sábado, 10 de octubre de 2015

Después del acuerdo nuclear con Irán

Por supuesto, las negociaciones han atraído gran cantidad de críticas, entre ellas, las del congreso estadounidense y el parlamento iraní, así como en Arabia Saudí, Israel, e incluso Francia. Pero los beneficios potenciales del acuerdo son innegables.
En primer lugar, el acuerdo demuestra que los líderes mundiales –a pesar de encontrarse divididos respecto de una multitud de cuestiones, como el conflicto en Ucrania y las disputas territoriales en el mar de China Meridional– igualmente son capaces de unirse para solucionar un problema compartido. Reducirá además la probabilidad de proliferación de armas nucleares en Oriente Medio y fortalecerá el régimen de no proliferación a nivel mundial. Y permitirá la normalización de las relaciones iraníes con Occidente.
Por supuesto, los vecinos de Irán están legítimamente preocupados por el impacto que el acuerdo tendrá sobre el equilibrio de poder en la región. Cuando se eliminen las sanciones, Irán se fortalecerá y desafiará la influencia de los Estados del Golfo. Previendo esto, esos estados ya han solicitado a EE. UU. medidas que les lleven tranquilidad, mientras persiguen una política más dura en Yemen o Siria, donde consideran que están limitando las ambiciones hegemónicas iraníes.
En última instancia, sin embargo, el impacto del acuerdo nuclear dependerá de las dinámicas políticas en Irán. Muchos –de hecho, probablemente la mayoría– en la clase dirigente iraní apoyan la resolución de la confrontación nuclear y coinciden en que Irán no necesita un enfrentamiento perpetuo con el resto del mundo, pero hay quienes aún perciben la disputa como un componente clave de la identidad revolucionaria del país.
Esta dinámica posacuerdo podría entonces terminar de dos maneras. En el primer escenario, los acontecimientos se desarrollan según las expectativas del P5+1 y los negociadores iraníes, y el acuerdo amplifica las voces de quienes promueven un acomodamiento regional e internacional desde Irán.
En este caso, Irán tiende la mano a Arabia Saudí con una señal convincente de que no pretende reforzar su influencia perjudicando a los saudíes ni a sus aliados. Esto permite que Arabia Saudí se una a Irán para influir sobre Siria y lograr un acuerdo de cese del fuego entre las fuerzas del régimen y los rebeldes, allanando el camino para la formación de un gobierno de transición creíble y capaz de hacer retroceder al Estado Islámico. Del mismo modo, Arabia Saudí e Irán ponen fin a la lucha en Yemen, respaldando allí un acuerdo para compartir el poder.
Mientras tanto, el alivio de las sanciones y el regreso gradual de las empresas internacionales dan impulso a la recuperación de la debilitada economía iraní. Una mayor apertura hacia Europa y, con mayor cautela, hacia EE. UU., alienta a los miembros de la clase media iraní inclinados a la reforma a buscar su futuro dentro del país en vez de emigrar.
Finalmente, en este escenario, el sólido prestigio internacional del presidente Hasán Rouhaní lo ayuda a superar la resistencia conservadora para implementar las tan necesarias reformas locales. Sobre esta base, la coalición de reformistas y pragmáticos de Rouhaní logra fácilmente la mayoría en las próximas elecciones parlamentarias iraníes en 2016, y el propio Rouhaní es reelecto en 2017.
El segundo escenario es mucho menos benigno. En este caso, pronto queda en claro que el apoyo interno para el acuerdo nuclear era amplio, pero débil. Mientras que el bando reformista de Rouhaní desea mejorar las relaciones exteriores iraníes, las fuerzas conservadoras y nacionalistas que rodean al líder supremo ayatolá Alí Jameneí, ven al acuerdo como una herramienta necesaria para eliminar las sanciones económicas y fortalecer las capacidades militares convencionales de Irán.
Los eclesiásticos de línea dura socavan entonces cualquier tipo de confianza que Rouhaní pueda estar construyendo con los vecinos de Irán, declarando reiteradamente que el acuerdo representa un reconocimiento implícito del poderío iraní por las principales potencias del mundo. Esta postura confirma las opiniones de los escépticos y estimula a Arabia Saudí a continuar con sus esfuerzos para construir una «coalición suní» para contener la influencia iraní y mantener la lucha contra quienes percibe como representantes iraníes en países como Siria y Yemen.
Además, como las tensiones regionales se encuentran en un punto elevado, el impacto económico de la eliminación de las sanciones resulta insignificante, mientras los conservadores ganan terreno en su lucha contra la reforma. Rouhaní y sus aliados son incapaces de ofrecer a los ciudadanos comunes iraníes una esperanza económica y eso los lleva a perder tanto las elecciones legislativas como las presidenciales.
Paradójicamente, en el escenario pesimista, el nuevo gobierno iraní controlado por conservadores y partidarios de la línea dura, en realidad encaja en la región mejor que el actual. Después de todo, Arabia Saudí, Egipto y muchos otros países árabes también son liderados por autoritarios de línea dura con poco interés en reducir los conflictos regionales. Esto haría que el resurgimiento del liderazgo orientado a la reforma en Irán fuese extremadamente difícil.
Por supuesto, el escenario más probable es una combinación de ambas dinámicas. Pero, dado que es en beneficio de todos garantizar que los avances se ciñan más estrechamente a una vía orientada a la reforma, debiera resultar claro para todos que el trabajo diplomático vinculado a Irán está lejos de haber concluido.



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