gore, no. El día de las elecciones nos aseguramos de que todos los que apoyaban a Bush votaran".
Think tanks' y universidades estadounidenses dependen de donaciones interesadas para poder financiar sus actividades

"No digas que trabajo en un 'hedge fund', pon sólo que estoy en un 'think tank'".
Ésa es una clásica frase de Washington. ¿Por qué? Porque si en un artículo se cita a alguien como trabajador en un 'hedge fund' (un fondo de inversión que no está regulado), su imparcialidad puede ser cuestionada. Pero si se le asocia a un 'think tank', su virginidad en materia de políticas públicas queda garantizada.
En España, cuando hablamos de los 2.400 'think tanks' que pueblan Washington, se nos llena la boca de fervor reverencial. Los mismo que cuando citamos a cualquier estudio de una universidad de EEUU Incluyendo, claro está, el trabajo realizado en 2014 por las prestigiosas Universidades de Princeton y Northwestern Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups, and Average Citizens, en el que se analizan 1.779 políticas públicas para demostrar que EEUU es, técnicamente, una oligarquía en la que el proceso de toma decisiones se hace en función de grupos de interés y no de la opinión pública en su conjunto.
Pero ni los 'think tanks' ni las Universidades están libres de pecado. Un académico o un investigador necesitan tener alrededor de cuatro millones de dólares (3,5 millones de euros) para que, con los intereses de ese capital, su 'think tank' o universidad, genere unos intereses de alrededor de 100.000 dólares con los que financiar su actividad y permitirle comer y pagar la hipoteca. Eso exige donaciones que no son desinteresadas.
Un ejemplo: Brookings Institution, el 'think tank' más prestigioso del mundo, tieneel Centro Saban para Oriente Medio, en el que hay poco espacio para voces que disientan de la política exterior israelí, y que toma su nombre de la persona que financió su creación: el multimillonario proisraelí Haim Saban, uno de los dueños de la cadena de televisión en español Univision, que está en la lista de los 158 donantes de 'The New York Times'.
Saban también es uno de los mayores donantes de las campañas de Bill y Hillary Clinton. Así que no es de extrañar que, cuando le preguntaron a Hillary el miércoles en el debate que de qué enemigos se sentía más orgullosa, ésta respondiera, "los iraníes y los republicanos". La ex secretaria de Estado es muy 'dura' en política exterior. Pero también sabe dónde está el dinero.
Claro que para donaciones, los 1.000 millones de dólares que el ex secretario de Comercio y financiero de Wall Street Peter G. Peterson donó en 2006 al Instituto para la Economía Internacional, el centro de estudios más prestigioso del mundo en análisis de economía internacional. Ante tal generosidad, el centro cambió su nombre en 2007 por el de Instituto Peter G. Peterson para la Economía Internacional. Su último fichaje es el ex economista jefe del FMI y profesor del MIT, el francés Olivier Blanchard. Si cruza la calle, Blachard podrá comer en el bar de Brookings con el ex presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, que trabaja allí, aunque también asesora a 'hedge funds'.
Si no, siempre se puede fundar un 'think tank'. Eso es lo que hicieron en 1974 los mayores donantes del Partido Republicano, los hermanos David y Charles Koch, que tienen un patrimonio conjunto de 72.500 millones de euros, con el Cato Institute, el 'think tank libertario' (léase ultraliberal) más influyente del mundo. Un año antes, el multimillonario de la cerveza Joseph Coors y el de la banca y el petróleo Richard Mellon Scaife, se habían decepcionado porque el centro de estudios conservador por excelencia de Washington, el American Enterprise Institute, se había negado a adecuar su calendario de investigación al calendario del Congreso. ¿La solución? Fundar su propio 'think tank', la Heritage Foundation.Hoy, Heritage es el principal 'laboratorio de ideas' del Tea Party.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Un choque de civilizaciones occidentales

Diana Pinto

La división se produce dentro de los Estados Unidos, la Unión Europea e Israel y –lo que es igualmente importante– en las comunidades judía y cristiana. En un lado están políticos como la Canciller de Alemania Angela Merkel, el Presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, el Presidente de los Estados Unidos Barack Obama, el ex ministro de Servicios Sociales Isaac Herzog y figuras religiosas como el Papa Francisco. En el otro están el Primer Ministro de Hungría, Viktor Orbán, la política nacionalista francesa Marine Le Pen, el candidato republicano a la presidencia de los EE.UU. Donald Trump, el Primer Ministro de Israel Benyamin Netanyahu, el cardenal de Hungría Péter Erdö y legiones de otros clérigos europeos orientales.
Cada uno de los bandos comparte un punto de vista fundamental sobre el papel de los refugiados en la sociedad. El primer grupo se compone de quienes consideran los valores democráticos más importantes que las identidades étnicas o nacionales. En su opinión, quienquiera que cumpla las leyes de un país puede llegar a ser un ciudadano de pleno derecho y contribuir a la vitalidad de su país de adopción.
Según dicha opinión, la inclusión del “otro” –personas de países y culturas diferentes– no destruye la identidad nacional; la enriquece con nuevas ideas y comportamientos. Los partidarios de ese mestizaje señalan a extranjeros o sus descendientes que han alcanzado posiciones prominentes en sus países de adopción: un latino miembro del Tribunal Supremo de los EE.UU., juristas alemanes expertos en asuntos constitucionales de origen turco, prefectos franceses cuyos padres y abuelos llegaron del norte de África, lores y baronesas británicos con raíces en África y el Caribe y escritores italianos de origen indio.
Así, pues, los partidarios de esa concepción del mundo consideran las vallas y los muros insultos a la Humanidad, prueba de que quienes los construyen y mantienen no confían en la pujanza de su país. Sobre todo, se adhieren a una posición universal basada en el derecho internacional y principios éticos, morales y religiosos.
Los cristianos y judíos de este bando subrayan que la acogida de extranjeros y personas necesitadas forma parte de la esencia misma de sus credos respectivos. Acoger a los necesitados es un imperativo ético, no una opción políticamente condicionada. Pese a que la mayoría de los refugiados procede de países árabes conocidos por su antisemitismo y su posición anti-Israel, los intelectuales judíos de este bando han sido unánimes al acogerlos con los brazos abiertos. Entretanto, el Papa Francisco ha dicho con claridad que la acogida a los refugiados forma parte de los valores cristianos.
En el otro lado de la división están quienes temen a los otros como una amenaza a la identidad nacional. Su respuesta visceral es la de construir vallas y muros, lo más largos y altos posible, ya sea en la frontera entre México y los Estados Unidos, en la frontera de Israel con Egipto o en la frontera de Hungría con Servia (o incluso con Croacia, que es también miembro de la UE). No es casualidad que las autoridades húngaras y búlgaras hayan recurrido a empresas israelíes en busca de asesoramiento técnico sobre la construcción de sus vallas.
Los miembros de este bando no creen que las sociedades civiles dinámicas puedan integrar a personas de orígenes diferentes en ámbitos democráticos abiertos o que sus países puedan beneficiarse de su acogida. El riesgo que representan algunas manzanas podridas (traficantes de drogas mexicanos, terroristas islámicos, migrantes económicos o quienes deseen aprovecharse de los sistemas de asistencia social) pesa más que cualesquiera beneficios que la inmensa mayoría de los jóvenes y decididos recién llegados podrían brindar.
Tampoco cree este bando en las convenciones internacionales sobre los derechos de los solicitantes de asilo o el deber de los países signatarios de acogerlos. Se ridiculiza toda apelación a los derechos humanos como si fuera una ingenuidad peligrosa, como también las referencias a los imperativos morales o religiosos. En cambio, se insiste en proteger a la “nación” contra virus extranjeros. Quienes promueven esas opiniones no son sólo políticos, sino también autoridades religiosas destacadas, incluidos prelados católicos de la Europa oriental, la derecha evangélica de los EE.UU. y los rabinos nacionalistas de Israel.
Ese choque de civilizaciones occidentales no puede ser más importante. Quienes cierran puertas y construyen muros no pertenecen a la misma familia que quienes acogen a los necesitados en nombre de valores más altos. Están en juego los principios fundacionales de nuestras tradiciones democráticas: unos principios debilitados por el propio choque.



Grandes petroleras, grandes tabacaleras, grandes mentiras

BILL MCKIBBEN 

Y, a principios de la década de 1980, los científicos de Exxon tenían mucho más que una leve idea. Ellos no sólo entendían la ciencia detrás del cambio climático, sino que también reconocían el propio papel superlativo que desempeñaba la empresa en lo que respecta a impulsar el fenómeno. Al darse cuenta que los efectos potenciales eran “catastróficos” para una porción significativa de la población, instaron a los altos ejecutivos de Exxon para que estos tomen medidas. Pero en lugar de actuar como se les recomendaba, los ejecutivos ocultaron la verdad.
Puede haber un aspecto positivo en esta irritante historia: la reciente investigación que puso al descubierto los engaños de Exxon podría terminar catalizando la acción necesaria para abordar la crisis climática que amenazantemente se avecina. Al fin de cuentas, revelaciones similares relativas a la industria del tabaco – sobre qué era lo que las  principales compañías de cigarrillos conocían y cuándo lo llegaron a conocer – han transformado el panorama de la salud pública.
En el año 1996 una serie de demandas ante las cortes obligaron a que las empresas tabacaleras mostraran públicamente millones de documentos internos, mismos que confirmaron lo que los promotores y formuladores de políticas de salud pública habían sospechado durante mucho tiempo: ya en la década de 1950, la industria sabía que  la nicotina era adictiva y  que los cigarrillos causaban cáncer. Pero, para proteger sus propios intereses, las grandes tabacaleras engañaron deliberadamente al público, haciendo todo lo posible para poner en duda los hallazgos científicos que estas empresas sabían que eran precisos. Tales tácticas permitieron que la industria retrasara, durante más de 50 años, la regulación que podría haber salvado millones de vidas al año.
Sin embargo, después de las revelaciones quedó en claro que la industria del tabaco era una fuerza malévola que no tenía cabida dentro del proceso de formulación de políticas. Cuando las grandes tabacaleras salieron de la ecuación, los promotores de la salud, armados con pruebas de los verdaderos efectos del consumo de tabaco, pudieron finalmente obligar a sus gobiernos a que actúen.
En el año 2003, los líderes mundiales acordaron firmar el Convenio Marco para el Control del Tabaco (CMCT), negociado bajo los auspicios de la Organización Mundial de la Salud. Hoy en día, este acuerdo cubre al  90% de la población mundial y ha contribuido a una disminución significativa en las ventas de las empresas tabacaleras a nivel mundial. Con el tiempo, se salvarán cientos de millones de vidas (y se ahorrarán grandes sumas en los presupuestos de atención de salud de los gobiernos).
Al presente está muy claro que las grandes petroleras siguieron el manual de estrategias de las grandes tabacaleras. En el año 1997, casi dos décadas después de que comenzaron a estudiar el cambio climático acallaron sus investigaciones, afirmando que la climatología estaba “lejos de ser clara” y, por lo tanto, no “apoyaba los recortes obligatorios en el uso de energía”.
Además de suprimir sus propios hallazgos, ExxonMobil (y sus pares) fueron aún más lejos, ya que financiaron y promovieron la pseudociencia, así como también atacaron a los científicos que advertían sobre el inminente desastre climático. El abordaje de las empresas de combustibles fósiles fue tan eficaz que los medios de comunicación recién ahora están comenzando a reconocer el papel de liderazgo que desempeñó esta industria en la creación – casi sin ningún fundamento – del llamado “debate climático”.
Sin embargo, quizás el mayor éxito de las grandes petroleras fue la disminución de la voluntad política para implementar la regulación apropiada. Incluso después de que la comunidad internacional adoptó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) en 1992, la industria de los combustibles fósiles logró bloquear avances significativos – hasta el punto de que, si una acción seria no se toma pronto, el proceso en su totalidad podría desmoronarse.
En Europa, el cabildeo de Royal Dutch Shell diluyó tanto los esfuerzos de la Unión Europea que ahora no existen objetivos vinculantes con respecto a energías renovables o eficiencia energética para los países de manera individual. La empresa incluso envió una carta a la Comisión Europea afirmando que “el gas es bueno para Europa”. En la actualidad, Shell y otras empresas petroleras están comprometiéndose a trabajar como “asesores” de los gobiernos nacionales en temas relacionados a cómo hacer frente al cambio climático.
Al igual que los archivos de información sobre el tabaco sacaron a la industria tabacalera de los procesos de formulación de políticas, la investigación Exxon debería obligar a que los líderes mundiales saquen a la industria de los combustibles fósiles de los esfuerzos para resolver la crisis climática. Al fin de cuentas, ninguna política puede tener éxito si quienes le dan forma están apostando a favor de su fracaso.
El punto de inflexión para la política de salud pública relacionada con el tabaco se produjo cuando la depravación de dicha industria se tornó en un asunto indiscutible. Ahora, ese momento ha llegado para el movimiento climático. No podemos esperar que la industria de los combustibles fósiles vaya a cambiar sus maneras de actuar. En su calidad de alianza de grupos de derechos humanos, los activistas ambientales y los promotores de la rendición de cuentas de las corporaciones ya están solicitando la completa expulsión de esta industria del proceso de formulación de políticas.
Los científicos de Exxon estaban en lo cierto: los efectos del cambio climático en muchas comunidades sí son catastróficos. Con tantas vidas en juego – y evidencia tan clara de la amenaza – las grandes petroleras, de la misma manera que las grandes tabacaleras antes que ellas, deben ser tratadas por lo que son: grandes problemas.

¿Qué rumbo debe seguir la política exterior de los Estados Unidos?


Pero esas acusaciones son retórica política partidista poco basada en un análisis riguroso de políticas. Más exacto es ver el talante actual como una oscilación del péndulo de la política exterior de los EE.UU. entre lo que Stephen Sestanovich, de la Universidad de Columbia, ha llamado políticas “maximalistas” y políticas de “repliegue”.
El repliegue no es aislacionismo; es un ajuste de los fines y medios estratégicos. Entre los presidentes que aplicaron políticas de repliegue desde el fin de la segunda guerra mundial figuraron Dwight Eisenhower, Richard Nixon, Jimmy Carter y ahora Obama. Ningún historiador objetivo los consideraría aislacionistas.
Eisenhower se presentó a la elección presidencial en 1952 porque se oponía al aislacionismo de Robert Taft, el principal candidato republicano. Si bien Nixon estaba convencido de que los EE.UU. estaban en decadencia, los otros no. Todos ellos eran profundamente internacionalistas en comparación con los verdaderos aislacionistas del decenio de 1930, quienes se oponían enconadamente a que se acudiera en ayuda de Gran Bretaña en la segunda guerra mundial.
Los historiadores pueden sostener de forma creíble que los períodos de un compromiso excesivamente maximalista han perjudicado más al lugar ocupado por los Estados Unidos en el mundo que los de repliegue. La reacción política interna al idealismo mundial de Woodrow Wilson produjo el intenso aislacionismo que retrasó la reacción de los EE.UU. contra Hitler. La escalada de la guerra en el Vietnam durante las presidencias de John F. Kennedy y Lyndon Johnson produjo el giro centrado en los asuntos internos del decenio de 1970 y la desacertada invasión del Iraq por parte de George W. Bush creó el actual talante propicio al repliegue.
Si dicho talante llega a ser una cuestión de debate en la campaña presidencial de 2016, como indica la retórica temprana de la campaña, los americanos deberían abandonar el falso debate sobre el aislacionismo y, en su lugar, abordar tres preguntas fundamentales sobre el futuro de la política exterior del país: ¿qué proporciones debe tener? ¿Hasta qué punto debe ser intervencionista y hasta qué punto multilateral?
La primera pregunta se refiere a cuánto deberían gastar los EE.UU. en defensa y política exterior. Aunque algunos sostienen que este país no tiene otra opción que la de limitar sus desembolsos en esos sectores, no es así. Como porcentaje del PIB, los EE.UU. están gastando menos que en el punto máximo de la Guerra Fría, cuando estaba consolidándose el siglo de la hegemonía americana.
El problema no estriba en cañones frente a mantequilla, sino cañones frente a  mantequilla y frente a impuestos. Sin una buena disposición a aumentar los ingresos, el gasto en defensa está bloqueado en una disyuntiva de suma cero con inversiones importantes, como, por ejemplo, en educación, infraestructuras e investigación e innovación, todas las cuales son decisivas para la fuerza interior de los EE.UU. y su posición mundial.
La segunda pregunta se refiere a cómo y de qué formas deberían los EE.UU. intervenir en los asuntos internos de otros países. Obama ha dicho que deberían recurrir a la fuerza –unilateralmente, de ser necesario– cuando su seguridad o la de sus aliados estén amenazadas. Cuando no sea así, pero la conciencia inste al país a actuar –contra un dictador, pongamos por caso, que mate a gran número de sus ciudadanos–, los EE.UU. no deberían intervenir por sí solos y deberían recurrir a la fuerza sólo si hubiera buenas perspectivas de éxito.
Se trata de principios aceptables, pero, ¿cuáles son los umbrales? Ese problema no es nuevo. Hace casi dos siglos, John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos, estaba debatiendo con las peticiones internas de intervención en la guerra por la independencia de Grecia cuando hizo su célebre afirmación de que los EE.UU. “no van al extranjero en busca de monstruos que destruir”, pero, ¿y si la tolerancia en el caso de una guerra civil como la de Siria permite a un grupo terrorista como el Estado Islámico hacerse con un refugio seguro?
Los EE.UU. deberían dejar de hacer invasiones y ocupaciones. En una época de nacionalismo y poblaciones socialmente movilizadas, la ocupación extranjera, como con razón concluyó Eisenhower en el decenio de 1950, ha de engendrar por fuerza resentimiento, pero, ¿con qué se puede substituir? ¿Es suficiente la potencia aérea y la capacitación de fuerzas extranjeras? En particular en Oriente Medio, donde es probable que las revoluciones duren una generación, será difícil lograr una hábil combinación de poder duro y poder blando.
Discursos recientes de los candidatos a la presidencia de los EE.UU. muestran que ya ha comenzado el debate sobre las dos primeras preguntas, pero no conviene a los EE.UU. pasar por alto la tercera pregunta. ¿Cómo puede este país fortalecer las instituciones, crear redes y establecer políticas para gestionar las cuestiones transnacionales?
La dirección por parte del país más potente es importante para la producción de bienes públicos mundiales. Lamentablemente, el estancamiento de la política interior de los EE.UU. crea con frecuencia un bloqueo al respecto. Por ejemplo, el Senado no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, pese a que redundaría en beneficio del interés nacional de los Estados Unidos: de hecho, éstos necesitan dicha Convención para respaldar su posición sobre cómo resolver las reclamaciones territoriales opuestas en el mar de la China meridional.
De forma similar, el Congreso no cumplió con el compromiso de apoyar en el Fondo Monetario Internacional la redistribución de la capacidad de voto correspondiente a los países con mercados en ascenso, aunque hacerlo costaría muy poco. Así se abonó el terreno para que China lanzara su Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (que después los EE.UU. intentaron bloquear erróneamente, con considerable costo para su reputación). Y hay una fuerte resistencia en el Congreso a fijar límites a las emisiones de carbono en el período previo a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París el próximo mes de diciembre.
Las de cuánto gastar en asuntos exteriores y hasta qué punto intervenir en crisis lejanas son cuestiones importantes, pero los americanos deberían estar igualmente preocupados por que el “excepcionalismo” de su país esté degenerando en un “exencionalismo”. ¿Cómo pueden los EE.UU. conservar la dirección mundial, si otros países ven que el Congreso bloquea constantemente la cooperación internacional? Ese debate aún no se ha iniciado.